“Zona hostil” de Adolfo Martínez o Galerida cristata (Cogujada común)

La cojugada común es prima hermana de la Alondra y lo único que la diferencia de ella es que tiene la cresta más pronunciada, como si después de una noche movida, se le hubiera quedado el flequillo algo alterado  al levantarse.  De tamaño prácticamente idéntico a ella, es muy fácil de identificar a pesar de que su plumaje pardo le hace pasar desapercibida en los campos de cultivo, terrenos baldíos o zonas abiertas sin apenas vegetación. Tiene un volar ondulante y su manera de desplazarse en tierra resulta casi cómica por la velocidad de sus patitas desplazándose como si no hubiera un mañana.cogujada

Es una especie común pero en regresión y no es migratoria, por lo cual su presencia está asegurada en determinadas zonas durante todo el año.

Tiene un canto breve y monótono que puede ejecutar en pleno vuelo y presenta dimorfismo sexual lo cual quiere decir que no hay apenas diferencias visibles entre machos y hembras.

Sin embargo, el dimorfismo sexual sí existe en ciertos estamentos radicalmente jerarquizados, a pesar de que se lleve con idéntico orgullo el mismo uniforme, porque los atributos sexuales que diferencian a los humanos hembras de los machos, son evidentes y son motivo de escarnio, burla y falta de consideración en el más leve de los casos, como ha quedado patente en algunas ocasiones que han trascendido a los medios y seguramente en miles de ellas que han quedado sepultadas bajo un manto de silencio cómplice porque, como dicen los futbolistas, que por cierto, tampoco aprueban demasiado eso de que a las mujeres le de por patear una pelota porque dicen que es un deporte de hombres, lo que ocurre en el campo de fútbol, debe de quedarse allí.

Hace bien poco, en ese cuerpo que fundara el Marqués de Ahumada en 1844, una mujer fue reprendida por abandonar un control de carretera por una súbita menstruación, que la mayoría de los hombres son incapaces de entender como algo orgánico, inherente a la mujer fértil y que supone una alteración brutal de los niveles hormonales, que mucha veces viene acompañada de dolores y sensaciones físicas incómodas y que supone en cualquier caso un engorro higiénico que requiere de soluciones rápidas para mitigar todo lo que trae aparejado. Como esa mujer lo comentara y lo sacara fuera de contexto, fue sancionada internamente porque esos estamentos de jerarquías inamovibles, tienen unos códigos estrictos que Don Francisco Javier Girón no debió de reflejar en los estatutos porque era muy macho y, sobre todo en esa época, que las mujeres pudieran salir de la cocina, dejar de criar a los hijos o no atender a sus maridos, era delito de estado sancionable con reclusión permanente en el domicilio familiar y sujeto a reprimenda pública y por supuesto particular. Si este señor que fue el primer director de tan respetable cuerpo, hubiera sabido que un ser vivo con vagina que sangrara periódicamente por dicha parte, iba a poder vestirse con el sagrado uniforme de la benemérita y correr el riesgo de mancillarlo física y espiritualmente, hubiera redactado alguna que otra claúsula que lo imposibilitara.

Las mujeres han tenido que abrirse camino a hostias para acceder a puestos que tradicionalmente han sido considerados sólo aptos para hombres y habrán tenido y tienen que batirse el cobre para demostrar lo erróneo de tales opiniones y estar sometidas a un constante escrutinio y a una evaluación permanente, encima cobrando menos por el mismo trabajo y soportando los chascarrillos de sus compañeros masculinos que en la tasca, en los corrillos y seguramente en su cara, les habrán recriminado su condición de ser inferior porque no tienen un badajo dónde se esconde y se sustenta eso tan sobre valorado llamado hombría y que no sirve ni para tomar por culo, con perdón.zona hostil cartel

Dicen que el cine imita a la vida y muchas veces los cineastas de otras latitudes imitan al cine americano. Es lo que ocurre con esta película de Adolfo Martínez que a falta de más referencias como director, todo parece indicar que es su debut en el tinglado y a fe que da la talla y se marca una película muy por encima de la media, deudora hasta las cachas del cine de Hollywood, pero con personajes españoles que vivieron la misma situación extrema que se nos cuenta en la pantalla, con las licencias dramáticas que él y los guionistas hallan considerado necesarias.

Y esta historia real, tan americana, excepto por las banderas orgullosas que lucen los protagonistas en los medios de transporte y en sus uniformes, nunca debería de haber tenido lugar si tres gañanes con ínfulas y más poder del que deberían de haber acumulado nunca, no se hubieran hecho esa famosa foto de las Azores que trajo consigo mucho dolor en forma de atentados. No sé lo que se les había perdido a los americanos y a los ingleses en Afganistán, pero desde luego, nosotros no pintábamos nada allí. Sin embargo, fueron destinados a ese país  varios miles de efectivos de nuestro ejército y a ese lugar perdido de la mano de Dios, amén de una cantidad mareante de recursos económicos para librar una batalla que no era la nuestra y perdieron la vida, según los créditos de la película un centenar de ellos. Luego, con el advenimiento del Zapaterismo socialista, las tropas regresaron al redil, pero sé de buena tinta que se siguen enviando efectivos, eso sí, en cantidades menores y seguramente con otro tipo de misiones, a ese agujero negro pedregoso e inestable en el cual la vida se debe de regir por parámetros que los civiles no alcanzamos a entender.

Y entre los militares que deben de obedecer ciegamente las órdenes de sus superiores y someterse a un régimen castrense espartano, sobre todo en lugares dónde tu vida está en manos de aquellos que tienes a tu lado, sobresalen unos héroes que, aunque deben de ir armados, se dedican a salvar las vidas de los demás en condiciones de tensión insoportables para cualquiera, lo cual demuestra que están hechos de una pasta especial y que las vocaciones puras y duras existen y hay que respetarlas porque en manos de gente con principios inamovibles y justificados, está muchas veces el destino del mundo, a pesar de que resulta evidente que no es necesario pertenecer a estamentos militares para desempeñar idénticas funciones humanitarias, redentoras, salvadoras y de control de la mortalidad entre los semejantes.

Por lo visto, en una misión de rescate sanitario tras una explosión motivada por una mina, un helicóptero de salvamento militar, que debe de ser algo así como el sámur en versión aérea con uniformes de combate, acudió al punto de conflicto y sufrió un accidente al aterrizar, lo que complicó todo el tema. Los protocolos dictan  que en esos casos, lo que se estila es sacar a los efectivos humanos y dinamitar la zona para que el enemigo no pueda apropiarse de material que no le corresponde y que puede ofrecerles información jugosa de la otra parte contratante. Es decir, si un vehículo resultaba inmovilizado sin posibilidad de reparación, se re ubicaba a los heridos en el resto de coches, se les estabilizaba y se trataba de llegar a la base más cercana a lamerse las heridas, pero está claro que las cosas valen más que las personas y por eso cuando cae un avión, los seguros se lamentan más por la pérdida del aeroplano que por los que lo habitaban en el momento de la catástrofe, como quedó demostrado en “Sully” de Clint Eastwood (2016), que intentaron demonizar y acabar con la vida y la carrera de un comandante de vuelo singular e irrepetible, porque cometió la tropelía de priorizar al pasaje por encima de la nave que comandaba, ante la imposibilidad de salvar todos los muebles.

Pues aquí se trata no sólo de salvar a los heridos y a los que no lo estaban, pero sacando de paso la nave siniestrada para que no figurara como un haber en las cuentas del otro bando y por ello sometieron a un tiempo de espera a los que allí se quedaron tirados, con el riesgo de sufrir ataques y emboscadas como acabó ocurriendo,  para tratar de montar una operación de rescate con otras naves de apoyo con déficit de munición y de combustible porque la falta de previsión es algo universal, no sólo española y ocurre en todos los ámbitos. La cosa salió bien entre comillas porque, no sé qué ocurrió en realidad ni hasta qué punto lo que nos cuentan es lo que pasó, pero no hubo bajas definitivas en el bando de los buenos y se salvó el bicho para reciclarlo después y quedamos como buenos estrategas de atributos superlativos que después tendrán cosas que contar a sus nietos cuando se les baje la hinchazón y estén en condiciones para tenerlos.

Nada se nos ha perdido a los españoles allí y nada que no sea labores humanitarias justifica nuestra presencia en lugares calientes del globo porque del mismo modo que presumimos de ser un estado laico y aconfesional, a pesar de lo que nos muestra la tele en la Semana Santa, no somos un país con tradiciones bélicas, más allá de nuestra Guerra Civil que es un virus endémico de muchas naciones que en su día se jactaron de ser civilizadas. Se suprimió la obligatoriedad del servicio militar porque es estúpido someter a gente sin vocación al fuego enemigo porque en cuanto empiecen a silbar la balas, les va a a faltar tierra para correr. En un momento dado, los legionarios, que están hechos de otra pasta y que me perdonen, más que nada porque no quiero que me pasen a cuchillo, pero están como las cabras que curiosamente una de ellas es su mascota, entonan un canto en el cual dicen sin asomo de duda que es mejor morir en el servicio que vivir como un cobarde. Se puede vivir como un cobarde, pero no hay honor alguno en perder la vida en aras de unos ideales, un pedazo de tierra o un trozo de tela. En un mundo ideal, nadie trataría de exterminar a su vecino por pensar diferente. Dónde acaba mi libertad, empezará la tuya y si cada cual supiéramos exactamente dónde están nuestros límites y nos esforzáramos por no rebasarlos, las guerras no existirían, pero claro, desde un punto antropológico, como ya demostrara en sus maravillosos y lúcidos libros Marvin Harris, las batallas entre diferentes secciones son una forma de selección natural para no agotar antes de tiempo unas recursos limitados que nos brinda un planeta al borde del colapso.

Adolfo Martínez recupera de nuevo para el cine a Ariadna Gil, una actriz de la que se acuerdan poco los cineastas españoles y los de fuera, a pesar de que ya ha demostrado con creces su valía y encarna a la Capitán Varela que está basada parcialmente en la comandante Montserrat Martínez Roldán, que se las vio en una situación de corte similar, tratando de hacer lo que sabía, es decir, salvar vidas, bajo fuego real.

Se trata de una película muy meritoria, rodada con agilidad y eficacia en la cual resaltan las historias humanas sobre la trama, aunque algunas estén trilladas y no aporten frescura ni originalidad. Hay medios y pasta y están sabiamente utilizados y todo ello está bien aderezado por la banda sonora original de Roque Baños que, como de costumbre, vuelve a dar con la tecla.

En cuanto al título, tampoco hay originalidad que valga y recuerda al trabajo que Kathryn Bigelow, la que fuera flamante esposa de James Cameron, hizo en 2010 y que respondía al nombre, por lo menos en España, de “En zona hostil”.

Eso es un concepto muy amplio. Una zona hostil es el campo de fútbol del equipo rival, la casa de tu ex o el barrio chino si no tienes los ojos rasgados y en ese cajón de sastre, puede meterse lo que se quiera.

Esos soldados son como las Cogujadas, que lucen sus cascos como ellas lucen su cresta, que entonan su canto monótono como monótonas son esas letanías que escupen las radios lanzando mensajes de coordenadas y órdenes que ellos saben bien como llevar a cabo sin poner en entredicho lo que dice un superior aunque sea un disparate y que habitan esos lugares áridos y desérticos que los malos usan para esconderse porque entre otras cosas han nacido allí y saben cómo moverse por su casa.

Que esté rodado en Almería o en Tenerife es una cuestión logística porque polvo allí también hay un rato, aunque eso sí, se come mucho mejor.

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