“Yo Tonya” de Greg Gillespie o Aptenodytes forsteri (Pingüino emperador)

El Pingüino emperador es la mayor de este tipo de aves que perdieron, supongo que a causa de eso llamado evolución, la capacidad de volar aunque es probable que jamás la llegaran a poseer. Puede tener hasta ciento veinte centímetros de altura y pesar entre veinte y cuarenta y cinco kilos. Es una especie endémica de la Antártida y supongo que los primeros seres humanos que la vieron, tuvieron que alucinar con su tamaño y esa forma de andar entre patosa y divertida haciendo extraños equilibrios para poder desplazarse con las patas tan cortas, ese pedazo de cuerpo y esas alas ridículas que de poco les sirven cuando están fuera del agua salvo tal vez para hacer equilibrios y no besar el hielo. Las hembras y los machos son similares en cuanto a tamaño y plumaje. Tienen la espalda, las alas y la cabeza negras, la parte anterior blanca desde las patas al vientre, el pecho amarillo pálido y dos manchas auriculares del mismo color pero de un tono mucho más brillante.

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Las inútiles alas fuera del agua que les otorgan un extra de comicidad involuntaria, están sin embargo adaptadas como remos para lo que mejor hace este tipo de ave, que es nadar y que junto con su cuerpo hidrodinámico, le convierten en un torpedo cuando bucea a profundidades de hasta quinientos metros, a considerables velocidades y pudiendo permanecer hasta dieciocho minutos sumergido en busca de peces, crustáceos, cefalópodos o kril, según esté la lonja ese día. Para poder desarrollar semejante actividad durante tan prolongado tiempo sin tener branquias y sin palmarla en el intento, muestra una serie de adaptaciones como la estructura particular de su hemoglobina que le permite mantenerse activo con poca cantidad de oxígeno en sangre, siendo también capaz de retardar su metabolismo y pausar las funciones de los órganos no esenciales, pudiendo mantener también a nivel metabólico una temperatura corporal cercana a los cuarenta grados independientemente de las condiciones exteriores.

Por lo tanto,  fuera del agua y dentro de ella,  está extraordinariamente preparado para soportar temperaturas inferiores a los cuarenta grados bajo cero, vientos de hasta ciento cincuenta kilómetros por hora que bajan la sensación térmica a niveles insoportables para casi cualquier otro ser vivo y temperaturas acuáticas inferiores a cero y para ello poseen la mayor densidad de plumas por centímetro cuadrado de todas las aves, hasta quince, aparte de un grosor de piel de unos tres centímetros en época de cría, ya que es también la única ave capaz de reproducirse, incubar y criar de la progenie, un único huevo por pareja, en lo más crudo del frío invierno.

Para ello debe cuidar y acicalar constantemente su plumaje que le aísla entre un ochenta y un noventa por ciento de las inclemencias exteriores. Es el macho el que incuba el huevo mientras la hembra se va a hacer la compra  y son capaces de recorrer entre cincuenta y más de cien kilómetros sobre el hielo hasta las colonias de cría dónde se pueden llegar a reunir miles de individuos.

Y sobre el hielo, evidentemente mejor que sobre la tierra firme, se desplazaba Tonya Harding, patinadora estadounidense que durante la década de los noventa se erigió en protagonista indiscutible de ese deporte reconocido en su país y no sólo por sus evidentes dotes sobre la superficie helada, sino también por sucesos ajenos al deporte. Nació en el seno de una familia con pocos recursos en 1970 y ya desde los tres años se desenvolvía con los patines en el hielo con una habilidad impropia de su edad. Era el fruto del quinto matrimonio de su peculiar y estrambótica madre llamada LaVona Golden a la que de más mayor su hija ya famosa denunció por maltrato físico y emocional desde que tenía siete años y si tenemos que hacer caso a lo que muestra la película de Greg Gillespie, probablemente fuera desde antes.Yo-Tonya

Este director australiano de nacimiento, neoyorquino de adopción, habitual en la televisión en series de diferentes géneros, sin demasiadas ni sonadas incursiones en el formato audiovisual largo, aborda este proyecto de manera poco habitual, presentando a los personajes primero en su edad más adulta, una vez pasados los momentos cumbres de las vidas de todos ellos y en forma de falso documental y valiéndose por lo tanto de  flashbacks continuos que alteran el ritmo de la narración algo por otra parte lógico cuando se opta por ese tipo decisión técnica, para contar la historia de esta mujer de talento extraordinario para hacer piruetas sobre unas botas de cuero con una cuchilla afilada de acero templado sujeta con tornillos y en una vasta superficie acotada de hielo. El patinaje artístico sobre hielo fue junto con el Hockey sobre la misma superficie, los primeros deportes olímpicos oficiales de invierno, aunque no se manifestaron como tal hasta los juegos de Chamonix, en Francia, en 1924. Desde entonces y siguiendo siempre con las mismas pautas, es decir, atletas ejecutando toda clase de piruetas al ritmo de una pieza musical y siendo valorados en diferentes aspectos por un jurado especializado, ubicado a pie de pista, el patinaje ha formado parte ineludible de los programas de las olimpiadas de invierno y ha sido y es un deporte muy minoritario en nuestro país a pesar de que en los últimos años un representante patrio lo ha puesto de moda por el método siempre fiable, pero rapidamente olvidable al mismo tiempo, de aparecer en las portadas de los periódicos con cierta asiduidad por sus méritos deportivos muy poco frecuentes o directamente inéditos en lo que se refiere a esta disciplina deportiva.

Resulta evidente desde el mismo inicio que esta mujer tenía a su alrededor una corte de zumbados oriundos de la América más profunda, ella la primera, que condicionaron su vida desde su más tierna infancia, empezando por la madre que ocupaba el poco tiempo libre que le quedaba tras desempeñar un trabajo de camarera en un tugurio de carretera, en llevar a su hija a entrenar a las pistas de hielo con la poco noble intención, todo hay que decirlo y ella tampoco se esforzaba en disimularlo, de que esa figura en ciernes, esa mocosa que apenas levantaba tres palmos del suelo, se acabara convirtiendo en una figura de talla mundial que la retirara de la restauración  de cafetera en mano y delantal a cuadros para garantizarla un futuro más acorde con lo que ella pensaba que se merecía.

Desde sus primeros pasos, era la madre la que se encargaba de gestionar no sólo los férreos entrenamientos, sino todo lo que rodeaba a la tarea enorme de prepararse para ser alguien en un mundillo en el cual sólo llegan unos pocos elegidos y hay muchos ejemplos en el deporte de aquella época y en la de ahora en los cuáles los progenitores se erigen en controladores absolutos de sus prometedores vástagos sometiéndoles a torturas diarias y controlando sus agendas y sus hábitos con actividades marciales que no hubiera podido superar ni el mismísimo Rocky Balboa en sus buenos tiempos.

No me quiero ni imaginar un día cualquiera de esas chicas impúberes que con el cuerpo todavía a medio hacer, entrenan durante maratonianas jornadas para ser alguien en la gimnasia deportiva o en disciplinas de exigencias semejantes que ya son viejas a los veinticinco años y están condenadas a pagar en un futuro seguramente no muy lejano, todos los excesos a los que sometieron a sus cuerpos en el intento de llegar  a ser las mejores.

Qué tienen de vocacional sus carreras o de exigencia familiar, de deseo propio o imposición ajena, no soy capaz de descifrarlo y ni siquiera creo que puedan decirlo los actores principales de cualquiera de estas historias que no se sabe muy bien si son de ambición, de superación o de trastorno psiquiátrico en pos de quimeras imposibles o por lo menos demasiado efímeras como para que valga la pena llevar a cabo semejantes esfuerzos.

Sea como sea, esta muchacha se hizo un hueco en el equipo de patinaje artístico de su país de origen no sólo por la insistencia de la madre, que también hay que reconocerlo pujó lo suyo con métodos más propios de la mafia calabresa, sino porque poseía un talento innato para el patinaje y la competición porque seguramente era en ese ámbito, supeditada a las medidas de la pista de sesenta por treinta dónde su madre podía gritarla o verla desde fuera pero no entrar para darle órdenes ni soltarle hostias, dónde se sentía verdaderamente libre para hacer lo que le saliera del chirri en el breve lapso de tiempo en que un ejercicio finaliza para que comience el siguiente de la lista.

Lo que le pasaba a esta señora, que dentro de la pista era una fuera de serie, pero fuera era una palurda en serie muy mal asesorada y peor acompañada, fue que no se había librado de la madre, hay cosas que se quedan pegadas a tu vida como un zurullo persistente en un culo poco salubre, cuando se echó de novio a un típico ejemplar americano sin vida, salvo tal vez bacteriana, entre los hemisferios de su cerebro que sí, que debía de andar colocado en su sitio, pero en abandono por obras y que a su vez tenía un amigo conspiranoico, mentiroso compulsivo y con aires de grandeza que se erigió en guardaespaldas voluntario e innecesario de esta patinadora celestial a la que no le hacía falta que la vigilaran el culo porque ella por sí sola repartía hostias como panes.

Y entre todos la mataron y ella sola se murió. Al margen de sus méritos deportivos, que fueron muchos, ganándose el derecho a representar a su país en dos olimpiadas, meritoria la primera, desastrosa la segunda, fue campeona de Skate en américa dos veces lo que le valió el derecho a lo expuesto en la línea de arriba, fue mucho más famosa y mediática por un suceso ajeno a su voluntad pero que marcó su carrera y la apartó por decisión judicial para siempre del patinaje por verse envuelta en un acto de terrorismo vecinal cuando entre Jeff Gillooly, el ex marido de Tonya en la actualidad, pero entonces pareja suya y Shawn Eckhardt, amigo de este y supuesto guardaespaldas, se inventaron una trama tan irreal como estúpida para tratar de obtener ventaja sobre la rivalidad que tenía Tonya con Nancy Kerrigan, la otra estrella del patinaje de la época. A raíz de unas cartas de amenaza durante un entrenamiento para el campeonato de Skate anual, torpemente redactadas por el tal Shawn, encontró la justificación en su perforado cerebro para hacer lo propio con la otra aspirante al trono y eso derivó de manera surrealista en que otro tarado, este en vías ejecutivas, le destrozara la rodilla a la otra competidora a la salida de uno de sus entrenamientos.

Todo esto ocurrió sin que quedara demostrado la implicación de la principal beneficiaria de esta deleznable acción porque ni la película lo muestra ni yo me lo creo. Esta patinadora, claro ejemplo de que no hay que tener la cabeza muy bien amueblada para triunfar en la vida si se tiene tesón y perseverancia unida a un poco de suerte, sólo tenía interés en triunfar en lo que verdaderamente era buena y fue la primera mujer estadounidense capaz de ejecutar en una competición oficial un salto triple axel que consiste en completar en el aire un giro de tres revoluciones y media o lo que es lo mismo, ejecutar una pirueta giratoria de 1.260 grados y caer sobre una de las piernas, sin perder el equilibrio, la compostura ni la vida. Es decir, una barbaridad.

Y suerte fue precisamente lo que le faltó, porque excepto ese  momento de gloria, no logró la olímpica por un fallo en el programa la primera vez y unos cordones en la bota mal abrochados en la segunda, cuando ya su carrera se estaba yendo a la mierda por asuntos ajenos al deporte. En su país y también fuera de él, fue castigada por muchas cosas como queda demostrado en la película en la que un juez fuera de foco a sus insistentes preguntas sobre la diferencia de criterios a la hora de valorar a unas y otras competidoras, le dijo a su cara y advirtiendo que negaría haberlo dicho, que no era del agrado de los jueces no porque se enfrentara a ellos como John Mcenroe hiciera en su día con los jueces de silla en los lejanos setenta, sino porque el público, las televisiones y el mundo en general, preferían ver ganar a una hija de américa de buena familia con valores sociales arraigados y vestida de pasarela y no a un producto manipulado de los barrios pobres, desabrida y mal vestida por una madre hija de puta pero hacendosa que le confeccionaba los vestidos en su tiempo libre porque no tenían recursos para encargarlos y pagar por ellos.

Con esto queda demostrado, a mí no me hacía falta confirmarlo, porque ya lo intuía, que el mismo trabajo ejecutado incluso al mismo nivel de perfección o puede que superior, será juzgado de diferente manera según los ojos que lo miren y que una serie de parámetros ajenos al deporte y más en uno de élite, condicionarán los resultados y por ende la vida de los que se beneficien de esas decisiones o las sufran. Es decir, Tonya no tenía ninguna posibilidad de triunfar mientras en el mismo escenario y por el mismo cetro, estuviera en pista alguien que luciera mejor en cámara, que no la cagara cuando abriera la boca y que sonriera como una muñeca muy bien vestida aunque la estuvieran metiendo un palo de escoba por el culo.

Este juguete  roto desde la misma cuna, producto de una sociedad enferma, condenada a su vez a reproducirse y cometer errores similares, gozó de sus diez minutos de fama y se mantuvo en la partida pese a sus malas cartas por coraje, determinación y espíritu combativo y aunque trató de sacar la cabeza por fuera del fango que la tapaba, entre todos los que la rodeaban, tiraron de ella para que permaneciera hundida en la mierda y no destacara como un flor en un vertedero.

Y esta historia tan trágica si no estuviera tratada en un tono entre gamberro, caústico, barriobajero a ratos, a caballo entre la ficción dramatizada y el falso documental, con una más que meritoria puesta en escena y un montaje acorde para la ocasión que la convierten en un potente producto de entretenimiento  que mantiene el tono, el interés y la tensión con equilibrios cinematográficos sino a la altura de un triple axel sí a la de una pirueta también de alta dificultad, es la descripción pormenorizada de una vida particular condicionada por todo menos por la temperatura de la pista de hielo en la que Tonya Harding lograba escapar de su destino grabado a fuego desde que abriera los ojos. Es decir, ser una de tantas que sueñan cada noche con lo que pudo haber sido y no fue. Una historia triste, una historia dura, un historia injusta que sin embargo se ve con interés palomitero porque somos tan cabrones que nos gusta ver como los demás tampoco logran su objetivo porque así no nos sentimos tan mal. Seres humanos en estado puro.

Margot Robbie, que aún lleva pegado a la piel su personaje de “Escuadrón suicida”´de David Ayer (2016) aunque la vistan de patinadora y Allison Janney, inmensa y ya reconocida por el papel de la madre chusca, encabezan a nivel actoral una película no creo que necesaria, pero sí muy interesante como ejercicio cinéfilo que por supuesto, encantará a unos en la misma medida en que la odiarán o les resultará indiferente al resto.

Esta mujer tan pequeña que pudo ser tan grande, que en su elemento era tan elegante como un pingüino emperador bajo el agua y que fuera se mostraba torpe y tambaleante, no pudo regresar a las pistas de hielo y sació su sed de competición y aplacó sus malos humos haciendo una breve incursión en el boxeo profesional antes de retirarse del todo y formar una familia. La deseo tanta suerte en un futuro como la que le negaron en su pasado y que no repita con otros los errores que los demás cometieron con ella.

Si lo logra, y sin jueces de por medio que le quiten lo que es suyo, habrá ganado por fin su medalla en la olimpiada de la vida.

yo-tonya (1) dest

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