“Wonder Wheel” de Woody Allen o Chroicocephalus ridibundus (Gaviota reidora)

Esta especie de gaviota que ha visto modificado su nombre científico para ajustarlo a unos parámetros que a mi se me escapan, pero que deben de tener una base sólida porque para ello hay gente que sabe de estas cosas, es uno de los láridos más abundantes y mejor repartidos del Paleártico. Tiene un vuelo ligero, boyante, muy ágil, que planea mucho y lo alterna con aleteos  regulares con alas caídas. Está en franca expansión, porque ha sabido adaptarse a todas las circunstancias posibles. Son migradoras de libro que hacen las maletas buscando sitios mejores y con mayor abundancia de comida y se meten para el buche cualquier resto que contenga, aunque sólo sea, un mínimo porcentaje de materia orgánica. Es una especie colonial que cría en grandes bandadas cerca de zonas costeras y húmedas y no tienen problemas en desplazarse hacia el interior a pasar los inviernos, asentándose cerca de vertederos dónde tienen el papeo asegurado y a la carta.

Lucen un capuchón de color marrón chocolate sólo presente en el plumaje de la época de reproducción y el resto del tiempo los adultos son mayoritariamente blancos, excepto las patas y el pico de color rojo, una mancha oscura característica en la oreja y zonas dispersas de color negro en la punta de las alas y también en la cola durante el estío. Su nombre común, viene derivado seguramente de que su canto fuerte, estridente, gutural y agudo se asemeja a una carcajada seca y estentórea.

Naurulokki 7109 (Larus ridibundus) Black-headed Gull Lumijoki April 2009

Es una especie muy territorial que defiende su territorio de otras gaviotas con exhibiciones ritualizadas, como las que exhiben los protagonistas de la última cinta de este señor tan prolífico, tan incisivo y tan peculiar, que puso de moda en todo el mundo las gafas de pasta con cristales de culo de vaso.

El nombre de esta película se debe a una de noria excéntrica de ciento cincuenta pies de altura que fue levantada en 1920 y que está situada en el parque de atracciones de Deno en Coney Island y que en 1989 fue designada como un hito oficial de la ciudad de Nueva York.

Este lugar en el cual Woody Allen ha decidido localizar toda su película en uno de los parques de atracciones que en la década de los cincuenta llenaban esta antigua isla, que fue reconvertida en península y que tiene seis kilómetros de largo por ochocientos metros de ancho y que se encuentra al sur de Brooklyn, en uno de los cinco condados de la ciudad de Nueva York y el más poblado, era un sitio de peregrinaje obligatorio para todas las familias americanas de clase media y baja y que estuvo en su mayor apogeo desde principios del siglo XX hasta después de la II Guerra Mundial en el cual fue abandonado progresivamente hasta que fue resurgido de sus cenizas. Tenía y  tiene una gran playa con vistas al Océano Atlántico y está separada del barrio que la acoge, por un riachuelo que contiene el mismo nombre.

Como se trata de una película decadente hasta decir basta, está ambientada en esa década de los cincuenta a partir de la cual el declive del otrora famoso y concurrido lugar, ya empezaba a ser imparable y los feriantes que lo habitaban, malvivían contando las monedas caídas de tiempos pasados definitivamente mejores en todos los aspectos.wonder wheel cartel

Woody Allen, el más currante de los cineastas actuales que aspira a convertirse en alguien tan prolífico y longevo como su colega portugués ya fallecido, Manuel de Oliveira, ya ha conseguido lo primero y pretende lo segundo y debe de pensar que hacer películas es la mejor manera de lograrlo entre otras cosas para exorcizar esos demonios interiores que le persiguen seguramente desde que estaba en la barriga de su madre, aunque luego se empeñó en guionizar su propia vida para seguir teniendo material jugoso sobre el cual edificar su mastodóntica filmografía.

A pesar de su evidente ingenio sólo a la altura de los más grandes, aquí decide enterrarlo y dejar las chanzas para mejor ocasión y levanta una película oscura en un ambiente de irrealidad falsa y festiva y para ello utiliza a una de las mejores actrices dramáticas de la actualidad. Todo gira en torno al personaje de Kate Winslet que es a su vez la rueda maravilla, excéntrica y despampanante a pesar de que la vida se empeñó en ajarla con denuedo y determinación, que aún se agarra a su eje distorsionado, en su caso no de manera deliberada, con el fin de sobrevivir, esperando que en una de las vueltas, todo encaje de nuevo y vuelva a tener sentido. Esta actriz fracasada, cuyo matrimonio tiró por la borda de mala manera y cuya consecuencia directa es un niño trastornado con tendencias pirómanas, se gana la vida malamente como camarera de un tugurio apestoso situado en mitad de un parque de atracciones tan ruidoso como todos pero anclado en marea baja perpetua y compartiendo un remedo de hogar con un trozo de carne con ojos, bueno en esencia pero no en presencia cuando tiene alpiste a mano con el cual olvidar o posponer hasta la reseca siguiente su patética existencia. Y todo esto se va al traste cuando regresa, cual hija pródiga, la primogénita del borrachuzo feriante que se fuera de mala manera y volviese con el rabo entre las piernas tras liquidar sin consentimiento de la otra parte contratante, un matrimonio precoz e intenso con un mafioso de poca monta que no está dispuesto a que se las den con queso, a pesar de que dicho espécimen, no aparece en pantalla, sólo un par de sus esbirros con poca presencia pero mucho peso oculto en la trama que planean sobre ella como dos pájaros de mal agüero sobrevolando un vertedero humano de desilusiones y deseos incumplidos.

A pesar del cabreo monumental del padre por un abandono que le jodió aún más la vida, acaba aceptando a su hija como un regalo del cielo, a pesar de que eso supone una interacción en un hogar ya de por sí convulso, confeccionado con piezas rotas de rompecabezas incompletos y trata de recuperar el tiempo perdido, financiándola una escuela nocturna con el fin de que, aunque tarde, consiga ser algo en la vida y de paso no le recuerde con sólo verla, su propio fracaso sin paliativos como padre, como trabajador y como ser humano. Por su parte, la otra parte de la pareja, también trata de remontar el vuelo de la única manera que sabe y es fantaseando y poniendo telas de colores que disimulen la negrura de su propio horizonte y para ello se lía con un tipo mucho más joven que es el socorrista de la playa número siete de Coney Island que está encarnado por el que fuera ídolo de jovencitas montado en el carro pop de la primera década del siglo XXI y que una vez exprimida su carrera, pero no del todo su fama, se reconvirtió a actor de la mano de directores consagrados como David Fincher en “La red social” (2010).

Justin Timberlake es la nueva apuesta de un director que no se casa con nadie más que con su propio equipo al que sigue siendo fiel desde hace más películas de las que puedo recordar y que junto con la música de jazz constante y sus escuetos y básicos títulos de crédito, siguen siendo marca de la casa, porque para este cineasta da igual que el regalo vaya envuelto de mala manera con papeles arrugados de periódico, ya que lo que verdaderamente importa es el contenido y los mensajes que pretende enviar. Este socorrista que aspira a ser escritor y que para ello analiza y observa todo lo que se cuece a su alrededor desde la atalaya que le proporciona su silla de salvamento, es la voz que se dirige a los espectadores rompiendo desde el inicio la cuarta pared y advirtiéndonos, aunque al principio de manera velada, de que lo que vamos a ver es un drama en toda regla, una tragedia que a orillas del Éfeso se habría considerado griega, pero que en latitudes más atlánticas, se convierte en un dramón americano, oscuro y realista con personajes anclados a la tierra sin posibilidad de poder mover los pies sin hundirse aún más en la mierda.

Entre el marido cutre nuevamente reconvertido en padre, la mujer tristona, deprimida y adúltera por obligación hormonal y espiritual que aprovecha los recesos que les da la lluvia para cepillarse al parlanchín conquistador de ceñido bañador años cincuenta, el mismo que la narra, el niño pirómano que quema cosas porque aún le da cosillla incinerarse a sí mismo a lo bonzo, pero todo se andará y que está obsesionado con el cine porque le recuerda que hay vidas mejores que la suya que merecen ser vividas, la criatura pechugona de ojos preciosos y escaso cerebro, que aún no ha asimilado del todo que una vez se abre la caja de Pandora no hay dios que la cierre y los dos matones que recorren con precisión cada cuadrícula tratando de pescar de nuevo el pez fugado de la pecera de los bordes de oro, se configura un cuadro costumbrista, rancio y ruidoso en el cual cada uno chirría como los engranajes de una noria que puede desencajarse a la siguiente vuelta y esa noria no es sino la manifiesta alegoría de nuestras propias vidas, siempre en movimiento pero haciéndolo en círculos, sin avanzar lo más mínimo mientras los años nos lapidan como piedras lanzadas de manera inmisericorde por aquellos hijos de puta que se creen libres de pecado.

Y al final cada mochuelo a su olivo y vuelta a empezar desde cero porque las tragedias en buena lid nos devuelven al lugar del que salimos sólo que más viejos, más cansados y más cerca de esa tierra que habrá de tragarnos.

A Woody Allen no se le puede discutir la excelencia porque la tiene en cantidades industriales y nadie puede negarle tampoco una autoría y un estilo tan reconocibles como el que más, habiendo sido capaz de crear un universo paralelo en el cual sus obsesiones: la muerte, la traición, la decadencia, la infidelidad, las relaciones paterno-filiales y todo un cóctel de pasiones y bajezas humanas que se agitan y que saltará por los aires con metralla en abundancia para todos los que estén en su radio de influencia, acabará atrapando a todos sus personajes, tan identificables como cualquiera de nosotros ante un espejo.

No es la mejor película de Woody Allen, ni mucho menos la peor. Es otra más, pero siempre con la garantía de que este señor no engaña a nadie, aunque ignoro si trata de hacerlo consigo mismo, y que siempre ofrece pedazos de vida, en diferentes registros, que seguirán engrosando una filmografía apabullante hasta que alguna de sus obsesiones le atrape del todo en su tela de araña y la gran criatura de ocho patas se lo zampe no dejando ni los restos de sus gafas y aún así, cuando trascienda de plano, seguirá siendo en el imaginario colectivo uno de los grandes, una personalidad con sus claros y sobre todo sus negrísimos oscuros, que merecerá la pena ser recordada en la medida en que le afecte a cada uno.

Esa gaviota a la que se la acusa de reír aunque no tenga ni puta gana de hacerlo, como la risa sardónica que emite la gente sin futuro ni esperanza cuando escuchan decir a alguien que las cosas se arreglarán, volará con la esperanza de que sus alas no se enganchen en una de las góndolas de la noria y la obligue a volar en círculos hasta el fin de sus días.

Y no hay vencedores, sólo vencidos y la esperanza de que  los que siempre se quedan abajo, vivan lo suficiente para ver que los que se quedaron arriba acaben ocupando su lugar en el balancín de la vida.

Y acabará ocurriendo.

Es lo que tiene la fuerza de gravedad.

Que es insobornable.

 

 

Wonder Wheel
Justin Timberlake and Kate Winslet

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