“Vida de calabacín” de Claude Barras o Cucurbita pepo (Calabacín)

El protagonista de está bellísima película de animación que no deben de ver los niños porque no es para ellos, se llama Ícaro, pero sólo quiere que le llamen Calabacín, que es el apodo que le puso su madre, alcohólica y abandonada, seguramente como desprecio al culparle indirectamente de su desgraciada situación. Los niños siempre pagan los errores y los excesos de sus padres y son utilizados en el mejor de los casos como moneda de cambio, armas arrojadizas o como cubo de la basura de frustraciones ajenas. Y digo en el mejor de los casos, porque en el peor, pueden ser golpeados, violados o asesinados por aquellos que les dieron la vida y que más les hubiera valido nacer estériles y tener su aparato reproductor tan podrido como sus cerebros, imposibilitados para traer al mundo más deshechos humanos como ellos.calabacion cartel

Pero la naturaleza pierde su sapiencia cuando de seres humanos se trata, porque nosotros competimos en otra liga que trata de obviar los parámetros universales para adaptarnos a nuestras propias y estúpidas normas.

En la mitología griega, Ícaro era  hijo del arquitecto Dédalo, que construyó el laberinto de Creta, y de una prostituta esclava llamada Neúcrate. Estaba retenido junto a su padre en Creta por Minos, el rey de la isla. Dédalo diseñó unas alas para escapar de allí con su hijo, pero le advirtió que no se acercara mucho al sol, porque se podía derretir la cera de las alas, ni demasiado al mar, porque el agua podía empaparlas e impidir su función. Ícaro quiso volar alto y el sol derritió la cera de las alas, tal y como le había advertido su padre, e Ícaro cayó al mar.

Todos los niños ya sean huérfanos, abandonados, maltratados o las tres cosas a la vez, son Ícaros caídos en el proceloso mar del abandono y la desesperación, que son lugares a los que el ser humano no debería caer nunca, pero mucho menos si se trata de infantes cuyas edades pueden contarse con los dedos de sus manos y aún les sobran.

Se calcula que en España hay internados, en lugares apropiados y diseñados para ello, unos diecieocho mil niños en espera de que alguien les adopte como familia de acogida o como familia definitiva. Ese número se reduce a tres mil si nos circunscribimos a la Comunidad de Madrid. La mayoría de estos niños tienen más de seis años y un pasado tan oscuro que sus pesadillas deben de ser películas de terror reproducidas cada noche sin posibilidad de romper el bucle y es lógico pensar que arrastrarán el resto de sus vidas una serie de taras emocionales que sólo podrán sanarse si se encuentran en su camino gente que pueda darles el amor y la comprensión que no tuvieron para tratar de revertir el proceso. Con esos antecedentes, pocas son las familias de acogida que están dispuestas a cargar con semejante marrón. Pero las hay y luchan para ver cumplidos sus deseos y por dar una segunda oportunidad a estos desheredados de la vida, que están tan acostumbrados a perder que ganar les sabe mal.

Según información extraída supuestamente de una página fiable, somos el segundo país del mundo en cuanto a adopciones y aún así hay niños procedentes de hasta cuarenta y cinco países, que no pueden ser adoptados por familias españolas porqué así lo dicta la ley, a pesar de que en el resto de Europa eso no es una traba. En el 2014, en la Comunidad de Madrid,  sólo se se concretaron cuarenta y nueve adopciones y otros ciento setenta y ocho expedientes no llegaron a ejecutarse. Pocos son cuando el número de peticiones es similar al de posibilidades de adoptar.

Viendo esta película, descarnada, dura y triste, pero también, esperanzadora y tierna hasta decir basta, yo no puedo dejar de equipararla, y que me perdonen quienes tengan que hacerlo, por esta analogía, con los albergues para animales maltratados, cada vez más numerosos y mejor gestionados, no por el apoyo del estado sino por el esfuerzo de miles de abnegados voluntarios y por donaciones particulares. Cuando uno traspasa el umbral que separa la calle del purgatorio, docenas de ojos esperanzados y atribulados, con terribles historias escritas en sus retinas, nos miran con la esperanza de ser elegidos y qué espantosa responsabilidad  nominar a uno de ellos y dejar al resto en su eterna espera. Y siempre tendemos a escoger los más bonitos, los menos viejos y los que tengan opciones de tener mejor calidad de vida, en lo que no deja de ser un ejercicio de egoísmo maniqueo que ni siquiera se nos puede reprochar.

Pero hay gente de otra pasta que escoge los animales enfermos, ciegos, mutilados y feos, como los hay que eligen adoptar niños con peores perfiles porque es en los retos y en las intersecciones con mucho tráfico, dónde a veces el ser humano muestra lo mejor de sí, contra todo pronóstico y haciendo salir el sol un ratito entre la densa niebla.

Los lugares de acogida para este tipo de niños con exceso de mala suerte vital, están gestionados también muchas veces por voluntarios, por gente de enorme calidad moral que no sólo prefieren el bienestar ajeno al propio, sino que lo demuestran cada día y pueden hacerlo por su voluntad y energía y por unas cantidades de dinero procedentes también de mecenas particulares, porque el estado pasa como de comer mierda de estas cosas y va modificando leyes que luego no se cumplen porque se pierden entre los vericuetos legales, que son más complicados que el laberinto de Creta, y se van echando piedras del gobierno central a las autonomías, sin que nadie asuma nunca su fracaso, su inoperancia, su falta de solidaridad, su desidia, su ausencia total de humanidad, todo ello en un discurso hueco que debería saberles a bilis y dejarles de por vida ese regusto amargo, del que no deberían poderse librar ni con millón de elixires bucales.

En cuanto a la película, este licenciado en antropología y animación digital, ya había realizado cortometrajes y otros trabajos de largo aliento, siempre en base a conceptos similares. Es evidente su formación vital en todos sus trabajos, pero alcanza con el último hasta la fecha, un nivel de excelencia indiscutible. En base a un guión muy bien construido con importantes dosis de dureza que no se molesta en disimular ni mitigar, entrega a los niños el protagonismo absoluto de la acción y los diálogos, demostrándonos a los mayores, que los pequeños son proyectos de personas adultas que tratan de encajar en sus cuerpos y sus cabezas todo aquello que les rodea y que lo hacen con una naturalidad y un desparpajo, que vamos perdiendo como las hojas de un almanaque, al tiempo que nuestro cuerpo se desarrolla y nuestra mente cierra esos caminos alternativos que nos permitieron sobrevivir cuando éramos  aparentemente más frágiles. Elige también, como es su costumbre, una animación en stop motion, muy alejada de los parámetros perfeccionistas de las grandes productoras que prefieren un gran envoltorio a un pedazo de regalo. Claude Barras apenas envuelve su producto en un papel de estraza que ya ha debido de ser reciclado tras usarlo otras veces, pero nos entrega de la mano y desde el corazón, una auténtica joya de animación para disfrutarla y saborearla durante los poco más de sesenta minutos que dura la cinta. Tiempo más que suficiente para contar una historia de muerte y resurrección, de amistad y lazos imperecederos, de bondad elevándose entre las enormes montañas de mierda que nos rodean.

Como único reproche, el uso narrativo de un elemento que no quiero mencionar para que no me acusen de reventar películas. Ante la imposibilidad de contar la historia de modo lineal para que no pierda tensión, el director introduce un flashback explicativo posterior, que hace que encajen las piezas, pero que puede despistar a algún espectador que no esté prestando la debida atención. Aún así, y admitiendo que tal vez este último apunte no sea sino una paranoia de esas que tanto me aquejan y que tan mal disimulo, película sobresaliente para padres amantes y responsables, para que sepan valorar en su justa medida esos pequeños tesoros que guardan en casa para que, cuando llegue el momento de abrirlos, brillen como la luna llena reflejada en un mar tranquilo.

Y como gran acierto en el mismo campo de los elementos narrativos, la genial utilización de esa cometa que siempre está presente y que simboliza a ese Ícaro que todos llevamos dentro y que pretende elevarse por encima de todas las cosas, sintiendo también la tentación de acercarse demasiado al astro rey y sufrir las consecuencias.

Y nada más lógico que emparentar esta película de animación con la cucurbitácea que le proporciona parte de su título. El calabacín es una planta herbácea que tiene zarzillos trepadores para agarrarse al primer soporte que encuentran, como  estos niños desheredados se agarran al primero que pase que les ofrezca algo de calor en su intemperie perpetua.Flor-calabacin

Las partes amargas de las plantas pertenecientes a esta familia vegetal, se encuentran entre las más amargas de los sabores provenientes de las plantas, como amarga es la vida de estas criaturas sometidas a un violento e incesante temporal. Este amargor se debe a la cucurbitacina, que es un compuesto químico que se cree que la planta segrega para protegerla de los organismos que pretendan devorarla, como el mecanismo de defensa de estos críos, que levantan un muro defensivo para protegerse de ese exterior que tanto le ha dañado.

Y tanto los huérfanos como el calabacín, aguardan el momento y la ocasión de florecer para lucirse en todo su esplendor, como esta planta que Cristóbal Colón trajo desde las Américas hasta Europa, que forma parte de la dieta mediterránea, y que puede consumirse y prepararse de multitud de maneras diferentes, como variados son los orígenes de estas diminutas personas que demuestran que el infortunio no conoce de razas, religiones ni fronteras.

En la vida, todos somos hortalizas que en el sorteo de la vida  aguardamos un terreno fértil dónde poder crecer, pero una vez plantados, nada ni nadie nos garantiza ni el arraigo, ni el crecimiento correctos. Y aún habiendo sido correctamente introducidos en nuestra parcela de tierra,  podemos ser enviados al limbo de los vegetales, si una nube torcida lanza sobre nosotros una tormenta de granizo inesperada.

Sólo nos queda esperar y mirar al cielo rogando porque esa nube pase de largo.

Sabiendo también que, si no cae en nuestro terreno, lo hará en el del vecino.

Pero que cada palo aguante su vela.

 

 

 

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