“Verano 1993” de Carla Simón o Aegithalos caudatus (Mito)

El mito es un pájaro paseriforme de tamaño diminuto cuya cola es mayor que la longitud de todo su cuerpo y esa suele ser su principal característica y la mejor manera de identificarlo. Es muy frecuente en ámbitos forestales y en zonas urbanas de cierta extensión. Se agrupa en bandos no demasiado numerosos pero muy ruidosos y confiados ante un eventual observador y gusta de visitar comederos para alimentarse  cuando el alimento no abunda tanto como quisiera. En un primer vistazo, no parece muy llamativo, pero con la suficiente atención, pueden apreciarse los tonos mates, negros y rosas  de su plumaje.pajaro-mito

Su nido es redondeado y con forma de cúpula y en invierno parece mucho más pequeño porque se encoje por el frío y es entonces cuando parece más desproporcionada la longitud de su cola con el tamaño de su cuerpo. Emite chasqueos y siseos secos con un final brusco como reclamo para hacerse notar y este pájaro tan inquieto como escaso en presencia, comparte familia con otras aves de aspecto más llamativo que también podemos encontrarlos mucho más cerca de nuestras casas de lo que se podría pensar en un principio.

Y compartir casa, por lo menos una diferente a la que tenía en Barcelona, es lo que tiene que hacer esta niña de seis años una vez que su madre muere de SIDA justo antes del verano de 1993 y toda vez que su padre recorriera idéntica senda unos años antes. verano 1993

Y verte privada de cosas tan importantes con esa tierna edad en la que todo está por hacer pero cuyas acciones que ocurran alrededor condicionarán el resto de la vida, es algo que los que hemos tenido de todo lo esencial hasta mucho más mayores, nos resulta difícil llegar a entender, sobre todo cuando se desaparece víctima de un virus que por aquella época era un estigma que convertía a los que lo portaban en leprosos apestados a los que más valía mantener a una distancia prudencial.

Ese virus que pusieron de moda gente como Rock Hudson o Freddie Mercury a su pesar porque les acabó borrando del mapa mucho antes de lo que les correspondía, tal vez nacido de la imaginación calenturienta de algún científico loco, era el enemigo número uno de aquellos que gustaban de tener una vida disipada sin demasiados controles a la hora de meterse cosas para el cuerpo o de introducirse en el cuerpo de otros y curiosamente empezó a manifestarse en EE.UU tras aquellos convulsos años tras la guerra de Wietnam y coincidiendo con la aparición de unos grupos sociales que promulgaban el amor libre y dejar lo de matarse entre congéneres para mejor ocasión. En España la moda llegó algo más tarde y aquí tuvo su expansión tras varias décadas de dictadura que maniató a la gente, a nivel social, cultural y familiar.

Pero como denominador común, rematar que aquellos que pertenecían a las hordas de lo tradicional y lo políticamente correcto, ya vivieran en Europa o al otro lado del Atlántico, consideraban que el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, era una plaga bíblica que un vengativo pero justo Dios había arrojado sobre sus miserables creaciones para aniquilar de la peor manera posible a todos aquellos que se habían apartado del camino trazado.

¿Pero qué culpa puede tener ya sea ahora o hace veinticinco años o hace tres siglos, una criatura de seis años de los actos que hayan podido cometer sus padres y cuyas consecuencias fueran tan cataclísmicas para su descendencia directa y todos los allegados que configuraban el mapa familiar?

Fuera como fuese, el caso es que hay enfermedades que convierten el cuerpo de los que la sufren en un campo de batalla sin posibilidad de tregua, porque cuando es el propio cuerpo el que te ataca o el que tiene inutilizadas las defensas para protegerse del enemigo más inocuo en condiciones normales, poco o nada se puede hacer para sobrevivir, sobre todo en aquellos años en los cuales la ciencia aún estaba en pelotas a la hora de enfrentarse a algo que superaba con creces la capacidad de reacción del ser humano.

Los cementerios están llenos de toda ese gente que murió de manera prematura sólo por tratar de salir de una burbuja infecta sin medir las consecuencias y sin pararse a pensar que los accidentes sólo les ocurren a los demás. Qué mas da si mueres por no ponerte el cinturón que por follar sin condón o por no medir la distancia entre dos balcones. La consecuencia es la misma y tan malo es para el que se marcha como para el que se queda, que además le queda la casa sin barrer y un cepillo sin cerdas adecuadas para sacar tanta basura ni bolsa dónde introducirla.

Carla Simón ajusta cuentas con su pasado en esta película autobiográfica casi un cuarto de siglo después de haberlo vivido, lo cual demuestra que por muy maduro que se sea y por muy claras que se tengan las cosas, todo suceso traumático necesita un proceso de maduración y aceptación, antes de afrontarlo con las garantías necesarias para que el tren no te vuelva a arrollar.

Y lo hace con una concisión y una calidez fuera de norma, realizando una película tan diminuta como el mito, pero que se agarra al alma con fiereza y que se ve con el corazón en un puño por la mirada limpia y desgarrada de esa niña que se ve arrastrada por un tsunami emocional devastador que le lleva de unas costas a otras como si fuera una poseidonia arrancada del lecho marino y transportada a otras latitudes en las que un nuevo arraigo no está ni mucho menos asegurado.

Acaba viviendo en el campo en un lugar que en otras circunstancias podría ser un auténtico paraíso, pero que se antoja como un retiro obligado y pasajero durante ese verano en que la vida le hizo dar varias vueltas de campana a la protagonista involuntaria de una historia que nadie querría vivir.

Y en esa casa encontrará todo el amor que necesita otorgado sin reservas por esa pareja cuyo representante masculino es el hermano de la fallecida y que tienen en su haber otra criatura más pequeña que convertirá a la niña huérfana en su referente, mientras el resto de la familia se debate entre lo que creen que está bien y lo que deberían hacer sin pararse a pensar que en las situaciones de excepción, sin antecedentes ni precedentes de ningún tipo, no hay timón al que agarrarse, sólo aferrarse a la borda y tratar de no volcar y a veces es la naturalidad, el amor sincero y básico, el más fuerte y el mejor bálsamo no para cerrar una herida, pero sí para que deje de sangrar.

A lo largo de ese verano, esa pobre niña cuyos ojos encierran la tristeza y la incomprensión más absolutas, aún antes de estar contaminada por esa vida que nos infecta a todos, tendrá que asumir su pérdida y acostumbrarse a ella, mientras comprueba de primera mano que los rezos a los que le incita su abuela no le van a devolver a su madre y que la vida continúa ajena a todo. Se tendrá que acostumbrar a otras presencias que antes eran accesorias y que se han acabado convirtiendo en recurrentes y tendrá que convivir con los celos que supone tener una hermana pequeña que antes era una prima en la distancia.

Y aunque los terremotos se sientan más fuertes en el epicentro, hay olas que llegan días después a la costa y arrasan con todo y todo ese mar convulsionado que sólo puede romper contra una costa para volver a coger fuerza y repetir el proceso en la contraria, no distingue entre árboles peor o mejor anclados y se lleva todo a su paso.

El hecho de que no se hable de una cosa no evita que ocurra y una vez todo ha quedado devastado, sólo queda la reconstrucción, pero para eso hay que aunar esfuerzos y remar en la misma dirección y asistimos de primera mano a todo el proceso evolutivo de esa niña a la que la cámara quiere tanto como debieron de quererla sus padres muertos y los postizos y toda esa familia de abuelos y tíos que sólo quieren darle el calor que suponen que necesita sin que ninguno acierte a taparla con la prenda que ella precisa.

Y esta niña enfadada con todos y con ninguno, que no sabe cómo canalizar sus sentimientos y cuyo dique amenaza con irse a hacer puñetas de un momento a otro,  es un tentetieso que por más que sea zarandeado, no haya el descanso de reposar en el suelo siquiera un instante y encuentra en su hermana de prestado la manera, tan injusta y tan comprensible al mismo tiempo, de aligerar su carga endosándosela a otra y creando un involuntario cisma familiar que la gente equilibrada sabe cómo reparar sin alterar lo más mínimo el PH de la vida.

Cuando se trata con material tan precioso, cada paso, cada decisión, cada movimiento debe ser preciso y calculado, meditado hasta el hartazgo sin que parezca mecánico y las decisiones que se tomen tendrán consecuencias. Si ni siquiera sabemos cómo educar a nuestros hijos que son nuestros y cuya vida está cimentada a nuestro alrededor, ¿cómo vamos a saber educar a los demás, toda vez que su mundo se ha resquebrajado sin que podamos explicar cómo ha llegado a ocurrir?

Como casi siempre, el amor es la solución. Esa palabra tan escueta como amplio es su significado y que casi nadie sabe conjugar sin trabarse, a veces incluso en sus formas más sencillas. Pero el amor bien entendido, fluye como el agua de los ríos con la naturalidad con que las hojas se desprenden de sus peciolos y muchas veces lo más sencillo es lo mejor y al mismo tiempo lo más difícil de ejecutar.

Es una película preciosa y preciosista galardonada en múltiples festivales que valoran las miradas diferentes, una obra maestra del cine minúsculo, un bellísimo alegato que nadie debería perderse, una lección de cine naturalista, de vida comprimida en menos de dos horas y que nos hace ver, a través de los ojos de una niña, lo grande, lo hermoso, lo triste y lo injusto de una vida que tan pronto nos sube a los cielos como nos lanza sin paracaídas desde esa misma altura.

Esa niña es como un mito en invierno, que se convierte en una pequeña bola para protegerse del frío y que busca pequeñas compañías en las que sentirse bien o por lo menos aceptada y que se deja observar del mismo modo que ella observa, sacando sus propias conclusiones.

A veces en los tres meses de un verano, acontece una vida entera y el marcador vuelve a ponerse a cero. A veces la vida nos saca de una carretera y nos mete en otra que también puede llegar a un buen destino. A veces, al perder, también se puede acabar ganando.

El SIDA no es una batalla ganada, pero como todo, aunque siga ahí, se ha pasado de moda, pero durante un tiempo fue una palabra maldita, algo que prejuzgaba y condicionaba. Ahora los prejuicios obedecen a estilismos diferentes, pero aunque se llamen de otra manera, se sufre en las mismas carnes y los más pequeños siguen siendo las principales víctimas, aquellos a los que tenemos que cuidar y acoger, aquellos que nos necesitan como una vez nosotros pudimos llegar a necesitar.

Pero hace falta mucho valor y mucho buen juicio para enfrentarse a tus fantasmas.

Y algo más que suerte para poder vencerlos.

verano 1993 imagen dest

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