“Una vida a lo grande” de Alexander Payne o Mellisuga helenae (Pájaro mosca o zunzuncito)

El zunzuncito es la más pequeña de las especies de los colibríes y es endémica de la Isla de la Juventud en Cuba, dónde puede vérsele en los bosques bajos y en los jardines. Fue descrito por primera vez en 1844 y dado a conocer en el libro de las aves de Cuba. Su nombre es una referencia a sus hábitos alimenticios sobre la miel y el néctar y su apellido se lo debe a la esposa de un amigo de su descubridor que fue invitado a la isla caribeña para estudiar la fauna, entre otros especímenes,  y a esta ave diminuta que puede ser confundida con una abeja. Pesa menos de dos gramos y su tamaño es de unos cinco centímetros desde la cola hasta el pico. Éste es largo y negro y su lengua, de color rojo, es extremadamente fina y larga. No sólo es la más diminuta de las especies de colibríes, sino que también lo es de todas las aves en general, teniendo el ritmo cardíaco más elevado de todas ellas, siendo también la que menos cantidad de plumas posee. Su temperatura corporal es de 40 grados, reduciéndose a 19 durante la noche para potenciar el ahorro de energía. meEs capaz de batir las alas hasta ochenta veces por segundo mientras se alimenta y de llegar a doscientas durante el apareamiento. Durante el transcurso de un único día puede comer la mitad de su peso y beber agua en una cantidad hasta ocho veces superior al mismo. Su nido tiene una abertura de tres centímetros de diámetro, lo cual nos hace tener una idea de su minúsculo tamaño, como minúsculos, comparados por lo menos con lo que eran antes de enfrentarse a su proceso de reducción, son los humanos protagonistas de la última película de Alexander Payne.

Alexander payne es un cineasta de largo recorrido que se inició en esto del largometraje en 1985 con “Carmen” y que desde entonces puede presumir de una filmografía tan larga como irregular en la que figuran algún título más que aceptable como “A propósito de Schmidt” en el 2002, con el cual logró que Jack Nicholson pareciera un poco menos zumbado y que con “Entre copas” (2004) y “Los descendientes” en el 2011, especialmente con la primera, se reivindicó como un director que afrontaba los proyectos de manera diferente, importándole más la historia a contar y la manera de hacerlo que dejándose llevar por una manera de hacer cine que caracteriza a una gran industria que suele tener monopolizada a sus grandes talentos.una vida cartel

Sin duda alguna, Alexander Payne logró su mayor acierto con un trabajo magistral que protagonizado por Bruce Dern en el año 2013 y que bajo el nombre de “Nebraska”, contaba una historia de un viejo cascarrabias que recibe la noticia de que ha ganado un premio y que recurre a su hijo, con el que no hablaba desde hace años, para iniciar un peculiar periplo en busca de la recompensa prometida. Y tras cuatro años de  descanso, por lo menos en cuanto al cine se refiere en calidad de director, regresa con este nuevo trabajo cuyo título en inglés “Downsizing”, tiene mucho más sentido que la habitual adaptación al español por parte de los responsables de siempre que son sota, caballo y rey y que tiran de cualquier cosa menos de sentido común e imaginación, para tratar de vendernos un producto, para lo cual utilizan más o menos medio centenar de palabras que llevan mezclando en diferente orden y desconcierto desde hace ya por lo menos otros tantos  años.

Y lo hace con una propuesta desigual desmantelada ya desde su avance en forma de trailer que desnuda la sorpresa a las primeras de cambio y que como viene siendo habitual de un tiempo a esta parte, contiene imágenes que luego no pueden verse en el trabajo definitivo proyectado de forma lineal, lo que puede considerarse como despiste, mala praxis o publicidad engañosa o las tres cosas a la vez.

No trata un tema ni mucho menos original porque la diferencia de tamaño entre unos humanos y otros ya la abordó de forma maravillosa en 1726 un escritor y clérigo irlandés llamado Johathan Swift, que con los diferentes libros que formaban el conjunto de “Los viajes de Gulliver”, dibujó una gran sátira social que aún hoy, casi trescientos años después, sigue funcionando a la perfección y que desde entonces no ha dejado de imprimirse ni de recibir homenajes en diferentes formatos. El cine ya lo afrontó también, aparte de los intentos de adaptar el gran libro a la pantalla, todos ellos muy por debajo del nivel de la obra literaria, en obras insulsas con escaso fundamento como “Cariño, he encogido a los niños” en 1989 dirigida por Joe Johnston y “Cariño, he agrandado a los niños”, tres años después con Randal Kleiser a los mandos de tamaño desvarío y afortunadamente, la cosa creo que se quedó ahí o por lo menos yo no me he molestado en seguirle la pista. Ni entonces ni ahora.

Y Alexander Payne, alguien a quién algunos esperábamos con un regreso más contundente, se marca una sátira ecológica sobre los excesos del ser humano y sus consecuencias y por eso inicia la película en un laboratorio creo que noruego, aunque sólo puedo afirmar con exactitud que era nórdico, en el cual se están llevando a cabo unos experimentos para  tratar de reducir el tamaño de los humanos con el fin de paliar la superpoblación y la producción inasumible de deshechos y una vez puesto en práctica y eliminados los posibles efectos secundarios, habiéndose utilizado para ello, como en muchos de los experimentos que se dedican no a encoger personas por supuesto, pero sí para tratar de poner freno a enfermedades a día de hoy incurables y otros asuntos a buen seguro mucho más oscuros, a voluntarios que actúan como conejillos de indias para extrapolar lo que en principio funciona con otros organismos menos complejos a nivel celular.

El caso es que en la ficción, diez años después de ese primer indicio satisfactorio, se presenta el asunto en sociedad y todo se reduce a  ver quién es capaz de afrontar un proceso irreversible en aras de la supervivencia de los seres humanos de tamaño normal, con el fin de que los recursos  de la Madre Tierra puedan estirarse un poco más. El principal atractivo del tema es que todos aquellos que acepten reducir su masa corporal en un grado inferior al uno por ciento de la totalidad actual, verán multiplicados sus ingresos porque las equivalencias monetarias en el mundo de los grandes y en el de los pequeños, es directamente proporcional al tamaño que presentan y ahí empieza la sátira propiamente dicha disfrazada de evidente crítica social porque en el mismo momento en que el experimento deja de ser tal y se convierte en realidad, con ello se empiezan a activar los mecanismos de toda sociedad capitalista. Desde el proceso mismo de la reducción en sí, que trae aparejada toda una trabajosa parafernalia que implica depilación total, desprendimiento de la dentadura y otras incomodidades varias y el proceso inverso de volver a dotar de lo desprendido en el siguiente paso una vez llevado a cabo el encanijamiento, hasta el acondicionamiento de los nuevos lugares a ser habitados que son como casas de muñecas con todos los accesorios, desde el carrito de golf, hasta el supermercado, en el cual previamente se han podido elegir bajo catálogo todos los extras partiendo de una oferta básica. Es decir, ya se sea grande o pequeño, las clases sociales seguirán existiendo y todo queda reducido, y nunca mejor dicho, a una cuestión de escalas y de los caprichos que te puedas permitir.

El conflicto no es que la pareja protagonista encarnada por Matt Damon, estupendo como siempre, y Kristen Wiig, decidan hacerse pequeños para tratar de aliviar una economía plagada de deudas que quedaran disipadas como el polen en el aire en cuanto firmen el papelito, sino que a última hora, la parte femenina se baja del barco dejando a la masculina con el culo al aire literalmente sin que la casa de sus sueños en forma de miniatura de juguetería, sirva de nada cuando todos los planes conyugales se han ido a tomar por culo.

Tras una elipsis temporal, vemos que el pequeño Damon, se ha trasladado a un apartamento de soltero y ahí conoce a un vecino peculiar de origen serbio que está encarnado por el actor más histriónico del panorama actual y que lo mismo puede hacer de nazi hijo de puta en una de Tarantino, que de listillo recalcitrante en una adaptación teatral de Francis Ford Coppola, que de usurpador de cuadros ajenos en una de Tim Burton o de informático trastornado en el último delirio de Terry Gilliam. Y es el personaje más aprovechable de la película en cuanto a que representa la misma esencia del ser humano que siempre se aprovechará de la desgracia de otros semejantes para cimentar su hegemonía y sus privilegios y siempre también, encontrará la justificación perfecta para evadir la mala conciencia porque si no lo hace él, ya vendrá otro que lo haga y continúe con el cuento.

Y esa relación de vecino rarito con el que es mejor llevarse bien, le llevará  su vez al pequeñín abandonado a su suerte, obligado a firmar un contrato de divorcio inexcusable por incompatibilidad manifiesta de tamaños, a conocer otras realidades que demuestran, para los que aún no se habían percatado, que en toda sociedad, ya sea de hormigas, de abejas, de topillos marroquíes o de perrillos de las praderas, existen las jerarquías, pero sacándonos del mundo animal al que pertenecemos por catálogo pero no por actitudes, en las anteriormente citadas hay un compromiso tácito de llevar las cosas a buen puerto en aras de un bien común que beneficiará a la especie, mientras que en los humanos, la desigualdad cuanto más grande sea, mayores réditos proporcionará a aquellos que estén en la parte alta de la pirámide social.

Al final, todo resulta ser un viaje hacia los inicios para tratar de reflotar desde un origen de connotaciones bíblicas, una raza, la nuestra, condenada a la extinción a causa de los errores cometidos y de paso, el bueno de Alexander nos ilustra y trata de emocionarnos con una historia de amor tan ridícula como simpática entre una wietnamita disidente víctima de la trata de seres humanos una vez queda demostrado que desde la pequeñez también se puede delinquir siendo incluso más fácil ocultar las consecuencias y un hombrecillo que tanto de grande como de chico, no sabe tomar las decisiones correctas por mucho que se esfuerce en que sean las mejores para su causa y para las de los demás y que se da cuenta de que fuera de los mundos de Yupi, existen reductos superpoblados de desfavorecidos que, como en el mundo de los gigantes, tampoco tienen nada que llevarse a la boca

Es una película distópica en clave de crítica social que quiere abordar demasiados temas sin acabar por apostar definitivamente por ninguno y, cuando pone todas las cartas sobre la mesa, el calentamiento global, la necesidad de reinventarse, la creación de nuevas sociedades sostenibles desde las cuales edificar un nuevo comienzo, etc, es  para regresar después a otros casi sin tiempo para asimilarlo y a esas alturas ya no sabemos que tipo de película hemos visto. Aún así, es un cine que se deja ver, bien ejecutado, bien justificado y que cuenta con profesionales cualificados para que todo funcione lo mejor posible.

Y esta gente diminuta, endémicos de su Lilliput recién conquistada, que comparten sitio con los mayores en autobuses, aviones y trenes en los lugares destinados para el equipaje y que en realidad habitan mundos paralelos y que la mayor parte del tiempo se ignoran unos a otros y no entran en conflicto, como rara vez entramos en conflicto con el hormiguero que tenemos en nuestro jardín, son como el zunzuncito, que podemos tenerlo al lado y no reparar en él, inmersos como estamos en nuestros propios asuntos y tal vez si lo sentimos tratemos de espantarlo con la mano o de acabar con su molesto aleteo de alguna manera más drástica.

Y eso es lo que hará algún día la naturaleza con nosotros. Reducirnos a la nada más absoluta, de la que salimos y a la que estamos condenados a regresar.

unavidaalogrande

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