“Una cita en el parque” de Joel Hopkins o Garrulus glandarius (Arrendajo)

El arrendajo es un miembro de  la familia de los córvidos, pese a que por aspecto, no parece pertenecer a ella. Tiene su plumaje unos tonos anaranjados y muestra un panel azul claro en el pliegue alar que, junto con su obispillo (rabadilla en los humanos), de color blanco y  fácilmente distinguible en vuelo, son sus principales características diferenciativas.arrendajo

Es un ave de tamaño medio muy extendida en toda Europa, excepto en sus zonas más septentrionales. Es un ave principalmente forestal que anida en bosques de cualquier tipo de árboles, aunque prefiere los caducifolios porque allí le resulta más fácil obtener la comida. Es un pájaro ruidoso de reclamo muy característico que, sin embargo, es tímido y resulta difícil de ver durante demasiado rato, ya que no es muy sociable y se mueve en pequeños grupos familiares.

Tiene una dieta muy variada y dentro de ella, gusta de esconder frutos que recolecta, por lo que contribuye a la expansión de las masas forestales que después seguirán siendo su refugio.

Se suele colocar deliberadamente hormigas entre el plumaje para eliminar parásitos y tiene un vuelo lento y trabajoso y puede mostrarse confiado a condición de que no se le moleste, como confiado, sino le tocaban los cojones, era ese sin techo llamado Harry Hallowes en el que está basada, por lo menos parcialmente, la película que nos atañe a la que le han cambiado el título original por uno de esos cursis y facilones, aunque esta vez está justificado porque a nosotros el que venía de fábrica no nos decía gran cosa.una cita cartel

Este señor, nacido en un pueblo de Irlanda llamado Sligo allá por 1936, se trasladó a la gran urbe inglesa en el año 1950 y allí se ganó la vida como pudo, hasta que le desalojaron, seguramente por la fuerza, de su apartamento de Highgate en 1987. Una vez llegado a ese punto, este señor, que la espichó en el 2016, se montó un campamento improvisado en un terreno en el famoso y próspero barrio de Hampstead Heath y, como la realidad supera siempre a la ficción, sobrevivió haciendo trabajos extraños y variados, incluso uno de ellos para Terry Gilliam, con mucho el más prolífico y aprovechable de ese grupo de tarados encantadores que formaron la irrepetible Monty Python.

Esta historia tuvo lugar hace sólo una década y casi le alcanzó la vida para verse a sí mismo reflejado en la gran pantalla, pero probablemente, haya sido su deceso, el que haya motivado y acelerado este tangencial acercamiento a este señor que pasó a la historia, entre comillado y sin mayúculas, por haber tenido la osadía de instalarse ilegalmente en los terrenos, ya abandonados, de Athlone house, que era un lugar de alta alcurnia al que el tiempo y los acontecimientos, sumieron en el olvido.

Tal vez haya que aclarar que esta casa y sus terrenos, estaban inmersos en mitad del barrio de Hampstead que es el lugar más caro de Londres y uno de los más exclusivos del mundo, en cuanto a que hay que soltar verdaderos pastizales, para poder tener el privilegio de asentar tu culo en esas mansiones y casas de estilo Georgiano, rodeadas de parques e inmensas zonas verdes. Este barrio del interior de Londres, es conocido por albergar a asociaciones de intelectuales, músicos, literatos y artistas varios, que pasean su pedigrí con orgullo por el barrio de la capital londinense que acumula la mayor riqueza del país.

Y Joel Hopkins, director inglés de filmografía olvidable, tampoco pasará a la historia por la amable recreación de un pasaje de la vida de este señor que aquí encarna ese actor tan pelirrojo, tan intenso y tan Irlandés, que responde al nombre de Brendan Gleeson. Está acompañado de esa otra actriz, tan madura, tan versátil y tan americana llamada Diane Keaton a quién Woddy Allen pusiera en el mapa cinematográfico por algunas razones más que por las relacionadas con su evidente talento.

Y cuando se cuenta con dos pesos pesados del cine, pues tienes garantizado gran parte del éxito, aunque al repostero se le haya olvidado poner algunos de los ingredientes necesarios para que el pastel esté bueno además de lucir bonito.

Y no es que no sea una buena historia. Que un  homeless, es decir, un  vagabundo y sin techo, se instalara en mitad el corazón del mejor barrio de la urbe londinense, con su aspecto rudo y desaliñado y que se dedicara a vivir su estilo de vida alternativo a su bola y en bolas cuando así lo consideraba oportuno, sin que nadie reparara en él hasta que en plena burbuja inmobiliaria unos señores vieron que era posible sacar partido a esos terrenos abandonados para solucionarse la vida y de paso joder la de otros tantos, es algo digno de contarse, como lo de esos jabalíes que se aventuran a terrenos civilizados para buscar comida toda vez que esos humanos a los que se la quitan, previamente les han destrozado el hábitat dejándoles sin recursos y sin más opción.

Y si antes los desahucios no formaban parte de los asuntos mundanos o por los menos los focos estaban menos pendientes de ellos, ahora son el pan nuestro de cada día y a esa mala costumbre de sacar a la gente a la fuerza de su casa, se suma toda una parafernalia que siempre lleva aparejada un ruido de fondo y la presencia garantizada de curiosos, amantes del morbo causado por la desgracia ajena y la de unos pocos más que pertenecen a masas vociferantes que tratan de evitar a gritos con consignas más o menos punzantes, lo que antes no ha podido resolverse por las buenas, entre otras cosas porque a los usureros no les gustan las negociaciones y siempre ponen ellos las condiciones que determinan el paisaje. El suyo y el de los demás. Pero aquí no se trata de un desahucio al uso porque este señor ya fue desahuciado una vez y aunque por lo visto la ley no permite que te juzguen dos veces por el mismo delito, que me corrijan si me equivoco, te pueden echar de tu casa tantas veces como te aventures a meterte dentro de una sin tener la completa seguridad de que vas a poder hacer frente a todos los pagos.

Aunque el tal Hallowes no firmó ningún documento esta segunda vez y se buscó un lugar tranquilo dónde con materiales de recicle y mucha imaginación, levantó un hogar sostenible y nada dañino con el medio ambiente, pero lo hizo en un barrio de lujo en el cual, como en todos los barrios lujosos y también en los menos, a nadie le gusta ver ciertas cosas por la calle porque les recuerda que a ellos  también les puede acabar ocurriendo lo mismo.

Pero meterse en un lugar que no es tuyo, se puede llamar de varias maneras y la más extendida se llama ocupación. ¿Es lícito que haya tantas casas vacías cuando mucha gente pretende aspirar a habitar una de ellas?, ¿Es lícito ocupar una casa que no es tuya y pasarte por el forro todos los convencionalismos y obligaciones legales por las cuales pasamos todos dejándonos la piel para poder cumplir con todos los condicionantes a los que nos ha ligado una firma masiva de papeles en un momento de obnubilación mental transitoria sin que eso sirva de atenuante cuando vienen a por ti con todas las de su ley secundados por cerrajeros, policías y oscuros funcionarios? Sobre esto se puede discutir y escribir mucho sin que se llegue a acuerdos de ningún tipo, pero yo particularmente no entro a un lugar si no me han invitado y pago lo que firmo o a lo que me comprometo porque así me han educado y pertenezco a una generación todavía demasiado ligada a una forma de vida, tradicional por decirlo de alguna manera con todos los estigmas que esa palabra acarrea,  que no es ni mejor ni peor, sino que simplemente es.  Creo que cada cual debe hacerse acreedor a los que posee, quiere o cree poseer y que las cosas no están ahí para que simplemente el primero que llegue las tome y haga de ello su castillo, pero como todas, es una opinión y ahí debemos dejar por lo menos este asunto. Y además, y para concluir, sin gente de otro tipo diferente al mío, nunca habríamos llegado a nada porque ser pioneros en algo, lo que sea, o tirarse a la piscina haya o no haya agua, hace que el mundo avance aunque sea en la dirección equivocada.

No sé, aparte de que ese señor existió, cuánta parte hay de verdad y cuánta de dramatización en esta película que pretende pasar de puntillas por todo sin decantarse por nada, pero el caso es que se supone que una viuda venida a menos una vez que su marido la ha diñado y la ha dejado en cueros, conoce por casualidad a este señor que se baña desnudo en los lagos poblados de nenúfares en el corazón de Londres y al cual puede ver desde la buhardilla, supuestamente comunal, de esa casa de lujo en la que vive compartiendo inmueble con esa gente tan rica, tan estirada y tan poco solidaria que está acostumbrada a que les hagan todo excepto ese lance  tan molesto y tan escatológico de limpiarse el culo después de cagar.

Y claro, como es una comedia romántica, pues se conocen, se gustan y se enrollan porque sino ni sería comedia ni romántica. Y lo de comedia es mucho decir, porque no hay situaciones que motiven la risa y las que hay están tan descafeinadas como una cápsula roja de nexpresso puesta en bucle en una de sus cafeteras aunque la anuncie George Clooney y el romanticismo se limita a breves escarceos y conversaciones olvidables entre dos personas que no deberían de haberse encontrado pero cuyas órbitas entraron en colisión.

En la vida real y en el espacio, cuando esto ocurre, ambos astros se funden en una bola de fuego y se van a tomar por culo, pero esto es cine y en el cine tiene que haber sino conflicto, por lo menos emoción para que el espectador que ha pagado la entrada, no se sienta estafado. Y el conflicto existe, claro, y es que los promotores inmobiliarios quieren desalojar a este señor para tener cancha libre para comprar los terrenos y seguir acumulando pasta y la mayoría de los vecinos que también la tienen, están a favor porque eso es beneficio para el barrio ya que el progreso consiste en eso, es decir, que cada vez haya más cemento y menos árboles, porque sobre el cemento se consolidan las vidas y a los árboles se los lleva el viento. Y está esta mujer abandonada que se sabe, una vez viuda, estafada y seguramente cornuda, y los pertenecientes a los grupos verdes, son los únicos que abogan porque este señor reivindique sus derechos y pueda quedarse allí, aunque se metiera en ese lugar sin que fuera suyo.

Y hubo un juicio y con la ley en la mano y merced a un peculiar testigo, este señor, que era como un arrendajo solitario que sólo quería vivir en paz sin que le tocaran mucho el aparejo, colocándose hormigas en el plumaje para aliviar sus picores, pudo seguir allí, frustrar las intenciones de los tiburones financieros y adquirir un título de propietario que le permitía poner en venta lo que había poseído durante más del tiempo mínimo que dicta la ley y obtener pingües beneficios de una transacción comercial que jamás hubiera tenido lugar de haber actuado por los cauces convencionales, pero como a este tipo le desalojaron de su casa genuina con equis razones, tal vez se trate al fin y al cabo de uno de esos escasos ejemplos válidos de justicia poética.

Y la película habla de todo esto, pero de una manera fatua y descafeinada en la que nada de lo que ocurre interesa realmente y en la que el señor irlandés reivindica su postura con orgullo y argumentos válidos y en los que la parte femenina se limita a balbucear y hacer muecas, eso sí con estilo, hasta que le sale la casta retenida para poner las cosas en su sitio.

En definitiva, película menor en todos los aspectos que realmente sólo sirve para que dos buenos profesionales sigan ejercitando el músculo de su profesión y para que los que no conocemos el barrio de Hampstead, nos demos cuenta de lo que nos estamos perdiendo, ya que por muchas vidas que vivamos, salvo que nos metamos en política y tengamos éxito y poca conciencia o pertenezcamos a las huestes de los malos declarados y orgullosos de serlo, jamás ganaremos la pasta necesaria para poder pagarnos un alquiler ni por un año y mucho menos adquirir una vivienda cerca de un restaurante de renombre dónde poder codearnos con lo más granado de la sociedad británica y de sus acaudalados visitantes.

Hay cosas mejores que hacer y barrios mejores en los que vivir porque la gente es mucho más auténtica.

Sin ir más lejos y por quedarnos cerca de casa, pero extrapolable a cualquier población similar de cualquier lugar del mundo normal, Carabanchel, Vallecas o Getafe.

Y eso es todo amigos.

una cita imagen dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *