“Una bolsa de canicas” de Christian Duguay o Geococcyx californianus (Correcaminos)

El correcaminos es un tipo de ave que se hizo muy famosa en los años setenta, por lo menos en España, gracias a una serie de dibujos animados de la Warner en la cual un pájaro de este tipo toreaba y chuleaba por igual a un coyote más bien tirando a tonto, que por mucho que tratara de elaborar sus estrategias con artilugios marca ACME, siempre acababa por los suelos, estampado en el fondo de un barranco o con su silueta recortada en una pared, pero esta creación artificial, estaba inspirada en una criatura real oriunda de México y EE.UU y que se mueve por los desiertos fronterizos que separan ambos países, aunque no sé muy bien lo que hará si cierto tipejo cumple una de sus promesas electorales y levanta un gigantesco muro entre ambas fronteras que a modo de Muralla China Occidental acabe por aislar dos realidades tan diferentes tratando además de que sean los oprimidos los que financien los gastos de los opresores en otra vuelta de tuerca que reduce el significado del libro de Henry James a un chiste sin gracia alguna.correcaminos

El caso es que este ave asociada a hábitats de vegetación xerófita, es decir con escasas necesidades hídricas, y a matorral desértico y chaparral, tiene costumbres terrestres y sólo suele realizar pequeños vuelos de planeo desde árboles y arbustos bajos al suelo, que es dónde se desempeña con mayor habilidad. Se alimenta de pequeños reptiles y mamíferos y ocasionalmente de insectos y cuya hembra pone de dos a seis huevos que incuba durante veinte días. Tiene un plumaje de color castaño claro o grisáceo con tonos negros y luce una asombrosa capacidad mimética que le confunde con su entorno. Tal vez lo más característico de su anatomía, sea una cola grande que le sirve de timón para hacer giros rápidos en carrera cuando se desplaza a velocidades superiores a los treinta kilómetros por hora y que le convierte en un bicho cuyos movimientos son difíciles de prever, lo que tal vez inspirara a los responsables de la productora americana a la hora de convertirle en un producto de mercadotecnia, pero tras su apariencia de animal inofensivo del tamaño de un faisán, se esconde un depredador implacable que mata a sus presas a picotazos hasta hacerlas papilla y que resulta fácil de ver con los restos de comida fuera colgándole del pico porque ya no le cabe más en el estómago.

E implacables eran los nazis que soñaban con hacer papilla a todo aquello que oliera mínimamente a judío que supongo que era una habilidad olfativa que se desarrollaba cuando pertenecías a tan selecto grupo de arios uniformados que camparon a sus anchas  durante casi una década y que estuvieron mucho más cerca de lo que la gente cree, de haber instaurado un nuevo orden mundial que, por extraño que parezca, algunos miles de indeseables que ni siquiera conocen la historia, tratan de resucitar desde la absoluta vacuidad de sus cerebros infectados.

una bolsa cartel

El cine de nazis ya ha sido abordado desde tantos puntos de vista que puede acabar por resultar cansino y, aunque su producción siempre ha sido abundante, de un tiempo a esta parte se ha revitalizado la tendencia y las carteleras de medio mundo se han vuelto a llenar de propuestas que revisitan una y otra vez el tema desde diferentes criterios que no son suficientemente variados para que no nos parezca que estamos viendo lo mismo una y otra vez. Salvo extraños ejercicios fuera de horma como “Trece minutos para matar a Hitler” de Oliver Hirschbiegel o sobre todo “Los hijos de Saúl” de László Nemes, curiosamente ambas del año 2015,  todas se parecen demasiado entre sí porque la historia es la que es y no puede haber demasiadas variaciones cuando todo está escrito y documentado. Es un tema que nunca pasará de moda y a mí me parece muy bien e incluso perentorio que se haga porque una vez escuché o leí que quién olvida su historia está condenado a repetirla y no puedo estar más de acuerdo. Es por ello que en algunos lugares dónde se perpetró la barbarie, se están realizando procesos inversos que aspiran a dejarlo todo tal y como estaba a la finalización de la segunda gran guerra y que  algunas grandes ciudades europeas, sin ir más lejos Madrid, acogen a día de hoy exposiciones para que todos tengan acceso a un tipo de información que es imprescindible conocer para que todos sepamos sin asomo de duda, en lo que podemos convertirnos los seres humanos si se da el caldo de cultivo apropiado.

Y esta película del canadiense Christian Duguay está basada en un libro homónimo que fue un fenómeno editorial de los años setenta en Francia y traducido a casi veinte idiomas y que estaba firmado por Joseph Joffo, un parisino de nacimiento de padre ruso que huyó de la quema para evitar  formar parte del ejército del zar y que fundó una peluquería de clientela fundamentalmente judía en la Francia que posteriormente fue ocupada por los nazis en pleno apogeo de la Alemania invasora.

Y este tal Joseph Joffo, en su libro contó su propia historia y la de su hermano mayor, aunque tenía otros dos en edad de trabajar junto con su padre en la peluquería familiar, cuando los nazis finalmente penetraron hasta la médula en la epidermis de una Francia que históricamente tenía a los ingleses como archi enemigos y que por aquel entonces no alcanzaba a compreder el alcance que dicha invasión iba a acarrearles.

El padre de Joseph, que de huir sabía un rato y que era un correcaminos en toda regla y que utilizaba metafóricamente su cola para dar bruscos giros de timón para tratar de despistar a sus perseguidores que eran coyotes mucho mejor pertrechados que el pobre bicho de la Warner, se olió la tostada bastante antes de que se pusiera a arder y tomó la inteligente decisión de separar a su familia y dispersarla con un plan previamente razonado para que huyeran de la Francia ocupada y se dirigieran a la que aún permanecía libre aunque vigilada someramente por los italianos que deambulaban por ahí por lo que pudiera surgir, a la espera de expectativas más contundentes.

El caso es que la película, filmada bajo bandera francesa, cuenta las peripecias de estos dos niños pequeños que con un dinero en el zurrón que apenas sabían contar y mucho menos gestionar, se dieron el piro de París cuando las enseñas nazis ya colgaban de todos los edificios oficiales y el odio antisemita se había extendido como un cáncer terminal señalando a los portadores de la estrella de David como antes se había hecho en Polonia y Alemania. Y a fuerza de huir y tomar decisiones improvisadas que dictaban las cambiantes y aterradoras circunstancias, la familia volvió a reunirse sin que faltara ninguno de sus miembros en la Francia libre que por el tipo de costa debía ser la que ahora llaman azul y que es refugio actual de un tipo de turismo de nivel alto que se baña en las mismas playas y que camina por los mismos paseos marítimos por los cuáles corrió la sangre en interminables regueros hace ya más de siete décadas.

No es una película innovadora desde ningún parámetro ni se sale de la manera habitual de contar las cosas del cine clásico y si se comete el error de verla en versión doblada, algunas de las escenas carecen de sentido como en una de las más importantes en la cual el padre infla a hostias a su hijo con todo el dolor de su corazón, para que aprenda de manera acelerada que una respuesta inadecuada te puede joder la vida para siempre, pero que sin la riqueza idiomática de aquel lugar y de aquella época en la que confluyeron razas, religiones y diferentes intenciones, queda reducida a una vulgar secuencia sobre la que después se articula de manera subrepticia gran parte de la narración.

Comentarios personales aparte, y aunque la película cuente lo mismo que otras tantas, sí supone un soplo de aire fresco o por lo menos un intento de cambio de registro, que el director otorgue el protagonismo absoluto a los dos niños que recorren a golpe de zapato y cagados de miedo la distancia que había entre el infierno y un purgatorio que se antojaba un paraíso después de dejar atrás tanta tierra quemada. Es una historia iniciática de amor fraternal, de superación de obstáculos y de enfrentamiento a realidades inasumibles que en la piel de dos niños aún alejados de la adolescencia, debió de suponer una terrible lección de vida que marcaría las suyas para siempre.

El caso es que después de llegar a la Francia libre y de encontrar allí un remedo de tranquilidad siempre condicionada por las noticias de la radio, las cosas siguieron yendo a mal, pero no porque los largos brazos del nazismo hubieran llegado allí físicamente, sino porque a veces los propios vecinos pueden ser peores que cualquier plaga de cucarachas africanas y eso es lo que ocurrió cuando el mariscal Pétain asumió el poder tras la caída de París el 14 de Junio de 1940 y tras firmar un armisticio con los alemanes que, a pesar de dominar más del sesenta por ciento del territorio francés, reconocían formalmente la autoridad del mariscal en todo el territorio. Eso motivó que se formaran milicias que perseguían a los judíos y a los simpatizantes del enemigo inglés con la misma saña que la de los invasores y extendió por contrapartida también los tentáculos de la resistencia formándose un pifostio de tres pares de cojones.

Como consecuencia de ello, la familia volvió a separarse y, aunque de manera milagrosa, la mayor parte de ella volvió a reunirse tras el final de la guerra con la entrada masiva de los aliados y la retirada del vencido ejército alemán, a excepción del padre, maquinador de un hábil plan para mantener a salvo a la familia, que se quedó por el camino.

Y todo esto nos lo cuenta esta película que, como ya he dicho, no aporta nada nuevo, pero que es un trabajo aceptable desde todos los puntos de vista que no quiere pretender más de a lo que aspira y que pone en los ojos de dos niños todo el horror y la barbarie de las guerras, especialmente de esa que estuvo a punto de reconfigurar el mapa de Europa y que sólo en Francia dejó 75.000 civiles muertos y 550.000 toneladas de bombas caídas siendo el segundo país del Frente Occidental más dañado por los bombardeos, y de cuyas secuelas aún no nos hemos librado ni probablemente podamos hacerlo nunca, especialmente todos aquellos que la vivieron de primera mano y que guardan en sus corazones las terribles cicatrices de esa experiencia.

Destaca por encima de todo el actor que interpreta al niño de menor edad que es más listo que al hambre y que resulta creíble por la hipnótica expresión de su rostro que en cada escena refleja el cansancio, el miedo, la esperanza y la determinación de llegar a buen puerto por muchos obstáculos que las circunstancias les planteen y algunos personajes secundarios, como el médico judío que trabaja para los nazis y que también recorrerá el mismo camino que la mayoría de sus congéneres, los dos curas que en diferentes momentos  les salvan el culo a los pequeños, el propio padre o la hija de una familia de fascistas franceses que demuestra que la cuna condiciona, pero no tanto como para sustraerse a una realidad sangrante en todos los sentidos.

Los dos hermanos, especialmente el pequeño, son como dos correcaminos más centrados en esquivar a los coyotes que en procurarse sustento y que saben que un mal giro, una mala decisión, puede desembocar en un final prematuro. La guerra es una carrera de fondo en la cual no es importante llegar el primero sino llegar en el puesto que sea para poder contarlo y después, una vez se esté a salvo, ya habrá tiempo para lamerse las heridas.

Y el niño se agarra con fiereza a una bolsa de canicas que intercambió por una estrella judía de tela que tal vez modificó el destino de los receptores de ambos objetos y cuya liberación supuso el final prematuro de una infancia que terminó en el mismo momento en que unos señores rubios con esvásticas en el uniforme empezaron a recorrer las calles de París como si fueran suyas.

Y existen historias que hay que contar porque de no hacerlo otros lo harán por ti a su manera.

Y tal vez no te guste lo que digan.

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