“Un monstruo viene a verme” de J.A Bayona o “Taxus baccata” (Tejo)

Todos llevamos un monstruo dentro. Algunos lo sacamos a pasear de vez en cuando para que le de el aire, otros lo llevan siempre encima y suplantan la personalidad del portador (con estos debemos tener más cuidado) y otros no llegan a sacarlo nunca.

Pero lo cierto es que ese monstruo existe y come cuando nosotros comemos, vamos al baño con él,  e incluso, en ocasiones, toma decisiones por nosotros.

Invocarle o no, no estoy tan seguro de que dependa de que le llamemos.

Ese monstruo acarrea nuestras frustraciones, guarda en el baúl de los recuerdos todas esas fotografías que no deseamos volver a ver y nos susurra al oído cuando cerramos los ojos. Algunas veces nos canta una nana, otras suelta su letanía para no dejarnos dormir y el resto de las ocasiones, pueblan nuestras pesadillas. Freud sabía mucho de eso.un_monstruo_viene_a_verme_a_monster_calls-cartel

J.A Bayona es uno de nuestros directores más universales desde que fue lo suficientemente inconsciente para meterse en el tremendo jardín de levantar un proyecto como “Lo imposible” en el año 2012 para dejarnos a todos alucinados con la recreación de ese suceso que sacudió los cimientos de la humanidad y del cual se beneficiaron muchos bancos que sacaron pingues beneficios explotando el tema con comisiones de las trasferencias que un buen número de miles de personas hicieron para paliar o por lo menos,para tratar de ayudar, a toda esa gente que fue barrida por una ola inmisericorde. Alguien debería hacer algo a ese respecto. Supongo que no lo hacen porque también sacarán tajada.

El caso es que era imposible que una familia de cinco miembros de la misma familia diseminados por una extinta geografía y repartidos a capricho por la fuerza de ese mar despiadado cuando se encabrona, aunque sea por razones geológicas, sobrevivieran a eso y volvieran a encontrarse. El caso es que era casi imposible que se pudiera llevar al cine con esas dosis de realismo y sin utilizar ordenadores más que lo estrictamente necesario. El caso es que era aún más imposible que eso lo hiciera un director español. Pues todo eso ocurrió. A nivel astronómico, supongo que el astrológico obedece a otras leyes (si es que las tiene), se le llama alineación de planetas. A nivel coloquial, suerte que te cagas, tremendo mérito y par de huevos. Por ese orden.

Nada hacía presagiar que después de “El orfanato” (2007), Bayona fuera a dedicar su vida a levantar mega producciones.

Pero aquí sí que hay ordenadores y un batallón de peña detrás dándole a la tecla como si les fuera en ello la vida y probablemente sea eso exactamente lo que ocurra y está Sigourney Weaver que aporta calado y potencia a las escenas en las que sale y está Liam Nesson que tiene una voz que quita el hipo o que lo da dependiendo de la posición del diafragma de cada uno y hay pasta para aburrir y una cantidad de gente que hace que te de tiempo a dormirte y despertarte varias veces mientras desfilan los títulos de crédito y todo este trabajo lo representa un hombre currante y modesto que parece pedir perdón en cada comparecencia como si tuviera que disculparse por atesorar un inmenso talento para esto del cine y que consigue que gente muy importante se suba a su barco y que hable maravillas de él cuando la travesía ha finalizado. Eso es ser un elegido. Lo demás son gilipolleces.

Pero sobre todo, lo que hay es un niño que se come cada plano, cada porción de película, cada truco de ordenador, cada decisión técnica con una intensidad que acojona, apabulla, sorprende no sé si a partes iguales o en diferentes proporciones. Dicen que Bayona estuvo a punto de abandonar porque no encontraba ningún niño a la altura de las circunstancias. Lo raro no es que no lo encontrase, lo verdaderamente extraño, es que lo encontró y supo verlo.  Esto también es un imposible.

No había visto a ningún niño con semejante arsenal desde “El sexto sentido “(1999) de Shayalaman  que nos presentó al mundo al intenso Haley Joel Osment que fue apagándose según se fue haciendo mayor. No sé lo que ocurrirá con Lewis Mcdougall, pero el caso es que aquí el niño se sale, hasta el punto de que no llegamos a tener claro quién es el monstruo.

Es una historia sobre la asunción de los dolores del alma y la forma en que cada uno se busca las vueltas para sobrellevarlos. Lo que ocurre es que hay dolores que no deberían experimentarse nunca y mucho menos a edades tempranas, pero el que sea que gobierna el mundo, si es que lo hay, gusta de ponernos a prueba (según los católicos), aunque según mi punto de vista, lo que le gusta es hacernos putadas. Seguramente no sea una cosa ni otra. Simplemente el mundo es una gigantesca bola llena de números que somos nosotros y cuando sale el nuestro pues nos vamos a tomar por culo y los que quedan pues a echar el resto. Ya se sabe. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Esta película está basada en el libro homónimo de Patrick Ness que aquí hace también las veces de guionista y, aunque el reclamo sea la teniente Ripley reconvertida en abuela seca y autoritaria, el irlandés de voz grave y la chica guapa que encarnara a en la ficción a la mujer de Stephen Hawking en el biopic de James Marsh (2014), el verdadero atractivo reside en la catarsis salvaje e iniciática que interpreta Lewis Mcdougall, cuyo personaje debe madurar a hostia limpia mientras ve cómo su madre palma de la peor manera posible, como sus compañeros de colegio le machacan sistemáticamente y cómo no le va a quedar más remedio que irse a vivir con la yaya a pesar de que son como el agua y el aceite y cuyo único nexo común es la pérdida del mismo ser querido.

Y está contada en clave fantástica como ya hiciera Guillermo del Toro en su onírica, realista y maravillosa película “El laberinto del fauno” en el 2006. Los adultos tenemos muchos más problemas porque la pátina del tiempo nos ha oxidado la carrocería del alma, pero los niños pueden escapar a ese lugar que sólo está en su cabeza y que les permite habitar en este mundo cabrón hasta que alcanzan la edad suficiente para poder votar, frontera que marca   esa cosa tan extraña llamada madurez que pocos llegan a manifestar.

La madurez es un estado del alma que no sabe de edades y que no tiene fecha de caducidad. A veces ni fecha siquiera y que cada cual lleva como  mejor puede. Lo ideal es madurar a pequeños golpes de timón, aprender la lección a tu ritmo, pero la vida tiene otros planes para nosotros y eso nos lleva de nuevo al bombo en el cual cada uno tenemos nuestra papeleta.

Pedazo de sorteo.

Bayona utiliza diferentes recursos para ilustrar la historia que está llena a su vez de historias para que el niño pueda ir aprendiendo las moralejas de la vida y trate de comprender una realidad que se le viene encima y para entretenernos a nosotros con animaciones, derrumbe de castillos de naipes y otras naderías que no nos hacen falta y cuya principal funciótejon es llenar metraje para alcanzar esos minutos que toda gran producción debe sumar para considerarse como tal.

Y todo esto es porque no hay más tela que cortar. Todo es sencillo. Mi madre se muere y yo no quiero que eso ocurra, mi abuela no me gusta, no tengo una figura paterna como referente, en el cole me pegan y lo único que puedo hacer es imaginar que un monstruo viene a verme todas las noches a la misma hora para decirme lo que he de hacer. Ese monstruo se llama subconsciente y a veces nos ayuda y otras nos martiriza.

Es fácil por mi parte emparejar esta película con el tejo, pero por más vueltas que le doy, no veo opción más acertada. El tejo es un árbol que puede llegar a ser milenario, que está arraigado profundamente en las tierras de la magia y la leyenda, que puede matar o curar dependiendo de la sabiduría con la cual se apliquen las proporciones y del organismo que las reciba y que por lo tortuoso de los troncos cuando superan esas edades que están más allá de toda comprensión, hace pensar en una larga vida de sufrimiento cuyas vivencias marcan el tronco con esas heridas que cuentan una  historia para quién sabe leer las señales. Guillermo del Toro utilizó una imagen semejante de manera mucho más bella y poética, para cerrar su película antes mencionada.

Bayona aprovechó el festival de San Sebastián para presentar su película en la gala de entrega del premio Donostia a Sigourney Weaver que se lo merecía de mucho antes. Ese y algunos más que se han llevado otros con menos merecimiento y ya hizo lo propio con ese colosal trabajo de “Lo imposible” para que se lo dieran a Ewan McGregor en la edición número 60. A esto me refería con lo del merecimiento.

¿Qué nuevo trabajo hará para cerrar la trilogía?

Habrá que echarse a dormir a la sombra de un tejo y preguntarle al monstruo.

 

 

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