“Tully”de Jason Reitman o Asio flammeus (Búho campestre)

El búho campestre, denominado durante mucho tiempo Lechuza campestre sin que mis limitaciones intelectuales me ayuden a comprender el porqué de este cambio de género, es la más diurna de las aves nocturnas englobadas en ese grupo pequeño de seres alados, dotados de cabezas con capacidad de giro sobrenatural y ojos frontales. Se la puede ver volar y cazar con bastante luminosidad debido a que empieza hacerlo hasta una hora antes del anochecer y resulta sorprendente disfrutar de su extraño vuelo que trasmite una falsa sensación de flotabilidad con su planear bajo y ondulante, muchas veces cerca del suelo como si se tratara de cualquier variedad de aguilucho. Tiene una cabeza grande y redondeada en la cual destacan dos ojos amarillos con un anillo negro a su alrededor y unos pequeños penachos de plumas pequeños y generalmente ocultos. Habita en zonas abiertas y herbáceas generalmente sin cultivar y también marismas, cultivos y marjales costeros. Habita en todos los continentes menos en la Antártida y Australia, pero aún así es una especie considerada rara en gran parte de su área de distribución debido sobre todo a su condición de ave migratoria y a su comportamiento errático y nómada que sólo le permite tener una zona fija durante su época de reproducción. Su voz es un ladrido nasal y áspero como un latigazo, aunque es silenciosa durante la invernada, durante la cual, duermen en dormideros comunales.

lechuza campestre

Come principalmente roedores y pájaros a los que acecha desde una percha elevada o volando sobre el suelo a poca altura ayudada por sus largas alas y por su liviano peso y su estatus es considerado vulnerable, como vulnerables son esas magníficas criaturas llamadas madres que a instancias de su reloj biológico, salvo accidentes que los hay y en abundancia, pero que una vez metidas en el asunto de generar vida, generalmente no admiten concesiones, la mayor parte de las veces ni a ellas mismas.

Y “Tully” va de eso, de una madre ya en su tercera gestación al borde mismo de la explosión que ha de lidiar con sus dos anteriores hijos, uno de ellos con un problema no diagnosticado de manera específica que requiere de una atención primaria y casi exclusiva y de otra hija que en su condición de segundona por estrictas necesidades vitales, tiene que seguir con su crecimiento a todos los niveles observando como su hermano acapara la mayor parte de la atención, como la madre apenas puede dar más pábulo a algo que no sea su propia condición de mamífero gestante en la última fase y como el padre, ausente por trabajo durante innumerables horas, no hace otra cosa a su llegada a casa más que repartir escuetos besos, trasegar la comida que le colocan en el plato y matar zombies a diestro y siniestro con un video juego al que se conecta apenas pone el culo en el colchón marital.

Pero a pesar de la condición coral de la película, en cuento a los personajes que pululan por la casa y otros escenarios fácilmente reconocibles, es la madre encarnada por la camaleónica Charlize Theron, la que acapara y centra la historia que es otra de tantas en cuento a su temática, pero cuyo director  convierte en singular por su manera de contar las cosas. Y es que Jason Reitman, director con cuatro décadas a sus espaldas y con pasaporte canadiense, gusta de contar historias cotidianas desde diferentes puntos de vista, como ya demostrara en el 2007 con “Juno”, también una historia de maternidades pero a una edad en la que no se deberían plantear ciertas cosas, en “Up in the air” (2009) o “Young adult” dos años después y con la misma protagonista de esta que nos atañe.

tully cartel

Y Charlize Theron, una actriz tan bella como polifacética, que no se arredra en desfigurarse rostro y cuerpo para ceñirse a lo que exija el guión y que aún así sigue siendo un pibón de campeonato, se mete a saco y sin condiciones en el papel de una madre que se siente agobiada hasta decir basta por todo lo que tiene y se le viene encima y que además, aunque cuenta con un buen marido en cuanto a un amor mutuo y a lo que se le suele pedir a los hombres en la mayoría de las sociedades occidentales impregnadas de un machismo consentido que casi todo  el mundo avala sin hacerse apenas preguntas, tiene que asistir a la debacle diaria a la que se tiene que enfrentar cada madre, ya sea primeriza o experimentada y que consiste en permanentes cambios mientras una criatura crece en su interior colonizando todo, desplazando órganos y acostumbrándose a luchar  ya desde los primeros estadios para sobrevivir después como mejor pueda, una vez se vea desalojada de esa bolsa repleta de líquido amniótico en la que todos hemos flotado durante un periodo de tiempo similar.

Y todo estalla literalmente después del parto en esa parte tan delicada de cualquier madre que pasa de ser el centro de atención a verse relegada a un segundo plano en las atenciones de los demás mientras se convierte en una vaca lechera que debe abastecer con lo que produce su cuerpo a ese ser expulsado prematuramente del paraíso sin que encuentre consuelo, ni apoyo y mirando sin reconocerse en un espejo que durante un tiempo indeterminado, se encargará de mostrarle una imagen deformada de sí misma mientras el lento pero implacable cosmos vuelve a colocar todas las piezas en su sitio.

Ser madre no debe de ser un asunto baladí y los que tenemos un badajo entre las piernas en vez de un receptáculo generador de vida, jamás podremos comprenderlo ni aunque estemos dotados de ingentes dosis de empatía y por eso a mí por lo menos, me hace tanta gracia esa manera de catalogar a la mujer como el sexo débil cuando resulta evidente que nosotros sufrimos enormemente cuando se trata de sacar algo de nuestro cuerpo aunque sólo sea un pedo atravesado, sin que sea necesario inmiscuirse en otros asuntos relativos a esa estúpida y misógina afirmación.

La maternidad es un asunto exclusivo de las madres aunque algunos colectivos se me echarían encima y tal vez con razón, pero mi argumentación a ese respecto, se centra más en la gestación interna y esa indivisibilidad que dura un máximo de nueve meses y que debe de suponer en pura lógica un nexo irrompible que crea unos vínculos que no se pueden adquirir de otra manera independientemente que una madre o padre adoptivos puedan desempeñar su papel con la misma dignidad e incluso mayores dosis de eficacia.

Pero lo que está claro es que ese momento epifánico del parto convierte en huérfanos emocionales a la madre y a la consecuencia de tal sustantivo, porque  a partir de ese momento, ambos cuerpos se desligan físicamente de la intimidad que han compartido juntas y han de acostumbrarse a un nuevo estatus vital en lo que debe de suponer un shock traumático de épicas proporciones.

No poder dormir noche tras noche más que en pequeños intervalos de duración irregular y tener que pasar todo el día despierta atendiendo todas esas miles de tareas diarias que convierten cada jornada en un  maratón interminable sin que después se pueda aspirar a un descanso decente, debe de ser un Everest al que hay que subir cada día sin oxígeno y sin sherpas y debe de colocar al cuerpo y a la mente en niveles cercanos al colapso y eso es lo que le ocurre a esta madre terceriza hasta que aparece en su vida ese personaje fabuloso de la niñera nocturna que supuestamente contratan con la ayuda de otra rama de la familia más afortunada en cuanto a los réditos de sus esfuerzos.

Ese personaje que además otorga el título a la película es la balsa en mitad del mar, el clavo al que agarrarse y el oasis en una travesía desértica y convierte un infierno declarado en un purgatorio soportable en el cual lamerse las heridas y buscar un remanso de paz en la galerna y la relación entre las dos mujeres es diáfana y prístina como una noche de invierno sin nubes en el horizonte.

Tully es el alter ego de la madre desconcertada y agotada, ese espejo en el cual mirarse y que le recuerda irremisiblemente a su juventud perdida en la cual todas las decisiones estaban por tomar y las responsabilidades eran simas profundas en las cuales aún no estaba previsto precipitarse y la aparición en la vida de la madre desportillada abre nuevos caminos de comprensión que la ayudan a sobrellevar una carga que no por auto impuesta deja de ser pesada.

Esa madre que acaba convirtiéndose en un búho campestre que no distingue el día de la noche porque ciertas responsabilidades no admiten plazos ni fronteras, se aferra como una lapa a esa nueva presencia vital  que no sólo la ayuda sino que la comprende y le ofrece nuevos puntos de vista, pero en su horizonte sigue habiendo nubes que corresponden a una pesadilla recurrente y a la posibilidad que siempre está latente de perder, por los motivos que sean, aquello que más necesitamos. La aparición de esa mujer en la vida de esa familia, como una presencia latente pero invisible para los que se dejan caer en el sueño reparador, hace regresar la concordia y la estabilidad a un entorno aquejado de numerosas brechas de esas que no amenazan en principio el casco de la nave, pero que pueden acabar de unir sus puntos como un herpes para acabar de configurar la vía de agua por la que todo se irá al garete.

Jason Reitman vuelve a dar con la tecla con los mismos mimbres que acostumbran a configurar sus cestos. Es decir, películas de corte genérico pero de escenas intimistas, aderezadas por una banda sonora potente e imágenes dotadas de ritmo gracias a eficaces montajes marca de la casa. Actores competentes, metrajes adecuados, historias cercanas y reconocibles y diálogos potentes que aumentan la credibilidad. En esta ocasión el guión está a cargo de Diablo Cody que es una guionista habitual del director canadiense, sobre todo cuando los personajes de sus películas son femeninos y que demuestra una vez más que tiene un amplio conocimiento sobre la psique humana y su manera de establecer sinapsis en épocas de crisis cotidianas.

Se trata de una película muy bien armada, que funciona desde el principio hasta el final, pero que está condicionada en su tramo final por un giro de guión que compromete y obliga a una segunda revisión a ciertas escenas previas para aseverar la solidez de su estructura, pero que hasta que muestra sus cartas, ofrece momentos de cine de altura, entretenido, comprometido, asimilable sin esfuerzos de intelecto y retina y que se ve con agrado e interés porque, como todo buen guión, los personajes secundarios están tan cuidados como los primeros espadas, destacando por encima de todo esas escenas impagables en las cuales las dos mujeres crean y refuerzan sus vínculos hasta que llega ese momento, que es el principio de todo conflicto, en el cual los caminos convergentes se convierten en paralelos anulando cualquier posibilidad futura de que vuelvan a unirse algún día.

Es una magnífica oda a la vida, al sacrificio de ser madre y a las consecuencias ineludibles  a lo que eso conduce porque, aunque ser padres puede obedecer a un instinto básico de perpetuar la especie y también es un acto de egoísmo extremo de aquellos que quieren dejar un legado para darle un sentido a su propia vida, sin importarles realmente el tipo de mundo al cual han arrojado a su descendencia, condicionan el resto de sus vidas a completar un trabajo desde luego mucho más complejo que contribuir a que un único espermatozoide alcance y fecunde un óvulo o lo que es lo mismo, follar sin protección o hacerlo con ello y enfrentarse a las consecuencias cuando fallan los estándares mínimos que acaban por configurar las estadísticas.

Esta madre que vuela bajo cual lechuza campestre, ave nocturna a su pesar, silenciosa en su particular invernada, errática en sus hábitos y nómada en su propio entorno, sólo pretende sacar adelante a su nidada y contar con el apoyo y la comprensión del resto de los suyos porque nos guste o no, somos seres gregarios que de vez en cuando necesitamos sentir el reconfortante calor  de un hálito semejante al nuestro.

Aunque cuando se extinga, se extienda sobre nosotros una nueva era glacial de duración indeterminada durante la cual tal vez no nos quede más remedio que hibernar.

Y soñar con que el estío regrese.

 

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