“The square” de Ruben Östlund o Cettia cetti (Ruiseñor bastardo)

El ruiseñor bastardo es un pajarillo discreto y escurridizo, pequeño, oscuro y difícil de ver. Suele posarse a baja altura y habita carrizales y zonas de vegetación cerca del agua. Es poco llamativo, con un tono pardo rojizo de la cabeza a la cola y el resto del cuerpo muestra gradaciones de diferentes tonos sin estar claramente delimitados. Es una especie abundante básicamente sedentaria, aunque puede llevar a cabo vuelos cortos dispersivos para buscar lugares más cálidos cuando el invierno se sale de madre y en esos casos, su población puede sufrir retrocesos ocasionales durante varios años. Come entre la vegetación densa o cerca del suelo, a la búsqueda de insectos, arañas, caracoles o algunas semillas.ruiseñor bastar

A pesar de la dificultad que se puede tener para verle, es sin embargo fácil de detectar debido a sus frecuentes, abruptos e intensos estallidos de canto y canta mientras vuela, por lo que el segundo estallido puede presentarse a una buena distancia de dónde tuvo lugar el primero. Utiliza la misma frase básica y la repite cada varios minutos y esta es también una de las características de esta extraña y sugerente película sueca  que pasa de momentos de aparente tranquilidad a abruptos e intensos estallidos cinematográficos, siempre al más puro estilo académico sueco, mientras que, de vez en cuando, suena un mismo extracto musical que articula la película que gira en torno y alrededor de un museo de arte contemporáneo y de su director.

Este director sueco llamado Ruben Östlund, comenzó haciendo cine de esquí en los años noventa hasta que se metió en la escuela de cine de Gotemburgo, desde la cual gozó de más oportunidades para que sus trabajos tuvieran una mayor visualización. Su anterior film “Fuerza mayor” (2014), aunque muy diferente en cuanto a temática, también mostraba un gusto por las secuencias largas, marca de la casa, y una sensación de aparente calma permanente como si se estuviera en el ojo del huracán, equidistante de cualquier punto cardinal, desde cualquiera de los cuáles, puede llegar el cataclismo.

“The square” tuvo su origen artístico en una exposición que albergó el Museo Vandalorum en el sur de Suecia y que fue promovida por el propio director de la cinta y Kalle Boman y presentaba un concepto, muy del estilo del arte conceptual, en el cual se ubicaba un cuadrado en una superficie horizontal y dentro de él, cualquier ser humano estaba obligado, al menos moralmente, a tener una actitud de fraternidad hacia todos sus congéneres y a acudir a cualquier llamada de socorro.

Y esta idea fue después llevada al cine para mayor gloria del señor Östlund, ya que fue galardonado este mismo año con la Palma de Oro en el festival de Cannes.

Y así comienza la película, previa exposición de una larga entrevista entre una periodista y el director de un famoso director de un prestigioso museo de arte contemporáneo, con una petición de socorro entre el gentío a la cual sólo responden dos personas. Una con más decisión y la segunda obligada parcialmente por la insistencia del primero. En esa primera, mejor dicho, segunda secuencia, el director del museo sufre un robo en el cual pierde algunas cosas valiosas que se siente obligado a recuperar, usando para ello el geolocalizador de su teléfono móvil.the-square-ruben-ostlund-2017-R-6kGwWx

Tras esta desconcertante puesta en escena y alternando la búsqueda de sus pertenencias a nivel personal ayudado por gente del museo, se intercalan otras escenas de la actividad diaria de este lugar, paradigma del arte actual, que aspira a seguir manteniendo su caché con donaciones sustanciosas y a presentar en su catálogo las más modernas obras de arte contemporáneo, performances y toda esa parafernalia, para muchos incomprensible, que habita en cualquier espacio de este tipo y que aquí, en nuestro país, tiene cada año, más o menos en el mes de Febrero, una amplia muestra en la feria llamada ARCO.

El arte contemporáneo, como tal, tal vez llamado así no por su prevalencia en la época actual sino como manera de diferenciarlo del clásico, es un concepto muy amplio en el cual tiene cabida casi cualquier cosa y utilizando la palabra cosa en el más amplio espectro del término. Del mismo modo y salvando las distancias, en que fue necesario diferenciar entre el cine comercial y el independiente o de autor, o entre el teatro de toda la vida y el llamado alternativo, más que nada porque aunque las etiquetas no se correspondan a lo que venden realmente, sentimos esa tendencia a poner nombre a todo, seguramente para poder referirnos a ello de manera concreta.

Y este tipo de arte, empezó a ponerse en marcha a principios del siglo pasado, concretamente en 1916, con un movimiento cultural y artístico llamado Dadaísmo que nació en Zúrich en el cabaret Voltaire y que se extendió después a EE.UU y que a lo largo de los años en que estuvo vigente, tal vez nunca llegara a morir del todo, tuvo en nómina a ilustres ciudadanos como Marcel Duchamp, Pablo Picasso, Amadeo Modigliani o Vasili Kandinski entre otros.

Y, casualmente, este último también formaba parte del elenco de profesores que tenía otro movimiento potentísimo nacido casi al mismo tiempo en la República de Weimar y que respondía al nombre de La Bauhaus, una escuela de artesanía, diseño, arte y arquitectura, sobre cuyas bases se siguen cimentando conceptos que a pesar de considerarse ultra modernos, han cumplido un siglo de edad. Y todo esto enunciado, responde a un refrán muy español, con algunas modificaciones y es que Dios los cría y el viento los amontona.

Esta producción cinematográfica sueca, habla entre otras cosas de la hipocresía social, de los prejuicios y de los límites del arte. ¿Dónde se puede llegar a situar la barrera entre lo aceptable, lo sublime o lo ridículo? Siendo todos conceptos subjetivos, ¿se pueden aplicar barreras a los mismos o es poco más o menos como ponerle diques al mar?( con la excepción hecha de los holandeses que de eso y de tulipanes saben un rato).

Coñas aparte, el arte, como toda representación de las inquietudes humanas y de la imperiosa necesidad que sentimos algunos seres humanos de relacionarnos con nosotros mismos y con nuestro entorno, es un enorme cajón de sastre en el cual cabe todo y con esa idea juega constantemente este peculiar director sueco, que se mueve a medio camino entre la estirada burguesía sueca deudora de una forma de vida inasumible para los de la parte baja del escalafón y entre estos últimos, que malviven en esos suburbios que decoran todas las ciudades del mundo y que la gente trata de evitar en la medida de lo posible porque tal vez nos recuerden lo que somos, lo que fuimos o lo que nunca dejaremos de ser o en, cualquier caso, en lo que podríamos convertirnos en cualquier momento a poco que la vida dé un bandazo.

Ese primer acto de la sustracción de algo personal y el deseo genuino de recuperarlo de una manera eficaz, pero infantil y poco respetuosa con la presunción de inocencia, pone patas arriba los convencionalismos y el día a día de un prestigioso director de museo que goza de pasta, prestigio y fama y que se mueve como pez en el agua entre bambalinas y delante de sus fieles, admiradores y reporteros varios, hasta que se da cuenta de que se ha vaciado la pecera. La búsqueda da sus frutos, pero tiene otras consecuencias colaterales que el director de la película intercala paralelamente con la campaña publicitaria que un par de universitarios recién salidos del horno, proponen a la directiva del museo para promocionar la obra cumbre de la temporada que es ese cuadrado inscrito en el adoquinado de un patio y que simboliza mucho más de lo que aparenta a simple vista. Esa campaña agresiva orquestada con el fin de llamar la atención, que es el fin primero y último de cualquier campaña publicitaria, tiene su efecto rebote porque el señor encargado de aprobar la propuesta en última instancia y que es el director del cotarro, está inmiscuido en otros asuntos personales vía mensajes escritos recepcionados en ambas direcciones por un establecimiento de esos que no cierran nunca, que no le permiten tener la lucidez y los reflejos necesarios para gestionar bien sucesos tan diametralmente opuestos, pero ambos dirigidos a su línea de flotación.

De ese modo, el protagonista va perdiendo fuelle físico y mental, al tiempo que todo lo que pensaba que tenía bien apuntalado, se le viene abajo no con estrépito de paquete bomba, pero sí de manera progresiva sin que existan contrafuertes ni redes para retardar o suavizar la caída.

Como en otras películas anteriores de este mismo director, la tragedia se huele y se fragua, pero no llega a mostrarse en la pantalla porque todo obedece más bien a cataclismos interiores, a implosiones emocionales, a esa clase de cosas que no sobrepasan los muros, como esas plagas de escarabajos que socavan las raíces del árbol matándolo poco a poco sin evidentes síntomas exteriores de enfermedad o podredumbre.

El director del museo se ve obligado a salir de su zona de confort, de su propio cuadrado en el cual está a salvo, para meterse en el cuadrado de otro dónde tal vez imperen otras reglas o si son las mismas, no sepamos utilizarlas del mismo modo. Ese cuadrado propio, personal y en principio intransferible, se solapa con otros muchos y al final no sabemos si la señal de socorro es nuestra o es ajena o si debemos socorrer o esperar a ser socorridos. En cierto modo, y volviendo a entroncar una vez más con el arte moderno, es como estar en un cuadro de Mondrián en el cual, sólo podemos aspirar a pasar de una figura geométrica  a otra y pasando de un color al siguiente como minotauros o generales en sus laberintos.

Y todo al fin y al cabo es una batalla, un enfrentamiento, una dicotomía eterna entre lo que hacemos y lo que deberíamos hacer, entre lo que hemos hecho y lo que creímos haber llevado a cabo y por eso siempre se naufraga cuando se navega por las procelosas aguas de nuestra psique, cuyas ramificaciones exceden nuestra capacidad de raciocinio enfrentándonos a diversos grados de locura cuando nos aventuramos hacia aguas abiertas, lejos del refugio del lugar dónde estamos amarrados.

Y ambas partes se retroalimentan creando un bucle imposible de romper, como otros dos artistas contemporáneos que rivalizaron incluso en parecidas formas de morirse y a edades semejantes y que también plantearon a la comunidad artística muchos interrogantes que, como esta película, nos mostraban que los límites del arte, como de cualquier cosa, se encuentran en el lugar en el cual se decida poner la barrera. Piero Manzoni entre otras cosas, enlataba su propia mierda  y luego la vendía al precio de cotización del oro en el mismo momento de la venta o marcaba su huella dactilar en huevos duros que después eran ingeridos por sus clientes e Yves Klein, inventor de un pigmento propio llamado YKB (Yves Klein Blue), utilizaba espacios en blanco en los museos llamados zonas de sensibilidad pictórica inmaterial que tras venderlas, arrojaba al Sena de manera simbólica. Ambos jugaban a ver quién rompía más barreras y ambos murieron antes o justo después de cumplir los treinta de un ataque al corazón. Otra manera de implosionar, tal vez por no estar en el cuadrado apropiado en el momento o justo o por haber salido demasiadas veces del mismo sin cumplir las reglas del juego. Tal vez casualidad, pero yo creo a Eisntein cuando decía que las casualidades obedecen a leyes que desconocemos.

Como casi todo.

De regreso de mis divagaciones, extravagante película de visionado muy recomendable para aquellos que le buscan cinco pies al gato o que gustan de habitar otros espacios dónde convertirnos en lienzos en blanco sobre los cuáles poder pintar y que, pese a su apariencia desmembrada y deliberadamente confusa, muestra secuencias monumentales , como la del artista (o loco, que muchas veces es lo mismo), que va de mesa en mesa acojonando al personal que, como muchos asistentes a ámbitos de esta índole, no saben cómo reaccionar ante lo que ven por miedo, a convertirse a su vez obras de arte que otros podrían juzgar desde la comodidad de su propio cuadrado.

Y el director de este museo, como el ruiseñor bastardo,  utiliza su canto mientras se desplaza de un cuadrado a otro no tanto para que los demás sepan lo que es, sino para asegurarse de que sigue siendo el mismo.

Aunque no lo sea.

 

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