“The program” de Stephen Frears o Dionaea muscipula (Atrapamoscas)

Lance Armstrong es un personaje de película. Cualquier guionista podría pasar gran parte de su vida tratando de configurar una creación  con la mitad de chicha que la del ciclista texano y no lo conseguiría. ¿Para qué vas a devanarte los sesos haciéndolo si tirando de realidad puedes tener todos los que quieras?

Stephen Frears sabe esto muy bien. Director de otros biopics con mucho jugo, como “The Queen” en 2005 0 “Florence Foster Jenkins” (2016), aún pendiente de estreno en nuestro país y realizador de otras como “Alta fidelidad” (2000) o “La caravana” (1996) y “Philomena” (2013).

En esta película explota al máximo la figura del ccartel the programontrovertido ciclista del Us postal, para marcarse un thriller de primera magnitud con todos los elementos narrativos a su absoluta disposición y haciendo uso de ellos como debe de hacerlo un cineasta de altura, utilizando dramatizaciones puntuales para dotar a toda la estructura de más fuerza, sin alterar la esencia de lo que quiere contar.

En el plano secuencia del comienzo, un periodista deportivo desconocido aún  y un ciclista en vías de reconvertirse en famoso, pero aún muy lejos de ello, cruzan  una apuesta durante una partida de futbolín  y ahí ya se ve que  Lance Armstrong (magníficamente interpretado por Ben Foster), odia perder y que hará todo lo posible (y en este caso la palabra todo adquiere una dimensión absoluta), para que esa circunstancia no se de nunca en lo que viene a ser una declaración de intenciones ineludible.

Toda la película está basada en la documentación que la USADA (organismo ciclista norteamericano), recopiló durante todo el proceso contra Lance Armstrong, gracias a la colaboración delatora de antiguos compañeros del ciclista texano, que a su vez convirtió en libro David Walsh (“Los siete pecados capitales”), que aquí ejerce de protagonista ficcionado  y que fue el  principal detractor de Armstrong prácticamente desde sus inicios en los cuales empezó a sospechar de su limpieza y honestidad como deportista.

En otra escena memorable, antes de una carrera en la que Lance Armstrong estrenaba su flamante maillot arcoiris de campeón del mundo, el  ciclista Johan Bruyneel, que luego fue director del Us postal, ya le advertía a Armstrong que no iba a poder ganar porque algunos de los corredores tenían más oxígeno en sangre que él, en lo que supone un alegato brutal contra el ciclismo, dando a entender que existen dos clases de ciclistas. Los que se dopan y a los que pillan y los que lo hacen y se van de rositas. Esto plantea muchos interrogantes. ¿Es imposible ganar en el deporte de élite, sea cual sea, si no se consumen sustancias dopantes?, ¿saben los médicos cómo burlar los controles porque de alguna manera ellos también pueden contribuir a diseñar las máquinas que detectan tales sustancias?, ¿están al corriente organismos, patrocinadores y demás mecenas de las prácticas ilegales, pero miran para otro lado mientras les reporten dividendos?. Estas preguntas y otras muchas se responden solas a lo largo de esta película aunque no resulta nuevo. Absolutamente todos los deportistas de la RDA iban de hormonas hasta el culo.  En el ciclismo moderno muchos ciclistas han sido desposeídos de sus títulos de tal manera que las fotografías finales de las grandes carreras por etapas tendrán que tirar de photoshop para modificar las siluetas y rostros de los ganadores, aunque siempre nos quedará la duda de si los que quedaron segundos o terceros no iban dopados o sencillamente lo iban menos. En los próximos juegos olímpicos en Brasil, todos los atletas rusos están bajo sospecha y apercibidos  de suspensión y expulsión o ambas cosas porque hay fundadas sospechas de que existe un dopaje de estado organizado, controlado y auspiciado desde las más altas esferas del gobierno ruso.

¿Está el dopaje generalizado e incluso institucionalizado porque ahora muchas batallas políticas se libran en los campos de fútbol y en las pistas de atletismo para demostrar hegemonía como hicieron rusos y americanos durante la guerra fría con la carrera espacial o, sin irse tan hacia arriba, en los campos de hockey sobre hielo como puede verse en el impresionante documental “Red Army”  de Gabe Polsky (2014)?

Lance Armstrong ya se dopaba antes de que se le detectara el cáncer de testículo en fase terminal con metástasis en el cerebro. No lo digo yo, se dice claramente a las primeras de cambio porque, aunque ya entonces era un atleta excepcional, no le alcanzaba comparándole con los que llevaban gasolina con más octanos. Hormona del crecimiento, Epo o testosterona eran algunas de las sustancias que se metía para el cuerpo y que podían comprarse mediados los noventa  sin receta en algunos países europeos en la cantidad que te diera la gana. Supongo que eso estará ahora más controlado.

No sé si eso pudo influir negativamente a que desarrollara un tumor y que se extendiera como la pólvora y la película no lo deja claro ni parece insinuarlo. Tal vez ya estuviera marcado y era cuestión de tiempo que diera la cara. Eso no determinó su carácter, ( ya era un caníbal del deporte)  pero desde luego sí lo potenció. Venció al cáncer y consideró que nada ni nadie podría vencerle después de eso. Otros deportistas y muchas personas después de pasar por una situación traumática  no sólo han rehecho sus vidas sino que han vuelto con fuerzas renovadas y se han convertido en números uno del deporte o de la vida. Thomas Muster fue número uno del tenis después de que un borracho le atropellara y le reventara las piernas cuando antes de eso era un tenista del montón y nuestra Teresa Perales tiene el mismo número de medallas que Michael Phelps, después de quedarse sin movilidad en las piernas a los diecinueve años.

El caso es que Lance Armstrong sobrevivió al cáncer pero acabó sucumbiendo a sí mismo. En connivencia con Johan Bruyneel y monitorizado por el doctor Michael Ferrari, montó el programa de dopaje más sofisticado, organizado y duradero de la historia del deporte. Todos y cada uno de los corredores del equipo texano pasaban por ello y hasta la masajista debía colaborar haciendo desaparecer discretamente las jeringuillas usadas en latas de refresco vacías que antes  eran depositadas en las zapatillas de los corredores para su uso sistemático.

¿Cómo se las arreglaban para no dar positivo en los controles se debía entre otras cosas a que contaban con información privilegiada y a que conocían métodos para paliar dichos efectos y el tiempo residual que se quedaba en el organismo?. Hasta la UCI (organismo ciclista internacional y, según siempre lo que narra la película), tapó un positivo de Armstrong por no dañar la imagen del Tour de Francia. Incluso, en el colmo de la hipocresía, Lance donó una máquina para realizar controles a dicha organización para que afilara sus dientes en busca de deportistas tramposos.

Pero Lance Armstrong y su equipo (el técnico), no contaron con el factor humano. Floyd Landis, otro ciclista norteamericano que fue su gregario de lujo y que no estaba de acuerdo con sus métodos expeditivos de tratar  a soplones y colaboradores del pelotón con técnicas cercanas a las de la mafia calabresa, pasó por el aro miles de veces sin delatar al que consideraba su amigo. Floyd Landis ganó el primer tour que le permitió Lance Armstrong y que fue el primero en el que no participó. Pero fue desposeído de él porque dio positivo en un control haciendo lo mismo que hacía siempre pero estando en un equipo sin relevancia mediática ni política (qué casualidad!). Y no lo soportó.

Lance Armstrong, después de ganar su séptimo tour, anunció su retirada, pero como el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, quiso regresar ávido de competición y más gloria en plena aparición apoteósica de Alberto Contador. A pesar de que quedó tercero (un auténtico desprestigio para un tipo como él), nada hubiera pasado si no hubiese despreciado al que fuera su confidente y amigo. Floyd Landis se ofreció a correr de nuevo junto a Armstrong para tratar de redimirse ante todos los que le habían usado de felpudo y este le repudió, como hiciera el espartano Leónidas con el jorobado que quiso luchar junto a él y que acabó delatándole a los griegos. Floyd acudió a la USADA para descubrir el pastel y después de eso se sumaron al carro todos los que alguna vez tuvieron que ver en ello incluso en sus épocas anteriores al cáncer.

En el camino había denunciado por calumnias a aseguradoras, periódicos y personas físicas pero, sin pruebas evidentes y tratándose de un icono mundial que simbolizaba el triunfo de la vida sobre la muerte, nadie quiso disparar contra él.  Lance Armstong acabó devolviendo los títulos, el dinero ganado en premios, los bonus de las aseguradoras, la pasta pleiteada y las costas de los juicios con intereses sobrados y terminó contando todo en el programa de Oprah Winfrey, mujer con gran poder de persuasión o quién sabe si también de hipnosis, ante la cual todo el mundo se despelota sin pestañear. Eso contribuyó al derrumbe definitivo de quién fue uno de los hombres más poderosos del planeta por sus ramificaciones en todo aquello en lo que se involucraba.

Estamos hablando de un hombre que de haber sido político de un país poderoso, hubiera podido desencadenar el caos por su manera de gestionar su poder y su ego. Un tipo de persona peligrosa que siempre creen estar por encima del bien y del mal y que piensan que los medios siempre justifican el fin.

Lance Armstrong, que sigue considerando que los Tours requisados son genuinaDionaea-planta-carnívoramente suyos, sólo fue honesto (y no del todo) con su fundación contra el cáncer para la que recaudó millones de dólares. Era alguien que sólo lograba empatizar con quiénes habían sufrido o sufrían el calvario por el cual él pasó y era a los únicos a los que hablaba de tú a tú, sin mirar por encima del hombro.

Hay mucha gente con un legado mucho menor  y están encantadas de haberse conocido.

Lance Armstrong como deportista y como persona fue alguien que se fagocitó a sí mismo, como una planta carnívora que atrapa todo lo que está a su alcance sin pararse a pensar en las consecuencias.

A nivel técnico destacar los planos aberrados que son utilizados por el director para crear una atmósfera adecuada a la hora de mostrar lo que pasa por la cabeza de los protagonistas, atormentados por sus conciencias y el entorno ( de aquellos que la tuvieran) y el uso magistral de la banda sonora para acompañar una película que se mueve a golpe de riñón y pedal.

 

Armstrong

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