“The Florida project” o Psittacula krameri (Cotorra de Kramer)

La cotorra de Kramer es un ave perteneciente a la familia de los loros, de tamaño medio, no superior a cuarenta centímetros de alzada, color verde intenso, cola larga, mandíbula superior de color rojo e inferior negra y que está considerada una especie invasora toda vez que tras su comercialización masiva procedente de África y Asia, muchos ejemplares escapados o liberados, dieron muestras de su capacidad adaptativa colonizando los hábitats que se pusieran a su alcance, demostrando una vez más y ya van… que la supervivencia es un asunto muy serio y que puestos a ella, se pone toda la carne en el asador para alcanzarla durante el mayor tiempo posible, aunque ello vaya en detrimento de otras especies que estaban allí primero y que son desplazadas o incluso exterminadas por acoso por la mayor fuerza de la que se subió al autobús en marcha.kramer en vuelo

Este tipo de loro, cuya primera cita en España afuera de los barrotes que la convertían en animal exótico de compañía, data de los primeros setenta y a día de hoy, por la menos la Comunidad de Madrid según un escrito de datación reciente, concede permiso expreso para la captura y la muerte de cualquier ejemplar durante el desarrollo de cualquier actividad cinegética, lo cual es dar alas, perdón por la desafortunada metáfora, a esos miles de escopeteros que cada fin de semana, no siempre durante la veda, salen a abatir todo aquello que se mueva y que no parezca andar erguido sobre sus patas traseras.

Es un ave sedentaria siempre y cuando no esté criando en cuyo caso se vuelve más solitaria. Es  eminentemente arborícola y se la  puede ver todo el año en sus lugares de residencia, otra muestra evidente de su capacidad de adaptación. Es excepcionalmente ruidosa emitiendo su típico grito agudo  y  cuando se juntan, como es su costumbre, un número elevado de individuos, puede resultar insoportable.

Se alimenta de semillas, frutas y de algunas plantas ornamentales y cuando está a la cosa de la propagación de la especie, puede volverse agresiva.

A nivel de ecología, este tipo de ave por su costumbre de anidar en oquedades de árboles, ha usurpado las casas y el modus vivendi del Nóctulo grande, que es el mayor murciélago europeo que se puede ver por estos lares, pero supongo que a eso nadie que no sepa gran cosa del tema le importará y le afectará mucho, porque esta clase de bichos nunca han tenido buena fama.

Y tampoco tienen muy buena fama esa clase de gente que vive en los suburbios de cualquier ciudad que suelen afear el paisaje con su presencia y que tal vez nos molesten porque nos recuerdan que se puede caer muy bajo , si no lo hemos hecho ya.  Ese recordatorio, ese saber que las tres marías, la caca, la mierda y la porquería, andan por ahí rondando a la espera de un desliz, de un golpe de viento o de que alguien, los bancos, el estado, los fondos buitre o algo por el estilo, nos endose una auditoria existencial que nos mande al lado salvaje de la vida, a ese territorio comanche en que la supervivencia es una cuestión de estado dónde no se hacen rehenes porque no hay comida suficiente para todos.

Aquí en España, durante la preparación de las olimpiadas de Barcelona y más o menos por las mismas fechas con la Exposición Universal de Sevilla, el estado soltó a los lobos para desalojar de las calles a esa clase social considerada escoria, a  ese paisanaje funesto que no debían de ver los visitantes de las diferentes partes del mundo cuando vinieran a visitar nuestras impecables ciudades dignas de pertenecer al primer mundo y limpias como la patena de delincuentes, drogadictos y gente pobre. Alberto Rodriguez ya lo contó en el año 2012 con “Grupo 7”, inspirada en los informes policiales de la época, toda vez que, como la primera cotorra de Kramer, fueron liberados para ponerse a disposición de todo aquel que les quisiera echar un vistazo.Florida cartel

Toda gran ciudad, cosmopolita o no, tiene sus suburbios y de eso no se libran ni en Nueva York, ni Milán, ni Madrid ni Barcelona, ni tampoco Londres o París y supongo que hasta en esos sitios tan peripuestos y centro europeos, como Zurich, Ginebra o Berna, también los tienen. Y ni qué decir tiene que en el cono sur, Sao Paulo, Río de Janeiro, Caracas o Buenos Aires, por citar sólo unas pocas, estas zonas son hervideros humanos dónde la pobreza y la desigualdad son tan patentes que muchas zonas son guetos gigantescos que orbitan como satélites encapsulando la almendra central dónde se refugian los habitantes de los rascacielos, los inversores y los accionistas desde sus atalayas con privilegiadas vistas hacia el infinito y más allá. “Elysium” de Neill Blomkamp en el año 2013, ya hablaba de esto en clave de ciencia ficción, tal vez no tan lejana, en la cual el planeta tierra era ya un único suburbio unificado y la élite se tenía que refugiar en un complejo aislado ubicado en el espacio próximo

El truco es realmente ir desplazando esos conjuntos indeseables hacia las afueras a ver si con un poco de suerte invaden la ciudad vecina y los estadistas no la colocan como perteneciente a tal núcleo sino al vecino como durante algunos años un par de localidades del este de Madrid se disputaron la manzana podrida de a cuál de los dos municipios pertenecía el gueto en cuestión sin que a esas alturas pudiera deducirse otra cosa que a las dos más o menos en el mismo porcentaje.

Y esta película del estadounidense Sean Baker, en activo desde el año 2000 y que tres lustros después presentó en Sundance una película rodada íntegramente con un iphone llamada “Tangerine”, es un potente alegato de crítica social mucho más salvaje de lo que pueda parecer a primera vista, sobre estos núcleos urbanos muchas veces encrustados en la propia epidermis de las ciudades o que jalonan el paisaje a ambos lados de las carreteras que unen tal o cual punto, haciendo imposible su separación ni ocultarlas a la vista de otros que han tenido mejores cartas en la partida de la vida.

Lo que ocurre también es que el ser humano, generalmente el más favorecido, ha desarrollado viva dónde viva, una habilidad para desplazar los ojos sin posarlos sobre las realidades que nos molesta ver y eso convierte a los indigentes y a los pobres en evidente material invisible y Richard Gere, actor famoso y reconocido sin duda alguna, ya lo demostró en el 2014 poniéndose a las órdenes de Oren Moverman para rodar “Invisibles” y el tío con un par se mimetizó con los sin techo de Nueva York sin que nadie le reconociera evidenciando que mirar sin querer ver es mucho peor que ser ciego de verdad porque los segundos mantienen intacta su dignidad y sobre todo su humanidad.

Los protagonistas de esta gran e inclasificable película, son niños de poco más de cinco años, durante su período vacacional dentro y en los alrededores de un motel llamado paradójicamente “Magic Castle Motel” y que es uno de esos garitos de mala muerte que infestaron las pantallas del cine de los años setenta y que ahora ya no son localizaciones pintorescas sino realidades al uso de este mundo moderno que catapulta a unos y hunde al resto. No es difícil deducir que durante el período escolar, si lo hubiera o hubiese, la cosa no sería mucho más diferente, pero el caso es que estas criaturas que no tienen nada mejor que hacer que tratar de jugar a lo que se les ocurra, moleste a quién moleste, porque los niños tienen esa capacidad que ya hemos perdido los mayores, de abstraernos del entorno para evadirnos de la realidad, van en trío de aquí para allá, sin el control parental adecuado liándola parda a su pequeña y todavía infantil manera en algo que no es un juego y que cuando los años acaben acumulándose, les convertirá en delincuentes al uso, drogadictos en ciernes y carne de correccional o presidio porque no hay más camino que ese para ellos y una película más moderna, concretamente del año 2017 del español Antonio Méndez Esparza y rodada en Estados Unidos bajo el nombre de “Life and nothing more” (“La vida y nada más”), lo contaba de manera directa y cruda centrándose en  uno de esos niños que, tras crecer, sabe que sus opciones se reducen a una única alternativa que siempre finaliza en vía muerta.

Y el jefe de todo eso es el regente de uno de esos hoteles que es a su vez subordinado del jefe real que sólo se deja pasar por allí para coger la poca pasta que se haya generado y que es el héroe accidental de esta película y de todos esos sitios, si es que tienen la suerte de contar con alguien con los arrestos, la humanidad o la desesperación suficiente para atreverse a posicionarse y tomar cartas en el asunto a pesar de que en sus estatutos no debe de figurar algo tan esencial como tratar de que la gente se sienta cómoda más allá de que se encarguen de pagar con puntualidad el alquiler a cambio del cual reciben la prestación de tener un techo aunque sea de papel de fumar.

Este señor, interpretado magistralmente por un Willem Dafoe a quién yo por lo menos nunca le había visto en un registro de ese tipo, es el progenitor impostado de esos niños que le putean sistemáticamente y pese a lo cuál  les tiene cariño porque tal vez le recuerden al niño que el fue trasteando durante los largos estíos del pasado y que sabe que sólo un porcentaje ridículo de ellos tendrá la suerte que él tuvo pudiendo acceder a un trabajo de mierda por un salario de mierda en un motel de mierda. Y va de habitación en habitación exigiendo el pago que su jefe a su vez le exigirá a él y amenazando con tomar medidas contra los niños descontrolados, arreglando tuberías y haciendo ñapas, ahuyentando a potenciales pederastas y apagando literalmente incendios mientras ve cómo todo a su alrededor de desmorona sin que tenga argamasa suficiente ni posibilidad de comprar más antes de que el tinglado se vaya a la mierda de cualquier manera menos metafórica.

Y en ese macrocosmos, porque lo de micro se ha quedado pequeño, habitan todos esos desheredados que nunca dejarán de serlo que se reproducen por hastío y por desidia, no por verdadera necesidad y que han de refugiarse en pequeños gestos de solidaridad nacida por ciencia infusa para poder no ya acabar el mes ni la semana, sino el mismo día y que están condenados a entenderse a su manera porque el enemigo está ahí fuera y no hay que perder fuerzas en machacarse de muralla para adentro. Detrás de cada puerta numerada con los dígitos de su condena, hay una historia que no se diferencia demasiado de su vecina y surge el amor, el odio y la camaradería por ósmosis humana y el director lo retrata de forma natural, casi espontánea, como la vida que se desarrolla delante de una cámara que graba indefinidamente sin que nadie se percate de que están siendo observados. Los niños, protagonistas absolutos de la cinta que convierten a sus padres en simples espectadores de excepción, en referentes ausentes, articulan un trabajo de investigación excepcional cuyo objetivo final es la visibilidad de un problema real de magnitudes ciclópeas que cada día es más evidente según nuestra sociedad de consumo, inspirada por el capitalismo más descarnado, deviene en un carnaval en el cual, según la acera que habites, llevarás una máscara veneciana o el rictus de quién no tiene nada ni lo espera.

Todo esto ocurre en la capital vacacional de este lugar llamado mundo, en Florida, uno de los estados más famosos del gigante estadounidense entre otras cosas por su exuberante naturaleza, su clima y por ese lugar artificioso que tanto llama la atención y que está situado en Orlando y al cual acuden en manadas, como cotorras de kramer desatadas,  legiones de americanos, occidentales, sin olvidar a los inevitables asiáticos, a cumplir el sueño de sus hijos y el suyo de manera postrera.

A apenas a unos cientos de metros de allí, probablemente menos, la vida se desarrolla en frecuencia baja, como la de los sonidos que emiten esos murciélagos apartados por las cotorras en Europa, que nadie repara en ellos y que forman parte de un paisaje tan degradado como el alma humana. En esos moteles que se extienden a ambos lados de la carretera y que sólo pueden distinguirse por un código de colores o un cartel de neón porque las estructuras son clónicas, se apelotonan, según algunos estudios y si yo he entendido la información de manera correcta, más del cuarenta por ciento de la población que tiene que elegir esos sitios como residencia fija ante la falta de trabajo y expectativas y darse con un canto en los dientes si pueden conseguir los ingresos fijos suficientes para mantenerlos.

La drogadicción, la prostitución y los tejemanejes varios son moneda de cambio y evasivas habituales y cada perro se lame su pijo sin preocuparse de las pulgas porque de esas hay de sobra para todos y Moonee y sus amigos tendrán que crecer a toda leche y saltarse a la torera su inexistente infancia para adentrarse en el mundo sórdido de los adultos que los trajeron al mundo en un acto de irresponsabilidad absoluta y parecerán inasequibles al dolor e indiferentes a los peligros que les acechan, pero cuando la gota rebosa, cuando los muros se quiebran, cuando la casa se cae, son los primeros a los que se les lleva la corriente.

Y sus cuerpos tal vez aparezcan años después en el cauce seco de algún río. Y quizás algunos lleguen a vivir lo suficiente para convertirse a su vez en padres.

Porque hay tendencias que no hay manera de romper.

Florida dest

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