“The final portrait: el arte de la amistad” de Stanley Tucci o Ardea cinerea (Garza real)

La Garza real es un ave pelicaniforme que tiene una alzada que puede llegar a un metro, una envergadura alar de hasta dos y que pesa tan sólo entre uno y dos kilogramos de peso, lo cual llama la atención en un ave de ese tamaño. Es habitual de zonas encharcadas y humedales tanto de agua dulce como salobre, siempre y cuando tengan poca profundidad para poder caminar y buscar alimento, que consiste sobre todo en peces y anfibios,  aunque a veces se las ha podido ver en zonas desérticas buscando escarabajos y lagartijas. Es residente en zonas templadas, pero muchas de ellas se ven obligadas a emigrar buscando zonas más cálidas sobre todo cuando el invierno azota con fuerza en el Norte de Europa. Posee un graznido gutural y seco, aunque tiene también un muestrario de voces para cada momento y en vuelo lleva el cuello encogido en forma de ese, lo que diferencia claramente su silueta en el aire de la de cigüeñas o grullas que lo lucen estiradoArdea_cinerea_-_Pak_Thale

Su plumaje es mayoritariamente gris en diferentes tonos, lo que determina su nombre latino que significa literalmente garza gris, aunque sus patas son de color parduzco y tiene el afilado y fuerte pico amarillo. Debido a su gran tamaño y a lo poderoso de su pico, tiene pocos depredadores naturales, siendo sus huevos y polluelos mucho más vulnerables. Es un ave esbelta y elegante de largo cuello que puede permanecer durante mucho tiempo erguida sobre una única pata como si estuviera posando.

Y largos períodos de tiempo posando son los que podían pasarse los que eran elegidos como modelos para ser inmortalizados por el genial artista de origen austríaco Alberto Giacometti. Y sobre su último retrato versa esta extraña película de tintes biográficos llevada a cabo en la faceta de director y  guionista por Stanley Tucci, actor neoyorkino de ascendencia italiana como delata su apellido, que  ha participado en más de ochenta producciones desde que debutara en un pequeño papel en 1985 con “El honor de los Prizzi” y que en calidad de director lo hiciera con “Big night” en 1996.

Y aborda los últimos meses de vida  de un señor condenado desde la misma cuna a dedicarse al arte ya que venía de familia de artistas entre los cuáles se contaba su padre Giovanni que fue un pintor impresionista. Se trasladó desde su Suiza natal cerca de la frontera con Italia hasta París en 1922 y habitó en el barrio de Montparnasse en dónde cursó estudios bajo la tutela de un asociado de Auguste Rodin, hasta que abrió su propio estudio siempre acompañado de su inseparable hermano Diego. Se inició en el cubismo, pero muy pronto se decantó por el surrealismo, movimiento en el que destacó y dentro del cual está considerado uno de los más grandes. Por aquella época y lugar, se movían una serie de personajes irrepetibles que compartieron mesas de tertulia, estudios de trabajo e inquietudes varias como Picasso y Miró o escritores como Beckett, Bretón o Jean-Paul Sartre, que fue un gran amigo del famoso escultor.final-portrait-35256-C

Tras entrar en una década de crisis artística que comenzó en la convulsa mitad de la década de los treinta y que finalizó con el epílogo de la Segunda Guerra Mundial diez años después, se decantó ya sin posibilidad de retorno, por un surrealismo artístico que se caracterizaba a nivel escultórico por unas figuras largas y estilizadas, muchas veces con apariencia de inconclusas, que apuntaban al cielo y que lucían unas extremidades muy alargadas sobre las que el propio Sartre dijo que eran como la percepción de una metáfora del hombre que emergía desde las secuelas de la guerra. Estas figuras, estilizadas como la Garza gris, simbolizaban la obsesión del artista en plasmar en sus trabajos, centrándose sobre todo en la cabeza y en la profundidad de los ojos, una obsesión que después se trasladaría a su época pictórica, su punto de vista de la realidad en una ardua tarea porque nunca estaba satisfecho con los resultados y volvía a ellas una y otra vez mientras aún fueran moldeables, para tratar de lograr un objetivo que siempre se le antojaba muy lejano. Inconformista, voluble y perfeccionista, como todos los genios, entraba en imprevisibles crisis de ansiedad que trataba de gestionar como podía en el reducido espacio de veinte metros cuadrados de su estudio parisino atestado, como un vulgar desván, de toda su producción en constante metamorfosis como el artista que las creó.

Después de un viaje a España en plena guerra civil y de algunas vicisitudes, se casó con Annette Arm en 1949 habiendo ya entrado en el periodo más productivo de su carrera que desembocó un año antes en su primera exhibición de su trabajo en la Pierre Matisse Gallery de Nueva York y tres años después en otra galería de renombre en París, sucediéndose a partir de esa fecha las retrospectivas sobre su obra, cuyo colofón fue en 1962 con el gran premio escultórico en la Bienal de Venecia.

Y la película, en clave reiterativa para tratar de plasmar el caótico universo del genio austríaco, narra de forma exhaustiva y a ratos exasperante, el día a día del escultor cuyos últimos trabajos estaban más centrados en la pintura y en su particular manera de ver la vida. Su último modelo fue un crítico de arte y escritor norteamericano llamado James Lord, con el que mantenía una relación de amistad desde 1952 y que doce años más tarde se prestó a posar para él en lo que a la larga se convertiría en uno de sus trabajos más prestigiosos y cotizados.

Stanley Tucci se decide por una apuesta más cercana al cine indie, sin llegar a inclinarse del todo por ella y divagando en ocasiones como si transitara por la tortuosa mente del artista en busca de soluciones formales o estilísticas desde las cuales afrontar su proyecto y el largo y tedioso proceso de creación de Giacometti, en la búsqueda de su propia realidad, que siempre desembocaba en que el posado debía posponerse por lo menos un día más mientras el posador debía también posponer a su vez indefinidamente su viaje de regreso a Nueva York,  nos alcanza también a los espectadores sometiéndonos con paciencia de garza real apoyada sobre una de sus patas, hasta que la inspiración del bocetador empieza a dar sus frutos o hasta que un arranque de ira, como el graznido de dicha ave, finalice con un borrado del trabajo ya hecho y una vuelta a los inicios, como Sísifo que se pasó su mitológica vida arrastrando una roca colina arriba y vuelta a empezar de nuevo.

En ese ambiente, conocemos al artista en sus últimos meses de vida, sometido a las presiones de sus propias inseguridades que asaltan sin excepción a todos los genios reales, no a los que se calzan semejante epíteto siendo sólo unos patanes que tuvieron suerte en el sorteo de la vida o en unas elecciones amañadas, mientras trata de sacar adelante un trabajo con las dificultades de su falta de concentración y su carácter anárquico, al tiempo que va cimentando aún más una amistad ya consolidada y mientras vemos también a la gente que fielmente le rodeaba y soportaba con amado estoicismo las aristas de su personalidad.

Detrás de cada gran hombre siempre suele haber una mujer aún mayor que además, vaya usted a saber por qué, lucen la mayoría de las veces imponentes cornamentas, porque los genios también son proclives a meterse en otros agujeros en búsqueda de su propia identidad o como vulgar desahogo porque estar siempre entre el filo de la navaja existencial, debe de desgastar lo suyo, aunque la promiscuidad y el puterío, vaya por delante mi admiración por todas y cada una de las meretrices de este mundo, no son exclusivas de este tipo de personajes con poso histórico, gracias al cielo también porque sino las pobres se iban a morir de hambre, porque de asco ya deben de estarlo, por lo menos aquellas infelices que no lo han elegido voluntariamente como una forma de vida como otra cualquiera.

Dicho esto y saliéndome del asunto como acostumbro, Annete Arm, la que fuera su esposa abnegada, musa no reconocida y paciente modelo, soportaba por puro amor los deslices de su marido con las prostitutas y su evidente tendencia a infiltrarse en ambientes sórdidos, que le emparentaba con Touluse Lautrec que cien años antes ya transitara por idénticas calles demostrando su aficción por el amor comprado y, ya en su estudio, su gusto por plasmar realidades alternativas en sus lienzos. Además de ello, soportaba sus excentricidades, su adicción por el tabaco que le convertía en una chimenea andante, siempre con el cuello encogido por el peso de su inconformismo, como la garza en vuelo, y sus exabruptos acerca de otros colegas de profesión como Picasso, que aunque llegara a ser su amigo, era siempre foco de sus iras una vez que sus caminos se tornaron divergentes.

Ella y su hermano Diego eran sus fieles colaboradores que le arropaban cuando lo necesitaba y en los que no reparaba casi nunca porque los genios también tienen la mala costumbre de pensar que todos deben de estar a su servicio.

La cámara inquieta de Stanley Tucci sigue al artista en todos y cada uno de sus movimientos, centrándose en la figura del camaleónico Geoffrey Rush que, harto de llevar ya unos largos años siendo un pirata putrefacto de los mares caribeños porque hay que hacer caja, se mete en la piel, literalmente, de Alberto Giacometti, demostrando de paso que ha hecho una trabajo enorme para captar su esencia. Y dicha cámara sigue al artista con devoción como todos los que caían bajo su influjo desde el primer instante hasta que un abrazo final y una voz en off a modo de epílogo, cierran una película desigual en su desarrollo que por momentos se convierte en una densa reflexión sobre el mundo del arte y sus consecuencias, pero que es al fin y al cabo, es cine correcto pero evidentemente para selectas minorías.

Giacometti murió poco después de la partida de su último modelo, seguramente a consecuencia de una vida de excesos o porque simplemente, a este señor vivir le agotaba en extremo, sobre todo cuando se veía impelido a tratar de hallar los puntos de unión entre la realidad formal y la suya propia, sin lograr solaparlos por mucho que se esforzara y aún sabiendo que de lograrlo, tal vez no lo reconocería o sería un instante tan breve que podría incluso no haber sido verdad.

A diferencia de otros artistas mayúsculos, este hombre logró en vida reconocimiento y posibles que podrían haberle hecho la existencia más fácil o por lo menos a quiénes le rodeaban, pero sentía por el dinero el mismo desprecio que por otras cosas que él consideraba banales y es porque en el mundo interior que habitaba no le era preciso y cuando se inmiscuía en el otro, eran los demás los que gestionaba de una manera u otra sus asuntos.

En el 2010 y organizado por esa casa de subastas que no sé cómo se las apañan, pero están en todas, se vendió el cuadro de”El hombre que camina” por sesenta y cinco millones de libras que al cambio son algo más de ochenta de euros, en lo que entonces supuso un récord absoluto.

De estar vivo, Giacometti se habría descojonado, habría metido la pasta en fajos arrugados debajo del colchón o encendido una hoguera con la mitad del pastizal para calentarse y el resto se lo habría gastado en cigarrillos y putas y a su vuelta se hubiera puesto a retocar una figura en su eterna  búsqueda de hallar una perfección en la que en el fondo no creía.

Compartir tiempo con alguien como él debió de ser un extraño privilegio y aún más sobrevivirle y poder escribir sobre su vida y sus experiencias conjuntas, sabiendo que, de algún modo, el modelo también pasó a la historia, aunque en buena lid, el parecido entre cuadro y lo que le inspiró, sólo lo encontrara su creador.

Y Giacometti se marchó antes de tiempo y sin hacer ruido porque vivir para el era un asunto puramente circunstancial y cada uno, con su circunstancia, puede hacer lo que le venga en gana.

Y a ello dedicó su vida.

 

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