“Tarde para la ira” de Raúl Arévalo o Cortaderia selloana (Plumero)

Raúl Arévalo está siguiendo el camino que otros muchos actores y actrices antes que él han hecho, tanto en nuestro país como fuera de nuestras fronteras. Por poner ejemplos españoles a ambos lados, citaremos a Antonio Banderas en su debut más que notable con “Locos en Alabama” en 1999 y a Leticia Dolera en su “Requisitos para ser una persona normal” en el 2015, también con una frescura y un buen hacer que refleja que ambos supieron absorber todo lo que aprendieron como actores sin dejar de serlo en ningún momento. Lo bueno de la gente que ha estado al otro lado de la cámara, es que cuando se colocan detrás de ella, tienen en su cabeza diferentes puntos de vista que sirven de mucha ayuda a la hora de levantar proyectos propios o encargos. Tanto me da. Aunque supongo que si el proyecto es tuyo, siempre pondrás más carne en el asador por razones obvias.tarde-para-la-ira-cartel

Debe de haber muchos buenos guiones como éste pudriéndose en los cajones de productores demasiado ocupados para leerlos todos. Seamos honestos. Si nosotros lo fuéramos, haríamos exactamente lo mismo. La vida no alcanza para tantos proyectos porque nos pasamos entre otras cosas, un tercio de nuestra vida durmiendo como muy bien nos explicaron los hombres grises de la impagable novela de Michael Ende, llamada Momo.

Pero si perteneces a la industria, has trabajado como un cabrón interpretando guiones de otros y lo haces con solvencia independientemente del género porque vales igual para un roto que para un descosido aunque haya otros compañeros de profesión que tengan más talento, pues haces amigos porque muchos preferimos al currante siempre dispuesto antes que al prepotente recalcitrante. Y eso, claro está, te ayuda a conseguir financiación y a que amigos y colegas se suban a tu barco para llevarlo a buen puerto. Eso es jugar con ventaja y lo mío envidia cochina.

Pero luego, hay que saber aprovecharlo.

Raúl Arévalo es un currante. No cabe duda. Es una presencia recurrente del cine español desde que  Daniel Sánchez Arévalo le contratara para su ópera prima en el 2006. Una década haciendo de todo y para todos. Y ahora se coloca tras la cámara con un guión escrito a cuatro manos junto a David Pulido. Y lo hace con una película áspera y dura que es un descarado homenaje al cine de los años 70 y primeros de los ochenta,  desde el cine americano de “Perros de paja” de Sam Peckinpah (1971) y “El cazador” de Michael Cimino (1978), hasta el cutre cine pandillero de “El vaquilla” de José Antonio de la Loma (1985) con una fotografía deliberadamente defectuosa y una iluminación escasa y aparentemente improvisada, que le otorga una estética decadente que acompaña el tono de la cinta.

La cámara del director desconcierta, apabulla y marea durante la mayoría del metraje siguiendo la estela del movimiento dogma de los cineastas suecos de la década de los noventa que no duró mucho pero que dejó cierta huella y cierto regusto a cine indie del que todavía no nos hemos podido desprender ni queremos realmente,  y que parece un denominador común de cierto tipo de cine de carácter marginal que parece operar al margen de la industria aunque eso es sólo  apariencia. Se trata sólo de decisiones  técnicas y tácticas para contar historias ya contadas desde prismas supuestamente diferentes.

Un exceso de escenas de cama y una sucesión de imágenes cotidianas que no nos aportan nada, sirven para situarnos en el contexto adecuado, armadas en torno a una estructura que no es original pero sí funcional. La película deriva hacia un no sé dónde ni porqué hasta que una escena de un visionado de un vídeo nos golpea en la cara y nos hace ver de golpe que todo tiene un porqué y que para eso hemos pagado la entrada. A partir de ahí, la película te atrapa y de qué modo, masticando una tensión que sabe a bilis y a comida mal digerida que no tiene porqué ser lo mismo aunque lo parezca. Sirviéndose de un Antonio de la Torre que aunque encasillado funciona que te cagas cuando de encarnar a tipos complejos y atormentados se trata, la trama nos lleva a ritmo de hostia y casete hacia un paisaje que nos conocemos de memoria pero que no todo el mundo sabe transitar con paso firme. Aquí no hay localizaciones por GPS ni efectos especiales, ni persecuciones espectaculares. Aquí el que corre se la pega, el que juega con fuego se quema y la que folla sin condón se queda preñada y el que la hace la paga. La venganza es un plato que se sirve frío y el pasado siempre te acaba alcanzando. Tópicos sí, pero tópicos que se cumplen y que nos ocurren a todos aunque la mayoría de nosotros  vivimos en ese margen de comodidad que nos otorga el azar cuando nos da un respiro y que cuando no nos lo da, nos atenaza y nos jode vivos en espera de tiempos mejores que no necesariamente tienen que llegar.

Todo tiene un sentido en esta película y lo que parece no tenerlo, acaba encontrando su lugar. Esto no es un cuento de Disney, esta es la puta vida y por mucho que ya no lo seas, te persigue lo que fuiste y te mira a la cara. Y no te gustará lo que vas a ver porque a lo mejor te recuerda a ti cuando lo eras. Lo mejor en esta película ocurre cuando la cámara se sosiega y se detiene exhausta para volver a correr de nuevo y el hecho de que sepamos lo que va a ocurrir, no le resta ni un ápice de interés ni de tensión porque ahí hay gente que sabe lo que quieren hacer y cómo hacerlo.

Es como la cortaderia, comúnmente llamada plumero, planta vistcortaderiaosa que hay que apreciar de  lejos porque  si te acercas y tocas sus hojas te cortarás, como con  las páginas de esos libros antiguos de tapa dura que esperaban el momento de que tus dedos se deslizaran por sus bordes para dejarte una huella que te recordaría durante los siguientes días que deberías haber tomado más precauciones.

No falta es esta película el homenaje del director a Almodóvar en una secuencia que parece sacada directamente de la filmografía del director manchego que ya le dirigiera en “Los amantes pasajeros” en el año 2013. De bien nacidos es ser agradecidos.

Potente debut de un actor reconvertido a director que deberá pensar cada paso que dé a partir de ahora porque cuando comienzas fuerte debes mantener el ritmo.

De lo contrario, habrá quién no te lo perdone.

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