“Sully” de Clint Eastwood o Camelia japónica (Camelia)

Reconozco que hoy mi crónica va a estar condicionada por un suceso acaecido y confirmado hace unas pocas horas y que no es nada más y nada menos, que saber que un gañán con ínfulas, un paleto inculto y recalcitrante y un misógino, racista, ególatra y, por qué no decirlo, imbécil, va a habitar los próximos cuatro años uno de los lugares más influyentes del planeta con derecho a muchas cosas entre ellas, al de pernada. Tan tonto no será cuando ha llegado tan alto. Creo sinceramente que los tontos son los que le han votado y los que llegamos a pensar  que no podría alcanzar tamañas cimas. Eso demuestra que cualquiera puede llegar a ser lo que se proponga, sobre todo en EE.UU y eso entronca directamente con los libros de auto ayuda. No creo que Donald Trump haya leído ninguno de ellos. Es más, juraría que no ha debido de leer nada más complejo que un horóscopo, aunque por lo visto es autor de un libro llamado “El arte de la negociación”, escrito en el año 1987 y que debía de ser un tratado sobre cómo medrar y machacar al prójimo para alcanzar tus objetivos. Si estaba fuera de catálogo, podría volver a venderse como churros.sully-cartel

Al tajo. Clint Eastwood es autor de algunas de las mejores películas de las últimas  décadas. “Bird” de 1988 es una muestra de ello, “Sin perdón” (1992), “Un mundo perfecto” un año después y sobre todo “Mystic river” (del año 2003 y ninguneada en la gala de los Óscars de ese año para beneficio de la saga Tolkieniana de Peter Jackson), “Million dollar baby” (2004) y “Gran Torino”(2008), son muy buenos ejemplos de la calidad indiscutible de este cineasta singular como pocos que ha alcanzado cimas como director que nadie puede discutir convirtiéndose en uno de los directores más grandes que, a pesar de estar acartonado en todos los sentidos, continúan con vida. Aunque si tengo que quedarme con una sola de sus películas y con permiso de la primera mencionada, yo me quedaría con esa obra maestra del cine bélico llamada “Cartas desde Iwo Jima”, filmada en el año 2006 y que era la segunda parte de un díptico sobre la batalla homónima que libraron estadounidenses y japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

Mr Eastwood es deudor del cine clásico desde Orson Welles hasta John Ford y su cine tiene todos aquellos elementos que ha de tener todo ejercicio audiovisual para convertirse en algo que trascienda más allá del tiempo que duran sus películas, pero también es cierto que ha perdido gran parte de su peso específico ya sea a fuerza de hacer muchas películas o más probablemente por que quién es genial todos los días, corre el riesgo de convertirse en gilipollas ( ya me gustaría que esta frase fuera mía, pero no lo es. La he copiado y no tengo intención de citar la fuente).

Los americanos tienen grandes problemas con sus héroes y no me refiero a los protagonistas de las películas de la Marvel. El mismo Eastwood ya trató de ensalzar a uno de ellos en uno de sus últimos dislates que es “El francotirador” del año 2014, en el cual eleva a la categoría de héroe nacional a un tal Chris Kyle interpretado con acierto por Bradley Cooper. El tal Kyle, marine SEAL (sea lo que sea que signifiquen esas siglas, que me temo que nada bueno), ostenta el récord ignoro si nacional o mundial, de gente asesinada por el cobarde método (no hay nada de valiente en asesinar a nadie en ninguna circunstancia, salvo tal vez y con matices cuando de defensa propia se trata), de asentarse en una cómoda posición a un kilómetro de distancia y apretar el gatillo a instancias de una mirilla telescópica que te sirve en bandeja el punto exacto en el cual eliminas una vida sin miramientos, remordimientos y mientras te tomas un bocadillo. No digo que no sea una buena película, que lo es, sino que me molesta hasta límites insoportables que la gente se niegue a llamar a las cosas por su nombre. Ese tipo infame fue enterrado con honores de estado. Si hubiera sido de otra nacionalidad, hubiera sido un terrorista. Esa doble vara de medir es utilizada por todos los estados y por todos sus habitantes para llamar de diferentes maneras a lo mismo dependiendo de a qué lado de la línea se encuentre.

El tal Sully de la película, es otro héroe, pero este lo es de verdad. Aquí y en Pernambuco. En unas circunstancias críticas y en un tiempo récord, tomó las decisiones adecuadas bajo una presión insoportable e impidió con su actuación  que un avión condenado a llenar las hemerotecas con otro accidente con un número elevado de muertos, contribuyera a aumentar las estadísticas de víctimas de la aviación comercial. El hándicap principal de esta película es que nos sabemos el inicio, el nudo y el desenlace, como en toda historia basada y contrastada en un caso real. La película comienza con una pesadilla y nos sitúa en el tiempo inmediatamente posterior al accidente en el cual los seguros y los burócratas que nunca han sabido ir más allá de los libros que han escrito otros teóricos como ellos, se cuestionan que tal vez hubiera sido posible que además de la pérdida de vidas humanas, se hubiese podido salvar el avión con el coste económico que eso supone y sobre todo, salvaguardar la imagen de una compañía aérea, que después de un accidente, ve como sus índices de popularidad descienden exponencialmente. En otras palabras, las vidas importan una mierda. No hay más que ver las indemnizaciones que cobraron los damnificados por ese desastre que ocurrió en el aeropuerto Barajas en el verano de 2008 . Lo único que importa es que, una vez ocurrido el incidente, me pueda librar pagando lo menos posible, auspiciado por las leyes que algunos dictan mientras eligen el menú de lujo que se van a trasegar en el restaurante de moda. Y esto es extrapolable a cualquier suceso semejante tenga lugar en Galicia en una línea ferroviaria, en Doñana con un vertido ilegal de una mega empresa sueca o en el metro de Valencia por citar casos patrios que son los que más nos duelen. Hay que buscar un cabeza de turco porque de esa manera, yo me voy a dormir  a pierna suelta y de paso a lo mejor conservo mi trabajo, porque dimitir ni de coña.

Hay un género cinematográfico que se llama de  catástrofes que adquirió su máximo esplendor en los años 70, tanto en versión dramática como en vertiente cómica y que a lo largo de las décadas ha tenido representación en películas olvidables y prescindibles. Si alguna película más o menos reciente merece mención por tener algunas similitudes con esta es “El Vuelo” de Robert Zemeckis del año 2012 en la que otro buen piloto logra aterrizar un avión en condiciones incompatibles con la supervivencia, pero esta obra supuestamente de ficción está basada en las hazañas de un hombre poli adicto que cumple con su cometido a pesar de todos sus problemas personales  y no tiene más paralelismos con la que nos atañe que el hecho de poner un avión en las circunstancias adecuadas para que los pasajeros que lo habitan, salgan por su propio pie.

A este hombre cuyo apodo responde a un acortamiento familiar de su apellido Sullenberger, trataron de crucificarle con todo lo que tenían a pesar de que la opinión pública, esa cosa tan voluble, ya le había tildado de héroe aunque no le hubiera costado ningún trabajo rebajarle a villano si los mandamases se hubieran salido con la suya. Toda la película es un gran flashback  en el cual se cuenta a un ritmo más lento de lo recomendable, sin que ello suponga un lastre en otro tipo de trabajos, las vicisitudes, las dudas y los fantasmas que condicionaron a este piloto singular después del accidente. Cierto es que milagrosamente nadie murió, pero a las personas como es debido, siempre les quedan las dudas acerca de si se hubiera podido hacer mejor. A eso se le llama evolucionar. Dudo mucho que al nuevo y flamante presidente de EE.UU, se le pasen esas cosas por la cabeza y mucho menos a su electorado.

Estuvieron a punto de salirse con la suya y dilapidar con ello una carrera ejemplar de un tipo que se hubiera merecido un retiro tranquilo. Pero a veces la vida te da sorpresas. Cierto es que seguramente en las mismas circunstancias repetidas en otra ocasión, toda esa gente hubiera sido rescatada hinchada y sin vida del fondo de ese río de nombre tan americano, pero se dieron los parámetros adecuados, en todos los estamentos, para que eso no ocurriera. Transcurrieron 24 minutos desde el amerizaje de emergencia hasta que todos y cada uno de los pasajeros y tripulación estuvieron a salvo en los barcos que transitan el Hudson a diario. De algo bueno tuvo que servir ese entrenamiento forzado al que sometieron a los servicios de emergencia de Nueva York, una panda de descerebrados fanáticos un día de septiembre de principios de siglo. Lo ocurrido ese 15 de Enero de 2009 en la ciudad de los rascacielos, es lo más parecido que he visto nunca a una alineación de planetas que se conjugan para firmar un desenlace feliz.

Es como la Camelia. Esa planta que vive mucho mejor en orientación norte y que necesita pasar sed para que se abran esos capullos florales que la convierten en algo digno de fotografiar y que luce sus mejores galas en invierno, como la época en que ese avión se posó sobre la superficie casi helada de un río que flanquea las dos orillas de esa ciudad universal. Al comandante Sully trataron de impedirle que abriera sus flores y luciera toda esa experiencia que a lo largo de los años, le otorgaron la sabiduría suficiente para hacer lo que tenía que hacer cuando había que hacerlo. Si hay un verdadero héroe americano, es este hombre,  que es la antítesis de ese otro personaje de cómic que inexplicablemente ha salido ganador de unos comicios que marcarán un antes y un después. Camellia japonica

En la película, Clint Eastwood encaja con calzador un par de flashback para ilustrar que lo del tal Sullenbeger, era pura vocación  y que ya se las tuvo que ver en situaciones peliagudas para salvar el pellejo algún tiempo atrás, para demostrar que la habilidad no es una ciencia infusa sino que se adquiere con los años de experiencia. Pero eso sí, luego hay que tener el arrojo, la determinación y, por qué no decirlo, los cojones o lo que proceda, para hacer exactamente lo que hay que hacer en el momento adecuado. Algo al alcance de sólo unos pocos elegidos. Todos los que poblaban ese avión le deben la vida y se acostarán cada día con ese recordatorio. La manera pro americana de cerrar la película nos recuerda sospechosamente a otros tantos ejercicios de reivindicación patriótica que llena los anaqueles de las filmotecas de cualquier país orgulloso de ser lo que es. Por lo menos, las banderas americanas esta vez sólo están presentes en forma de pin en el pecho de las camisas blancas e impolutas de esa gente que juzga sin tener ni puta idea de lo que debe significar tomar decisiones salvajes para inclinar la balanza de uno u otro lado cuando de salvar vidas, no únicamente la tuya, se trata.

Aún así, aunque es una película correcta, está a años luz de otros trabajos de este prolífico director que ha conocido definitivamente tiempos mejores y que, como los motores del vuelo 1549 de la US Airways, va perdiendo fuerza con el paso de los años. Si no logra arrancarlos de nuevo, espero por lo menos, que le espere un amable amerizaje que cierre una carrera a la altura de los más grandes.

 

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