“Suburbicon” de George Clooney o Bombycilla cedrorum (Ampelis americano)

El Ampelis americano, pese a su apariencia exótica, es un ave común tanto en Europa como en América y su pariente transoceánico, tomando como referencia el viejo continente, es más castaño de plumaje y de menor tamaño, pero ambos comparten la característica de un pequeño pero prominente grupo de plumas rojas en las alas. Los adultos tienen el abdomen pálido y la punta de la cola, puede ser amarilla o naranja, dependiendo de la dieta. Luce una cresta llamativa y una línea negra en el ojo que se asemeja a un antifaz.

ampelis ameri Es un ave extraordinariamente gregaria que gusta de formar grandes bandadas, que en vuelo pueden parecer estorninos y se alimenta especialmente de bayas y frutas, destacando en su comportamiemto que varios ejemplares situados en la misma percha, pueden pasarse comida hasta que se la acaban, para que ninguno se quede sin su ración. Pueden ser muy confiados sobre todo en invierno, cuando escasea la comida y se acercan a hábitats urbanos, atraídos por el sonido del agua corriente y ante la posibilidad de obtener comida fácil y para ello, a pesar de que suelen moverse por bosques abiertos, no dudan en acercarse a parques y cementerios, desde los cuales  tener una visión más clara de aquello que les pueda servir de sustento.

Su canto son chillidos y trinos muy agudos, tienen un vuelo fuerte y directo y están protegidos por la ley americana, de modo que no pueden ser capturados para vivir en cautiverio, en una normativa que deberíamos copiar en otras latitudes sin el más mínimo atisbo de que pueda convertirse  en una realidad.

Los expertos dicen que Vladimir Nabokov hizo referencia a esta especie en su novela “Pálido fuego” y está considerada una especie irruptiva con movimientos erráticos durante el invierno, mientras toman las decisones sobre la manera de buscarse la vida.

E irruptivos y erráticos somos los humanos en cuanto las situaciones, aparentemente normales, se salen de madre al verse alterado, aunque sea mínimamente, el más insignificante  de los parámetros y parece que estemos buscando esa clase de alteraciones para sacar a relucir nuestra verdadera idiosincrasia que es la de predadores natos, buscando un pedazo de carne que llevarnos a la boca y, que, aunque en esta película adquiere tientes más metafóricos y alegóricos que reales, puede ser extrapolable a cualquier sociedad y situación que pudiera imaginarse.

Los hermanos Cohen son expertos antropólogos que han utilizado el cine como herramienta para poner en práctica o por lo menos tratar de demostrar, que aquello que dijo Thomas Hobbes , no era una sentencia lanzada al aire en un momento de brillantez intelectual. Es algo más que demostrado y no hay más que ojear un periódico, escuchar la radio o ver cinco minutos de telediario, para darse cuenta de que está de rabiosa actualidad el hecho de que los humanos batallemos entre nosotros con saña bíblica por los más nímios asuntos, convirtiéndolos en custiones de estado.subur cartel

Títulos como “Sangre fácil” (1984), “Fargo” (1996) o “Ladykillers” (2004), cada una en su época y en su estilo, son claros ejemplos de que el cine de estos dos hermanos universales, trasciende la literatura, para plasmar en imágenes lo que somos los seres humanos, sin caer en parodias burdas como “Quemar después de leer” (2008) o en retratos tremendistas y crípticos nacidos de la imaginación de Cormac McCarhty y trasladados a la pantalla con precisión milimétrica como en “No es país para viejos” (2007). Si algo saben estos dos cineastas que pueden ejercer de guionistas, directores y productores y de lo que les plazca, es cómo sacar el máximo partido a las ideas que les surgen o a los textos que deciden adaptar.

Y es evidente también que existe una muy buena relación entre ellos y George Clooney, que ya trabajara bajo sus órdenes en el año 2000 con “O´ ‘brother” y que ahora le ceden una de sus historias guionizadas para que bajo su prisma de director consolidado, ofrezca un punto de vista diferente al que suelen darle estos dos kamikaces de Hollywood.

Y el resultado es una película desigual que no acaba de definirse entre lo que quiere contar y lo que finalmente cuenta. De entrada, como en el anterior experimento de los hermanos Cohen, “Ave César” (2016), también con el inefable representante de Nespresso en el mundo en calidad de actor, regresan aunque en un contexto diferente, a la época de los años cincuenta y agarrándose por lo visto y por lo que cuentan las crónicas y algunas de las sinopsis, a uno de esos sucesos racistas que siempre han protagonizado las sociedades estadounidenses a lo largo de las décadas y que tienen su origen en aquellos barcos de esclavos que cruzaron el océano desde  África hasta las costas del Nuevo Mundo, que acabó por desencadenar una guerra fraticida, que trajo como consecuencia la aparición de un grupo de encapuchados extremistas y de cientos de miles de acólitos y simpatizantes que, siempre en grupo, porque en solitario no tienen huevos, trataron de relegar a la raza negra al vertedero de una sociedad que sigue tan crispada como antaño y cada vez más dividida por las nuevas apariciones de personajes deleznables que, tal y como hiciera Hitler en su día, tratan de hacer prevalecer la supuesta hegemonía de los unos  ante los otros.

Y en una sociedad supuestamente ideal, más heredera del mundo feliz de Aldous Huxley, pero directamente copiada de “Eduardo manostijeras” de Tim Burton (1990), sitúan la acción de esta sátira llena  de mala baba, como todo lo que maquinan los Cohen, en una localización de cartón piedra, de tintes involuntariamente comunistas, porque en apariencia nadie tiene más que nadie, ya que las casas, los jardines y los coches parecen idénticos para dar esa sensación irreal de paisaje humano idílico en el cual ni las manzanas tienen gusanos ni los culos restos de mierda y cuyas dentaduras blancas y perfectas habitan en las bocas de todos y cada uno de los que allí han encontrado acomodo, hasta que llega la familia de negros que destacan como garbanzos de idéntico color en un guiso inmaculado. Y esa, que parece la primera y principal de las tramas y que desencadena un cisma social de previsibles consecuencias porque ya lo hemos visto muchas veces, acaba por convertirse en un asunto no menor, pero si aparcado en la periferia de la narración, mientras que el foco principal pasa a ser ocupado por una acción paralela y solapada en el tiempo que parece ser la consecuencia directa de que el niño blanco de una de las casas, salga a jugar al beísbol con el hijo de los negros invasores y que acaba por desencadenar en una tragedia que marcará, desde ese mismo instante, el resto de lo que vamos a ver.

Julianne Moore, por partida doble y Matt Damon, configuran una familia atípica golpeada por el infortunio que no es capaz de acertar a escapar de su perra suerte, pero bajo esa apariencia de gente sacrificada en aras de asuntos divinos de mayor alcurnia, subyace algo mucho más oscuro, de lo que sólo parecen darse cuenta un niño acostumbrado a pasarlas putas y un agente de seguros especializado en descubrir tramas que buscan obtener beneficios de las tasas legales que se abonaron a la hora de formalizar contratos y son precisamente esos dos actores, el polifacético y camaleónico Óscar Isaac y el recién llegado Noah Jupe, los que se comen con patatas a bestias pardas del cine haciendo crecer la película en las escenas en las que ellos asumen el protagonismo. Hay una dicotomía insalvable entre lo que quieren contar los hermanos Cohen y la manera en que el director decide narrar los acontecimientos y entre esa pretensión de exceso y ese tratar de avanzar con el freno de mano echado, la historia no acaba por decantarse por ninguna de las dos opciones y, mientras en un lado de la calle los blanquitos se agrupan cual jauría humana para limpiar un vecindario que ha sido mancillado con la presencia de gente que debería seguir trabajando por la cara en los campos de algodón, en la casa de enfrente, según algunos van descubriendo el pastel, las cosas se salen de sus quicios, los rodamientos de sus goznes y los cuchillos, en vez de salir limpiamente de las carnes que han hendido, se quedan atrapados en las vísceras acentuando un desgarro que va a imposibilitar de todo punto que las heridas se restañen.

Todo son estereotipos como no puede ser de otra manera en una sociedad arquetípica que es la que utilizan en su libreto los guionistas para llevar a cabo la enésima crítica de un habitat al que pertenecen y que no dudan en satirizar pero esta vez manteniéndose al márgen para que sean otros los que carguen con las culpas o los aciertos de su puesta en escena. George Clooney, que ya ha demostrado su buen hacer tras las cámaras como en “Buenas noches y buena suerte” (2005) o “Los idus de marzo” (2011), asume el mando de una película en la que otorga el papel principal a otro de sus inseparables que siempre cumple haga lo que haga, pero la trama resulta previsible y no sorprende porque antes de que se nos altere el diafragma, ya sabemos que nos va a dar el hipo y sabemos los pasos que tenemos que dar para que se nos pase.

No creo que los hermanos Cohen traten de divertir con este nuevo trabajo porque si es eso lo que pretendían, han fracasado estrepitosamente. Si lo que querían contar es cómo las sociedades pierden su cohesión a poco que algo altere las inestables convivencias que amenazan a cualquier grupo humano condenado a compartir espacios, hay varias decenas de obras mucho mejores que esta que ilustran idénticas realidades desde puntos de vista más interesantes, sin necesidad de tratar de igualar los condicionantes de cada uno, por el simple hecho de partir desde la línea de meta con el mismo material deportivo y sin posibilidades de doparse. George Clooney, aporta su habitual sobriedad a la hora de rodar y choca frontalmente con una historia que tal vez debería haber alcanzado mayores dosis de la paranoia que habitualmente impregna el cine de los Cohen, pero ese equilibrio que debería haberse dado entre el fondo y la forma, no acaba de cuajar tal vez porque la historia está llena de clichés cuyos resortes siguen funcionando por rutina, pero no por convencimiento. Cuando las tramas menores son las que mejor funcionan, superando en interés e intensidad a las que deberían acaparar portadas, es que algo no ha sido acoplado en el mecanismo como debiera, a pesar de que el coche siga funcionando y tenga capacidad de llevarnos de un punto a otro.

Por lo visto, este guión de los hermanos Cohen escrito hace ya algún tiempo, quería revisar, desde su mismo título en clave, esa época posterior a la Segunda Guerra Mundial, tras la cual mucha gente, muchos de ellos soldados supervivientes de la misma, fue derivada a la periferia para crear barrios satélites en los cuáles iniciar nuevas vidas con condiciones asumibles a la hora de enfrentarse a los gastos motivados por los compromisos adquiridos y tiene su génesis en un suceso ocurrido en Pensilvania allá por 1957, pero muy probablemente ahí acaben las coincidencias.

Y como los Ampelis, los americanos y los europeos, los humanos se juntan para hacer causa común a la hora de echar del comedero a sus competidores y tal vez ellos estén protegidos por unas leyes que evitan su cautiverio pero cuyas ramificaciones no alcanzan a otros de sus congéneres.

Se trata de una película del montón, con muchas más pretensiones de las que se consiguen, que viene a decir que guárdate del vecino y vigila a tu marido o a tu mujer, según proceda y que es mejor tener a la policía y a los malos de tu parte, aunque en cualquier momento las tornas pueden invertirse y descubrirse el pastel y que cada uno en su casa y dios en la de todos.

Y los que sean ateos, que echen el cerrojo.

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