“Su mejor historia” de Lone Scherfig o Dendrocopos major (Pico picapinos)

Este pájaro carpintero llamado así por su hábitos de conducta a la hora de practicar oquedades en los troncos de los árboles y taladrar la madera para diferentes usos con su fuerte pico, es un ave muy llamativa por su plumaje y fácilmente distinguible ya sea en vuelo o posada.  Tiene unas listas negras características  a ambos lados de cara y cuello que enlazan con el pecho, el pico, los hombros y la nuca, zonas ventrales de color blanco y dos manchas rojas que le definen en la parte posterior de la cabeza y bajo la cola.picapinosPara usar el instrumento que le proporcionó su nombre común, apoya la cola en el tronco y se sujeta con tremenda fuerza con las uñas de sus patas. Es una especie sedentaria que puede vivir en cualquier tipo de bosque y no es exigente a la hora de alimentarse, incluyendo en su menú una amplia variedad de viandas. El tamborileo que emite con golpes rápidos y consecutivos, puede ser escuchado a mucha distancia y lo usa para marcar territorio y atraer a las hembras en el cortejo, aparte de para fabricarse una casa a medida que también le puede servir como almacén de comida.

Y a mucha distancia debían de escucharse también las señales de SOS que emitían los telégrafos de la época para movilizar a la mayor cantidad de embarcaciones posibles cuando tras la batalla de Dunkerque, cientos de miles de soldados aliados se quedaron tirados en tierra de nadie en espera de que llegaran a rescatarles antes de que los tanques y la aviación alemanas completaran la escabechina dándole un mandoble definitivo a una guerra que se inclinaba de manera temible del lado nazi.su_mejor_historia-cartel-7592

Pero esta película de esta directora danesa que ganó un buen número de galardones por “An education” en el año 2009 y que también fuera responsable de “Italiano para principiantes” nueve años antes, no trata de ese momento histórico crucial, sino que pretende bajo la apariencia de una comedia dramática de corte social crítico hacia la posición de las mujeres en un mundo gobernado por hombres, hablar de una serie de sucesos que tenían lugar en muchas partes de Europa y que consistía en encargar a cineastas la ingente labor de hacer cine en tiempos de guerra para que a través de los diferentes departamentos propagandísticos, llegaran a la población imágenes adulteradas y manipuladas para que los ánimos no se vinieran abajo y se tuviera la engañosa sensación de que el conflicto evolucionaba favorablemente hacia el bando correcto.

Los nazis tenían un potente aparato propagandístico y de la mano de su cineasta número uno, Joseph Goebbels, se encargaron de parir un buen número de cintas que ensalzaban las virtudes y dejaban constancia de sus logros y que después trataron de destruir para borrar huellas cuando se les descojonó el chamizo. En España con nuestro caudillo también se llevaron a cabo películas que con un corte militar y de arenga eran proyectadas en los cines de nuestra geografía bajo el nombre de NO-DO, que era un acrónimo de noticiarios y documentales que por supuesto eran partidistas y sectarios como ocurría en el resto del mundo. De ambas cosas hablan en clave de comedia dos películas españolas separadas un par de décadas en el tiempo. Si “La niña de tus ojos” (1998) situaba la acción en la Alemania de Hitler dónde un grupo de cineastas españoles trataba de producir una película en territorio ario, en “La Reina de España”  (2016), los mismos cineastas trataban de hacer lo propio en la España de Franco con la incursión de dinero, actores y productores americanos.

“Malditos bastardos” de Quentin Tarantino (2009), en clave burra como suele ser su costumbre, también utilizaba de manera tangencial el cine como elemento propagandístico que tenía dos intenciones, elogiar lo propio y desprestigiar lo ajeno porque las guerras se libran en muchos sitios al mismo tiempo, desde el despacho a la trinchera y desde la casa hasta el bar.

Este sub género que es el cine dentro del cine, ha sido también utilizado con mucha frecuencia como recurso cinematográfico y en este caso en particular, el protagonismo recae en una guionista publicitaria encarnada por Gemma Arterton que por méritos propios logra acceder a un puesto de relevancia dentro del mundo del cine que bajo la supervisión constante de políticos, militares y asesores varios, tienen que encontrar historias susceptibles de ser narradas para que los sucesos se ajusten a conveniencia de los que ponían la pasta y que de ese modo les llegara al público un producto edulcorado que empujara a seguir enviando soldados al matadero y que sirviera de consuelo para aquellos otros muchos que volvían en ataúdes de madera barata o que se quedaban en el fango o  en el lugar que les hubiera tocado defender.

Y ahí surgen los primeros conflictos porque una mujer no podía tener por lógica mejores ideas que un hombre y esta trama amable a ratos, sosa en otros, plagada de personajes arquetípicos y de convencionalismos, funciona bien porque aunque su directora es danesa, los actores son británicos y esta gente sabe hacer cine de época como nadie y se mueven como peces en el agua en esas tragicomedias corales repletas de personajes y subtramas aparentes que no  son tales, sino  zonas más anchas del mismo río en su parte media.

La historia que llega a las manos de la guionista que debe de abrirse camino con inteligencia y maniobras sutiles, utiliza una de esas vivencias pequeñas que debidamente alterada y edulcorada, cuenta como dos hermanas gemelas utilizaron su propia y pequeña embarcación para contribuir a la valerosa extracción de aquellos miles de soldados que se quedaron varados como ridículas ballenas uniformadas en espera de un milagro que les sacara de allí. Y es verdad que muchos particulares utilizaron sus barcos para ayudar a esa labor humanitaria porque entre otras cosas, al tratarse de embarcaciones de poco calado, pudieron llegar hasta la misma costa y hacer de transbordadores hacia los barcos grandes que esperaban mar adentro y esa acción puntual, supongo que inventada para la ocasión, pero que pudo haber sido verdad, es la que utilizan los guionistas y cineastas de esta ficción dramatizada para levantar una película que agrade y haga sentir bien a ese público que llenaba los cines y con cuyos impuestos podía financiarse la guerra.

El título original de la cinta, que está basada en la novela que publicó Lissa Evans en el año 2009, hace alusión a uno de los fragmentos de uno de los discursos más famosos que dio Winston Churchill en el Parlamento inglés en 1940 y que también ha dado lugar a otro tipo de manifestaciones artísticas.

Se trata de una película clásica que utiliza de manera armónica todos los recursos narrativos al uso, adecuados bajo un buena ambientación y con unas interpretaciones equilibradas en un barco en el cual cada uno conoce su rol y no trata de meterse en otro jardín que no sea el suyo.

Como fondo, una historia de amor que naufraga y otra que podría salir a flote y tal vez lo mejor de la cinta sea ese flirteo emocional que navega entre dos aguas llenas de cargas de profundidad. Por supuesto,  aunque trata de evitarlo la mayor parte del tiempo, en algunas ocasiones se acerca peligrosamente a la ñoñería y no puede, porque seguramente también se lo hayan exigido los productores, escapar de ella sobre todo porque tampoco lo quiere la directora.

Sobresale entre todo el elenco, aparte de la belleza clásica  y el buen hacer de Gemma Arterton, la presencia de ese pedazo de actor atemporal llamado Bill Nighy y que resulta al mismo tiempo elegante, cómico, ridículo y tierno, sin perder nunca su condición de gentelman.

Los guionistas de la época escribían sus panfletos en sus máquinas de escribir mientras las bombas caían a su alrededor y su vida transcurría de la casa, a la oficina y de la oficina al refugio antiaéreo hasta que uno de esos lugares o los tres al mismo tiempo, desaparecían bajo una montaña de escombros.

A mí particularmente, me jode sobre manera que me digan que algo va a salir bien cuando es evidente que es mentira y no quiero que me digan que una cosa es blanca si yo sé de buena tinta que es negra. Prefiero mil veces la verdad aunque duela a una mentira piadosa que escocerá mucho más cuando se disipe el humo y podamos ver el desaguisado con nuestros propios ojos, pero supongo que es porque no he vivido una guerra y cuando comes una patata a mediodía, necesitas saber que quedará por lo menos otra cuando se esconda el sol y las bombas que caen en la casa de al lado podrían haber caído sobre la tuya sólo con que el piloto del bombardero hubiese parpadeado o se tirara un pedo. Vivir tan en el alambre debe de requerir un notable esfuerzo de aislamiento, resignación y capacidad de auto engaño.

Eso lo sabían los responsables del estado que aunque la gente se amontonara muerta entre los escombros o no tuviera nada que llevarse a la boca, necesitaban ver en una pantalla la ilusión falaz de que las cosas marchaban bien y de que un mundo mejor era posible.

Y por eso mucha gente va al cine porque los dramas ajenos duelen menos que los propios y porque siempre es mejor reírse de otro que de uno mismo y porque si ese tío tan feo y sin un duro tiene esa chica tan guapa durmiendo a su lado cada noche, tal vez me pueda también pasar a mi.

Y se siguen utilizando las mismas técnicas y no hay más que ver los contenidos de las televisiones públicas dependiendo de quién esté en el gobierno o cómo  después de unas elecciones, resulta que nadie pierde y todos extraen unas conclusiones optimistas de los comicios y no sé muy bien si tratan de convencerse a sí mismos o a los votantes. Nadie es responsable cuando ocurre una desgracia y por eso el azar tiene tan mala fama.

Estamos en manos de los productores de la vida que creen poder gobernar nuestros designios y que acaban haciéndolo y por eso sacan leyes como la mordaza que pretende negarnos el derecho inalienable al pataleo. Y aún en tiempos de paz fingida, nos siguen vendiendo las mismas motos y nos meten por los ojos las mismas imágenes una y otra vez hasta el punto de que ya no distinguimos unas de otras.

Pero el caso es tenernos entretenidos para que no nos dé por pensar más de la cuenta porque eso ni es sano ni compensa. Sobre todo a ellos, porque si lo hiciéramos, tal vez nos empezara a apetecer cambiar las cosas.

Somos como pájaros carpinteros tamborileando en el silencio y emitiendo señales de socorro buscando alguien que nos escuche y tratando de acabar nuestro agujero para meternos dentro y esperando que el invierno no nos pille con lo puesto.

Aunque cada uno busca en el fondo escribir su mejor historia.

Pero el caso es que esas siempre las escriben otros.

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