SSIFF 66 Donosti 2018

Siempre nos quedará Donosti. Es ese consuelo que nos queda a algunos cuando el verano languidece, el agua de las piscinas se queda fría y cada día  la oscuridad le gana un par de minutos a su antónimo.

Esta vez, en contra de nuestras costumbres, llegamos a la Ciudad del Cine cuando el festival abría sus puertas el día 21, justo en esa frontera imperceptible que cada año está en una parte de la esfera del reloj que determina ese paso impreciso entre el estío y el otoño, en vez de acudir a nuestra cita anual cuando el festival enfrenta el último tercio de su mastodóntica programación antes de su final. No es que no queramos estar allí los ocho días que dura este gran evento, si no que la razón hay que buscarla en que esta ciudad será maravillosa, pero todo cuesta un huevo si no tienes la suerte de conocer a alguien que te deje a coste cero una casa para convertirla en fugaz sede durante el escaso tiempo libre que los cinéfilos empedernidos y pasados de vueltas dejamos para el descanso antes de cada nueva jornada.

Cada vez que se abre la veda para conseguir entradas, unos cinco días antes de que el festival dé el pistoletazo de salida, uno se enfrenta al mismo y al parecer irresoluble problema. El servidor se colapsa durante unas dos horas y cuando vuelve a latirle el corazón, las entradas disponibles para público normal y corriente para las sesiones de las mejores horas, han volado y no queda otra que rellenar el programa como se puede y condenarse a sí mismo a madrugar y a perder cualquier posibilidad de siesta o breve descanso antes de encarar la siguiente película.

Hay que acostumbrarse a eso como uno se acostumbra a un vecino malo o a un juanete en un pie y seguir para adelante con lo que buenamente se haya podido conseguir o hacer colas de varias horas para mendigar un par de entradas perdidas caídas de las manos de un buen samaritano o de un servidor amable cuya cadencia binaria coincida con tus intenciones.

Aún así, mi madre y yo, el dúo dinámico, Tristán e Isolda en versión familiar libre de incestos, conseguimos entradas para un buen puñado de obras audio visuales sobre las que hablar una vez tuvimos el privilegio, unas veces mayor que otras, de poder visionarlas.

Y tras llegar a eso de las cinco de la tarde y dejar los aparejos en el mini apartamento a precio de mansión que logramos a última hora, nos dirigimos hacia el K2, ese centro neurálgico del cine donostiarra, siempre a la sombra de su hermano mayor, que está regentado por una cuadrilla magnífica de gente que corta tickets o pasa el lector, mejor dicho ya que hay que adaptarse a los tiempos modernos, como sino hubiera un mañana y que se multiplica en multi tareas para que todo funcione bien. Siempre he dicho, otra cosa es que lo haya escrito, que es en este lugar donde se vive el cine del festival con mayor intensidad y donde se proyectan las mejores películas ante un público generalmente muy nutrido, bastante entusiasta y la inmensa mayoría de las veces respetuoso y eso unido a la presentación de películas, esta año muchas de ellas por el gran e inigualable Señor Notario, presencia recurrente del K2 por lo menos desde que lo visité por primera vez allá por el año 2006, al coloquio posterior y a la posibilidad real y tangible de poder tratar de tú a tú a los responsables de los trabajos presentados, convierte cualquier evento allí en una gran experiencia que uno no debe perderse.

Empezamos con “Mudar la piel” de Ana Schulz y Cristóbal Fernández, que fue la elegida para inaugurar la sección de cine vasco llamada Zinemira. Se trata de  una película inclasificable a medio camino entre el documental, la ficción documentalizada o el documental ficcionado y a ratos con  alguna dosis dispersa de cine experimental, sobre dos personajes reales.mudar la piel

Uno llamado Juan Gutierrez, padre de la directora, que ejerció durante largos años de mediador entre ETA y el gobierno español a través de sus diferentes etapas tanto de unos como de otros y de Roberto Flórez, espía a cargo de los altos estamentos del estado, miembro de los servicios secretos y único miembro del antiguo CSID encarcelado, que se infiltró bajo una identidad falsa, que es lo que tiene infiltrarse, en Guernika Gogoratuz que era un Centro de Investigación por la Paz creado por Juan Gutierrez, sin que nadie de la familia sospechara nada. Presencia recurrente en la casa del tal Juan y su familia, parte de ella de ascendencia alemana, dejó un montón de interrogantes para todos una vez desapareció de sus vidas sin dar aviso. Esta película, que comienza con una conversación mal grabada, supuestamente en el interior de un teleférico, deviene después en un ejercicio fílmico, a ratos cómico, a ratos esperpéntico, otras veces desconcertante, pero siempre interesante e imprevisible, en el cual vemos cómo la madeja se va deshaciendo y los nudos desapareciendo hasta configurar un collage con giro de guión final que hace que toda la historia encaje a la perfección con un sonoro chasquido. Es la historia de una amistad imposible, mantenida contra viento y marea en unas condiciones inaceptables, pero que triunfó porque hay gente que prefiere no hacerse determinadas preguntas por si acaso no le gustan las respuestas, pero eso no les paraliza ni detiene sus ansias de conseguir cosas que puedan llegar a buen puerto, porque la amistad, aunque casi nunca lo es, a veces adquiere ese raro rango de incondicionalidad que la convierte en eterna.

Ovación de gala, fabuloso coloquio y valor desmedido el de esta pareja de directores que coge un toro bravo por los cuernos y lo convierte en una película magnífica, fuera de norma y de horma que creo, a juzgar por la reacción de público, que satisfizo a todos los bandos a pesar de la dificultad añadida que suele tener dar a luz este tipo de películas  sobre una época que dividió a la sociedad vasca en dos facciones irreconciliables y, cuyas heridas, no se han cerrado aún del todo y más aún a dos pasos de dónde ocurrió todo.

Después de esta sobredosis de realidad, breve salida y regreso al K2  para ver en la sección de Nuevos directores “Apuntes sobre una película de atracos” de León Siminiani. Un director también difícil de encasillar que con su anterior documental “Mapa” (2012) fue nominado a los premios Goya. En este caso regresa, aunque tal vez sea más acertado decir que nunca se marchó, al género documental para marcarse una película tan complicada de encasillar como la que la precedió, pero con un aire y un estilo totalmente diferentes. Obsesionado por las películas de atracos, este señor de aspecto aniñado que no representa la edad que debe de tener (se ve que eso de hacer documentales rejuvenece o por lo menos retrasa la vejez), lee una noticia sobre un tipo llamado “El Robin Hood de Vallecas”, líder de la banda de las alcantarillas que cumplía condena, actualmente creo que se encuentra en eso llamado tercer grado qué vaya usted a saber en qué consiste y ni corto ni perezoso le manda una carta a la cárcel proponiéndole un asunto y va el tío y acepta.

A partir de ahí y no sé cómo lo hicieron, León Siminiani se convierte en el protagonista de su cinta en un larguísimo cameo y empieza a narrar con su propia voz en off la serie de imágenes que nos va mostrando hasta configurar la primera parte de la película. Viajamos a las alcantarillas de Madrid y alrededores mostrándonos el camino para convertirnos nosotros también en azarosos butroneros y asistimos a la recreación de la manera en que el director contactó con Carlos I.G y cómo este se prestó a hacer un trabajo audiovisual sobre su propia vida, o por lo menos sobre una parte de ella.apuntes...

El delincuente en proceso de reinserción se nos presenta siempre de espaldas, fuera de foco o con una máscara a lo abre los ojos de Amenábar y con una presencia escénica de alguien acostumbrado a ser protagonista seguramente hasta sin quererlo. Rocambolesca, a ratos rozando el absurdo pero siempre con humor y teniendo en cuenta que todo lo que se cuenta es real aunque cueste trabajo creerlo, la película da un vuelco no estructural, pero sí académico, cuando la voz en off de León pasa a ser la del tal Carlos, cuyo deje no deja (valga la redundancia), lugar a la duda acerca del barrio del que procede y cuyos bajos se conoce por lo menos tan bien como los propios. Resulta sorprendente y hasta cautivador, la manera en que este narrador cheli y barriobajero, relata con pasión y añoranza esos años de subterfugios literales en los cuales caminar por las alcantarillas en compañía de ratas buscando una buena pared colindante a la caja fuerte de un banco para reventarla, era un pasatiempo como cualquier otro y como ese mismo empeño, llevado a otras lides por lo menos más legales, podría haberle llevado no más lejos, pero sí tal vez más alto.

La película fue acogida de forma calurosa aunque creo que algunos de los que la vimos no llegamos a captar su esencia última, aunque para ello ayudó un coloquio tan surrealista como el propio trabajo que lo motivó, ya que durante todo el coloquio, el tal Carlos, desde el arresto domiciliario de su casa, escuchó y participó del mismo a través del móvil del director, con esa voz tan reconocible que tal vez algún día volvamos a escuchar como un susurro desde las profundidades de cualquier alcantarilla próxima a un banco, si es que le da por volver a las andadas.

Breve salida para tomar unos pintxos porque eso de sentarse con tranquilidad a cenar no casa con nuestro apretado programa y triplete en el K2 en la hora golfa para ver la última del director iraní  Jafar Panahi que fue galardonada como mejor guión en Cannes y que por lo tanto estaba incluida en la sección Perlak. “Se Roch (3 faces)” tiene un punto en común con “Taxi Teherán” de 2015 galardonada con el premio Fipresci y es que en ella el director se convierte también en uno de los protagonistas, pero esta vez no se mete en un taxi para conocer de cerca a los habitantes de la ciudad en la que vive haciéndose pasar por un taxista entre miles, sino que encarna a un director de cine que acompaña a su actriz principal en una búsqueda a la desesperada de una adolescente algo imbécil que finge su propio suicidio para captar la atención de su heroína la cual ha desatendido sistemáticamente sus múltiples peticiones de socorro. Si “Taxi Teherán” era una road movie local, esta lo es provincial y actriz y director se embarcan hacia una aldea en busca del cadáver de esta chica que ha removido la conciencia de la famosa actriz y recorren en varias direcciones la única y estrecha carretera que une las poblaciones por las que deben de buscar a la adolescente frustrada mientras en la ciudad el rodaje está paralizado y reciben  llamadas constantes del ayudante de dirección al borde de un ataque de nervios.3faces2-131154_640x

Esa carretera, simboliza la estrechez de miras y el anacronismo de una sociedad como la iraní que sigue anclada en el pasado, en costumbres patriarcales y en cuyo seno nacer mujer es una condena a vida perpetua y en ella se encuentran con la diferente fauna, tanto clásica como humana, que van dando información aleatoria sobre las preguntas que les van formulando y que tienen a ambos habitantes de la ciudad como putas por rastrojo en busca de la mierda de la niña que no sabe ni qué decir la pobre cuando se encuentra cara a cara con la actriz a la que le gustaría emular no por ser famosa y rica, sino, sobre todo, por ser libre.

Es una crítica social pura y dura, contundente en su fondo pero extremadamente ligth y a ratos condescendiente en su forma, que la lastra y que hace que parezca excesivo el premio recibido en el festival galo porque aunque se trata de un potente punto de partida, que sitúa la expectativa en lo más alto, apenas logra mantenerla lastrada por interminables diálogos entre director y actriz que aburren hasta las ovejas que, supuestamente ajenas a todo, deambulan por esa carretera junto a humanos, carros y coches, sin que ninguno dé su brazo a partir cuando la anchura de la vía no permite el paso simultáneo de dos realidades de carácter sólido.

Estos tres personajes, estas tres caras, simbolizan la aspiración perpetua  y frustrada de las que nacen con vagina en un mundo de penes, de las que han tenido más suerte en el sorteo de la vida seguramente porque han nacido en un barrio con más papeletas y de aquellos que, aún siendo hombres, tratan de empatizar con el género opuesto no se sabe muy bien si por afinidad real o por situarse en un punto más ambicioso en cuanto a sus pretensiones últimas.

El resto del elenco, tan variopinto como seguramente no profesional, simbolizan a su vez las trabas y los obstáculos de una sociedad anclada en sus rancios convencionalismos que ni quiere entrar en el mundo moderno ni se la espera.

Y como a esas horas no hay personal habilitado para el coloquio porque están haciendo seda o la digestión, que en Donosti es algo habitual, pues dimos por finalizado el primer día y a dormir.

El segundo día, apenas 16 horas después de nuestra llegada, visita primera al cubo grande, ese mega espacio dónde ver cine es un verdadero espectáculo si tienes la suerte de que tus vecinos no consulten su teléfono, en cuyo caso se convierte en una gran sala de cine llena de luciérnagas azarosas e incordiantes.

La elegida a esa primera hora era la película francesa “L`homme fidele” (A faithful man) de Louis Garrel, protagonizada por él mismo y por dos iconos del cine francés. Uno por méritos propios, Laetitia Casta y otra por los de su padre Johnny Deep. Es una película fácil de ver y amable que funciona, pero que no deja ningún poso ni en la retina, ni mucho menos en el alma. Un soso de mucho cuidado, que vive con un pibón de campeonato, recibe la noticia de que su novia le va a dejar por su mejor amigo.

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Tras este punto de partida tan clásico como manido, lo que resulta sorprendente es que este hombre se lo toma con tal calma y deportividad que sino fuera porque le vemos echar a solas alguna lagrimita, pensaríamos que es un autómata. el caso es que poco tiempo después el amigo traidor la espicha y vuelve a aparecer el supuesto hombre fiel para ofrecer su hombro para el llanto y ya que anda por allí, para tratar de ponerse al día y recorrer de nuevo caminos ya conocidos. La jugada le sale bien hasta que aparece por allí la hija del difunto marido de la viuda, que resulta que está enamorada del soso desde que despertó a la pubertad y le acosa por tierra, mar y aire pero con escaso éxito porque como reza el título de esta obra decididamente menor incluida en la Sección  Oficial del festival, el tío es fiel hasta la naúsea. Pero como las mujeres se supone que son retorcidas, ojo, que no lo digo yo que también lo soy y no soy mujer, sino la literatura y el cine por lo menos, pues la mayor piensa que la mejor forma de que sepa si es con ella con quién quiere estar, es que se cepille a la otra para que busque, compare y si encuentra algo mejor se decida a comprarlo.

El caso es que fiel o no, al chico del pelo rizado le pone un poco eso de sentirse deseado por partida doble y accede al juego porque mientras tanto y mientras se resuelve el conflicto, pues él se lo pasa bien, pero resulta que la montaña conquistada ya no parece tan alta cuando se ha puesto la bandera en la cumbre y se empiezan a plantear ciertas cosas.

Y de esto va esta película francesa que no es ni drama ni comedia sino todo lo contrario en la cual los tres protagonistas intercambian conversaciones, rutinas y fluidos sin que parezca que haya interés en nada más y que apenas un mes después de haberla visto, soy incapaz de recordar su final sin que tampoco me importe gran cosa más allá del miedo que se adivina en el horizonte de no poder recordar las cosas cuando me lo propongo. Pero a otros les dejó más huella que a mí porque se llevó ex-aequo junto con “Yuli” de Iciar Bollaín, el premio al mejor guión.

Creo que la culpa es del guionista. En ambos casos.

Cuarenta y cinco minutos para apretarnos un par de pintxos mañaneros y al K2 a por la segunda ración del día. “Familia sumergida” de María Alché incluida en la sección de Horizontes Latinos que suele ser y es una sección muy potente llena de joyas, pero de difícil comprensión la mayoría de las veces por el acento cerrado de sus protagonistas que suele obligar a leer y comprender los subtítulos en inglés para no perderse nada crucial a la hora de entenderlas y que por lo tanto supone un hándicap para aquellas personas que sólo se las apañan con un idioma. Es decir, el suyo.

Y lo que me pasa a mí con el cine argentino es que o bien me entusiasma y salgo del cine dando palmas con las orejas o me aburro como una mona y ni me interesa lo que cuentan ni mucho menos cómo lo cuentan. Y esta cinta, ganadora el año pasado de Cine en Construcción, pertenece a la segunda clase, aunque a lo mejor sería de justicia un segundo visionado que arrojase algo más de luz sobre mi oscuridad.fam

El argumento versa en torno a una mujer interpretada por Mercedes Morán, presencia recurrente en esta edición con por lo menos tres trabajos, que acaba de asistir al entierro de su hermana y tras el duelo ha de enfrentarse a la recogida de la casa mientras tiene que aguantar a sus hijos adolescentes que son dos pelotudos a los que dan ganas de inflar a hostias y vuelve a tratar con un amigo del pasado. Se mezclan la realidad más cotidiana y rutinaria con las situaciones familiares que debe de compaginar con los problemas habituales más allá de los causados por el deceso, mientras se intercalan escenas que desconciertan a aquel espectador que no esté acostumbrado a este tipo de cine o que haya parpadeado más allá del tiempo estipulado para hacerlo. A medio camino entre lo onírico, lo real y lo imaginado, asistimos a este desfile de personajes familiares en superficie y sumergidos, que se mezclan como lo hace un guión que juega con ambos mundos sin fronteras ni balizas, tal vez para que el espectador conecte con la disociación que vive la protagonista que está encarnada por una actriz en estado de gracia que en este caso está insultantemente por encima del resto creando un desajuste evidente que no creo que sea intencionado.

Esta película, como muchas otras de este tipo que he visto en Donosti y en otros festivales a lo largo de los años, son premiadas sistemáticamente por jurados profesionales y variopintos, por lo que deduzco que soy yo el que no se entera de qué va la vaina. En esta ocasión creo que se llevó alguno de los premios menores, pero premio al fin y al cabo.

Paradita para echar una mini siesta que sino no hay dios que aguante este ritmo y de regreso al cubo grande para ver una de la Sección Oficial. “The innocent” de Simon Jaquemet, una co producción europea de un director que ya se estrenó en Donosti con “Crieg” en el 2014 en Nuevos directores.

Y se trata de una película áspera y complicada pero de carácter hipnótico que atrapa por lo prístino de su imágenes y por lo oscuro de su concepción. La protagonista encarnada por Judith Hofman trabaja en un laboratorio de última generación, mientras ha de convivir en el seno de una familia y unas amistades ultra religiosas que dan mucho más miedo que los experimentos que se llevan a cabo en el lugar donde trabaja. En su casa, diáfana y blanca como el supuesto color de sus almas inmaculadas, la familia que da una grima que te cagas, deshoja la margarita de pétalos artificiales al gusto de su pretendido y adorado Dios al que idolatran y mencionan desde que desayunan hasta que van al baño, mientras comparten vivencias y espacios con los otros integrantes de la secta.the inoc

Pero en ese paraíso impostado al gusto de los jefes del cotarro, se mueve una mujer cuyo fondo de armario espiritual encierra algunas sorpresas. Al mismo tiempo que ha de lidiar con la perfección de su vida de pega al servicio del altísimo, asiste en el laboratorio a una operación en la que se hace un trasplante de cabeza de un mono sano a otro con parálisis, seguramente inducida, en espera de tener éxito y poder aplicarlo en humanos y al encuentro furtivo de un antiguo amante que aparece y desaparece como el Guadiana y al que se creía muerto o recluido de por vida en alguna prisión ignota y que da a entender que la mujer actualmente al servicio del Supremo tuvo un pasado oscuro. Ambas cosas suponen una ruptura salvaje con su vida actual y entran en terrible confrontación. Ella, como buena cristiana admite su adulterio, pero nadie la cree cuando anuncia con quién es porque se supone que esa persona ya ha cambiado de dimensión, por lo que piensan que está poseída por el demonio y tratan de recluirla para curarla de su enfermedad. Todos, familia, amante y monos, luchan unos por mantener su feudo feudal y fundamentalista, otro por recuperar un pasado que aún puede no estar perdido del todo como la vida y el último por aferrarse a la extrañeza de que cuerpo y cabeza no se reconocerán jamás el uno al otro.

Y entre tanto conflicto moral, metafísico y filosófico, transcurre esta extraña película cuyo final alegórico causó estupor y cierto enfado entre los asistentes que no siempre entran a la sala de cine con la mente lo suficientemente abierta como para absorber y tratar de entender cierto tipo de propuestas.

Una parada algo más larga para retomar la senda del pintxo perdido y de regreso al Kursaal para pagar la tremenda primada de la gala de entrega del premio Donosti al Pequeño Gran Hombre que es Danny De vito. Primada porque no es de recibo que por una gala que se mueve dependiendo de la locuacidad del premiado entre veinte y treinta minutos para después asistir a una proyección normal y corriente, haya que pagar casi sesenta euros, pero supongo que los festivales y más los de este nivel, tienen que sacar dinero de debajo de las piedras para poder sostener semejante artilugio y reinventarse año tras año.

Lo dicho, sesión de gala para entregar un premio en el cual por primera vez otro gran director, J.A Bayona, este de los nuestros, se sintió alto por un día sacando una cabeza a un actor, director y productor de culto de los de toda la vida que hizo un discurso a la altura de su tamaño. Es decir, brevísimo.

Y tras este aperitivo de angulas a sesenta euros los cien gramos céntimo arriba o abajo, la última película de Rodrigo Sorogoyen “El Reino” inmersa en la sección Oficial y presentada in situ por toda la plana mayor responsable de este trabajo y que fue acogida con menos entusiasmo del que merece.

Rodrigo Sorogoyen ya demostró con “Que Dios nos perdone” (2016) que es un pedazo de director que hace de cada plano una cuestión de fe y que con sus potentes guiones escritos a cuatro manos junto a Isabel peña, desarrolla historias agónicas, impregnadas de una atmósfera agobiante y opresiva llevada y estirada hasta las últimas consecuencias para dotar a sus trabajos de algo que muchas películas no consiguen: interés.el reino

En esta película lo consigue desde el primer plano y los sucesivos en el que vemos que una corte de mangantes, chorizos y caraduras, auténticos hijos de puta orgullosos de serlo, se ponen hasta las trancas de marisco con el dinero donado o robado a los contribuyentes que a veces ambos conceptos se solapan y no pueden desligarse y cómo uno de ellos, el supuesto jefe, es reprendido por el que le secunda por querer comerse un langostino de más.

Esa es toda una declaración de intenciones para que el espectador sepa con que clase de tipos estamos tratando y que representan, tanto dan los colores y las siglas, porque son el mismo perro con distinto collar, la clase política que nos representa porque le ha votado el suficiente numero de gente como para que se dé esa circunstancia.

Y todos se llevan de puta madre y se dan palmaditas en la espalda y se ríen las gracias y se comen los mocos hasta que alguien no tiene cuidado con algo o se habla de más y una vez se abre la brecha, lo hace también la veda y esta panda de chacales no duda en despedazarse unos a otros porque sólo el que más coma, el que más gordo esté, el que salga mejor parado de la refriega, será el próximo líder de la manada y si he de morir, que sea acompañado.

Todo es reconocible y lo hemos visto en los periódicos y en los telediarios, pero aquí se nos muestran los presuntos entresijos de una sociedad política atrincherada en sus privilegios y los puñales que vuelan, y las hostias que se rifan y hay para todos. Muchos más que langostinos.

Y Rodrigo Sorogoyen articula una trama tan compleja como las que deben de tener estos tipejos sin escrúpulos a un ritmo vertiginoso que causa taquicardia enlazando unas historias con otras y subiendo la tensión exponencialmente con cada nueva secuencia hasta llegar a un punto culminante que tal vez llegue un poco antes de lo estipulado y que deriva en unos giros de guión y en unas decisiones técnicas excesivas que hacen que en su último tramo, la película derrape y se ponga en cuestión su realismo, que no su realidad.

Pese a todo, se trata de una película notable, digna representante de la sección de un festival de primer orden, en la que destacan un puñado de actores con Antonio de la Torre a la cabeza que ya se ha convertido en un habitual de este festival. Este año por partida doble.

Y uno se plantea si un hijo de puta nace o se hace y qué haríamos el resto de los mortales o en qué nos convertiríamos si tuviéramos la sartén por el mango y capacidad para medrar.

Después de esta sobredosis de adrenalina en vena, un descanso para bajar pulsaciones y a tomarse un café, sin cafeína por aquello de la hora, porque nos quedaba la última del  día y repetíamos sesión golfa por segundo día consecutivo porque las horas golosas ya estaban cogidas yo creo que desde antes que se supiera qué película se iba a proyectar.

Y la última en el K2 dentro de la sección de Perlak, resultó ser la que se llevó con una media de 9,2 puntos sobre 10,el premio del público.another

“Another day of life” de Raúl de la Fuente y Damian Nenow es una rareza en sí misma, una película a caballo entre la animación y el documental, con mucho más de lo primero que de lo segundo, basado en las vivencias de un reportero polaco llamado Ryszard Kapuscinski que viajó a Angola en 1975 durante uno de los períodos más oscuros de la historia ya de por sí negra de ese país africano y de lo que vivió y hubo de hacer para sobrevivir en ese lodazal en el cual un saludo equivocado equivalía a morir baleado y echado en una zanja anónima. Este viaje suicida al lugar  al que ni se atrevían a viajar  las moscas, en la cual los líderes permanecían encerrados en sus búnkeres aislados pero supuestamente a salvo, era para los valientes o para los zumbados. Este personaje real que regresó ileso de sus viajes y trocó al periodista por un escritor, asistió de primera mano a la caída de algunos imperialismos en el país africano y esta película intensa y atípica narra con precisión maquiavélica uno de esos viajes mezclando imágenes de archivo con animación hiperealista para configurar una gran obra digna del premio que otorga cada año el populacho a la creación más votada.

Y a dormir que esto de los festivales es muy duro.

El amanecer del tercer día no es el título de la primera película que vimos ese  domingo 23 de septiembre de 2018, sino “Midnight runner” de Hannes Baumgartner, en primera sesión en el K2 en el apartado de Nuevos directores. Este cineasta suizo  debutaba  con honores en nuestro mejor festival patrio con mucha diferencia (lo siento por los demás, tan dignos y estimulantes como inferiores en cantidad de propuestas, opciones y seguro que también en presupuesto). Y lo hizo con una película compacta, tal vez demasiado formal, pero redonda en su concepción, desasosegante en su planteamiento y rotunda en su forma, basada en una historia real, aunque ignoro en qué grado de fidelidad. El protagonista es un joven atleta obsesionado con correr cuando dónde y por lo que sea, conocido y famoso en su entorno, que tiene una novia guapa y una relación seria y con futuro y un trabajo estable.Midnight_Runner-326116199-large

El tipo es una persona de pocas palabras que mantiene relaciones parcas en fondo con toda la gente que le rodea, sobre todo con su madre y el origen de su manera de ser taciturna, y esquiva, pese a que mantiene siempre una educación exquisita, hay que buscarlo en la muerte de su único hermano poco después de completar su adolescencia y con el que mantenía una relación muy intensa. La única manera que tiene de sofocar el pavoroso incendio que arde en su interior es correr, ya sea entrenando o en carreras oficiales, mientras es entrenado de manera espartana por un entrenador que aspira a llevarle a los juegos olímpicos. Mientras corre y cocina por el día, tiene pesadillas espantosas por la noche que le obligan también a realizar salidas nocturnas para desfogarse y en una de ellas, por un suceso accidental y tras un malentendido, roba el bolso a una chica en la ciudad. Ese acto aislado que podía haberse quedado allí, se convierte en una obsesión y sale cada noche a perpetrar nuevos robos mientras guarda en su casa los documentos robados que después devuelve a sus legítimas propietarias con una nota de disculpa. La cosa se le va yendo de las manos incapaz de controlar su mente perturbada y todo ello afecta a todas sus relaciones, especialmente la de su novia y sus compañeros de trabajo hasta que la cosa se sale de madre.

Se trata de esas películas que van subiendo el tono y la intensidad, ya de por sí alta desde su inicio, hasta llegar a un punto álgido que se concreta justo en el último fotograma, como esas etapas ciclistas que terminan en lo alto del puerto y que con cuya llegada a meta, se acabó lo que se daba. El director, con una mano firme impropia de un cineasta debutante, conduce la acción con acierto pero sin arriesgar tal vez por miedo a salirse de la carretera. Ese es tal vez su único defecto, comprensible, justificable y bastante sensato dadas las circunstancias al estar inspirada en un suceso real lo cual condiciona y acota cierto tipo de decisiones. Su final abierto pero predecible es tal vez la única licencia que se permite. Pequeña, pero licencia al fin  y al cabo para una película que pudo ser premiada, pero que acusó tal vez su exceso de academicismo.

Y después de una dosis de realidad y un par de bolas de queso, de vuelta al K2 para ver una de las sorpresas del festival que se llevó el Premio de la Juventud y que estaba incluida en la sección de Nuevos directores. En este caso se llama Hiroshi Okuyama, un jovencísimo japonés que confesó idolatrar a Koreeda  y con el cual al parecer y según confesó tras una pregunta en el coloquio posterior, había trabajado con el gran maestro japonés por lo menos en una ocasión. Y su ópera prima “Jesús” es una cachondada fílmica, una joya que tras su patente surrealismo, encierra una película maravillosa sobre la adaptación, la superación de obstáculos y la pérdida de la inocencia en la piel de un niño que debe dejar la gran ciudad con su familia para irse a vivir a una población rural para hacer compañía a la abuela, que se ha quedado viuda. Este planteamiento en Occidente es casi imposible de entender, porque aquí a los mayores, cuando se quedan solos, se les abandona en gasolineras o se les mete en asilos, según tengan o no chip de identificación que permita localizar al desalmado que hace lo primero, pero allí, en Oriente, todo gira en torno a las personas de mayor edad porque son ellas las más sabias por todo lo que han vivido.

Este niño, de familia cristiana va a su colegio nuevo  y hace todo lo que se espera de él y se porta de manera impecable en todos los entornos en los que participa sin olvidarse de rezar que es lo que hacen por lo menos un par de veces al día los que pertenecen a ese colectivo del crucifijo en la pared y alrededor de algunos cuellos. Y en una de esas plegarias, se le aparece un Jesucristo en miniatura al que le gusta hacer equilibrios en los vinilos cuando están girando y otras acciones cuanto menos peculiares porque será el hijo de un Dios, pero se aburre como todo el mundo y hay que hacer cosas para entretenerse. Esta visión que para el niño es una realidad le acompaña en cada momento, mientras el niño estrecha una relación con su nuevo amigo, hace sus deberes, comparte mesa y mantel con su familia y alguna que otra escapada con la madre de su amigo que no para de reírse por todo, lo cual desconcierta al niño venido de la gran ciudad.jesuo-h_2018

Los dos amigos compiten amigablemente por un puesto en el equipo de fútbol y es el japonés local el que tiene las mejores papeletas para hacerse con el logro, hasta que ocurre un suceso que pone todo patas arriba. A partir de ahí y tras una plegaria previa a su dios de cabecera en la que ignoramos qué le pide el otro niño y que abre un paréntesis que puede ser más o menos oscuro según lo negra que sea la mente del espectador que lo está viendo, la fe se resquebraja y el niño abre las puertas de par en par a una supuesta vida más adulta, sepultando de manera definitiva el niño que hasta ahora ha habitado en su cuerpecito y que le catapulta de manera inmisericorde al futuro más inmediato en el que él adivina mucho antes de lo que debería haber sido, que la vida no es un camino de rosas y que aquí se viene a pasarlas putas.

Grandísima y arriesgada película que lo juega todo a una sola carta y gana de calle porque  la juega con maestría absoluta. Este director digno heredero tal vez algún día de su maestro Koreeda, nos muestra con cuatro pinceladas una sociedad como la japonesa tan rígida en sus tradiciones como flexible de un modo interno y natural en su manera de afrontar los embates de la vida.

El coloquio que le siguió con la presencia del director y del pequeño actor Riki Okuma, no tuvo desperdicio con el gracejo, la simpatía y el desparpajo de ese chaval que visto lo visto en el escenario tuvo que realizar durante el rodaje un tremendo ejercicio de contención demostrando un talento natural impropio de alguien de esa edad. La ovación posterior a la película y tras el coloquio, ya vaticinaba una gran puntuación entre el jurado joven que determinó el galardón que se llevó con todo merecimiento.les mete

Y tras un breve descanso que esto de Donosti es un sindios con la excepción de la película previa, regreso al k2 para ver “Les météorites” de Romain Laguna en la sección de Nuevos directores. En este caso se trata de una película sin mayores pretensiones que encierra más de lo que aparenta. Nina es una adolescente que pasa las vacaciones en su pueblo natal y que trabaja en un parque de atracciones temático y que debe de darse una carrerita todos los días para no llegar tarde a su trabajo en el cual tiene una amiga árabe que a su vez tiene un hermano mayor del que se enamora, aunque tal vez sería más acertado decir se encoña, la chica protagonista. Este chaval está más que curtido como le ocurre a esos adolescentes que de niños tienen que abandonar su lugar de origen y han de crecer de golpe y a lo bestia porque puede que el país al que van les acoja o por lo menos les acepte, pero siempre les van a mirar por encima del hombro.

Ella sabe que nunca va a llegar a nada con él pero las hormonas son las hormonas y así va trascurriendo ese verano mientras el argelino se la pega con todo lo que se mueve y ella empieza a tratar con los amigos de este chaval que no son trigo limpio porque dios los cría, pero el viento los amontona, la relación con la hermana del susodicho se empieza a ir a la mierda y ella se va encabronando lo cual afecta a su relación laboral y a otras cosas de su entorno. El título obedece a un meteorito que  ella ve caer y que interpreta como un presagio, pero ese impacto de momento sólo acontece en su propio cuerpo y ha de hacer frente a todos los cambios que pueden tener lugar en su vida dentro de los límites de estar confinada en un lugar abierto que representa a su vez una cárcel sin barrotes de la que es muy difícil escapar. Película iniciática con final onírico para que cada cual cierre el círculo como más le plazca, tras la cual tuvo lugar un coloquio más bien plano que no aportó más de lo que la obra audiovisual había mostrado.

Y una vez pasado el meridiano cinéfilo del día, de regreso al K2 para asistir a una proyección acojonante en todos los sentidos dentro de la sección de Horizontes Latinos y con presencia masiva de responsables del trabajo entre los cuáles destacaban por encima de todo Antonio de la Torre, Chino Darín y su director Álvaro Brechner. “La noche de 12 años”, co producción al alimón entre España, Francia, Uruguay y Argentina, es una pedazo de película del primer fotograma al último sobre un suceso real escalofriante que puede volver a repetirse en cualquier momento según la deriva o la falta de cambios apreciables en este mundo de mierda en el que vivimos en el cual se encierra, se masacra o se elimina a aquel que piensa diferente y que por sus recursos naturales podría promover algún cambio que acabara en el descabalgamiento de aquellos hijos de la gran puta, se llamen como se llamen, que gobiernan el mundo como si fuera, y de hecho lo es, su coto de caza particular.la noche

Está basada en la dictadura Uruguaya concretamente con su origen en septiembre de 1973 cuando ésta está ya instaurada y ha pasado un año desde la derrota de los guerrilleros Tupamaros. Tres de estos presos, entre los cuales se encontraba José “Pepe” Múgica, que acabó siendo el cuadragésimo presidente uruguayo entre 2010 y 2015, fueron sacados de sus celdas y durante doce largos años fueron encarcelados de nuevo y trasladados de un lugar a otro a cada cual peor en régimen de incomunicación permanente , mientras eran torturados de cualquier forma imaginable pero con una premisa. “Ya que no podemos matarlos, vamos a volverlos locos”.

Y esta magnífica película, absolutamente impecable en cada una de sus partes, muestra con crudeza y un realismo que casa a la perfección con lo que está contando cómo estos tres señores, Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández Huidobro y el citado Mújica no sólo sobrevivieron sino que no se volvieron locos porque debieron de usar todos sus recursos y toda su inteligencia para lograr sobrevivir en un entorno dantesco.

La atmósfera y el ritmo son perfectos, la dosificación de las emociones milimétrica, las interpretaciones, las de todos, fabulosas y todo ello configura desde mi punto de vista una obra maestra que se ve con el corazón en un puño porque es una patada en el cielo del paladar con todas las de la ley, la que aplicaron de manera dictatorial y tangencial a esas cabezas visibles de un movimiento que, supongo que como todos, sólo buscaba lo mejor para el país, los suyos y porqué no decirlo, para ellos mismos.

No hay nada que le sobre ni mucho menos que le falte y semejante lección de cine fue premiada por un público puesto en pie que ovacionó durante cerca de cinco minutos a todo el elenco de actores y responsables allí presente.

Y el coloquio que le siguió, estuvo por supuesto a la altura de lo que se demandaba.

Y para cerrar el día una película filipina de la Sección oficial firmada por Brillante mendoza y llamada “Alpha: the right to kill”, que para nuestra sorpresa se llevó el premio gordo especial del jurado para una propuesta que ni aporta nada nuevo ni en cuanto a forma, ni fondo, ni contenido.

Se trata de una película de policías en el más estricto sentido de la palabra, filmada con cámara en mano con muy mal pulso que marea y aburre a partes iguales y en la que parece que estamos ante una versión filipina y cutre de la gran serie americana de los años ochenta “Canción Triste de Hill Street”.alpha-the-right-to-kill

La fotografía es brumosa, supongo que de manera deliberada, las interpretaciones como de actores recién salidos de la escuela con poco bagaje a cuestas y el guión está tan manido y es tan previsible entre corruptelas, mangantes, traficantes y confidentes, que sólo agradecemos que el metraje no sea excesivo como suele ocurrir en este tipo de películas. Vemos conferencias de prensa en las que el jefe de los polis escurre el bulto de manera institucional, asistimos a reuniones de policías en los que se explica el plan de ataque a seguir, escenas familiares del policía aparentemente ejemplar que luego resulta ser el bicho que picó al tren, nos convertimos en espectadores de primera fila en redadas y persecuciones tan vistas ya que uno no puede olvidar ponerse a pensar en el pintxo que se dejó a medias para llegar a tiempo de ver esta película que prometía tanto y ofrece tan poco, por lo menos nuevo, pero este director, de palmarés tan brillante como su nombre de pila, es un habitual de los festivales y sus propuestas se rifan para ser proyectadas en tal o cual lugar y, como otras muchas veces, mi conocimiento de cine debe de ser escaso porque no acierto a ver ninguna razón en ningún apartado para que este film haya sido premiado con un trofeo de peso lo cual garantiza que haya alguna distribuidora que la incluya en el circuito comercial. Será entonces, cuando otros críticos de diferentes medios y por lo tanto eclécticos puntos de vista, arrojen otro veredicto.

Y si la decisión es unánime y soy yo el que no se entera, buscaré un curso de reciclaje sobre cómo ver el cine con aprovechamiento.

Fin del día, con un balance muy positivo excepto la salida de pista de la última elección y a casita a sobar que ya iba siendo hora.

Empezamos la semana geográfica, es decir, el lunes, en el Victoria Eugenia. Ese vetusto espacio teatral adaptado para el cine en el que nos encanta habitar alguno de sus palcos para disfrutar de una película y al cual no habíamos podido acudir aún porque, por las razones que sean, conseguir entradas para ese lugar puede ser un trabajo arduo aunque después, una vez allí, se ven palcos y sillas vacías en una demostración palpable de que aquellos que obtienen entradas de una manera más sencilla y seguramente más económica, luego prefieren otras actividades dejando fuera a los que realmente quieren estar allí y participar del festival de una forma activa. Las sesiones matinales allí empiezan una media hora más tarde y esos cochinos treinta minutos pueden llegar a ser un maná una vez los rigores del festival empiezan a manifestarse en nuestros maltrechos cuerpos.

Y el periódico del festival no mentía. “Le cahier noir” (The black book o El libro negro), de Valeria Sarmiento, otra vieja, con perdón por la expresión, conocida del festival, venía publicitada como un folletín y eso es precisamente lo que es. Una telenovela comprimida en formato de cine que no deja indiferente a nadie.el libro

De entrada por el vestuario y la adaptación escenográfica, parece y de hecho lo es, una película con pretensiones. Con una aire dieciochesco y ambientada por tanto a finales del siglo que da sentido al adjetivo, uno se entusiasma con el hecho de que tal apariencia desemboque en una película de buena hechura y mejor factura, pero muy pronto nos damos cuenta de que eso no va a llegar a ningún sitio. Por lo menos a ninguno bueno. Una niñera enamorada de la criatura que cuida, un hombre viudo que la palma pronto, un nuevo candidato, alguna presencia recurrente e inquietante y una manera de viajar de una ciudad a otra como si existiera el tele transporte desde hace más de doscientos años y aún no nos hubiéramos enterado. Personajes que entran y salen como activados por un resorte, sueltan sus frases y vuelven a entrar en pausa hasta la siguiente intervención, miradas aviesas que denotan intenciones claras y una voz en off que más parece destinada a los ciegos porque cuenta lo que vemos en tiempo real como si fuéramos tontos o necesitáramos traducción simultánea para entender lo que estamos viendo.

Sexo con amor, el menos,  por allí, folleteo por allá, intrigas palaciegas, traiciones y envenenamientos porque Los Borgia no iban a ser los únicos, idas y venidas sin ton ni son de la antigua cuidadora siguiendo el rastro del niño que ya está crecidito y como un queso, guerras interinas, revoluciones en las que ruedan cabezas y un guión que parece hecho por un niño de diez años, producido por uno de cinco y dirigido por la niña más lista de la guardería, eso sí, con un presupuesto del copón y bajo bandera francesa que esos sí que saben vender sus productos como nadie.

Estupor generalizado en la sala con cada nueva tropelía escénica, silencio de incredulidad y aplausos finales con algunos vítores que sonaban a cachondeo, aunque en las urnas se veía alguna puntuación alta, luego es normal deducir que hubo gente a la que sí le gustó y que no tuvo la sensación de que le estaban tomando el pelo.

No fue mi caso.

Después breve parada porque esa media hora que se entra más tarde repercute a la salida y ya vamos con la hora pegada al culo y vuelta al cubo pequeño a visionar otra de esas películas en las antípodas de la anterior, incluida en la sección Nuevos Directores en la que se pueden encontrar esa clase de películas que dan sentido a este tipo de festivales y por los cuales uno se deja en una semana lo que ha ahorrado durante todo el año. “Serdtse mira” (“Core of the world”) de Natalia Meshchaniniva que traducido viene a ser algo así como núcleo del mundo, es decir, el centro, es una de esas obras típicas de la escuela rusa que tienen una fotografía espectacular, un guión denso sacado con forceps en el que ocurren muchas más cosas de las que se ven a simple vista y una atmósfera opresiva de esas que caracterizan  esas historias que ocurren en parajes muy abiertos en los que cada realidad puede comprimirse en el espacio de una castaña pilonga, eso sí, a punto de estallar.core of

El protagonista es un joven de muy pocas palabras, veterinario, que trabaja para una familia de tres miembros, padre, madre e hija y que vive en una casa a una veintena de metros de la de los dueños. Cuida de los animales, los domésticos y los de producción y los semi salvajes y se encarga también de un negocio que borda la ilegalidad o más bien la traspasa de zorros adiestrados para caza común. En ese ambiente todo es frío y poco aséptico, pero funcional y la película arranca con una pelea en que uno de los perros es mordido hasta casi la muerte y el pobre se pasa el resto del metraje arrastrándose como puede o en los brazos de alguno de los protagonistas y muy pronto vemos que este chaval tiene un problema de la hostia porque no se sabe relacionar con los humanos a pesar de que cada noche cruza la distancia que separa ambas viviendas como si se dispusiera a cruzar un proceloso mar inundado de krakens. Allí el padre autoritario de formas toscas impone su autoridad siempre y cuando le deje su mujer, mucho más callada pero con las pelotas mucho más gordas y la hija trata de seducir al veterinario porque la oferta allí es más bien escasa y da miedo verla, encarnada en esos tipejos sacados del salvaje oeste y trasladados a la estepa rusa que acuden cuando hay cacería y todo va bien dentro de lo que cabe hasta que aparecen unos ecologistas que tratan de conseguir que la actividad ilícita se detenga. Pero no metas a una panda de anti taurinos en Pamplona cuando comienza la segunda semana de Julio porque les pasan a cuchillo y aquí la cosa no pinta mejor. Al chaval se le junta la muerte de una madre a la que no quiere ni ver ni acude a su entierro despachando con brusquedad al emisario, el comienzo de una relación torpe y desaliñada con la hija de sus jefes y las acciones de los verdes tocapelotas y el frágil centro de su universo, del único mundo que está dispuesto a aceptar lejos de toda la mierda que le haya ocurrido durante su vida anterior, estalla y se lía parda, sin que la sangre acabe de llegar al río y se quede en la orilla porque en ciertos lugares, en determinados ambientes hay que tragar sapos y culebras y hacer de tripas corazón porque es la única manera de sobrevivir.

Es una película dura y difícil de digerir que transcurre al ritmo lento y denso de las vidas de los protagonistas, que congela las manos y el corazón, que deja barro en el felpudo y que nos hace sentir muy afortunados por haber nacido en lugares dónde hay más de una opción y un camino desde el recorrido que hay que realizar desde la cuna a la tumba.

Pero la película te deja hecho unos zorros como esos de la película que aunque los liberan vuelven a sus jaulas porque nacieron cautivos y no conocen otra realidad.

Y nosotros tras una breve parada  a nuestra realidad de Donosti que es ver una película tras otra como sino hubiera un mañana.

La tercera del día rebajó considerablemente el tono de la anterior y en la sección de Horizontes Latinos proyectaban “Sueño Florianópolis” de Ana Katz, otra asidua del festival que ya participó con “Los Marziano” en la Sección Oficial del año 2011, aunque su relación con el festival data de bastante más atrás.

Y esta película amable pero con un trasfondo de amargura, sincera, llena de autenticidad,   y llena de personajes fabulosos, convirtió la sala de cine atestada en otro Florianópolis que es el lugar al que por lo visto los argentinos, los brasileños y cualquier otro pueblo fronterizo cuyos habitantes se lo puedan permitir, acuden como reclamo vacacional más emparentado con una versión sudamericana de nuestro Port Aventura o nuestro afamado Marina Dor, pero con playas cojonudas, vegetación y caminos de tierra. Como confesara la directora en el coloquio posterior, es el lugar al que su familia marchaba de vacaciones cuando era muy jovencita y por lo visto, lo sé porque hice una pregunta que fue contestada convenientemente, ese lugar de peregrinaje estacional, sigue estando vigente a día de hoy.

Allí van una familia cuyos padres están en proceso de demolición pero de buenas maneras y su pareja de hijos adolescentes que tienen intereses y necesidades dispares y lo primero que hacen es quedarse tirados en la carretera y son auxiliados por una pareja amable de brasileños que además ofrecen casas en alquiler por si estuvieran interesados y como lo que han reservado desde Argentina resulta ser una chabola, pues recurren a este tipo para tratar de salvar unas vacaciones que han comenzado con mal pie y resulta que les lleva a su propia casa pequeña y desordenada que desaloja a medias para trasladarse  a otra de allí al lado y que además les pilla a tomar por saco de todo.sieño

Por allí pululan aparte del brasileño oportunista pero simpático y gracioso, su ex pareja, una novieta de las de ahora sí, pero después no, algún amigo rocambolesco, el hijo adolescente de uno de ellos que se enrolla con la hija de la pareja argentina venida a menos y los días van pasando mientras los conflictos quedan en stand by en espera de la vuelta a la rutina y por lo tanto las hostilidades y en ese ambiente festivo, playero y lánguido, las parejas se cruzan, se entrecruzan, se juntan y se separan con la facilidad, rapidez y naturalidad con que se suceden las mareas y uno ve esta película con una sonrisa bobalicona en el rostro porque todo funciona, el drama y la comedia, las situaciones y los giros de guión y los personajes son como esos vecinos entrañables que rara vez te encuentras, pero cuando  tienes esa suerte les invitas a tu casa porque te hacen sentir bien y les empiezas a echar de menos según te marchas porque una vez traspasen el umbral, a lo mejor empiezas a discutir con tu marido, con tu hija o con el gato.

Y regresan de sus vacaciones no más unidos, ni más reñidos, pero sí con más vivencias en el zurrón, de esas que pueden contarse una noche tranquila a la luz ya extinta  de las estrellas.

Aplauso unánime de satisfacción porque siempre es bueno entre la dureza de las  temáticas que inundan los festivales encontrarse este tipo de propuestas que relajan el alma y siempre es una gozada, aunque en este caso todo el elenco brilla parejo a gran altura, ver en escena a una Mercedes Morán, que en compañía de su hija, tanto en la realidad como en la ficción, lleva el peso de una trama con la profesionalidad y la solvencia que le caracteriza.

Un ratito más largo del habitual y de regreso al K2 para ver otra de las grandes sorpresas de este festival que por su variedad y cantidad de propuestas en cada una de las secciones, ocupa el lugar que ocupa entre los grandes eventos cinematográficos del mundo junto con ese glamour tan demandado que a mí me espanta, aunque me encanta caminar por la alfombra roja de camino a una proyección y que los fans que se agolpan libreta y móvil en mano sobre las vallas, se pregunten quiénes son y en qué película han trabajado esa pareja tan dispar como atractiva que formamos mi señora madre y un servidor.

Para acceder al cubo chico no suele haber alfombra roja o es muy pequeña, pero tanto me da. Entramos en él con la sensación de acontecimiento grande pese a lo aparentemente pequeño de la propuesta como la propia directora se empeñó en comentar de manera reiterada, pero “Viaje al cuarto de una madre”  de Celia Rico es una pedazo de película que cuenta una historia tan natural, tan reconocible, tan universal que cuesta trabajo ubicarla en un género determinado porque cuenta la historia de tod@s nosotros con la facilidad con que las arañas tejen sus telas y la fragilidad con la que las copas de cristal de Bohemia se rompen al chocar brevemente contra cualquier superficie por breve y sutil que sea su contacto.

Aunque sea su primera película y por ello estuviera  incluida en la Sección de Nuevos Directores, esta cineasta ya trabajó con Claudia Llosa, la hija del afamado escritor peruano, en su trabajo de 2012 “No corras, vuela” de la que se encargó de la dirección de la segunda mitad y si algún nexo en común guardan estas dos películas tan dispares es, si acaso, ese intimismo que en la anterior se manifiesta de puertas para adentro del alma y en ésta está presente en cada plano, en cada fotograma, en cada aliento de la vida que rebosa esta Pequeña Gran obra cinematográfica que afronta con la misma exactitud que la propia vida el síndrome del nido vacío.

Las protagonistas absolutas son Anna Castillo y Lola Dueñas que se comen la pantalla desde el principio hasta al fin configurando uno de esos paisajes costumbristas que estamos tan poco acostumbrados a ver en la pantalla con la credibilidad que demandan estas historias tan cercanas y al mismo tiempo tan complejas de contar.Viaje-al-cuarto-de-una-madre-Revista-Mutaciones

Dos mujeres de dos generaciones diferentes, madre e hija, conviven en un espacio pequeño, tan ligadas a sí mismas y tan desligadas a la vez del mundo exterior que parecen formar  parte de una misma placenta obligada a contener dos fetos que  están obligados a entenderse por la cuenta que les tiene. Y la madre sabe que su hija ha de volar por su cuenta y la hija sabe aún mejor que debe de dar ese salto que la libere, pero a ambas les aterra ese pasaje de sus vidas en que el núcleo de la célula se divida tal vez para no volver a reencontrarse jamás.

La excusa es un curso de inglés que le valdrá para tratar de buscarse la vida en otro lugar porque, puestos a separarse, mejor una distancia lo suficientemente grande para no sentir la tentación de regresar a golpe de billete de autobús de la EMT y esa brecha que se abre y que las separa de manera física, acabará por unirlas aún más en un plano espiritual con ese cordón umbilical que en buena lid nunca deja que madres e hijos puedan separarse jamás de una manera definitiva salvo por la marcada por el propio ciclo vital.

Una vez la hija se marcha, la madre deberá hacerse pasar por el difunto padre para obtener vía telefónica un contrato que le permita acceder a un terminal nuevo y a las modernas tecnologías, tendrá que aprender a utilizar un servicio de mensajería de icono verde para contactar en tiempo real y deberá, cuando su ansiedad se lo permita, no llamar a horas intempestivas a su hija que se encuentra en esa isla que ahora se empieza a arrepentir de haber votado sí en un referéndum en el que el resultado pensaban que sería su contrario. Y cuando vuelve, cada vez la morriña es más palpable  y la madre le prepara paquetes con productos patrios derivados del cerdo y sólo se entretiene cuando el otro personaje de la película, un hombre que fue su jefe durante su etapa de costurera, le encarga un  pedido enorme para su grupo de baile que ella confecciona a precio de ganga porque se ha pasado su vida sirviendo a los demás y no sabe pedir para sí misma.

Y entre idas y venidas el lazo es cada vez más fuerte y ese cambio de mobiliario por rotura del anterior acaba por simbolizar ese vínculo que nadie ha de romper por mucho que cada una acabe llevando su vida porque así ha de ser desde el principio de los tiempos.

Bellísima película rodada con amor y cuidados infinitos que tal vez o no, obtenga los premios que merece pero que ya fue premiada tras su proyección por un público entusiasta que supo ver lo que era evidente. Que acabábamos de ver un trabajo magnífico en todos los sentidos.

Y para terminar el día, que hay que joderse que deprisa se pasa entre tanta ida y venida, tanto sentarse y levantarse, tanto apretarse pintxos sin masticar y demás actividades vitales, acudimos al auditorio principal para dar buena cuenta de la última pieza del día de la Sección Oficial. “Beautiful boy” de Félix Van Groeningen que está basada en las memorias de un tal David y Nic Sheff que se convirtió en un best seller, es decir, en un libro que se vendió como rosquillas.

Y sirve para constatar varios hechos evidentes. Uno: que Steve Carell es mucho mejor actor dramático que cómico. Dos: que Timothée Chalamet tras su aparición estelar en “Call me by your name” de Luca Guadagnino y con fecha del año 2017, es un actor que ha llegado para quedarse, pero que corre un riesgo real de encasillarse en personajes sufrientes con un exceso de dramatismo, tal vez por esa mirada entre miope y desorientada que se marca y tres: que a los americanos les encantan este tipo de películas que hablan de problemas familiares y de su lucha por conseguir superar los obstáculos  a los que una vida perra y pertinaz les somete.

Y la película va sobre las multi adicciones de un adolescente de familia bien que es listo, guapo y el valor se le supone que lo tiene absolutamente todo para triunfar en la vida pero que se empeña de manera sistemática en joderlo todo  metiéndose para el cuerpo todo aquello que pilla y que pueda contribuir a joderle el organismo, su vida y de paso la de todos aquellos que le rodean.beautiful-boy-trailer

Y es el padre, ya que su madre se declara poco válida para ello y se mantiene en un segundo plano, el que lucha a brazo partido para sacar a su hijo de ese pozo sin reparar en esfuerzos ni medios, pero se choca una y otra vez con el muro que le supone un hijo con la personalidad y la fuerza de voluntad de un muelle dilatado y toda la película es un tobogán emocional de un padre al borde del colapso que no se permite mostrar su debilidad más que a solas o en presencia de su propio hijo que cuando está sereno es un encanto encantador y un amor amoroso, pero que cuando está colgado no hay quién le aguante y es la mayor parte del tiempo, porque el menda en cuestión es un egoísta de mierda que es incapaz de enfrentarse a una vida tal vez demasiado fácil y prefijada para alguien que esperaba estar por encima del bien y del mal sólo porque algunas personas piensan que la vida debe de estar diseñada para su uso y disfrute y que creen que los daños colaterales que acarrean sus erróneas decisiones  no van a traer más consecuencias que en un puto videojuego.

Padre e hijo, Steve y Timothée, se ciñen a un guión que salta en el tiempo de atrás y adelante para dotar de ritmo a una trama demasiado anquilosada para ser contada de una manera lineal porque ceñirse a sucesos reales, enmarcados ya en otro formato que ya acarreó sus réditos, es una manera de encorsetarse como otra cualquiera y también trae aparejadas ciertas complicaciones narrativas que imposibilitan los giros de guión, las sorpresas o cualquier otro tipo de recurso estilístico.

Película correcta sin más, bien ejecutada y bien planteada que cuenta otra historia como tantas otras, muchas de ellas, las que ocurren en la periferia de otras realidades o en los aledaños de cualquier tipo de población, que jamás verán la luz y que son tan dramáticas y seguramente mucho más que esta que nos la sirven en plato dorado con cubiertos de plata.

Pasado ya con creces el ecuador de nuestro periplo, llegamos ya a ese día en que la gran Judi Dench recibía su premio Donostia y esa era la excusa perfecta para presentar en este festival su último trabajo actoral. Como ya habíamos pagado un precio desorbitado por otra gala, nos metimos a primera hora en el K1 para ver la proyección a la hora de los madrugadores y la elegida era “Red Joan” de Trevor Nunn que ya estuviera en la Sección Oficial de 1966 con otra propuesta muy diferente a esta.

Y esta es otra de esas películas clásicas tan comerciales como resultonas, pero aún así bastante por encima de la media, que cuenta el suceso real de una mujer que al rodearse de determinado tipo de gente en una época convulsa y tener unas ideas muy particulares, dio lugar con su actuación y sus decisiones a que la Guerra Fría comenzara como tal con todas sus consecuencias o la falta de ellas que acarreó.

Esta mujer tuvo acceso a la información confidencial nuclear después de la Segunda Guerra Mundial y esa información depurada que permitía la supremacía de una gran potencia sobre la otra, es decir, EE.UU y la URRS, se la pasó a los rusos de tal manera que ambas potencias podrían estar, tras dar los pasos pertinentes, a la misma altura, lo cual derivó en que se tuvieran tanto miedo que acabaron por dirimir sus luchas en el espacio y frente a tableros de ajedrez en vez de enviarse y mandarse bombas que hubieran acabado con todo el planeta con sólo apretar un par de botones.red

Y la película está contada de manera clásica a más no poder. Ancianita que es detenida para ser interrogada por los servicios secretos acerca de la historia que ha salido a la luz y la ha dejado con el culo al aire, tirada de manta y saltos en el tiempo para contar dos historias paralelas. La del pasado en el que se concibió y tuvo lugar todo con historia de amor al uso que lo justifica todo y la del presente con todo el lío mediático y para darle más peso a la historia, abogado defensor que es el hijo de la encausada que no da crédito a la que lió su madre, vaya usted a saber si sabiendo lo que hacía o por ignorancia supina, pero que se acaba convirtiendo en su más acérrimo valedor seguramente para darle más peso dramático a la historia.

Buen elenco. Subtramas que alimentan el pasaje principal, ejecución impecable y para de contar, que tampoco es moco de pavo.

Se deja ver y es el peaje que hay que pagar para que las grandes figuras del cine mundial lleguen a Donosti a recoger su merecido premio, pero están en el otro lado del espectro del tipo de cine que esperamos ver aquellos amantes del séptimo arte que acudimos a los festivales en busca del Santo Grial.

Y como ni somos cruzados ni falta que nos hace, pues un tentenpié y al cubo chico otra vez que este año ha sido nuestra sede oficial para ver otra de Horizontes Latinos. En este caso una rareza llamada “Figuras” de Eugenio Canevari.

Se trata de una película en formato documental pero con una realidad a flor de piel y sin necesidad de guión porque es una familia con un problema irresoluble que se interpreta a sí misma. Los tres protagonistas principales son una mujer mayor enferma de ELA inmigrante argentina afincada en España, concretamente creo que en Barcelona, su pareja, un señor de una edad similar tosco y bruto como él sólo, pero de buen corazón y la hija de ella y el director coloca la cámara en diferentes puntos y deja que la vida, el remedo de ella, siga su curso mientras ven la tele, ella juega con una tablet a un juego cognitivo para niños, la lavan, la acuestan, hablan con ella como si pudiera responderles y ella lo hace a su manera, con una sonrisa pícara que hace adivinar que cuando estaba bien era una mujer alegre y tan llena de vida como la que la está quitando la enfermedad. No asistimos a su deterioro porque este ya está en su fase última, pero sí a la desesperación pasiva de su hombre y la paciencia resignada de la hija, mientras tratan de obtener un piso de protección oficial que no pueden conseguir porque ella tenía un marido al otro lado del charco y no hay manera de conseguir los papeles que se lo permitan.Figuras-Canevari1

Y así transcurre esta película que se ve con desasosiego pero sin sorpresa porque hasta el tato sabe cómo va a acabar el tema y salvo un par de escenas decididamente manipuladas y guionizadas desde mi modesto punto de vista de manera mejorable, el resto es un alegato a la vida, al amor, al humor y la fidelidad, todo ello con mayúsculas, de una familia que con todo perdido tal vez accedió a desnudarse literalmente ante la cámara para poder mostrar de una manera más invasiva y con más recorrido, una realidad que machaca vidas y que está muy cerca de nosotros, algunas veces también dentro de nuestras casas.

Con un giro de guión excepcional que ignoro si está también manipulado o tal vez obedece a algo que ocurrió o estuvo apunto de hacerlo, la hija fuerza una situación extrema para conseguir una reacción postrera de la madre con el objeto, aunque ahí las opiniones de los espectadores pueden discrepar, de que la madre pudiera aspirar tal vez a un último momento de libertad que la recordara una vida anterior seguramente también dura, pero plena y a su manera feliz, antes de la debacle definitiva.

Valor sin ambages el de esta familia a la hora de hacer esta película que está dedicada a la protagonista ya fallecida y que encima tuvieron el coraje y la entereza de verla junto con varios centenares de personas y aguantar el tipo durante la proyección que tuvo que ser durísima para ellos, el largo y cálido aplauso que siguió y el coloquio final.

Película tan incómoda como necesaria.

Y después de esta sobredosis de realidad, a quitarnos el nudo del estómago con unos txacolís y algo sólido y de regreso a nuestro querido Victoria Eugenia, a ese palco cuyas sillas llevan impresa la forma de nuestros culos para ver otra rareza, pero esta en formato película que ya fuera presentada en Cannes y que lleva a sus espaldas varios premios que respaldan y reconocen lo arriesgado de su propuesta. “Pájaros de Verano” de Cristina Gallego y Ciro Guerra.

Esta película colombiana ambientada entre las décadas de los años sesenta y ochenta, cuenta el auge, guerra y caída de dos clanes anclados en sus formas de vida y tradiciones inviolables que ven la posibilidad de hacerse con cantidades ingentes de dinero cultivando una marihuana que después se vendía al mejor postor, que solían ser los gringos que llegaban con sus avionetas para llenarlas de fardos y ganar pastizales a su vez allá en el rancho grande en lo que tal vez fuera un preludio y un avance de lo que pasaría después cuando con la administración Reagan y no quiero decir nada con esto que no se haya ya contado antes, la cosa subió de decibelios y proliferaron como setas los guetos de narcotraficantes a uno y otro lado de las fronteras de dos países que acabaron unidos por un hilo invisible por el que transitaban en viajes de ida y vuelta las drogas de ida y los dineros de vuelta.pájaros de verano

Y esta gente que tenía su propio idioma y que vivía gustosamente de espaldas a cualquier otra realidad se vio de repente sin comerlo ni beberlo con una posición de poder y cuando la pasta entra por la puerta, la tranquilidad salta por la ventana como diría uno de nuestros más afamados cantantes patrios con alguna licencia en la letra por mi parte. Empiezan las rencillas, las traiciones y aunque estos clanes estaban unidos por algún lazo como solían ser y aún sigue ocurriendo en algunas culturas trasnochadas, los matrimonios de conveniencia, no hacían falta las cenas de Navidad para abrir el cajón de mierda y con el dinero ganado y la posibilidad de enfrentarse a emboscadas para obtener más cantidad de ese maná que luego se trocaba en dinero con el que se podía comprar de todo, pues también lo invertían en armas de fuego que es una de las maneras más rápidas y sino que se lo cuenten a los estudiantes de los institutos americanos, de quitarse gente de en medio.

La película avanza entre escenas tradicionales y oposiciones férreas entre caracteres, acuerdos entre familias, subterfugios y guerrillas, negociaciones improvisadas, emisarios puestos en entredicho y tras el primer muerto, eso se convierte en una ciudad sin ley donde todo vale y un cadáver se cambia por ese y dos más de regalo en el bando contrario.

Tiene mucho interés y ritmo. Está muy bien contada y aunque los hechos puedan estar desde luego dramatizados, se trata de un punto de vista poco o nada visto en el cine porque las películas sobre la droga, su origen y su distribución, siempre se han situado en los años ochenta con su epicentro en la Colombia del señor Escobar y sus acólitos que tal vez fueran parientes lejanos de esta gente que estaba tan ricamente a lo suyo pastoreando ovejas hasta que les picó el bicho de la ambición desmedida y todo se fue a la mierda con estrépito, pero al final la trama se pierde en vericuetos oníricos, en escenas aparentemente trascendentes que nos alejan del río principal y esa espiral de venganza sin límite en la que se trata de no dejar títere con cabeza, acaba por cansar y no interesarnos tanto dejando como siempre una mecha de la que poder tirar y que justifique que pese a que la población esté casi exterminada, siempre quedará alguien para seguir con el negocio familiar perpetuando unas costumbres y unos odios que es más que probable que sigan vigentes hoy en día.

Y nos encaminamos de manera inexorable a ese punto negro, a ese momento que hay en cada viaje planificado en el que las cosas no salen como habíamos pensado. Por aquello del colapso en las entradas el día que se pusieron a la venta y la imposibilidad de asistir  a otras sesiones que nos seducían más, elegimos desde la ceguera del ordenador de mi casa unos días antes de acudir a Donosti, una película documental llamada “God doesn´t forgive me” de Josu Martínez.god

Y aunque la temática era interesante acerca de un tal Lezo Urreiztieta que fue un señor que negoció con gobiernos extranjeros la liberación del país vasco, que introdujo armas en barcos furtivos durante la Guerra Civil Española y que pudo llegar a a matar a Franco todo ello posible gracias a unas cintas magnetofónicas que grabó y recopiló el escritor  Martín Ugalde, elegimos esa opción por lo escaso de su metraje que nos permitía acudir después a cerrar el día al auditorio del Kursaal  a ver otra de la Sección Oficial, pero cual fue nuestra sorpresa al descubrir que esa proyección de nuevo en el Victoria Eugenia, estaba enmarcada en la Gala del Cine Vasco que entregaba su premio a ese pedazo de actor llamado Ramón Agirre. En algún sitio debería especificarse que esa gala se desarrolla completamente en euskera aunque era la verdad de sentido común haberlo deducido, pero el caso es que debimos de ser los únicos dos que nos se enteraron de nada excepto de las  palabras que se utilizan para empezar y para terminar, es decir, gabon y eskerrik asko y se nos quedó cara de tontos porque la presentadora debía de ser cojonuda por las reacciones del público y el gran Ramón debió de dar un discurso a la altura del momento, pero no les pillamos ni una. La duración de esa gala entraba en incompatibilidad directa con nuestros planes posteriores y para colmo la proyección salió rana y tras diez minutos de sonido terrible impropios de un festival que también tiene derecho a cometer sus fallos, como todo el mundo, se reinició la proyección y por primera vez en nuestra dilatada historia como espectadores del Zinemaldi, tuvimos que abandonar la sala sin haber visto entera una película con la frustración y el cabreo consiguientes, que aún hoy, casi cuarenta días después, aún persiste y que no me quitaré de encima hasta que tengamos la oportunidad de desquitarnos visionando el documental en su totalidad.

En ese estado de excitación inversa entramos en el K1 con la hora pegada al culo como es nuestra costumbre para ver la cuarta rareza del día si incluimos el documental de visión interrumpida que también merece ese calificativo.

Y esta dejaba en cuanto a rara a la altura del betún a todas las anteriores porque “In fabric” de Peter Strickland es un esperpento hecho película que aún así se ve con ojos desorbitados porque cuesta realmente mucho trabajo despegarlos  de la pantalla o desligarla de uno de esas pesadillas que a veces te agarran y confunden la vigilia con el sueño.  Por varias razones: Una, por lo inusual de la propuesta enmarcada en su mayor parte en el edificio poliédrico de unos grandes almacenes durante la inauguración de sus rebajas de invierno con una serie de personajes impagables que darían para una versión moderna de “The Rocky horror picture show” de Jim Sharman. Dos, por un diseño de sonido envolvente que te mete en la historia a saco desde los primeros compases y tres, por una fotografía extravagante e hipnótica que fija la retina.In-Fabric_0001_IF_28

Que el protagonista principal sea un vestido rojo que atrae a quién lo ve y la desgracia sobre él y que cobre vida como en uno de los relatos de adolescencia de Stephen King, acaba por ser lo de menos a pesar de que quién se lo pone pasa a criar malvas a la mayor brevedad posible de formas más bien dolorosas y entra a formar parte de un engranaje más bien diabólico en el cual tal vez haya que buscar el origen de su título, mientras que el vestido, colándose por debajo de las puertas y por las rendijas de los bajos de los ascensores y por dónde sea menester, regresa  sin estridencias a su lugar en su percha de los grandes almacenes limpio, impoluto y presto para que se lo calce otro incauto.

Todo ello mientras las vendedoras cual maniquíes, se prestan a recibir bajo las órdenes del jefe supremo de aires vampíricos, a toda la chusma que se agolpa en las puertas de cristal cerradas esperando el momento de la estampida humana que derivará en caos absoluto.

Una mujer negra con un hijo tarambana, una pareja venida a menos y alguno más que pasaba por allí serán las víctimas de ese vestido que bajo una producción de lujo y un argumento de serie B presentan una de las películas más inclasificables que un servidor ha visto en mis once largos años de servicio en el festival de Donosti sin que todavía sepa si me gustó, me espantó, me encantó ni todo lo contrario, pero eso sí, el tiempo se me pasó volando.

Para redondear final alegórico sobre el descenso a los infiernos, lo cual es otra vuelta de tuerca sobre una rosca ya al límite, que versa sobre la condición humana en una obra audiovisual que encierra un potente contenido de crítica social.

Otra cosa es que se logre entender.

Y tras este final de día digno del más desequilibrado y esquizofrénico de los guionistas, mi señora madre a soñar con los angelitos y yo a tomarme en el Michavilla, en casa de mi colega Fran como viene siendo mi costumbre desde hace ya algunos años, un par de cacharros para poder digerir toda la información recibida por mi maltrecho cerebro.

Y amaneció el miércoles luminoso como pocos, pero nosotros con el ánimo sombrío porque en unas horas emprenderíamos el viaje de vuelta, esta vez con la pena añadida de que tras nosotros dejábamos aún más de setenta y dos horas de festival, buen cine, buen ambiente y fabulosos pintxos.

Pero madrugamos para acudir por última vez ese año al cubo grande para ver la última película de Carlos Vermut que había levantado muchas expectativas después de la conquista del premio gordo de su anterior propuesta por la fabulosa “Magical girl” del año 2014 y me parece mentira que cuatro años contemplen ya esa hazaña, lo cual quier decir que yo también los he vivido y no me he dado ni cuenta.

“Quién te cantará”, título obviamente inspirado en esa famosa canción del grupo Mocedades que también aparece como no podía ser de otra manera en la banda sonora, es un juego de espejos deliberadamente confuso sobre la identidad, la propia y la ajena, la perdida y la consciente, la individual y la colectiva.quién

Y el director, tan incisivo como elegante, tan sobrio como reptilíneo, nos propone un rompecabezas a la vieja usanza con personajes femeninos que recuerda a los mejores tiempos del gran Almodóvar tanto por su propuesta técnica en la confección de los planos como por lo laberíntico de su guión que atrapa desde el primer fotograma y nos sumerge en un universo en el que nada es lo que parece a pesar de que lo es y nada parece ser lo que es a pesar de que ni lo parece y yo por lo menos contemplé toda la película con los ojos como platos, como los discos de oro y platino que colecciona esa cantante con amnesia venida a menos que no se reconoce ni su cara ni su cuerpo y que vive con la extrañeza que también deben de sentir esas grandes artistas que con cada nueva actuación han de reinventarse un personaje que puede ocultar a la vista otro personaje aún más fascinante todavía o mediocre hasta la naúsea  y cuya historia a lo mejor es tan oscura como podría llegar a ser la nuestra a poco que nos propusiéramos navegar bajo nuestra piel.

Su final cíclico es tan perfecto, tan elaborado y tan redondo como toda la película  y el guión que lo configura y la suma de sus totales suman una muesca más en el revolver de un cineasta único e irrepetible que ya desde su primera película demostró que los genios existen y están entre nosotros.

Ejercicio fílmico de gran altura para un salto triple mortal hacia atrás y con tirabuzón y entrada clavada e impecable en el agua que supuso, por lo menos para mi, un broche de oro a otro año más en Donosti que ruego a la deidad que corresponda con todo el fervor que sea capaz de reunir, que el año que viene nos vuelva a acoger con la hospitalidad y el encanto que envuelven a una ciudad maravillosa, pero eso sí, que nos esperen sentados en la próxima gala del cine vasco y en las sucesivas excepto que alguien nos de  manera gratuita e intensiva un curso de euskera.

Y bañito de rigor en la Contxa y las últimas compras y los últimos pintxos y de vuelta a la capital.

Y por supuesto Agur.

y Eskerrik asko.

 

cartel donosti 2018

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