“Sing street” de John Carney o Trifolium repens (Trébol)

El género musical siempre ha tenido cabida en el mundo del cine. Desde , “Bailando bajo la Lluvia” (1952), “Siete novias para siete hermanos” (1954) ambas de Stanley Donen, pasando por “The rocky horror picture show” de Jim Sharman en 1975 y sin olvidar “West side story” (1961) y “Sonrisas y lágrimas” de 1965, las dos de Robert Wise, como si para afirmarse en esto de los musicales de cine, fuera necesario repetir experiencia. Como integrante de la generación de finales de lo sesenta, yo tengo mis favoritas y no podemos hablar de esto sin mencionar “Fiebre del sábado noche” de John Badham con la música inmortal de los Bee Gees en 1977 y “Greese” de Randal Kleiser un añito después, aunque me pillaron demasiado joven, sobre todo la primera, para cogerle toda la esencia al asunto.sing-street-cartel

Aunque si tengo que elegir mi favorita, tengo serias dudas entre “Cabaret” de 1972 y “All that jazz” de 1979, las dos del genial director de cine, actor, bailarín  y coreógrafo Bob Fosse (otra vez las películas por parejas). Me decanto por la segunda, por la sencilla razón de que me resulta más cercana en todos los aspectos, sobre todo porque me pilló algo más mayor para disfrutarla. Las he vuelto a ver infinidad de veces las dos y no notan la pátina del tiempo, como le ocurre siempre a los trabajos  atemporales que acaban alcanzando siempre la condición de obras maestras.

Mucho después, en el año 2002, Rob Marshall realizó un más que digno trabajo, que bebía descaradamente de esas fuentes, con “Chicago”, pero el listón ya estaba demasiado alto.

Sería extenuante y un verdadero coñazo seguir haciendo cuentas acerca de la cantidad de películas musicales que se han hecho entre medias y después de estas ya mencionadas, sobre todo porque desde que Broadway se trasladó a la Gran Vía madrileña, casi todos los grandes musicales se han llevado al cine de una manera u otra aprovechando el tirón, que es algo que los productores saben hacer muy bien porque el público siempre responde.

Y si hay un director que haya transitado con frecuencia estos caminos que unen indivisiblemente la música y el cine, este es John Carney. En “Once” en 2006, nos sorprendió a todos con un musical fresco, directo y diferente y repitió la fórmula en 2013, con “Begin again”, alcanzando las mismas cotas sin que hubiera síntomas de desgaste. No importa que se repita la fórmula si se hace bien, y este director la tiene y la aplica. No sé si su intención era hacer una trilogía y cerrar el círculo o si, simplemente, se gusta y se siente con fuerzas de seguir haciendo lo mismo. Tanto da. El caso es que este tío, ya ha llegado a tres.

En esta película, nos traslada a la Dublín de los años ochenta. Una ciudad deprimida como siempre, que si a finales del siglo XIX y a principios del XX, miraba hacia los Estados Unidos para emigrar allí huyendo de la miseria y de la peste, ya no demasiado lejos del fin del milenio, seguían mirando hacia dónde podían marcharse para huir de una vida de mierda. Por cuestiones de cercanía, que no de simpatía, la capital londinense era un opción tan buena como cualquier otra. Lo que les ocurre a los irlandeses no es demasiado diferente de lo que nos ocurre a nosotros, y si se mira con detalle, probablemente a la mayoría de los que habitamos este planeta. Añoramos lo que no tenemos y nos vamos a buscarlo, los que tienen cojones o  están lo suficientemente desesperados. En mi caso, lo que me falla es lo primero. Mientras hacemos planes para intentar dar el salto, bebemos para darnos ánimos y envalentonarnos. Los que lo dan, beben en su nuevo país de acogida, echando de menos lo que han dejado, los que nos hemos quedado, bebemos por lo que no fuimos capaces de hacer, añorando lo que jamás tendremos y, a la mañana siguiente, mientras se nos pasa la resaca, no volvemos a pensar en ello hasta que vuelve a caer la noche y de nuevo nos acogota la nostalgia. Y vuelta a empezar.

Esta película habla de la fuga del amor a otros paraísos fiscales, de las familias cuyos miembros, aunque estén juntos, viven como cuerpos celestes situadao entre sí a años luz de distancia, de los sueños perdidos y nunca encontrados y del nuevo amor por encontrar que juega a la lotería sin que sepamos capaces de acertar si nuestro número está en el bombo. Habla también de esa clase de chicos que nazcan dónde nazcan, siempre llevarán el estigma de los diferentes y que serán machacados por ese abusón de turno que, o bien hace lo mismo que hicieron con él o que, instalado en su cima de seguridad (estos son a los que más odio), proponen y disponen con la impunidad de los antiguos zares. Ahora lo llaman bullying  y queda grabado en esos dispositivos móviles que lo mismo valen para un roto que para un descosido, porque ahora, todo lo que no se ve, no existe. En eso, a decir verdad, no hemos cambiado tanto.

Y se trata de formar una banda, no por amiguismo. Ni siquiera por vocación. Tal vez simplemente por entretenimiento o por tener la sensación de que hacemos algo diferente a lo que hace el resto del mundo o por sentirse vivos o porque, sencillamente, a uno le da por ahí. Así debieron de empezar los Beetles en aquella lejana y provinciana Liverpool de los sesenta que no debería ser muy diferente de la Dublin de dos décadas después. Todos los grandes grupos han nacido de una canción perdida, de un desamor cantado, de una frustración hecha canción que un par de amigos idearon en el banco de un parque y que junto con un par de ellos más, se metieron en un garaje o en un trastero y se pusieron a aporrear instrumentos hasta que, por el azar, por costumbre, o por simple talento, aquello empezó a sonar bien y a gustar a la gente.

A todos nos ha jodido que nuestros padres discutieran por cosas que no alcanzamos a entender hasta que ya somos mayores y nos pasa a nosotros y generamos idéntica inquietud. A todos nos ha gustado esa persona  que nos parecía inaccesible tal vez porque nunca tuvimos el coraje de acercarnos lo suficiente. Todos hemos fantaseado alguna vez con hacer el petate y largarnos a otro sitio para empezar de cero. A todos nos han amargado, en el mejor de los casos, algún día de colegio y, los que nacimos en una época en que los profesores tenían algo más de libertad sin cargos para ejercer su autoridad, nos hemos llevado algún coscorrón de regalo sólo porque al menda en cuestión le apetecía liberar algo de tensión acumulada. Y si sólo podemos contar eso en nuestro bagaje personal, podemos considerarnos integrantes del bando de los afortunados.

La adolescencia es ese periodo obligatorio y tormentoso en el cual vamos dando bandazos pensando que son los demás los que los dan y ninguna lágrima sabe más amarga que las que se vierten en esa época convulsa, ni ningún beso más dulce. El tiempo pasa tan despacio que piensas que estás detenido sin posibilidad de ir a ningún sitio y cuando, décadas después quieres volver a sentir esa manera de vivir el tiempo, ya es demasiado tarde porque se ha iniciado el camino de bajada y todo intento por frenar sólo acelera el proceso. En otras palabras. Somos seres absolutamente desubicados que rara vez estamos donde queremos estar en el momento preciso.

Los actores y actrices de esta película son del todo desconocidos tanto de nombre como de facciones y asistimos, al ritmo de la inigualable banda sonora de los años ochenta, a los acontecimientos de una familia en proceso de descomposición y a los de una serie de seres humanos poco favorecidos por las circunstancias, que son capaces de unirse con el fin de intentar hacer algo, que es el primer paso para tratar de alcanzar eso tan esquivo y caprichoso que los autores de los libros de auto ayuda denominan éxito.

Y sufren y se dan hostias como todos y se vuelven a levantar y van aprendiendo de lo que ven y de lo que oyen, que es la única forma válida de aprender, hasta ir configurando lo que alguna vez podrán llegar a ser sin que eso constituya una garantía absoluta de que lo lograrán.

La película no aporta nada nuevo ni al género ni al cine, ni lo pretende. Todo son estereotipos reconocibles que han poblado desde siempre las salas de cine y los libros de bolsillo y que hemos visto y leído miles de veces y lo seguiremos haciendo por una sencilla razón. Nos gusta ver gente como nosotros en esos medios. Nos gusta sentirnos reconocidos en todo los que les pasa a esas personas que va a cometer los mismos errores una y otra vez. Qué más da que nos cuenten lo de siempre si nos lo cuentan bien.

El trébol es uno de los símbolos que representan las tradiciones irlandesas y tiene connotaciones mágicas y legendarias heredadas de la tradición celta, como irlandés es el origen de esta película y sus personajes atrapados en un lugar del que les hará falta algo más de magia para escapar de él.2009-09-12-trifolium-repens-01

Aquí asociamos la buena suerte con los tréboles de cuatro hojas, que no son posibles dado el nombre científico de la planta, pero aún así seguimos buscándolos como ellos buscan la manera de cumplir sus sueños, negándose a admitir su propia fragilidad y la no consecución de sus deseos postergados de manera indefinida. Es una planta que sufre especialmente la sequía  durante el verano, llegando a agostarse casi por completo, pero que tiene un fascinante poder de recuperación en cuanto vuelve a recibir agua, como esta gente inasequible al desaliento y que aguanta carros y carretas esperando el momento en que dejen de llover piedras y salga el sol de nuevo, para lucir esa flor blanca e inconspicua, como nuestras propias vidas.

Y además, tiene tres hojas, como tres son las películas musicales que  John Carney tiene a sus espaldas desde que le diera por hacer la primera allá por 2006.

Hay un gran trabajo de elección de canciones en esta película y el propio director compuso, no sé si en coalición con alguien o sólo, algunas de las canciones que los entusiastas chavales cantan allá dónde pueden, ataviados, según el día, con atuendos semejantes a los de sus ídolos musicales que van cambiando de ciclo como la luna, en un intento de buscar algo a lo que agarrarse definitivamente.

La adolescencia es un proceso que todos los que  tenemos una edad ya hemos pasado hace mucho más tiempo del que nos gusta admitir y pobres los que la estén pasando ahora y sobre todo sus responsables legales, pero no hay otro camino para llegar a eso tan complejo, fascinante y estúpido que llamamos madurez.

Bienaventurados aquellos que logren alcanzarla.

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