“Sin rodeos” de Santiago Segura o Phalacrocoraz carbo (Cormorán grande)

Los cormoranes pertenecen al orden de los suliformes que son aves pescadoras y por la tanto de hábitos acuáticos. Sin embargo tienen una serie de características que les desmarcan de otro tipo de pájaros como el extraño hecho de que tienen el plumaje poco impermeable lo cual les obliga a lucir con mucha frecuencia una de sus poses más típicas que es ponerse en una superficie expuestos al sol con las alas desplegadas para secarse como haría cualquier turista después de darse un chapuzón en aguas no muy cálidas. Tampoco suelen alejarse demasiado de la costa y cuando cazan pueden hacerlo en grupo para obtener beneficios comunes y las capturas suelen ser devoradas en tierra. Es un ave grande, más los machos que las hembras, de entre dos y cinco kilos de peso, algo menos de un metro de alzada y una envergadura alar considerable de un metro y medio. Los adultos son negros, con la cola larga y la garganta amarillenta. Tienen un aspecto robusto y el pico grueso.Phalacrocorax_carbo02

Habita en Eurasia, África, Australasia y la costa atlántica de los Estados Unidos y lo hace cerca del mar o en cualquier superficie de agua ya sea dulce o salada, desde lagunas o embalses, hasta estuarios de ríos y zonas inundadas o pantanosas, siempre y cuando haya agua y comida en abundancia. Los que están afincados en zonas norteñas buscan en invierno terrenos menos septentrionales y los de lugares más cálidos pueden buscar abrigo en el interior cuando el frío pega duro.

En el pasado fueron perseguidos casi hasta la extinción porque los pescadores de dos patas les consideraban competencia desleal, pero sin embargo en algunas zonas de oriente los mismos especímenes de ojos rasgados, los amaestran y los convierten en sus aliados para obtener peces por medio de métodos con los que seguramente los ecologistas no estarían de acuerdo. Especie cinegética en algunas zonas del norte de Europa como Noruega, era sin embargo en otras considerado una especie de semidios y era una buena señal que habitaran cerca de los pueblos porque existía la creencia de que los pescadores que morían en el mar, sólo podían regresar a sus hogares adoptando la forma de un cormorán.

Tienen un vuelo fuerte, algo menos directo que el de otros cormoranes, destacando la forma de aspa en el cielo y la formación en uve cuando vuelan en bandadas.

Pueden poner hasta cuatro huevos en un nido confeccionado con algas y ramas y anidan en acantilados, costas, humedales y muchas veces sobre los árboles lo cual constituye un problema para las especies sobre las que deciden cuidar a su progenie, porque lo hacen en grandes cantidades de ejemplares que pueden tronchar las ramas por el peso excesivo y matarlo por la cantidad de excrementos que generan que además son corrosivos.

Y corrosivas son algunas personas que van por ahí soltando lo que piensan sin filtro de ningún tipo porque ni lo tienen y si lo tuvieran no querrían usarlo porque además se jactan de que su forma de ser sólo obedece a la sinceridad, esa supuesta virtud, muchas veces trocada justo en lo opuesto por los que no saben usarla, porque la confunden con la mala educación.

Precisamente esta película de Santiago Segura, el inefable creador de ese personaje casposo llamado Torrente que a nuestro pesar, por lo menos al mío, tan bien nos define, es un remake de una obra chilena llamada “Sin filtro”, facturada por Nicolás López que en el 2016 arrasó en la taquilla del país patagónico y que allí supuso un antes y un después en un tipo de comedia llamada “mainstream” que si nos atenemos a su traducción literal viene a decir que es una corriente mayoritaria o principal, es decir, algo comunmente aceptado que gusta a la mayoría de la gente porque es lo que mejor expresa o representa una sociedad determinada y si tenemos en cuenta que vivamos dónde vivamos seguimos siendo y seguiremos siendo los mismos gilipollas con versiones mejoradas o empeoradas de nuestra y de otras generaciones, pues es una manera de tratar de hacer reír pero a la vez sintiéndonos identificados con lo que vemos en pantalla que es por lo visto lo que vende, sobre todo si está comercializado como producto estrella o perfectamente vendible para ser consumido por hordas de ávidos demandantes de este tipo de productos de consumo rápido y fácil en lo que vendría a ser una analogía de la comida basura aplicada al cine que la mayoría de la gente denomina “fast food” que se inventó sin ir más lejos para que la gente no empleara mucho tiempo en comer para poder regresar al tajo después para poder seguir siendo explotada y que después nos lo hemos llevado a nuestro día a día festivo por aquello de que un buen entrenamiento fija los hábitos. Por lo menos en las versiones largas, es decir, en los trabajos de largo aliento, no tenemos que soportar esas risas enlatadas que nos dictan cuando tenemos que reírnos por si no nos habíamos dado cuenta, relegando la posible carcajada del libre albedrío, esa cosa que en su día fue un derecho y que ahora está amenazado como especie digna de ser abatida por los adalides de la censura.

Diatribas aparte y ante la imposibilidad de compararlas porque no he visto la versión chilena que al ser anterior es el referente, pero basándome en opiniones repetidas, el homenaje español es más básico y sobre todo menos fresco que el original y la falta o por lo menos la insuficiencia de este condimento imprescindible en la comedia sea del tipo que sea, en buena lógica, provoca una merma en el resultado final.

Nadie y menos yo debería discutir el talento de este todo terreno del cine español poseedor de una de las mentes más privilegiadas de nuestro entorno aplicadas a la industria audiovisual en diferentes formatos. Demostró sus innegables habilidades desde pequeño cuando ya manifestaba una pasión innata por el cine y las bellas artes y a pesar de sus múltiples incursiones en otros ámbitos artísticos, no triunfó de una manera explícita hasta su apoteósica entrada triunfal con la primera película de la saga de Torrente en 1998 dónde recibió el espaldarazo definitivo a una carrera que ya empezó a despegar en 1993 de manera clara con su premio Goya al mejor corto de ficción con “Perturbado”, el mismo año en que Alex de la Iglesia le empezó a convertir también en uno de sus habituales a partir de su ópera prima “Acción mutante”

Mucha gente no sabe de las múltiples facetas de este señor que toca todos los palos con la misma solvencia y que de vez en cuando tiene que facturar productos que sitúan al cine español en la misma onda que otras películas americanas de diferente idiosincrasia pero idénticas intenciones que consisten en elevar la estulticia humana a límites difícilmente soportables y con los cuales la gente  se descojona incomprensiblemente mientras trasiegan boles de palomitas como sino hubiera un mañana y dejan las salas de cine como la casa que habita ese señor tan escatológico como atletista, pero supongo que el fin último de esta actividad es conseguir dineros para sanear sus cuentas y poder embarcarse en proyectos que le resulten más jugosos y apetecibles desde un punto de vista intelectual y es que algunas veces, el fin justifica los medios.

“Sin rodeos” no es ni mucho menos uno de esos retos que seguro decide afrontar de vez en cuando  para sentirse realizado y al igual que uno de sus mentores y supongo que amigos, el gran Alex de la Iglesia que también acaba de facturar otro remake esta vez de una película italiana, Santiago opta por lo propio ahorrándose eso muchas veces tan ingrato y tedioso como escribir un guión original partiendo de cero.

Y en lo que se parece a cualquiera de las de Torrente es que como reclamo vuelve a interactuar con caras conocidas de la televisión para enganchar a más público o a otro tipo diferente de potenciales espectadores en lo que a mí me parece un horror insufrible, pero que ya forma parte de un tipo de cine determinado en el que los cameos ya sean con su nombre real o el impostado, son fijos en los títulos de crédito para regocijo de sus seguidores y para el encabronamiento sistemático de una serie de personas que, como yo, nos tomamos el cine tan en serio como la vida.

Pero en esta obra, el alter ego de la Paz Bascuñán de “Sin filtro”, es esa actriz inmensa llamada Maribel Verdú que desde que apareciera con trece años en “El crímen del capitán Sánchez” de Vicente Aranda en 1985, no ha dejado de trabajar y cada vez mejor convirtiéndose para mí en una de las actrices imprescindibles del cine mundial que excepto con “El laberinto del fauno” de Guillermo del Toro, pero rodada en España y con actores españoles y en “Tetro”de Francis Ford Coppola tres años después, ha logrado esquivar los cantos de sirena del cine americano porque es una actriz de otro empaque que no debe de ser desaprovechada para menudencias.

Y lleva ella toda la película alrededor de la cual pululan los demás, algunos como pollos sin cabeza y gracias a ello y a la sucesión de gags bien articulados por alguien que sabe lo que hace, la trama funciona y entretiene y supongo que habrá hecho algo de caja para que los próximos proyectos del señor Segura sean más apetecibles, aunque cansa mucho, por lo menos a mí, ver siempre las mismas caras haciendo lo mismo y ver algunas nuevas que sinceramente no deberían de estar allí, pero supongo que el amiguismo, la devolución de favores a corto, medio o largo plazo y la imposición de peces mayores que obligan a que estén en los acuarios financiados por ellos algunos pececillos de su interés, condicionan y articulan los elencos con los cuales hay que convivir sí o sí.

Y Santiago Segura debe de ser un buen gestionador de lugares y personajes porque al fin y al cabo ser director de cine consiste en que el proyecto salga adelante de la manera más decente posible sin que al terminar quede un reguero de cadáveres y que después sigan quedando ganas de ofrecerte nuevos asuntos. Es decir, debe de ser un señor con filtros que no va diciendo todo lo que piensa de la manera que le salga de los cojones y que debe de tener mano izquierda para solucionar conflictos, mano derecha para reconducirlos y mano dura para cortarlos de raíz llegado el caso.

Y a pesar de que la película es una comedia, plagada de arquetipos, de lugares comunes  y de situaciones innecesarias, está tratada con la actualidad estúpida que la sociedad demanda y sobre ella planea esa cosa tan difícil llamada convivencia, en la casa propia, en el trabajo, en la carretera, en el supermercado y en todos aquellos lugares dónde hayamos de compartir espacio con nuestros semejantes y dónde debemos tragar sapos y culebras y no esparcir veneno e intentar  que nos paguen con la misma moneda en algo que es una utopía evidente porque como seres intrínsecamente egoístas tendemos a aplicarnos crema en nuestro culo y sustancias urticantes en los ajenos. Y claro, la ley del embudo deja de funcionar cuando a uno le toca siempre la parte estrecha porque la buena voluntad, la cesión de espacios y la capacidad de tragar mierda de cada uno tienen un límite y sólo funcionan si es en dos direcciones y no siempre se salta cuando se debe sino con la gota que hace rebosar el contenido del recipiente que según cada cual, tendrá un tamaño diferente.

Cine fácil, con toda la dificultad que conlleva el ejecutarlo pero que el espectador ni imagina, prescindible sobre todo porque no creo en la necesidad de hacer remakes y mucho menos con tan poco tiempo transcurrido desde el primer ejemplo y que debe de servir como entrenamiento o vía de financiación para aspirar a cotas más altas.

Y como lección final y ya que estamos condenados a ser gregarios y a compartir como los cormoranes el mismo árbol, procuremos repartir el peso para que las ramas no se tronchen por el peso de la estupidez y a la hora de cagar nuestra mierda corrosiva, tener cuidado de que no haya debajo de nuestro culo, otro cormorán con la boca abierta, más que nada para que el de arriba nuestro no nos haga lo propio.

Y si nos salpica algo, pues nos damos un baño y nos ponemos a secar al sol.

 

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