“Sergio & Serguéi” de Ernesto Daranas Serrano o Ramphastos sulfuratus (Tucán Piquiverde)

El Tucán Piquiverde, nombrada ave oficial de Belice, territorio soberano ubicado en el extremo noreste de centroamérica, es un ave peculiar de no más de medio metro de alzada que tiene un pico en forma de canoa de unos quince centímetros y cuya cola puede suponer la mitad de su cuerpo. Es principalmente negro con tonos de un color amarillo intenso en el pecho y parte del cuello y en cuyo pico luce muchos de los colores del arco iris. Es un ave muy sociable a la que rara vez se la ve sola y que se desplaza en pequeños grupos siendo frecuente verlas jugar entrechocando sus picos o lanzándose frutas que suelen recolectar aprovechando la gran longitud del extremo de su cabeza especialmente diseñado para albergar piezas de árboles que en muchas ocasiones se tragan enteras.tucan

Se alimentan por lo tanto principalmente de frutas, pero también de  invertebrados y pequeños reptiles de los que suelen proveerse en desplazamientos de rama a rama porque no son buenos voladores.

Habitan selvas tropicales y subtropicales y territorios de altas precipitaciones lluviosas pudiendo encontrarse ejemplares incluso en altitudes cercanas a los dos mil metros. Los polluelos que nacen sin ninguna pluma y permanecen ciegos por cerca de tres semanas, son alimentados por ambos progenitores y no abandonarán el nido hasta que su pico esté totalmente desarrollado.

Suelen ocupar como nido oquedades de árboles y no les importa lo más mínimo compartir tan comprometido espacio con otros de su misma especie, en cuyo caso adaptan los picos y las colas para acomodarse en una especie de tetris aviario  en un descansadero  que generalmente está alfombrado por los restos de frutas de comidas pasadas.

Y esa capacidad de adaptación al medio que lucen estos pájaros exóticos que parecen sacados de la imaginación de un niño, es la misma de la que hacen gala los habitantes de esa isla caribeña cuya capital hace ya más de siete décadas que lució su máximo esplendor iniciando una decadencia sin fin aparente.

La isla de Cuba, especialmente la ciudad de La Habana, vivió su época relativamente moderna de mayor esplendor entre los años treinta y cincuenta durante los cuáles se convirtió en un destino turístico de primer nivel con ciudadanos ilustres como el autor de “El viejo y el mar” y que estaba tomada por las mafias perseguidas en Estados Unidos por la Ley Seca y cosas por el estilo. Paraíso no sólo por su clima, sino especialmente por el juego, precursora sin duda de la posterior Las Vegas, abrazó el comunismo más exacerbado con la llegada al poder del revolucionario Fidel Castro y con ello llegaron después el bloqueo de EE.UU y ese idilio obligado que tuvieron durante décadas los soviéticos y los cubanos condenados a entenderse por ideas políticas afines y por la cercanía de los caribeños a territorio estadounidense lo cual confería a los habitantes del este una ventaja geopolítica irrechazable que tuvo su momento álgido durante la crisis de los misiles a principios de la década de los sesenta bien metidos en la Guerra Fría y que bien pudo haber supuesto la Tercera Guerra Mundial que sin duda hubiera alcanzado tintes apocalípticos.sergioandsergueifilm-poster2

Como se tenían un miedo de la hostia y nadie se atrevía a mover ficha, se daban de leches metafóricas delante de tableros de ajedrez y lanzaban hombres, monos y perros al espacio como quién reparte papeletas para un sorteo de un viaje de fin de curso y destinaban presupuestos descomunales a estos menesteres mientras el mundo asistía atónito a un despliegue de recursos sin parangón para ver quién tenía la polla más gorda mientras que en lo que iba de la noche del doce al trece de Agosto de 1961, se levantó el muro de Berlín que dejó patente de manera definitiva la grieta entre occidente y oriente, entre capitalismo y comunismo, con una única isla en mitad de ningún sitio pero distante sólo noventa millas de territorio americano que recibía apoyo militar, logístico y de intendencia, por parte de los rojos para combatir en la medida de lo posible el imperialismo yanqui.

Cuba y por supuesto La Habana vivieron de esos réditos durante el tiempo que el muro se mantuvo en pie disgregando ambos bandos irreconciliables aunque ni siquiera los habitantes de tan diferentes mundos supieran bien por qué, pero bien aleccionados por sus respectivos líderes. De igual modo que en un goteo constante los habitantes de Alemania Oriental trataban de huir de dónde estaban, los cubanos hacían lo propio tratando de exiliarse en los EE.UU, pero mientras unos dejaron de hacerlo después de que en Noviembre de 1989 cayera el muro de la vergüenza, fecha a partir de la cual todo empezó a llenarse de nuevas fronteras y las disgregaciones marcaron una pauta que sigue vigente a día de hoy, los cubanos no han dejado nunca desde entonces de buscar nuevos horizontes en pos de esa quimera llamada libertad.

Y cuando entre 11 de Marzo de 1990 y el 25 de Diciembre de 1991, la antigua URRS se desintegró en quince repúblicas independientes, todo el sustento, todo el apoyo que los cubanos recibían desde el otro lado del mundo en pos de mantener una revolución que habría de volver a configurar los estados del mundo, todo se fue a la mierda y puede que para los rusos fuera un trauma tremendo, pero para Cuba significó el mayor desastre de su historia moderna porque se quedaron en pelota picada en medio de la calle en mitad del más crudo de los inviernos.

Y ese país caribeño, acostumbrado a los vaivenes a los que se ven abocados  a su pesar todos los lugares estratégicos, pasó del todo a la nada mientras el bloqueo americano persistía con más furia que nunca  y la fuga del capital ruso abocaba a su sociedad a una agonía lenta sin fecha de caducidad.

Hay que ser cubano para entender lo que esta crisis supuso para ellos y vivir La habana no como un turista sino como un habitante más para comprender la idiosincrasia de este pueblo maltratado que a pesar de todo no ha perdido ni su alegría ni sus ganas de vivir y tal vez por ello, como toda manifestación de arte, que es dónde en esencia reside toda la sabiduría de los pueblos, tiene una de las que están mejor consideradas escuelas de cine del mundo. Por San Antonio de los Baños han pasado cineastas de todos los colores que han puesto de manifiesto en sus trabajos que vivir los lugares e impregnarse de ellos son la mejor escuela de todas. Benito Zambrano dejó constancia de ello en su magnífica “Habana Blues” en 2005 y mucho antes, ambas en 1995 y dirigidas al alimón por Juan Carlos tabío y Tomás Gutierrez Alea, “Fresa y chocolate” y “Guantanamera” abrieron Cuba al resto del mundo, por lo menos al nuestro, a nivel cinematográfico presentando en sociedad a uno de sus actores imprescindibles como es Jorge Perugorría, que repetiría con Manuel Gutierrez Aragón en 1998 con “Cosas que dejé en la Habana”. Este mismo actor trabajó con Laurent Cantet en 2014 en la fabulosa “Regreso a Itaca” y con Félix Viscarret en “Vientos de la Habana” en 2016 y otras como “El rey de La Habana” de Agustí Villaronga (2015) basada en los relatos del Bukowski cubano Pedro Juan Gutierrez o  la descojonante “Juan de los muertos” de Alejandro Brugués (2011) ponen de manifiesto la potencia de un cine honesto, directo, descarnado y poético que convierte las azoteas y los edificios de dientes rotos de esa ciudad inmortal  en un personaje más y a sus peculiares habitantes en un caldo de cultivo inigualable para narrar las más bellas y duras historias aderezadas con esa especia imprescindible para sazonar todo argumento que es la capacidad para reírse de su propia sobra al ritmo de una salsa cubana cuyo volumen te hace sangrar los oídos y el corazón mientras mueven el culo siguiendo el ritmo como si no hubiera un mañana.

Y esta película de Ernesto Daranas Serrano, responsable de otra obra memorable como “Conducta” (2014), regresa a principios de la década de los noventa cuando Cuba despertó a hostias de su sueño comunista amparado por su hermano mayor que replegó velas cuando las cosas vinieron mal dadas y que se dio cuenta de que no se podía vivir de sueños revolucionarios ni de discursos interminables llenos de soflamas que no calmaban el hambre ni llenaban los bolsillos ni los estantes de los supermercados y dónde todo el mundo tenía que buscarse las habichuelas en un terreno tan estéril como el útero de una momia egipcia.

Y los dos protagonistas de esta cinta son dos Sergios, uno cubano y el otro ruso, uno anclado en su profesión ya extinta de profesor marxista y el otro un astronauta basado en el personaje real Serguéi Konstantinovich Krikaliov que fue el hombre que más tiempo orbitó en el espacio a bordo de la estación MIR, concretamente 311 días, 20 días y un minuto, para que luego digan que la precisión es exclusiva de los ingleses o los suizos, y que partió hacia el espacio como ciudadano de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y regresó como habitante de la Federación Rusa convirtiéndose por derecho propio en el último habitante de un pasado que no era glorioso ni mucho menos pero que por lo menos le confería una identidad reconocible.

Todos los habitantes de esta película habitan su propia isla interior con posibilidades prácticamente nulas de entablar contacto con el resto. Desde la madre del protagonista cubano, que se ve obligada a hacer lo único que sabe hacer bien que es liar tabaco para venderlo de forma clandestina y a destilar ron con el mismo fin, como su nieta que es la voz en off que narra la historia veinticinco años después, como el fabricante de balsas que desempeña su labor ilegal en la azotea bastante lejos del malecón dónde habrán de probarlas sus clientes potenciales, hasta el esbirro sacado de una versión caribeña cutre de “La vida de los otros” de  Florian Henckel (2006) que debe de rendir cuentas a su camarada inmediatamente superior y la universitaria que duda entre acabar su carrera y la huida de un paraiso de cartón piedra a otro de metacrilato, son microcosmos independientes de una sociedad estancada desde hace décadas en un bucle del que no hay manera de salir. Y los dos cabezas de cartel son el profesor de nada y el astronauta que da vueltas alrededor de la tierra sin esperanzas reales de que alguien en la tierra quemada de la que partió, se digne bajarle de nuevo al lugar del que despegó por mucho que ahora ya obedezca a otras siglas.

Y entre medias está ese personaje trasnochado de origen polaco encargado por Ron Perlman que es el toque americano que plantea el evidente conflicto a tres bandas de una propuesta profundamente antibelicista, llena de humanidad y de sentimientos que demuestra que el amor, la amistad y todos los valores que deberían distinguirnos de las bacterias primigenias de las que supuestamente descendemos en origen, están o por lo menos deberían de estar muy por encima de países, banderas, credos y fronteras.

La forma de comunicación es un morse básico que hasta la propia hija del protagonista acaba por aprender a fuerza de escucharlo, que se va mejorando con las piezas que se van recolectando de aparatos varios toda vez que los envíos del americano para mejorar las comunicaciones son sistemáticamente interceptadas por los esbirrros al servicio del poder establecido. Y todos tienen quién les vigile y quién les eche el aliento en la nuca y todos dudan de todo excepto el cubano en su cuchitril y el ruso en su nave espacial que no quiere llorar porque las lágrimas se quedan flotando en el espacio de su cubículo ingrávido y es en esa tesitura de entes encerrados cada uno en su propia cárcel dónde nace la esencia de esta magnífica película heredera también del realismo mágico que popularizaron cada uno en su estilo Gabriel García Márquez, Juan Rulfo o Isabel Allende y que nace en esa geografía maltratada dónde es perentorio soñar con mundos imaginarios y lugares propios dónde evadirse cuando la realidad es una zarza llena de espinas venenosas para poder diseñarse una realidad a medida aunque sea una puta mentira.

El ruso en su nave hace fotografías de la epidermis de la tierra cuyos colores se asemejan desde arriba a los que configuran el pico del tucán, mientras los cubanos se hacinan en sus reducidos espacios como la misma especie bien avenida condenada a entenderse porque después de todo aspiran a un beneficio común que no es otro que sobrevivir siguiendo a ser posible una máxima vital que consiste en que mis privilegios no te arrebaten los tuyos que tal vez sea en esencia lo que pretendía ese comunismo ya pasado de moda o tergiversado de sus ideas originales que es lo que acaba pasando con todo.

Película vital, bella, rodada con maestría y amor por el cine, que ha debido de luchar contra toda clase de imponderables para que viera la luz, que juega ya en su tramo final con unos toques de surrealismo que la apegan aún más a la tierra si cabe y que es un ejemplo de cine social y comprometido que no olvida su historia ni sus orígenes y que ha de ser visionado con la mente abierta de quién espera ver todavía muchos más amaneceres.

Cine de altura.

En todos los sentidos.

 

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