Seminci 2018 63ª Edición

La Seminci vallisoletana es otra de esas citas ineludibles que marcan nuestro calendario a fuego y que un mes después del festival de Donosti, vuelve a obligarnos a mi madre y a mí a hacer las maletas para acudir dos o tres días, en el mejor de los casos, a otro lugar que durante ocho jornadas respira cine por sus cuatro costados, aunque he de decir que este año ya desde los primeros momentos de nuestro aterrizaje por esos lares, mejor dicho, nuestra llegada al parking Colón donde aparcamos la furgoneta para movernos por la ciudad a golpe de zapato, y a pesar de que el festival ya llevaba  más de seis días activo, no había el ambiente festivalero que suele caracterizar este tipo de eventos. Hasta la llegada a la calle Santiago desde el Paseo Zorrilla, no había ni rastro de nada que hiciera pensar que a poca distancia estaba teniendo lugar uno de esos sucesos que paraliza las agendas de los amantes del cine, de tal manera que alguien que visitara la ciudad por primera vez y no tuviera la información necesaria, pudiera ser que se marchara de vuelta sin saber lo cerca que estuvo de ver alguna proyección de un festival que apuesta por el cine social y de protesta tal vez como ningún otro no sólo en su Sección Oficial sino sobre todo en las de Punto de Encuentro y Tiempo de Historia.

Una vez en la calle peatonal que lleva hacia el Teatro Carrión y la Plaza mayor y su Teatro Zorrilla y a apenas otros cinco minutos del centro neurálgico y sede principal del festival, El Teatro Calderón, sí eran evidentes como cada año los soportes publicitarios con los carteles de algunas películas que formaban parte de su programación y la alfombra verde que encamina a la gente hacia los lugares dónde se concreta.

Pero ni siquiera en esos lugares, excepto poco antes de las horas fijadas, se dan cita las colas de gente que son tan frecuentes y evidentes en otros lugares y en Valladolid creo recordar que no mucho tiempo atrás.

Las razones las sabrán los que manejen el cotarro, pero para el espectador de a pie y acostumbrado a cierta expectativa social, resultaba chocante.

Sin embargo el de valladolid sigue siendo el festival patrio que resulta más económico para sus visitantes con exenciones de IVA y precios populares que permiten acceder a sus propuestas sin que la tarjeta se quede temblando. No pudimos obtener entradas para ninguna de las sesiones del Teatro Calderón  y sin embargo no vimos en ningún teatro ningún lleno que justificara el cartel de no hay billetes, aunque en todas ellas había una cantidad suficiente de aceptos como para seguir pensando que la Seminci no ha perdido tirón, sobre todo porque su lista de proyectos a concurso sigue teniendo un grandísimo nivel y todos y cada  uno de los trabajadores que nos topamos, ya sea voluntarios o a sueldo, hacían todo lo posible para que todo funcionara bien, excepción hecha de un caso aislado que no mencionaré en estas líneas, pero al que esperamos no volver a ver en nuestro regreso a la Seminci el año que viene si las circunstancias y el presupuesto lo permiten.

Comenzamos nuestro viaje por el mundo del cine y por el cine del mundo en el Teatro Zorrilla con sesión doble como viene siendo habitual en la mayoría de las proyecciones, ya que en este festival tanto los trabajos de largo aliento como los de corto encuentran su sitio y la posibilidad de ser visionados y también premiados.

 

Este año el país invitado era nuestra vecina Portugal y por ello ese lenguaje musical y extrañamente familiar impregnaba muchas de las proyecciones.Tres días

La primera de ellas que nos tocó ver fue  el cortometraje “Tres años después” de Marco Amaral en la sección de Punto de Encuentro y se trata de un sudoku de alto nivel, es decir, con muchas casillas en blanco porque como confesó el mismo director en el coloquio posterior, quería que fuera el espectador el que sintiera la misma falta de información que los protagonistas y que rellenáramos nosotros los huecos. Un niño buscando a un perro, una mujer de noche en una carretera, miradas sin necesidad de hablar, una mujer mayor llena de reproches, luces de autos y metido todo en una coctelera en planos dispersos y conversaciones fuera de foco para acabar con el mismo plano inicial y con la maleta tan vacía como antes de empezar. Aún así buen trabajo de síntesis y creación de expectativas para un cineasta de la escuela lusa con un bagaje muy amplio en cuanto a trabajos de post producción en proyectos ajenos se refiere.

Después llegaría la película ucraniana ubicada en la misma sección llamada “Volcano” de Roman Bondarchuck en co produción con Mónaco y Alemania y representado por una de las productoras que participó después en un animado coloquio.

El protagonista es un analista de conflictos que viaja en un coche junto con otras tres personas y que se queda tirado en mitad de ningún sitio de la estepa ucraniana tiempo después de finalizar el conflicto armado pero en un lugar donde la gente es desconfiada y porta como quién lleva una cantimplora, un rifle por lo que pudiera pasar.

En ese ecosistema dónde todo perro se lame su pijo intentando evitar cualquier contacto, el conductor abandona el vehículo para buscar ayuda mecánica y deja a los otros ocupantes dentro del coche. Sólo es capaz de conseguir que alguien repare en él a pesar de que la gente deambula por ahí en coche o andando como moscas buscando una mierda donde posarse, poniéndose delante de un camión y forzando a que pare. Eso le llevará a casa de un personaje que tiene sus tierras llenas de bañeras viejas dispersas como caídas de un helicóptero para hacer acopio de agua por si acaso al cielo le da por no ser generoso y vive en compañía de una madre autoritaria de la que él pasa más bien bastante y de una hija que flirtea con quién puede porque por allí la oferta ni es variada ni de calidad.volcano

El hombre tan perdido como un glifo en la Gran Vía, deambula de un lado a otro toda vez que una vez regresa al punto dónde dejó a sus compañeros, estos han desaparecido junto con el coche y desoye los consejos de su anfitrión y se mete en líos porque por allí si uno mete las narices dónde no le llaman, pues se reparten hostias como hogazas de pan blanco y todo versa sobre la imposibilidad de salir de un sitio dónde él no quiere estar pero sin posibilidad de ir a ningún otro porque no hay más que barro o tierra reseca, campos de girasoles muertos y no hay ni guía michelín , ni gps y lo de preguntar no es una opción. Ve cada día la noticia de su desaparición y la de su gente en las noticias y a nadie parece importarle y cuando la policía va a buscarle porque todo el mundo sabe dónde está, regresan sin la pieza pero con cosas para llenar el buche y la nevera porque el sueldo es bajo y el chantaje siempre ha sido una opción y resulta más llevadero si se le hace pasar por trueque, hasta que el tipo se va convirtiendo poco a poco en parte del paisaje y del paisanaje.

Campos de sandías sin gente para recogerlas y recolectores que lo hacen a machetazos, agujeros en los que si caes no podrás salir, puestos fronterizos en mitad de la nada, gente que si te cruzas con ellos te inflarán a guantadas y te dejarán allí tirado, fiestas locales con fakires que se taladran la nariz y poblaciones inundadas para una película que muestra la actual situación de una gente que vive en tierra de nadie y que resulta al mismo tiempo absorbente y sugerente y que tras su trasfondo anárquico y a ratos onírico y aparentemente absurdo, quiere ser un homenaje a esa gente que tras la caída del muro, las guerras que re configuraron las fronteras de la antigua URRS y otros sucesos naturales o artificiales viven en un limbo vital, en un purgatorio terrestre que es sin duda alguna el paso previo al infierno que viven en vida sin darse cuenta siquiera de que se están quemando y sin que les importe un carajo.

Buen comienzo, salida del teatro y a ponernos en la cola otra vez porque el coloquio se les fue de las manos en cuanto a duración y empezaba la segunda de las propuestas sin ni siquiera tiempo para ir al baño.

La primera parte correspondía a un cortometraje bajo bandera rumana llamado en su traducción “Todo está muy lejos”  (Totul e foarte departe) de Emanuel Pârvu que se alzó con total y absoluto merecimiento con el máximo galardón en su formato y categoría que era la de Punto de Encuentro.

Es una historia fabulosamente contada de una madre y su hijo retrasado que emprenden un viaje de su pueblo a la ciudad para visitar al hijo y hermano mayor para darle una sorpresa el día de su cumpleaños. Una vez allí y al no estar en casa el futuro homenajeado, el vecino les invita a la suya para que  en compañía de su mujer y de su hija, hagan tiempo hasta que llegue el familiar de los visitantes y una vez allí la mujer del anfitrión recibe la noticia de que el esperado no va a hacer acto de aparición porque tiene sus motivos para no hacerlo.EMANUEL PÂRVU - TOTUL E FOARTE DEPARTE

No se puede contar más en menos tiempo ni mejor. Tremenda historia llena de verdad y autenticidad, inmenso trabajo actoral, perfecta dirección y puesta en escena y gran resolución para un conflicto tan cotidiano, tan cercano y tan universal como la vida misma y un director allí presente que nos regaló un coloquio tan breve como acertado e intenso y que debió salir a hombros del teatro o por lo menos aplaudido con entusiasta fervor cinéfilo, pero es que el público asistente este año a la Seminci estaba más frío que el iceberg que hundió al Titanic y contra eso poco se puede hacer.

Lo que la siguió fue otra película que obtuvo idéntico premio pero en versión larga llamada “The return” de Malene Choi, nacida en Corea del Sur pero adoptada desde su infancia en Dinamarca como les ocurrió por aquella época a miles de niños y niñas que fueron repartidos como naipes por la geografía mundial y cuenta en versión ficcionada el propio viaje que realizó la directora a su país de origen en un intento de comprender sus orígenes y de paso conocer a la madre que tras parirla, se la entregó a un par de padres que por los motivos que fueran no podían concebir uno por sus medios y tenían los posibles y habían rellenado los papeles suficientes para acceder a ello.

El retorno es una película que según contó la directora que padecía de incontinencia verbal alargando hasta la extenuación un coloquio que aún así arrojó toneladas de información sobre un problema que no no es tan ajeno al fin y al cabo aunque por diferentes motivos, se hizo en quince días porque ese país queda a tomar vientos del país de producción y porque por lo visto conseguir permisos para rodar en Corea del Sur es una tarea quijotesca. Está basada en experiencias reales de gente con la que coincidió allí buscando lo mismo y que chocaban una y otra vez con una burocracia lenta y falaz que trata de poner la mayor cantidad de obstáculos posibles para que no salgan a la luz, aunque es de dominio público, los verdaderos problemas por los cuales una sociedad como esa entrega o entregaba a sus niños por causas que pondrían en jaque a todos los responsables de los derechos humanos en todo el mundo, a pesar de que no creo que a estas alturas nadie dude de que todo es una cuestión de pasta, poder y estamentos sociales que se justifican a sí mismos pensando que dan oportunidades mejores a pequeños seres humanos que por haber nacido en esa parte del planeta, estaban condenados a una vida breve y llena de sufrimientos.return

Esa búsqueda resulta traumática tanto para los  adoptados como para los que renunciaron a ellos y los motivos por los cuáles los que fueron desarraigados e implantados en otros lugares del primer mundo regresan en busca de sus orígenes, son genuinos e inalienables y a película juega con escenas trabajadas para dramatizar algo que ocurrió y ocurre todos los días valiéndose para ello de actores y otras veces se vale de testimonios reales contados ante la cámara o actuaciones de personas que pasaron por lo mismo que ella y apenas pueden disimular lo que sienten lo cual contribuye al dramatismo evidente de esta película con vocación de documental que no acaba por decantarse hacia ningún lado concreto de la carretera sin que ello afecte para nada a su desarrollo ni a su eficacia.

Las escenas en que los protagonistas beben hasta perder el sentido según la directora no eran provocadas sino que era una necesidad real de aquellos que en la búsqueda de sí mismos acaban perdiéndose sin saber en realidad a que sitio pertenecían y contando al mismo tiempo que muchos de ellos sienten la necesidad de quedarse para siempre en el lugar del que fueron arrancados tal vez en un intento de recuperar el tiempo perdido lo que puede acabar causando un dolor irreparable en los que recuperan lo que dieron por perdido, los que pierden lo que tenían y los que no saben si ganan algo o lo pierden todo.

Trabajo potente que da que pensar y que plantea de forma evidente que estamos a años luz del más elemental de los mejores mundos en los que a uno le gustaría habitar.

La tercera y última del día que venía pelada y sin preludio, es decir, sin cortometraje previo, fue a nuestro entender la más floja de todas, aunque para el jurado especializado de la Seminci no debió de serlo ya que se llevó la espiga de oro a mejor película, a la de mejor director y a la de mejor interpretación masculina, es decir, trío de premios gordos para una propuesta que ni es original en su guión ni en su planteamiento y que somete al espectador a una última media hora soporífica y redundante que no aporta ni más información, ni sorprende, ni na de na.

Es una historia de adolescentes y pre universitarios que ya no me acuerdo si es lo mismo o no, en una ciudad francófona de Canadá y que trata de sus cuitas y de sus rollos, de sus escarceos y de sus piques, de sus dudas y sus vainas, pero ya lo lleva haciendo hace mucho Richard Linklater  y con más acierto y la fórmula ya está más que vista.genese

Empieza la cosa fuerte con una canción de aire tribal cantada a capela sobre los pupitres en un descanso entre clase y clase para presentar al personaje principal encarnado por Théodore Pellerin con lo que queda claro que el chaval tiene un liderazgo natural que sin embargo se tambalea cuando su profesor pone en cuestión  su valía y su calidad moral delante de la clase y apenas puede disimular que siente algo desconcertante hacia su mejor amigo, mientras que su hermanastra, cuya afinidad familiar a mí me pasó desapercibida seguramente por algún déficit de atención motivado por el cansancio, ve tambalearse su relación con su novio que va de liberal sin serlo, lo cual le hace caer a ella en los brazos de un vividor follador bastante mayor  que una vez se la trajina varias veces pasa de ella como de comer mierda, mientras que el liberal resulta ser el clásico pagafantas que una vez lanza su sentencia, es incapaz de mantenerla y que lamenta en lo más profundo de su ser no poder hacer un viaje hacia el pasado para meterse su propia lengua por el culo y andan los tres perdidos como cualquier ser humano en proceso de formación que se precie mientras están abocados, como todo hijo de vecino a cometer sus propios errores y a convivir con ellos y ya me contará usted que gracia tiene todo esto si el director, un tal Philippe Lesage se limita a reiterar escenas en clase muy parecidas unas a otras y escenas de discoteca dónde la chica guapa baila y baila y baila y luego en su casa o en la de otros folla y folla y folla, y escenas de ahora sí, pero tal vez no y me voy a casa pero me llevas tú y a ver qué pasa hasta que se llega a una escena en que unos músicos interpretan una versión más elaborada de la canción que gritaban a pleno pulmón los alumnos en su clase y parece que todo se quedará allí y hasta me hubiera valido, pero después acudimos de manera atemporal a un campamento de verano en el cual los asistentes están segregados por sexos y vigilados por monitores barbudos que tocan la guitarra como hippies encantados de haberse conocido y dos niños, uno con pene y la otra con su opuesto, se gustan y se miran y se dedican canciones y hablan al oído de sus más afines y se dan la manita y suspiran y dejan la mirada perdida en sus ensoñaciones y me cago en la puta lo largo que se hace y así más de media hora y tres premios al coleto de los cuales, para mi gusto, sólo justificable el de mejor actor sobre todo porque el tal Théodore se marca una escena fabulosa con un monólogo espectacular sobre lo que siente sobre su mejor amigo en lo que constituye no sólo su momento álgido, sino también con mucho la mejor escena de esta película que se pierde entre otras tantas que cuentan lo mismo sin que se pueda decir que despunta sobre alguna de ellas.

Pero es lo que hay. Los caminos de los jurados son inescrutables y el resto de los mortales no podemos hacer más que aceptar sus designios y rezar por que alguna vez la vida nos ponga en la terrible tesitura de tener que juzgar los trabajos de otros y vernos en la obligación de elegir, para que sean otros los que nos critiquen.

Dios no lo quiera.

Y de vuelta al parking y marcha para recorrer los más de setenta kilómetros que separan nuestros planes de nuestro lugar de reposo.

El que algo quiere, algo le cuesta.

La mañana del segundo día que también era el penúltimo nuestro y el del festival sin contar esa jornada de regalo con todo el pescado vendido que ya desde hace unos años se celebra en cuatro sesiones en el Teatro Carrión con la proyección de algunas de las obras premiadas, comenzó con nuestra última entrada de este año al Teatro Zorrilla ya que el resto de nuestro programa se iba a concentrar en el vetusto espacio nombrado en primer lugar.

amor novas

Y en esa sesión matutina, comenzamos con una cortometraje llamado “Amor, Avenidas Novas” de Duarte Coimbra y es un trabajo rarito de metacine y pausa para pensar, en el que un chaval joven ayuda a unos amigos con el traslado de su propio colchón de matrimonio a la casa de una pareja conocida a cambio de uno más pequeño porque ellos son dos y las actividades del amor requieren cierto espacio y lo que tienen en común ambos colchones es que ambos parecen estar hasta arriba de ácaros y tal vez chinches, pero en el camino de vuelta se mete entre medias literalmente de un rodaje de una película musical interrumpiendo una escena y allí conoce a una chica que está de becaria para todo y se marcha a su casa sólo  y resulta que ese fugaz encuentro le hace meditar que tal vez pueda intentar algo con ella y por qué no, pedir el colchón grande de vuelta para asuntos propios. Y nada más. Hubo quién se quedó a cuadros, los más y a quiénes nos resultó simpático y original, el resto. Pírrico aplauso como en casi todas las sesiones independientemente del menú y a por el plato fuerte que era la egipcia “Yomeddine” de A. B Shawky que  aborda de manera frontal dos temas. El de cómo los leprosos por su aspecto a pesar de estar curados de la enfermedad arrastrarán para siempre un estigma independientemente del país en el que vivan y el de la búsqueda de la identidad que este año ha sido el tema estrella y recurrente en muchas de las proyecciones. El protagonista, que cambia de nombre como de chaqueta, excepto para con  sus más íntimos, aunque chaqueta sólo tiene una el pobre,  que fue abandonado de niño en una leprosería con la promesa nunca realizada por el padre de que volvería a buscarle, sobrevive entre montones de mierda en un basurero buscando alguna cosa valiosa que cambiar por dinero simplemente para comer cualquier cosa y este caso sí que es verdad que como dice el dicho, cualquier cosa es una mierda. Allí tiene sucedáneos  de amigos que no lo son en el fondo, pero que por lo menos le quieren a su manera y respetan y conoce de vista y de intercambiar alguna que otra jornada de trabajo a Obama que es un chavalín morenito que no aparenta mucho más de diez años y que habita en el orfanato que queda a mitad de camino del hospital mental donde en condiciones de insalubridad alarmantes, agoniza su mujer. Es decir, una vida de lujo y pasión donde las haya.

Y la mujer palma que es lo mejor que le podía pasar dadas las circunstancias y este pobre hombre que está  deformado por fuera, pero que es un verdadero titán por dentro, recibe una extraña visita de la que hubiera sido su suegra si la hubiera conocido antes y se da cuenta por su breve conversación con ella, que hay un registro en la misma leprosería  en el que se puede buscar, de tener suerte y ayuda institucional, el lugar de dónde uno procede y por lo tanto la esperanza de volver a encontrarse con esa familia que renegó de él cuando más les necesitaba, tal vez para pedirles algunas explicaciones.yomeddine-abu-bakr-shawky-movie

Y a partir de ahí esta película tan triste como bella se convierte en una burro movie y en otras modalidades peculiares según van cambiando de manera obligada de transporte, cuando carga en el carro con las cuatro mierdas que tiene y, cuando se quiere dar cuenta, se le ha metido entre los bultos el polizón llamado Obama y ya no se va a poder librar de él.

Los tres, contando el burro hasta que se queda en el camino, recorren Egipto buscando la orilla del Nilo que sirve de guía para encontrar en el inmenso país esa población perdida  a la  cual pertenece por lo menos en origen. Y por ese camino lleno de etapas, se encuentra con rechazo la mayor parte de las veces, con inesperados encuentros en las cunetas, en los calabozos y en las orillas de los ríos que van dando forma a la película y que se convierte en un viaje iniciático, para uno en la cresta de su ola vital y para el otro justo lo contrario  por dureza de vida y esperanza de la misma, pero que se sirven de apoyo el uno al otro sintiendo ambos de verdad por primera vez en su vida que son importantes para alguien, que es recíproco y que ese vínculo poderoso les hace ver la vida con una alegría y una esperanza nuevas para ellos.

Y les roban y les pegan y les pasa de todo y conocen a una serie de personajes que hubieran pasado el casting de la parada de los monstruos de Tod Browning y es ahí en la desdicha, en el infortunio, en la bajeza vital más absoluta donde crecen las flores que adornan el vertedero del mundo y ninguno de los dos quiere saber al final de dónde viene porque ese conocimiento a ciertas alturas de la vida, no por edad sino por sufrimiento, puede ser devastador y tiene que dar un vértigo que te cagas.

El azar y la perspicacia del pequeño les pone en la pista y llegan al final de su viaje, pero es entonces cuando se dan cuenta de que la felicidad no era la que fueron a buscar, sino la que dejaron atrás porque uno acaba por pertenecer a los lugares donde se les acoge y se les quiere en la medida en que te valga que te quieran de esa forma.

El cine ha tratado varias veces el tema de los leprosos y el más moderno lo hizo de manera reciente junto con esta que nos atañe en “Una pastelería en Tokio” de Naomi Kawase en el año 2015 y ambas salvando los abismos de todo tipo que las separan, tienen en común la belleza de sus imágenes, aún más chocantes en esta película egipcia en la cual la podredumbre de todo tipo y la más absoluta de las miserias refleja una realidad cotidiana en un país lleno de desigualdades. Y  también el amor y la realidad que rezuman y el descubrimiento de que de una manera o de otra, cada uno, si se empeña y tiene un poquito de suerte, que eso es lo más difícil, puede acabar por encontrar su sitio.

Mención especial del jurado en la sección de Punto de Encuentro  para una muestra valiosa del cine egipcio que ya se ha alzado con varios premios en las últimas ediciones de la Seminci.

Teníamos algo más de dos horas antes de la siguiente y las aprovechamos para comer y descapitalizarnos aún más con alguna compra porque no todo en la vida va a ser cine, digo yo.

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Fuimos al Teatro Carrión, lugar del que ya no nos moveríamos, para ver primero un cortometraje llamado “Entre sombras” de Alice Guimaraes y Mónica Santos en una coproducición entre Portugal y Francia, para un ejercicio fílmico breve y lleno de sorpresas todas ellas buenas, desde su concepción de rostros y cuerpos humanos y animación básica, hasta su aire de película negra de los años cincuenta por su atmósfera y su fotografía en blanco y negro,  para contar una historia de corazones robados y de contrabando guardados bajo llave como las cajas de seguridad de los bancos en un mundo dónde todo se puede robar y si no se hace, pagar para que otros lo hagan. Eso sí, no te enamores.

Potente propuesta que fue acogida con la frialdad que este año era norma común después de cada una de las proyecciones a pesar de que merecía bastante más.

Y después tras el breve y fugaz encendido de luces que suele aprovecharse para que entren los rezagados, que la puntualidad tampoco es moneda de cambio habitual en este festival por culpa  de los espectadores que se lo toman con calma y de la organización que se lo consiente, película facturada entre Portugal, Brasil   y Cabo verde de Filipa Reis y Joao Miller Guerra, ubicada en la programación de la Sección Oficial.

Y el protagonista es un chaval ya crecidito con sus rastas y todo, de aspecto inequívocamente africano, que vive en un suburbio de una ciudad portuguesa que trapichea y hace lo que puede para ganarse la vida, hasta que siente la llamada de la sangre negra que corre por sus venas y tras preguntar a su abuela, que es con quién se ha criado, descubre que su padre que le concibió y se las piró porque la vida eDjonstá muy achuchada y sino que hubiera tomado precauciones el receptáculo correspondiente, vive o por lo menos lo hacía en Cabo Verde y para allá que se va el muchacho con una mano delante y otra detrás y por el camino, como en la anterior película, se va encontrando con todo tipo de fauna y le pasa un poco de todo, algunas cosas no muy buenas pero por lo menos el muchacho liga y eso que se lleva, aunque después le dejen pelado hasta que llega un momento en que empieza a perder el norte al tiempo que las pistas le van alejando más y más de su objetivo hasta el punto de que corre el riesgo incluso de olvidar qué es lo que estaba buscando. Una llamada de la novia esporádica con la que hacía sus cosillas allá en Portugal, vuelve a devolverle a su realidad y abrirle los ojos, para darse cuenta de que la búsqueda que emprendió era una huida hacia delante en un intento de evadir sus propias responsabilidades.

Música rap, bellezas cabo verdianas, paisajes de ensueño, miseria pero más disimulada o por lo menos menos patente y un gran final que cierra el círculo y que demuestra que lo que vamos a buscar allende los mares, lo tenemos muchas veces debajo de nuestro propio culo.

Buena película, no para tirar cohetes, pero sí muy digna de aspirar a participar en cualquier festival que se precie.

Apenas sin tiempo, vuelta a la manzana, a mirar los escaparates de una tienda de zapatos y una pastelería y de regreso al anfiteatro segundo como de costumbre para ver primero un cortometraje de animación llamadoCyclists_still_06

“Biciklisti” (Ciclistas) de Veljko Popovíc que han hecho entre croatas y franceses y que competía en formato mini en la Sección oficial. Y esta breve pieza de apenas siete minutos encierra todo un universo sensual y sexual en sus personajes que recuerdan vagamente a las pinturas de Botero, desde los ciclistas que afrontan los puertos de montaña desde el interior de la vagina de su querida, hasta la tripulación y el capitán de un gran barco de pasajeros impecablemente vestidos por arriba pero en pelota picada por abajo. Cachondada en toda regla con elevadas dosis de erotismo unas veces explícito y otras parapetado por unas imágenes metafóricas muy sugerentes que configuran un pedazo de trabajo altamente recomendable.

Y después la muy grata sorpresa de una película que se llevó ex aequo junto con “The miseducation of Cameron post” de Desiree Akhavan, la espiga de plata de la edición de este año y que podía perfectamente haber ocupado, desde mi punto de vista con mucho más merecimiento que la que se lo llevó, el escalón más alto.

“In den Gängen” (A la vuelta de la esquina) de Thomas Stuber es una pedazo de película en todos los sentidos desde su comienzo con una carretilla elevadora por los pasillos desiertos de un gran supermercado una vez se han cerrado sus puertas recorriéndolos mientras suena una pieza de música clásica por los altavoces, hasta su resolución final, incluyendo su cartel oficial que cuenta de un sólo vistazo lo que se va a visionar aunque nada adquiere sentido hasta que se ha acabado de hacerlo.

Todos los personajes están trazados con escuadra y cartabón, cada uno de los planos en su concepción y puesta en escena son  impecables e implacables y están  rodados con absoluta maestría con encuadres perfectos, una gran fotografía y un montaje cuidadísimo aderezado todo con una banda sonora que a veces encaja y otras sorprende pero que viste a las imágenes como la mejor de las modistas a cualquiera de sus modelos.

Desde el jefe elegante y educado que pasa una pero no dos, que alecciona a cada uno de ellos al comienzo de su jornada y a los que saluda de la misma manera dándoles la mano cuando la acaban o el jefe de puesto que debe de asumir que ya está mayor y necesita ayuda y deberá formar al nuevo hasta que pase su periodo de prueba,  hasta la reponedora guapa que tiene un futuro incierto y un presente oscuro o la última adquisición que deberá demostrar a todos y sobre todo a sí mismo que se merece otra oportunidad, forman un microcosmos fascinante y heterogéneo que arroja una luz nunca vista sobre lo que puede ocurrir en ciertos espacios cuando la gente se marcha y dan comienzo unas actividades en las que no solemos pensar los consumidores que tal vez nos imaginemos que los pasillos se limpian solos y que los estantes se vuelven a llenar por ciencia infusa.

Cuando los cementerios cierran y cae la noche los muertos bailan sobre sus propias tumbas. Cuando la gente duerme los fantasmas salen a recorrer los pasillos bajo la luz de la luna y cuando el mismo satélite  se oculta entre las densas nubes, acechan los vampiros entre las sombras. Y esta familia se reúne en torno a un tablero de ajedrez, alrededor de unas cajas amontonadas para fumarse un cigarrillo, se toma un café en un cuarto habilitado para ello con un póster gigante de una palmera que resulta ridículo en ese espacio y tira carros enteros de comida ya caducada por fecha pero aún aprovechable que tienen prohibido comer bajo pena de despido pero que les vendría de puta madre para llenar su nevera.gaengen

Y cada uno tiene lo suyo y acuden a su puesto de trabajo no como cerdos al matadero sino con un espíritu incluso alegre porque para ellos, que habitan todos y cada uno unas vidas tristes y vacías, necesitan ese espacio ordenado e impoluto para poner en orden sus vidas, para sentir que tienen control sobre algo y para sentirse queridos o cuanto menos aceptados en un entorno en el que cada cual puede estar a lo suyo concentrado en su trabajo sin interaccionar con los demás más que en momentos puntuales y prefijados, porque el roce ayuda, pero también desgasta.

El protagonista principal, por lo menos aquel en que la cámara se detiene con más asiduidad, es un hombre joven que lleva tatuado en su cuerpo su propio fracaso que trata de sobrevivir entre los pasillos llevando una máquina para la cual ha hecho un curso de formación y ha sido asesorado y dirigido por su mentor, tratando de no volver a cagarla como le pasó en épocas pasadas, aspirando a tener algo a lo que agarrarse en su vida y que regresa cada noche a su casa en el mismo autobús con un conductor que podría ser él mismo dentro de un par de décadas y que se sumerge en una bañera pensando vete a saber qué y que durante el trabajo, como todos y bajo cuerda, coge algo de la comida desechada del contenedor porque tienen hambre.

Algunas veces los compañeros se ven o se atisban a hurtadillas entre los huecos de los estantes o deben apartarse del camino de una carretilla elevadora para no ser atropellados porque todo obedece a una lógica y una manera de trabajar inmutables que es la principal premisa para que todo funcione, y al novato le llaman novato y al jefe jefe y cada cual tiene su sitio, su rango y su cometido aunque luego en Navidad se junten en el muelle de carga a comer a la brasa, porque ese día sí que está permitido,  carne caducada, seguramente hecha con carbón pasado y en una barbacoa vieja, antes de irse a sus casas donde no les espera nada que deseen.

La historia de amor imposible que surge en la película es sólo una de tantas que hay en cada esquina de la historia, cada una en sus estante. Algunas en la parte central a la vista de todos, otras en la zona de abajo que sólo verás si se te cae una moneda o te agachas a abrocharte los cordones o arriba del todo si te da por mirar al techo y mires dónde mires hay falta de esperanza y de objetivos, de todo menos de esa empatía velada que circula entre ellos y que es esa pequeña dosis de combustible que necesitan para que su exigua reserva no se quede a cero.

Ambientada en la época actual o por lo menos muy cercana a ella, denuncia de manera tangencial y de perfil lo que ocurrió después de la caída del muro y la reunificación de las dos Alemanias y cómo muchos negocios como ese gran supermercado, fueron comprados por capitales de occidente que conservaron las plantillas pero cambiaron las condiciones laborales para ajustarlas a sus intereses y como esos mismos trabajadores se van haciendo viejos y van recibiendo a las nuevas generaciones para seguir con un círculo indisoluble que representa el mismo ciclo de la vida.

Y el mar está a la vez tan lejos encerrado en ese cartel de la zona de descanso, como tan cerca si sabes dónde pararte a escucharlo y ese mismo mar está presente de fondo en casi toda la película como esa promesa que nunca se cumple o como si todos estuviéramos encerrados en el interior de una caracola.

Película que encierra una tristeza abisal, que se ve con ansia concentrada esperando que ocurran cosas en planos larguísimos tan llenos de información que abruman y que te deja anímicamente por los suelos pero con la sensación de haber visto algo grande.

Poco más de media hora para buscar algo que echarse a la boca en una Plaza mayor tan desangelada y vacía como el resto de la ciudad y eso que era Viernes por la noche y de vuelta al Carrión a por otra sobredosis de realidad blanca como la leche en superficie pero negra como la noche en el fondo, pero antes el cortometraje que la precedía, “Agouro” de David Doutel que también hay que admitir era más oscuro que la pez.agouro

Con una animación extraña, casi de cuadro de época oscura de Goya cuando Cronos se zampa a su retoño y en un paisaje helado dónde no sólo el agua se congela, las personas que viven en ese paraje aislado del resto del mundo lo ven desde diferentes prismas y desde las opuestas atalayas de sus mentes. Un fruto arrancado de un árbol que acaba en un vaso es el hilo conductor de esta historia confusa que resulta difícil de entender por lo críptico de su propuesta y por lo denso de su concepción, que acaba cuando dicho fruto germina y las consecuencias nefastas que eso acarrea y que deja un regusto amargo como de bilis que se te viene a la garganta sin previo aviso y que casa a la perfección con la siguiente película que nos tocaba ver y que era “Ága” de Milko Lazarov que se alzó con el premio al mejor nuevo director, porque si algo hacen de maravilla los programadores de este festival no sólo es escoger proyectos la mayoría de ellos de altísimo nivel, sino que el cortometraje que los antecede suele obedecer a temáticas o estéticas semejantes ya sea en el fondo o en la forma.

Y “Ága” es una película realizada por búlgaros, alemanes y franceses, dirigida por uno de los primeros, ambientada en la actualidad pero que podría haber ocurrido hace un par de milenios o mucho más atrás cuando el hombre como especie empezaba a dar los primeros pasos porque hay lugares atemporales en los que el tiempo se detiene y en este caso sólo es palpable que se trata de una época moderna, no sólo porque lo advierte la sinopsis, sino porque es evidente en este caso por el calentamiento global que fuerza el deshielo y dificulta la caza y por lo tanto el medio de vida de esta gente abocada desde su misma cuna a vivir, convivir y morir en estrecho e indisiluble contacto con la naturaleza.

Esta pareja de esquimales ya mayores es filmada con todo lujo de detalles tanto en el espacio abierto que se transita con un carro  de nieve tirada por un único perro como dentro y en los alrededores de la casa que les sirve de refugio y la cámara se recrea en largos planos en los que podemos darnos cuenta de cómo han de escavar en el hielo para conseguir bloques que servirán de contrapeso cuando vengan los temporales salvajes y para múltiples usos que es lo que tiene no contar con una ferretería a mano y cómo tratan de cazar con métodos que no han evolucionado en decenas de siglos.aga1

Su único contacto exterior y muy esporádico es el de un joven que llega con alimentos, combustible y leña que permitan algo parecido a sobrevivir y que les cuenta de manera muy somera cómo le va a la hija de ambos, mientras la madre  gravemente enferma se lo oculta a su marido y los dos, cada uno a su manera, echan insoportablemente de menos a su hija que da título a la película y de la cual sólo guardan brumosos recuerdos en la memoria y una foto en la que se veía que tenían esa felicidad que se marchó con ella para siempre.

El conflicto de esa hija fugada que decidió marcharse para no volver  ni se cuenta ni se esboza y una vez la mujer deja sólo a su marido por imperativo vital, él lo deja todo para ir a buscarla y es en ese periplo que suena a viaje último, a paso definitivo sin posibilidad de retorno, cuando encuentra otra realidad muy diferente pero que acaba por significar lo mismo. Todo está perdido y tendremos que asumir nuestro fracaso vital y existencial como mejor podamos en espera de que una enfermedad o un accidente nos quiten de en medio.

Buena película rodada con pulso firme que contaba con la presencia impagable de otro gran protagonista. Porque ese entorno natural respira y se mueve como lo que es, algo vivo, algo que estamos dañando y que ya se empieza a cansar de nosotros y que algún día nos acabará por poner en nuestro sitio y nos dejará abandonados a nuestra suerte, como ese perro que en la inmensidad del páramo helado sabe que su dueño nunca regresará.

Regreso a casa en la provincia de Segovia con ese ánimo sombrío que muchas veces dejan este tipo de películas si permites que te afecten y a descansar unas pocas horas para encarar la recta final de nuestro periplo anual vallisoletano.

La primera del último día era la clásica película que todos los grandes festivales colocan generalmente en la inauguración o en la clausura, fuera de concurso y para homenajear a algún actor famoso que pueda venir a  presentar el trabajo y darle caché al festival aunque en esta ocasión les salió rana porque no sé si Mat Dillon andaba por ahí, pero lo que quedó claro es que Nick Nolte no. En representación suya estaban en una presentación inesperada en sesión matutina un productor, el guionista que era un cachondo mental y alguien que por su forma de hablar parecía bastante cercana al famoso actor ya talludito o más acertado sería decir que en proceso de demolición.Head-Full-of-Honey-header

Y la cosa prometía aunque con estas propuestas siempre hay una pátina traslúcida que no suele casar con la idiosincrasia festivalera y esta no lo era menos. “Head full of honey” de Til Schweiger aborda el tema del Alzheimer no desde una perspectiva nueva ni mucho menos, pero con un montón de gags de guión para hacerla más digerible aunque lo único que consiguen con ello es dejar fríos a una serie de espectadores a los que nos gusta que nos tomen más en serio. El reparto es fabuloso en cada uno de sus papeles, pero la gran sorpresa es la niña que hace de nieta de Nick Nolte que sufre esa jodida enfermedad a la que alude el título de la obra que viene a decir en traducción libérrima que tienes el cerebro hecho mierda,  y que en realidad es su hija y que no puede negar quién es su padre porque esa mirada entre estrábica e inteligente ha sido el santo y seña de este actor que ha envejecido como el culo.

Y yo llevo mal esa moda tan extendida de las voces en off que articulan las películas y que es un recurso de realizadores vagos o con pocos medios o con poco tiempo que de esa manera se ahorran un montón de planos explicativos con lo que eso conlleva de planificación, producción y otras cosas derivadas de ese arte tan complejo llamado cine. Pero aquí no creo que fuera por ninguna de las dos últimas y tengamos que recurrir a la desidia de los responsables para justificarla porque la película a pesar de tratar un tema terrible, lo hace desde el humor aunque sea fácil y desde el amor aunque sea impostado y no hay manera de creerse a esa niña y ese abuelo indefensos pese al desparpajo evidente de la pequeña moviéndose por el mundo para llegar a Venecia por tierra y mar sin que sus padres se enteren por muy absortos que estén en su trabajo y por muy gilipollas que parezcan e incluso lo sean. Ni hay forma de creerse esas escenas tan absurdas como reiterativas de las visitas a la comisaría de policía londinense , ni esas visitas de la niña al médico para que le explique lo que sus padres no le quieren contar.

Y lo único que me trago es esa actitud del padre intentando minimizar los daños de la enfermedad o negándola directamente que es lo que hacemos todos cuando estamos en situaciones comparables porque aceptar la verdad supone enfrentarse a una batería de medidas que pueden mandar a la mierda nuestro más o menos cómodo y conocido mundo porque eso es admitir el principio del fin y el final de los buenos tiempos en el caso de que los hubiera habido y eso es algo con lo que resulta muy jodido lidiar.

Todos están bien en sus papeles insoportablemente arquetípicos especialmente padre y nieta en la ficción que dejan palpable la química que les viene de fábrica por aquello tan insobornable de la consanguinidad.

La resolución de la trama es tan de cuento infantil, tan de película Disney una vez se murió el jefe y se convirtieron todos en una panda de ñoños, que causa sonrojo, aunque a ratos entre tanto nubarrón y lágrima lista para ser envasada, salía de vez en cuando un rayito de sol y nos regalaban una escena aprovechable.

Y con eso habrá que quedarse aunque al público le gustó e incluso aplaudieron y ya sabemos pues qué es lo que la gente demanda. Incluso en los festivales por lo que a mí me queda claro que la mayoría de la gente tiene problemas para asimilar conceptos.

Entre ellos y a la cabeza, yo mismo.

A comer, a comprar y a tratar de buscar un taxi para descansar un poco sin conseguirlo porque las operadoras que cogían el teléfono no se aclaraban y los taxistas daban vueltas como moscas cojoneras sin atreverse a coger a nadie no fuera a ser que no fuese quién había llamado porque a veces las películas más extrañas y mejor guionizadas ocurren fuera de las salas de cine sin nadie allí que se atreva a filmarlas. Qué desperdicio!

Y con las baterías justas a por las tres últimas sesiones, empezando por “A land imagined” de Yeo Siew Hua un director de Singapur que con dineros también franceses y de los Países bajos, consiguieron levantar esta película que  competía en la Sección Oficial, pero antes el cortometraje de animación “Raymonde o la escapada vertical” de Sarah Van Den Boom que hacía lo propio en versión cortometraje y que nos presenta la vida de una gallina, que más bien parece una lechuza que se aburre como una mona, que es otro animal, por cierto y que está enamorada de su cartero que es un apuesto perro.raymonde-ou-l-evasion-verticale

Y en este núcleo zoológico, la protagonista que aún tiene ganas de marcha y que se consume en su casa con un incendio en su vientre que no hay manera de apagar ve pasar sus días con mucha más pena que gloria, hasta que se da cuenta de que tal vez la solución haya que buscarla en otro sitio.  Animación e historia peculiares para amenizar la velada.

Y después el plato supuestamente fuerte y he de admitir que tras ver la película y leer después la sinopsis no fui capaz de ver en ella ni un treinta por ciento de lo que anunciaba ese resumen compacto que se ven obligados ciertos profesionales a hacer para llamar la atención de posibles espectadores para que acudan a consumir su producto y es que la mayor parte de las veces ese trabajo lo hace gente que tiene información privilegiada acerca de lo que se traen entre manos y no cuentan con los espacios en blanco que dejan películas cuyas imágenes después no son capaces de rellenar.

Y es lo que pasa con esta película que empieza con una accidente de un trabajador en una planta industrial supuestamente o así creí entender yo en un acto reivindicativo de protesta, que acaba en la desaparición del personaje que después lo anda buscando la policía porque puede tratarse y seguramente lo sea de uno de esos trabajadores ilegales que proliferan como setas en muchos países, con mucha más abundancia en aquellos cuyos tejemanejes son más oscuros, más numerosos, más ilegales o las tres cosas a la vez. En ese lugar una empresa trata de ganar terreno al mar y necesitan de mano de obra abundante y barata que esté dispuesta a dejarse la vida literalmente por cuatro perras y un jergón cutre y ahí entran en liza esos miles y tal vez millones de personas que abandonan su mierda de vida conocida para buscar una mierda mayor y encima no familiar en todos los sentidos.A_Land_Imagined-609514861-large

Después aparece un tipo que yo creo que es el que tiene el accidente pero después en otra escena muy posterior parece que no, que con su escayola y su imposibilidad de trabajar, intenta dormir sin conseguirlo porque hay un cibercafé abajo que no cierra y hay un jaleo del copón y como no puede sobar a pierna suelta, baja allí cada noche a jugar con los videojuegos, a entablar conversaciones con gente extraña a través de chats inciertos y a flirtear sin llegar a nada con la niña asiática que dirige el antro y que parece sacada de un dibujo anime siniestro que no se sabe si va o si vuelve, mientras el policía se da vueltas por allí a ver qué pasa.

Y la cosa va hacia adelante y hacia atrás sin saber cuando ni cómo lo hace, por lo menos yo y mi señora madre que después me lo confesó y después aparece un cadáver vestido de naranja o rojo que no me acuerdo, que es el color del mono que llevaba el tipo del principio y de repente la pantalla funde a negro y salen los títulos de crédito.

Y yo no sé qué coño he visto ni qué ha pasado y eso me jode mogollón, aunque supongo que el trasfondo es una crítica social a la precariedad e indefensión de los inmigrantes y las mafias que se aprovechan de ello con el permiso de los gobiernos que miran para otro lado.

La culpa es del taxista.

Apenas un ratito libre de imágenes en dos dimensiones y regreso a las mismas butacas aunque esta vez con una interacción molesta del jefe de sala a quién le dio un ataque de celo injustificado y pretendió jodernos la proyección sin conseguirlo del todo, pero no dejándonos en cualquier caso disfrutar del cortometraje “Solar walk” es decir, paseo solar de la danesa Réka Buksi y que es un trabajo extrañísimo de animación con un componente entre filosófico y cósmico muy complicado de entender, sobre todo si previamente te han tocado las pelotas afectando a tu concentración y que necesita de veinte largos minutos para ser contado en una serie de imágenes que dan a entender, creo yo, un complejo imaginario sobre la creación del universo y nuestro minúsculo e insignificante papel en ello.

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La verdad es que me gustaría volver a verlo con una actitud un poco más adecuada aunque es más que probable que me volviera a quedar a cuadros.

Y después de tener que buscarnos una nueva ubicación toda vez que nos habían quitado nuestros legítimos puestos, a olvidarnos de malos rollos y vainas gracias a la joya de la corona para ambos de las películas que pudimos ver en esta edición, un total de once, con gran acierto porque siete de ellas obtuvieron galardón, una de ellas por partida triple,  aunque siga sin estar en la misma línea de pensamiento de los que lo otorgaron.

“Kona fer I strid” (La mujer de la montaña) de Benedikt Erlingsson, que ya sorprendiera a todos, por lo menos a mí en 2012 con “De caballos y hombres” y que ha trabajado como actor en numerosos trabajos para gente muy potente como Lars Von Trier en “El jefe de todo esto” en el 2006, presentaba este trabajo en la Sección Oficial llevándose “sólo” un premio en el apartado de mejor actuación femenina para una actriz fabulosa de nombre impronunciable, cuando podría haberse llevado un saco de ellos.

Es una película de tinte ecologista y maneras surrealistas sobre una mujer ya en los bodas de oro consigo misma que tiene una doble vida y una cruzada personal contra el gobierno y las multinacionales. Su cara visible es la de directora de un coro aficionado y la oculta la de una francotiradora con arco que boicotea líneas de alta tensión para cortar el suministro eléctrico y poner en jaque a todos los que aspiran a hacer negocio con los recursos naturales de su país y tiene como aliados a un granjero local que la esconde en una de sus incursiones cuando la están buscando y le presta un coche para huir y a un miembro del gobierno que hace a su vez un doble juego y que para tratar los temas con esta activista de férreas convicciones, participa en el coro y mantienen reuniones en la sala de comidas metiendo para ello sus móviles en el congelador para inhibir las frecuencias y evitar que les pillen.

Al mismo tiempo que recibe la noticia sorpresa de que una adopción de una niña ucraniana realizada cuatro años antes ha sido aprobada cuando ni se acordaba ya y su reloj biológico incluso el de pega se había vuelto a parar, empiezan a cuestionarse a nivel social sus acciones furtivas en un plan de ataque conjunto del gobierno y la multinacional en cuestión para desprestigiar a la activista anónima y enfrentarla con la opinión de la calle para facilitar posibles delaciones y eso coincide también con una escalada de los intereses comerciales para imponer definitivamente sus criterios y sus malas intenciones y ella que es de armas tomar y a corajuda no la gana ni dios, decide pasar a mayores mientras previamente ha gestionado la tramitación de esa adopción que le hace una gran ilusión pero que significaría su fin como guerrera verde, pero que para ello tiene que contar con su hermana gemela que es la otra tutora legal y que es una mística que está como una chota inmersa en temas de meditación trascendental y que planifica un viaje a Oriente a la cuna del budismo.la mujer

Mientras tanto andan por allí un turista sudamericano que se come todos los marrones porque es al que siempre encuentra la policía merodeando por las zonas dónde se comenten los atentados contras las instalaciones cuando ella ya ha escurrido el bulto o se mantiene escondida hasta que pasa la tormenta y una banda de tres músicos que ve todo el mundo y a los que nadie dice nada que ponen la banda sonora en directo de los estados de ánimo de la heroína protagonista y tres mujeres ucranianas vestidas con trajes de folklore local que representan a la niña que está esperando su turno allá en la lejana estepa.

Y esta actriz que no es cojonuda, sino lo siguiente, roba explosivos y los disimula en estiercol de gallina para pasar los controles y lía la de dios es cristo con un arco y una radial para conseguir sus propósitos antes de cortarse la coleta y consigue su objetivo pero también logra  que toda la policía y el gobierno la busque por tierra mar y aire con efectivos a pie, perros rastreadores, helicópteros y drones en una versión a la islandesa y moderna magníficamente rodada del primer rambo que salió en “Acorralado” de Ted Kotcheff.

Al final acaba con sus huesos en la cárcel, pero en varios giros de guión excepcionales logra sus propósitos ayudada por aquellos que la quieren para finalizar con otra soberbia solución cinematográfica que desde mi punto de vista encumbra a los altares a este cineasta genial que con cada uno de sus trabajos libra el listón con holgura por muy alto que se lo ponga con una manera de hacer cine que no tiene parangón y que representa a una escuela, la islandesa, que tiene mucho que decir y que está dispuesta a arriesgar incluso hasta más allá de lo aconsejable.

Chapeau!!!

Y una vez que se llega a la cima de la montaña sólo queda mantenerse si hay oxígeno o bajar y eso es lo que hicimos tras una frugal y acelerada cena para acudir al cierre de nuestro festival particular con las dos últimas proyecciones. La primera del cortometraje “El verano y todo lo demás” de Sven Bresser con bandera de los países bajos y “Noches mágicas” de Paolo Virzì.el verano

El primero cuenta la historia de dos amigos de Córcega que pasan el verano derrapando con el coche por los caminos, fumando y fanteseando con marcharse y a ver si pueden ligarse a algunas chicas y cuando llega el momento, uno decide seguir con sus planes y  buscarse la vida en otros lugares con más opciones y el otro aprovecha la excusa de una fiesta local para posponer un momento que le da tanto miedo como al otro, pero no todos tienen el mismo coraje y cada uno debe de tratar de encontrar su propio camino aunque a la larga ninguno de los dos llegue a ningún sitio.

Propuesta digna contada de manera lineal y con pocos recursos estilísticos que la hagan atractiva.

La segunda parte de esta última sesión era otro de esos trabajos de un cineasta italiano muy suyo que con “Locas de alegría” en el 2016 se llevó el premio máximo en este festival y que por ello había levantado ciertas expectativas, pero cuya última propuesta resulta tal vez demasiado auto exigente tanto por la cantidad de personajes como por la época en que está ambientada y la manera de narrarla, aunque supone de todas maneras una buena obra audiovisual llena de rigor y originalidad con un punto de partida álgido sobre el cual girará después toda la trama que acaba derivando en un puzzle detestivesco que iremos resolviendo a medida que se nos van mostrando las diferentes variables para resolver la ecuación.

En la noche en que Italia pierde en los penaltis la posibilidad de llegar a su final en el mundial del año 1990, un coche cae al Tíber desde un puente de la milenaria ciudad de Roma con un único cadáver en su interior y situado en la parte trasera. Por una fotografía, la policía reconocerá a las cuatro últimas personas que le vieron con vida y deberán pasar una larga noche en comisaría para prestar declaración y depurar responsabilidades.notte

Tres de estos personajes son dos chicos y una chica jóvenes que eran finalistas en un concurso de guión de prestigio y la cuarta en discordia la querida del productor en horas bajísimas que estaba tieso en el coche y a partir de esta premisa y mediante flashbacks numerosos, veremos pasar ante nuestros ojos a lo más afamado del cine de aquella época, los mastodontes del celuloide que con nombres de pila como Marcello o Ettore manejaban los hilos de una industria alrededor de la cual pululaban como moscas aspirantes a actor o actriz, guionistas que trabajaban haciendo de negros para grandes productoras u oportunistas a la caza de lo que fuera, todo ello hábilmente articulado por los problemas, las cuitas y los complejos o la falta de ellos de esos tres guionistas, el inteligente y pesado, el listo oportunista y la de buena familia que quiere que se la reconozca por sus propios medios.

Traiciones, emboscadas dialécticas y de otros tipos, toboganes emocionales y multitud de alternancias en las que puede ocurrir de todo o quedarse en agua de borrajas, con una resolución  final lógica, pero que no se ve venir.

Muy buena película de gran factura en todas sus partes, pero alejada de otras propuestas del mismo director que demuestra su versatilidad y que supuso un gran broche de oro con el que marcharnos de vuelta con el zurrón lleno de buen cine.

Esta vez sí que encontramos a un taxista que nos quiso llevar, tal vez porque no le habíamos llamado lo que resulta paradójico y nos marchamos de la ciudad sin la revista correspondiente al último día porque cada año pasa lo mismo en esa última jornada en que se dilucida y se pone por escrito quiénes han sido premiados en la Semana de Cine Internacional de Valladolid que sigue siendo un festival grande y que cada año logra el propósito no sólo de mantener su nivel, sino de subirlo, aunque no estoy seguro de que el público asistente lo valore en la medida en que lo hacemos nosotros. Y sí lo hace, es evidente que no sabe demostrarlo.

Hacer cine requiere de un esfuerzo inmenso a nivel social, personal y económico e independientemente de que nos guste más o menos lo que estamos viendo, siempre requiere de una muestra de cortesía por parte del público que es tan sencillo de manifestar como con un simple aplauso.

De lo demás, con mayor o menor acierto, ya se encargan los jurados.

Y regreso a nuestra sede de Hontalbilla en Segovia, a retrasar los relojes y a lamentar que ese retraso nos aleja sesenta minutos más de la siguiente edición. Tiempo que por otra parte recuperaremos dentro de seis meses a sólo otros cinco y tres semanas de que la Seminci de 2019 abra sus puertas.

Y allí esperamos estar para contarla.

 


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