Seminci 2017

Valladolid no es Donosti ni falta que le hace. Es para mí la segunda ciudad española que acoge el festival de más nivel de los que hay en toda nuestra geografía y eso no es asunto menor. Además, para mí es el mejor en su categoría y proyecta un tipo de cine eminentemente social y arriesgado en todas y cada una de sus secciones, huyendo del glamour de otros festivales porque esta ciudad imperial lleva el cine en vena y no lo necesita. Este año cambiaron la tradicional alfombra roja por un tapete verde y sigue contando con el mismo número de trabajadores y programadores, en nómina y voluntarios, que cada nueva edición, y van sesenta y dos, configuran un soberano espectáculo cinematográfico de nivel mundial cada vez más reconocido y además, aparte del buen rollo que destilan todos los que están comprometidos con esta causa, pese al estrés añadido que debe suponer poner en marcha una maquinaria de este calibre, siempre analizada y siempre criticada a la espera de fallos que mancillen ocho días de cine, editan la  mejor, sin duda por calidad del papel, contenidos y color,  revista diaria de cada jornada festivalera, a la que si hay que poner una pega y a decir verdad no es asunto menor, hay que atribuírsela a algunos colaboradores con tendencias suicidas a la hora de hacer spoiler de las películas que anuncian.

Ni siquiera yo escapo a la tentación, dos meses después de haber echado el telón, de decir ciertas cosas a mejorar, pero lo hago desde el amor que profeso a una ciudad y un festival que desde que entró en mi vida allá por el año 2012, es una cita obligada cada mes de Octubre.

Y como casi siempre a decir verdad, porque sigue siendo una asignatura pendiente acudir todos los días programados, cosa que hasta ahora no he podido concretar, acudo allí a los últimos coletazos de cada Seminci sabiendo todo lo que me he perdido y con la esperanza de iniciar un maratón en el que hallar consuelo y atrapar todavía alguna de esas joyas que aún quedan por proyectar en los diferentes escenarios, que ofrecen al espectador importantes descuentos en entradas libres de I.V.A o con dicho impuesto reducido o con precios populares que provocan que en la mayoría de las salas se cuelgue el cartel de no hay billetes.erizo

Como siempre también, no pude comprar las entradas hasta dos o tres días antes de ir y como consecuencia tuve que buscar caminos alternativos cuando la película elegida por mí en primera instancia, había sido copada en cuanto a asistencia permitida. No suele importar demasiado porque a veces hay flores enormes perdidas entre ramos que no parecían muy vistosos en un primer vistazo.

Para empezar tocó madrugar e ir desde la parte del Paseo de Zorrilla dónde ubicamos nuestro campamento móvil, hasta el Teatro Calderón, escenario obligado cada año de las jornadas de apertura y clausura y que cada mañana del festival, excepto la última en la cual se hace público el palmarés, abre sus puertas a primera hora.sweet country

Y fue para ver, ambos de la sección oficial, primero un cortometraje llamado”Hedgehog`s home” (El hogar del erizo), de Eva Cvijanovic, que bajo bandera canadiense y croata y en clave de animación, plantea una historia de apariencia infantil con moraleja incluida, narrado de manera prodigiosa con voz en off y con fotografía y ambiente deliberadamente oscuros, que ya nos predispone para el plato fuerte, y después una película australiana llamada “Sweet home” (Dulce hogar), dirigida por Warwick Thornton. Ambientada en esa Australia salvaje, colonialista e hija de los forajidos expatriados desde las cárceles inglesas y cuando los aborígenes que se habían dejado someter sin poner demasiadas trabas, trataban de reciclarse como ayudantes del hombre blanco, más cerca de esclavos con derecho a tortura y de pernada que de otra cosa y en la cual, matar era juzgado con doble rasero dependiendo del color de piel del cadáver. Se trata de una “horse movie”, de sesgo crepuscular, un western de las antípodas que rescata para el cine a una de sus figuras míticas   como Bryan Brown, que se hiciera famoso con “FX, efectos mortales” de Robert Mandel en 1986. Es cine lento y seco que agrieta los labios y el corazón y que envuelve la platea de una nube de polvo que tarda un buen rato después en volver a asentarse. Cine difícil de digerir sobre todo  con la pátina del sueño rondando aún entre las butacas, pero cine con alma y cuerpo que deja poso en forma de un mal rollo que se instala a la derecha del páncreas con la intención de quedarse a pasar el día. Y lo consigue.

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Después de ese estreno visceral, corriendo como siempre como perros sin trineo y con un oso polar pretendiendo mordernos el culo, de camino al Teatro Zorrilla para acudir al pase de la sección Punto de Encuentro, que hace honor a lo que promete y trae cine de cualquier parte del mundo, caracterizándose por ser obra con un elevado índice de crítica social, para recordarnos a muchos de los que nos quejamos aquí, de que fuera de nuestras fronteras, pintan bastos como secuoyas y llueven ladrillos macizos. “A foreman” (una encargada), de Daniel Drummond y bajo bandera americana, pone de manifiesto en formato corto lo que se cuece en muchas fábricas con trabajadores ilegales y emigrantes que deben trabajar bajo cuerda y esconderse cuando tocan inspecciones laborales. Historia dura, como todas las de esta sección, pero con un final que devuelve en parte la esperanza que debe de habitar en todo ser humano antes de tirar definitivamente la toalla. Hay gente sin corazón, pero el de otros late el doble de fuerte para compensarlo y con eso debemos de quedarnos.sventasis-293657101-large

Después, “Sventasis” (El santo) de Andrius Blazevicius, co producida por Lituania y Polonia y que pone el foco en un pueblo de Lituania en 2008, cuando la crisis mundial encabezada por EE.UU, golpeó como un tsunami bestial costas menos pertrechadas para recibir huracanes y en cómo las consecuencias de la burbuja reventada salpicaron pequeñas economías sin posibilidades de rearme social. Un Lituano de edad media, en paro y obsesionado con el deporte, que tiene una familia que debería bastarle en condiciones normales, y tras un suceso inicial de un zumbado que afirma haber visto a Jesucristo y que nos da la falsa ilusión de que puede que vayamos a ver un drama con tintes cómicos, cuando es un drama a secas, deambula por la ciudad con un traje que le ha costado un huevo que no tenía y que le queda como el culo, asistiendo a frustrantes entrevistas de trabajo, mientras flirtea con una peluquera a la que él se agarra como último reducto de cordura, mientras su verdadera familia se hunde en la mierda sin remisión.

Película bien contada, pero que adolece de una puesta en escena simple y reiterativa que lastra el producto e invita al bostezo sino se ha logrado meter el pie para evitar que se cierre la puerta. Cuenta uno de tantos dramas que pueden verse en diferentes idiomas a todo lo largo y ancho de este mundo tan masificado y tan mal repartido.haine-negre-515805l

Paradita para comer, que en total en Valladolid casi no hay sitios para ello, a cambiarse de zapatos y de camiseta para no aturdir a nuestros compañeros de sala y vuelta al ruedo cinematográfico, esta vez al teatro Carrión para ver “Haine negre” (Ropa negra) del rumano Octav Chelaru, que contaba con un público entusiasta y mal educado, que reventó la proyección a todos aquellos pobres infelices que estuvimos a pocas filas de ellos, sin que la organización ni los responsables pusieran orden en un acto de terrorismo cinéfilo deliberado que debería haberles puesto en la puta calle, sin posibilidad de reintegro social.

Acto aislado y puntual por otra parte que nosotros subsanamos marchándonos antes de la proyección larga al anfiteatro, lejos de los gañanes. Aunque no pudimos disfrutar el cortometraje que como lo que vendría a continuación, formaba parte de la Sección Oficial, cada uno en su formato, se trataba de una densa pieza, afortunadamente corta, sobre un cura que alecciona a sus fieles con palabras lapidarias desde el púlpito, mientras que no es capaz de poner orden en su propia casa con un hijo descarriado que acabará yendo a los cines a bombardear la sesión a aquellos a los que sí saben comportarse. Cine social, cine crítico, pero cine sin dobleces. Demasiado lineal para llamar la atención, porque cuando salimos de la iglesia, con el cura, ya hemos perdido el interés sobre lo que nos contará después. Por lo menos yo. Y me consta que no fui el único.bajoelarbol-1

Y después, patada a la línea de flotación de las relaciones vecinales políticamente correctas con “Undir trénu” (Bajo el árbol) de Hafsteinn Gunnar Sigurdsson, director islandés, que era el país invitado al festival, en coalición con Polonia, Dinamarca y Alemania y queda claro, una vez más, que este pequeño país que es una gran isla con más volcanes que personas, es un lugar a tener en cuenta a la hora de hacer cine. Eso sí, un cine volcánico que huele a azufre por todos los costados y que cuenta las cosas a pelo, sin artificios y te hacen comer un cordero a palo seco, sin salsa ni pan para acompañarlo y no te dejan levantarte de la mesa hasta que te lo has acabado o has dado un reventón.

Y el árbol al que hace alusión el título, es un ejemplar que se yergue en mitad de una parcela de un adosado, pero cuya copa incide en la de la casa de al lado, en la cual una mujer casada con un hombre más mayor, no puede tomar el sol. En el terreno dónde está el árbol, vive una pareja destrozada desde hace años por la muerte de uno de sus vástagos, que no está oficialmente fallecido porque no encontraron el cuerpo y esa duda terrible, y ya resuelta de un modo interior, ha trastornado hasta el punto de no retorno a la madre que tiene otro hijo del que pasa como de comer mierda y que está en proceso de divorcio con su mujer actual por asuntos de faldas virtuales. En ese caldo de cultivo, por otra parte hasta cierto punto normal en cualquier vecindario, ya sea de Islandia o de Carabanchel, aunque por ahí adosados hay pocos, se empiezan a complicar las cosas de mala manera según se van desarrollando los acontecimientos y teniendo lugar sucesos aleatorios en los cuales los culpables no son ni siquiera presuntos y cada cual va tomándose la justicia por su mano, hasta que se lía la de Dios es Cristo y acaba todo como el Rosario de la Aurora, que no sé qué tendría, pero seguro que por lo menos cuentas para aburrir a cien ovejas y parar siete trenes. Moraleja: los árboles en el campo y en las parcelas como mucho una barbacoa. Eso sí, no se te ocurra hacer sardinas.

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Y después de esta sobredosis emocional empacada desde la volcánica y septentrional isla, de vuelta al teatro Zorrilla a por otra sesión de punto de encuentro con presentaciones y posteriores coloquios bien dirigidos por la presentadora que siempre nos sorprende con su saber estar y su colección de zapatos digna de una pasarela. De entrada, “Awasarn sound man” (La muerte del técnico de sonido), del joven tailandés Sorayos Prapaban que con presupuesto también Birmano, se marca una cachondada de poco más de quince minutos para reivindicar la figura de los denostados técnicos de sonido. Él es uno de los que pertenecen a esa banda olvidada y se ve que el hombre necesitaba hacerlo. Buena pieza de cine sin más pretensiones que poner en el centro de la acción a esos seres invisibles sin cuyo trabajo las películas serían una absoluta mierda de imágenes con audios deslabazados, pero que resultará incomprensible, más allá de su descacharrante inicio, para todos aquellos neófitos que nunca se han aventurado a hacer cine, ni siquiera un vídeo caseroarpon

Y luego “Arpón” de Tom Espinoza, co producción entre Argentina y Venezuela, para mostrar una realidad no sólo en Sudamérica sino también extrapolable a otros ámbitos y otras realidades, sobre los adolescentes en los colegios de ciertas zonas periféricas en las cuales los patios de recreo son un campo de batalla, los wáteres públicos supermercados de la droga y las aulas reductos sin ley en los cuáles la misión de los profesores consiste más en llegar a casa de una pieza que en enseñar lo que sepan. Basada parcialmente en un caso real de un director de un suburbio de la enorme Argentina que ponía un exceso de celo en su trabajo a la hora de saber qué contenían las mochilas de todos y cada uno de sus alumnos, encuentra una defensa férrea y numantina en una de las alumnas que le hace frente y con la cual se ve empujado a mantener una relación obligatoria cuando decide encargarse él mismo de tratar de localizar a sus tíos para ponerles al corriente de las actividades irregulares de la niña. Por ahí también pululan una profesora que forma parte del núcleo duro del claustro y que decide desligarse a su vez de la vigilancia del responsable del centro y que aspira al mismo tiempo a que se vuelva a pasar de la raya para ocupar su puesto y una puta a la que es fiel a su manera ese hombre solitario que mira en las mochilas ajenas porque le da miedo vaciarse los bolsillos. Historia buena y bien armada que se sale de madre cuando la cosa pasa a mayores, sin que queden bien justificadas las acciones de algunos de sus protagonistas y sobre todo que queda demasiado diluida a la hora de atribuir responsabilidades y castigos que se correspondan con las acciones desempeñadas, sobre todo cuando les tocas las bolas a ciertos personajes que no tendrían problemas en arrancarte las tuyas y metértelas en la boca. Aún así, cine muy argentino desde su misma concepción y siempre funciona, aunque sea a trompicones.

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Y para acabar el día por todo lo alto, regresamos al teatro Zorrilla para la última sesión de punto de encuentro. Para comenzar, un cortometraje muy largo (treinta minutos) de la escandinava Amanda Kernell. “I will always love you, Kingen” (siempre te amaré, Kingen), que relata la historia de un chaval demasiado joven para sumir responsabilidades más allá de no matarse con el coche, vomitar dentro de la taza y hacerse pajas sin que le vean sus padres, pero que debe de hacer frente a que su chica se ha quedado preñada y está a punto de ser un padre nada preparado al que todo se le viene grande. Es una huida hacia delante de uno más de esos millones de tarados con el cerebro a medio hacer, hasta que trata de enmendar su error a su torpe e inmadura manera. Buen cortometraje al que se sobran minutos y le faltan intenciones. Aún así, muy superior a la media.as duas irenes

Y como colofón, la película que se acabó por alzar con el premio del público y que es una rareza de belleza atemporal llamada “As duas Irenes” (Las dos Irenes). Obra del brasileño Fabio Meira que nos regaló después un coloquio acorde con su pieza magistral sobre dos familias que comparten un mismo padre y que juega a dos bandas desde hace más tiempo del que podría comprenderse y que tiene en ambas una hija de la misma edad con el mismo nombre, de caracteres totalmente opuestos, que acaban por conocerse de manera accidental e inician una amistad en la que la mentira, el compañerismo, la infidelidad, el amor fraternal y los secretos que son a voces, pero que nadie se atreve a expresar en voz alta, acompañan toda la narración que crece a medida que crecen las niñas en la comprensión de su mundo separado y compartido al mismo tiempo que las ha aislado durante su vida anterior, pero que ya no podrá hacer nada para que se separen de nuevo.

Dos niñas que trasmiten todo sin hablar y que en palabras de su mismo director, invirtieron sus maneras de ser en la ficción para crear ese desconcierto y esa mirada limpia e interrogante de quién no sabe si se mueve por el terreno correcto. Juego de espejos al estilo brasileiro para una historia como debe de haber muchas de familias fundadas, de concreciones difusas y de separaciones impuestas bajo el sello de las más fragrantes mentiras. Impecable ejercicio fílmico con un gran final que configura una película sobresaliente tan tierna como fresca, tan incisiva como sutil.

Y caminito hasta la furgoneta, caminazo hasta Hontalbilla, cuartel general de mi madre y mío durante nuestras visitas a la Seminci, cuatro horitas de sueño y de regreso a Valladolid para otras cuatro películas con la esperanza de que el horario de invierno, esta vez jugaría a nuestro favor a la hora de retrasar el reloj a la vuelta de nuestras excursiones cinéfilas.

Empezamos la última jornada del festival el sábado 28 de Octubre para ver una de esas películas que uno elige porque no le quedan más opciones y que acaban siendo grandes y agradables sorpresas. Y para ello, fuimos a los cines Broadway a ver “Baden Baden” de Rachel Lang, ubicada en la sección Supernovas, que pone de relieve que las mujeres en el cine son legión y que sus ideas están llenas de conceptos nuevos e innovadores de los que tal vez no, sino seguramente, deberían tomar buena nota sus colegas masculinos. Baden-Baden-3-e1462283925518Esta obra franco-belga habla de las dificultades de la juventud actual para encontrar su lugar en el mundo y la protagonista es una chica de veintiséis años que tras desempeñar un fugaz papel en la intendencia del rodaje de una película, decide posponer la entrega del coche de máxima categoría con el cual llevaba al set a la estrella principal, para ir a visitar a su abuela y pasar unos días con ella mientras trata de aclarar sus ideas. En ese intervalo, reanuda relaciones físicas postergadas y afronta la reforma del baño para que su abuela pueda ducharse a la vuelta de su inesperada visita al hospital y para ello cuenta con la ayuda de un empleado de la gran superficie en dónde decide comprar los materiales, que anda tan perdido como ella pese a que es evidente que es bastante más mayor. El caluroso verano transcurre entre escombros y visitas al hospital, mientras su horizonte se va estrechando cada día más en una ventana que da a una pared con vistas a ningún sitio a pesar de que cada día abre más los ojos para tratar de comprender lo que se le viene encima.

Muy buena película dramática con toques humorísticos sutiles sobre la impericia evidente de los seres humanos para escapar a su condición de entes atados a sus obligaciones morales, familiares y contractuales, que saben que por mucho que naden, morirán en la orilla desnudos y extenuados.

No había nada hasta después de comer y eso suele ponerme de muy mala hostia, por lo que lo compensamos yendo de compras y gastando el equivalente a otros dos días en la Seminci, pero como se acababa ese día, pues tampoco pasaba nada. A la vuelta ya pagaría las consecuencias, que para eso se inventaron los créditos y la usura desmedida.

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Después de comer y en pleno receso digestivo, acudimos al Teatro Zorrilla a otra toma de contacto con la sección Punto de Encuentro y a otro coloquio, con la responsable del largometraje que veríamos después del corto llamado “British by the Grace of God”, (Británico por la gracia de Dios), dirigido por Sean Dunn bajo bandera americana, ambientada en un suburbio escocés en la época reciente de los primeros pasos del Brexit, para contar una historia dura de final apocalíptico sobre lo que determina tratar de abrirse paso en una sociedad moderna que machaca sistemáticamente a sus miembros más desfavorecidos que han de buscar vías de escape dónde sea con el fin de tener el valor de seguir viviendo. Lo que ocurre, es que no todos lo consiguen.Stebuklas-punto-encuentro-seminci-valladolid-1-696x521

Después de este aperitivo descorazonador que nos quitó el sueño a hachazos metafóricos, la película producida entre Lituania, Bulgaria y Reino Unido llamada “Stebuklas” (Milagro) y dirigida por Eglé Vertelyté que mostró una incontinencia verbal en un coloquio sin desperdicio que se prolongó durante media hora larga y que arrojó algunas sombras sobre una historia muy del este ambientada poco después de la caída del muro de Berlín, que significó la muerte del comunismo y la irrupción del capitalismo más salvaje que condicionó a toda una generación que vivió de la noche a la mañana una serie de transformaciones brutales que re configuró los mapas y los corazones de gente que estaba tan acostumbrada a los cielos nublados, que el sol les cegaba y les quemaba a partes iguales. Durante los últimos años del extinto y obsoleto comunismo, las granjas de cerdos, otrora centros de alto rendimiento que salvaban la economía de poblaciones enteras, estaban de capa caída sin que los responsables encontraran la manera de continuar con la actividad ni de pagar a sus trabajadores y en ese marco, una granja determinada, recibe la visita de un capitalista americano con supuestas raíces lituanas que llega cual ángel salvador, cual milagro reencarnado, para reflotar un negocio ruinoso, sólo, en apariencia, por restaurar un pasado que añoraba desde su lejana tierra de adopción. Este tipo que nos recuerda inevitablemente al presidente actual de los EE.UU, por su actitud y por otras cosas, levanta el ánimo de todo el pueblo y en especial de la directora de la granja que ve en ese apoderado, la manera de acabar con un matrimonio de mierda. Pero no es oro todo lo que reluce y por mucho que se limpie una cochiquera, sigue oliendo a mierda y al final se caen las caretas y se ven las verdaderas intenciones.

Se trata de una buena película, deudora de una época convulsa que lo cambió todo y sin la cual no puede entenderse la actual, que funciona de manera autónoma, pero que se ve demasiado condicionada por un giro de guión, que es forzado pero imprescindible para justificar el resto de la narración.

Imprescindible también el coloquio posterior y la aclaración anterior de la directora, que delató el carácter parcialmente biográfico de su trabajo y nos contó cómo fue necesario comprar unos terrenos con granja incluida para demolerlos en aras de la producción de la película, lo cual se llevó la mayor parte de los dineros que tenían para acometerla.

De regreso tras un piscolabis al Zorrilla, sede evidente de nuestro periplo este año por la Seminci, para ver una película mexicana llamada “Ayúdame a pasar la noche” que competía en la sección de Punto de Encuentro y poco más hizo, porque competir contra lo que habíamos visto con semejante trabajo, era hacerlo, desde luego, en inferioridad de condiciones. Esta obra de la que yo doy una opinión subjetiva que no tiene porqué coincidir con la de nadie, es una obra menor mal guionizada, con una puesta en escena ridícula, que provoca chanza en sus escenas dramáticas y que está interpretada con el orto que dirían nuestros amigos argentinos.

Ayudame_a_pasar_la_noche-4 Está dirigida por José Ramón Chávez Delgado y es su ópera prima como realizador de una escuela potente de cine como es la de México, que cuenta con ilustres directores actuales y pasados que suelen inundar con gran cine los festivales de medio mundo. No es el caso, pero como primera prueba de toque, es evidente que le queda mucho margen de mejora y es una pena que nada, excepto el final, funcione en esta película que peca de un exceso de pretensiones narrativas y que no puede desligarse de esa manera de hacer cine melodramática que inundó las programaciones de la hora de la siesta allá por la década de los noventa, quedando todavía algunas reminiscencias. Y la historia es buena, pero dan ganar de estrangular a la madre ludópata y de inflar a hostias a ese progenitor que no se sabe si ríe o llora y de dar una patada en los huevos a ese hermano mayor que habla como si estuviera leyendo el guión mientras trata de actuar y sólo nos creemos y no siempre a ese chamo que añora a su madre y trata de entender a su padre, mientras su hermano mayor le parece un extraterrestre con las gónadas inflamadas.

Para mí, película superflua y prescindible, muy alejada del tradicional nivel de la Seminci, pero entre tanta col, tiene que haber una lechuga, dando por hecho que las coles son las buenas.

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Y para terminar, vuelta al Teatro Carrión, ese lugar seguramente de pasado lustroso que aún guarda la esencia de los espacios con alma y que envejece con toda la dignidad que puede, para ver los dos últimos trabajos. El primero un cortometraje surrealista hasta decir basta de animación con estilo musical llamado “Min börda” (La carga). Trabajo sueco de Niki Lindroth Von Bahr que es una distopia ambientada en una roca que flota en el universo y que puede venir a simbolizar nuestras vidas perdidas en la inmensidad de nuestra soledad. Cine siniestro para cerebros complejos que aún así se las verán y se las desearán para entender un mensaje tan encriptado que no lo resolvería ni el bueno de Alan Turing.

Y para terminar, esta vez sí que sí, en Punto de Encuentro la película polaca de Joanna Kos- Krauze y Krzysztof Krauze. La obra llamada “Ptaki spiewaja w Kigali” (Los pájaros cantan en Kigali), es un trabajo denso y duro marcado desde el inicio por la muerte de la parte masculina de este tándem cinematográfico polaco, que obligó a la directora a dirigirlo en solitario con el trauma y el drama añadido de una pérdida tan importante. Y eso probablemente impregna la película de un ambiente sombrío que se apodera del espectador desde el primer fotograma. Ignoro cómo habría sido este trabajo con la aportación de la otra parte contratante, pero la historia ya de por sí rezuma dramatismo porque está ambientada en Ruanda en 1994, durante el genocidio que dejó un millón de muertos y que enfrentó a la mayoría Hutu con la minoría Tutsi. La historia se centra en una ornitóloga polaca que trabaja con una celebridad en ese tema en África y cómo ha de salir por patas, eso sí violada y machacada, con la hija de su mentor, una vez éste ha sido pasado por la piedra de la peor manera posible.ptaki_spiewaja_w_kigali-600x288

Ya a salvo en Polonia, las dos deben de arrastrar sus heridas y las consecuencias, estableciéndose entre ambas una relación de amor odio de aquellos que no son capaces de superar ciertos sucesos epifánicos porque los seres humanos convencionales, es decir, aquellos que tenemos corazón y sentimientos, no estamos genéticamente preparados para asumir cargar de ese nivel. Tras un periodo terrible en Polonia, porque sus cabezas siguen estando en el continente más denostado desde que el mundo es mundo, y tras recibir una carta que abre una vía de esperanza a la chica desterrada por obligación, deciden volver a la tierra quemada para tratar de encontrar las piezas de un puzzle que voló por los aires con el primer bombazo. Estas mujeres mutiladas emocionalmente y condenadas a entenderse aunque en el fondo no quieren porque se recuerdan a sí mismas lo que desearían olvidar, se encuentran a su regreso con que los que estaban sometidos ahora son sometedores y que en el fondo nada ha cambiado.

Retrato terrible de una época sangrante de la historia reciente que deja interrogantes a voluntad de la directora y que propone al espectador  un viaje a los infiernos con billete de ida y vuelta. Durísima reflexión de un tipo de cine que te agarra los huevos y te voltea y te deja con la sensación de que te ha pasado un tren por encima.

En cualquier caso, lección de cine potente y sin horma que viene a decir desde la misma concepción de su título, que los muertos duelen a todos independientemente del bando al que pertenezcan.

Eso y que no tenemos solución.

Y después de este repaso emocional que nos dejó hechos polvo, de vuelta a casa y con la frustración de que al día siguiente no nos iba a ser posible regresar a ver por lo menos una de las películas ganadoras en la maratón ya tradicional que cada año se celebra, a la finalización del festival, en el Teatro Carrión, porque la también tradicional y necesaria carrera contra el cáncer de mama que se celebra en Valladolid, impide e imposibilita el acceso a la ciudad desde fuera de sus fronteras.

Todo sea por una buena causa.

Y como nos quedamos con ganas de más, a nuestro regreso a Madrid fuimos a la sesión matinal de los cines de Manoteras a ver una película que se nos escapó viva en Donosti.

Se llamaba “El secreto de Marrowbone” y la firmaba Sergio G. Sánchez, el guionista habitual de J.A Bayona, película muy bien promocionada con espectaculares críticas de esas que se ponen en la periferia de los carteles y que a mí me pareció un refrito infumable, pero eso sí, bastante bien hecho, de otras tantas de temáticas similares.

Sobre valorada hasta decir basta y no diré más porque como dijo Michael Ende, esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

Así pues, hasta luego Seminci. El año que viene esperamos volver y finalizar nuestra sesión de cine donde corresponde. Es decir, cómodamente instalados en un par de butacas del Teatro Carrión.

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