“Secuestro” de Mar Targarona o Platycerium alcicorne (Helecho epífito)

Si nos atenemos a la filmografía de Mar Targarona, veremos que hay un cierto gusto por el cine negro con todo lo que ello supone y las ramificaciones que ello puede suponer. Ramificaciones como las del Platycerium alcicorne, planta epífita originaria de Madagascar que elige caprichosos caminos a la hora de emitir hojas y en la forma de las mismas, utilizando otro soporte vegetal pero sin parasitarlo.secuestro cartel

En este caso, el  título de la película ya es un spoiler en sí mismo, lo único es que el punto de partida, se supone que es el final del secuestro de un niño, pero lo que se trata de dilucidar es porqué se ha producido, quién lo ha organizado y porqué el niño ha salido del encierro por sus propios medios, contando sólo diez años y una manifiesta incapacidad para relacionarse con nadie que no sea su propia madre o la chica que le cuida cuando esta está trabajando, que suele ser la mayor parte del tiempo.

Como en la película de Thomas Vinterberg, “La caza” de 2012, algo dicho por un niño desencadena una serie de acontecimientos que como fichas de dominó, van cayendo arrasando todo a su paso y creando un efecto avalancha que arrostra consecuencias para todos los que están en el radio de acción del cataclismo.

Mar Targarona presenta una sociedad muy actual en la cual los chungos campan a sus anchas porque están protegidos y auspiciados por los poderes fácticos, que como no cobran lo suficiente como garantes del confort del ciudadano, necesitan ganarse unos dineros extras que se lo suministran aquellos que con actividades ilícitas sostienen la economía sumergida de este país en permanente crisis de identidad y de valores.Platycerium-bifurcatum

Curiosamente, sólo los policías que tratan de resolver el caso actúan con una cierta coherencia haciendo lo que se espera de ellos pero no consiguen gran cosa porque siempre van varios pasos por detrás por aquello de que nadie dice la verdad, les ocultan información, se protegen unos a otros en base a un código deontológico que obedece a leyes propias no necesariamente escritas y otra serie de trabas que dificultan y empantanan su labor.

Detrás del secuestro del niño se encuentran otras razones que se destapan pronto y que otorgan a la película una credibilidad que se va escapando entre los dedos a medida que la trama se complica. Nadie es quién parece ser en realidad y todos tienen cosas que ocultar. Hay gente libre caminando entre nosotros, que debería estar encerrada pero que salen a la calle porque pueden pagarse abogados, comprar jueces, sobornar a funcionarios del estado para que eliminen pruebas, tergiversar datos y, como son muy listos, guardan cosas en lugares seguros para poder utilizarlas como armas arrojadizas cuando vengan mal dadas.

Y luego está el rencor, esa hoguera que nunca se apaga y que quién más y quién menos alimenta cada día. A todos nos han puteado en mayor o menor medida. Todos hemos sufrido el desagravio de la traición, el abandono, la invalidez emocional que agarrota tanto o más que la física. Por aquello de que las cosas de este tipo suelen funcionar en las dos direcciones, todos nos hemos convertido también en infligidores de ese tipo de daños, sólo que las cosas no se ven de igual modo cuando eres el sujeto activo que cuando te conviertes en pasivo y receptor de lo que sea que la gente te pueda hacer. Es el rencor humano lo que derrite los glaciares y provoca el efecto invernadero, mucho más incluso que las emisiones de gases. Somos nosotros los que agrandamos el tamaño del agujero de la capa de ozono porque somos incapaces de llevarnos bien y aparcar conflictos porque nos va la marcha, coño. No hay otra explicación.

En este caso, una licenciada en derecho en lo más alto del escalafón, es decir, una juez con fama y aspectos implacables que devora todo aquello que no está a su gusto, ve su vida volteada cuando se entera del secuestro de su hijo. En base a ello y debido a que considera que la policía no funciona con la presteza y rapidez que requiere la situación, tira de archivo para poner las cosas en su sitio con la seguridad de quién no está acostumbrada a perder, ya que esa palabra no figura en su diccionario personal.

A partir de ahí y tras descubrirse la verdad que esconde el secuestro del niño, la película se encamina hacia su desenlace complicando en exceso una trama llevada por los pelos hasta el punto de que la cuerda acaba por romperse mucho antes de que haya llegado a su punto máximo de tensión. Persecuciones descafeinadas, montajes para despistar al personal, peleas de perros, terceras y cuartas implicaciones, ramificaciones de corrupción impune y detrás de todo esto, unos policías que quedan todo el rato como gilipollas pardillos que no acaban de coger la zanahoria porque no se han dado cuenta de que la llevan sujeta a la frente y que va tan deprisa como puedan ir ellos. Es el mismo concepto de la liebre mecánica que les colocan a los galgos en las carreras, pero supuestamente los polis tienen un cerebro más evolucionado. Hacer el bien o por lo menos intentarlo, embrutece, mientras que lo contrario agudiza los sentidos y te predispone a ser candidato a una vida mejor a poco que des con las teclas adecuadas.

No puedo contar más sin destrozar la película, si es que no lo he hecho ya. Varias moralejas pueden intuirse a lo largo del guión y pueden expresarse tirando de refranero. Quién la hace la paga. No es oro todo lo que reluce. Arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Ojo por ojo y diente por diente. No todo el monte es orégano o, parafraseando al rey midas pero a la inversa, todo lo que toco se convierte en mierda, pero alguna vez, aunque sea por cuestiones meramente estadísticas, me tiene que tocar ganar.

Y el pobre niño que es la excusa para montar esta película y al que abandonan literalmente durante gran parte del metraje para que los mayores se despedacen entre ellos y que sólo vuelve a aparecer al final luciendo la misma cara de desconcierto genuino que es la que debió de quedársele cuando le explicaron lo que tenía que hacer.

Con respecto a la directora, buena gestión de los recursos y de los resortes del género pero sin lucir, porque todo obedece a un guión complejo pero con lagunas narrativas que no sólo lo lastran sino que lo empequeñecen. Los giros de guión, sobre todo en la parte final son buenos y efectistas, pero ya el tornillo está pasado de rosca y no cumple su función.

Con respecto a los actores, todos ellos resultan creíbles porque aparte de que son buenos,  parecen estar tan desconcertados como el niño y los espectadores, pero cumplen porque saben, sabemos, que por mucho que les tengan de un lado para otro, llegará un momento en que aparezcan los títulos de crédito y puedan empezar a aprenderse otro papel.

Con respecto a los distribuidores, utilizan el manido recurso publicitario, oriundo de los Estados Unidos de América, de promocionar la película mencionando anteriores trabajos multi premiados  de los productores como reclamo. A mí ya me empieza a cansar y esta costumbre va a acabar por provocar un efecto rebote.

Buen guiño al comienzo de la película hacia   “La caja 507” de Enrique Urbizu del año 2002, cuya trama también abordaba la corrupción y los tejemanejes, en este caso del boom inmobiliario y la especulación y que tenía su génesis en un suceso dramático que le ocurría a una víctima inocente ajena a todo ello.

Pero que más hubieran querido los responsables de esta película que les hubiese quedado como la arriba mencionada, que supuso un antes y un después en el cine de género negro español y de cuyas fuentes han tratado de beber, con desigual resultado, muchos otros cineastas. Este trabajo, como el Platycerium, utiliza el soporte cinematográfico de la gran obra de Urbizu para crecer y expandirse, pero no llega a lograrlo.

No es necesario complicar tanto las cosas. Muchas veces el camino más corto es también el mejor.

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