“Rumbos” de Manuela Burló Moreno o Evonimus alatus (Bonetero alado)

Manuela Burló Moreno se hizo un hueco en la industria del cine realizando cortometrajes multipremiados, algún videoclip y una película de encargo titulada “Cómo sobrevivir a una despedida” (2015). Era una cuestión de tiempo (poco), que se lanzara al ruedo con una película de guión propio y lo ha hecho conservando sus señas de identidad. Las localizaciones son secundarias. Lo importante son los personajes y lo que dicen. Por eso todos sus trabajos están repletos de diálogos que pueden volver loco a los que confeccionan los subtítulos y a los que tienen que leerlos porque sólo saben su idioma natal y gracias. (Ese es mi caso).  Pero yo soy español, la película me llega directamente a los oídos sin intermediarios caníbales y puedo disfrutar de ello sin alteraciones en la concepción original como muy bien expuso Sofía Coppola en su ópera prima “Lost in Traslation” (2003).

Hace falta mucho valor y tener muy claras las cosas para rumboscartelrealizar una película de este tipo en un país como el nuestro, de pocas palabras o de muchas y mal dichas y sin ningún sentido la mayor parte de las veces. Supongo que este es un mal generalizado, pero yo vivo aquí y me importa una mierda lo que pase en Canadá, Perú o en la Patagonia.

No es original ni mucho menos. Robert Altman ya lo hizo con su fantástica “Vidas cruzadas” en 1993, basándose en los relatos del gran Raymond Carver. Tarantino reinventó la fórmula un año después  dándole tres vueltas de tuerca en “Pulp fiction”, Iñárritu y Arriaga lo convirtieron en costumbre en “Amores perros” (2000), “21 gramos” (2003) y “Babel” (2006) y Paul Haggis puso el listón altísimo con su pedazo de película “Crash” en 2004.

Esta película mosaico bebe descaradamente de las fuentes de “Vidas cruzadas” y de “Crash” y lo hace sin ningún tipo de complejo, declarando desde el primer fotograma que vas a tener que abrir los oídos si es que quieres empaparte de la historia. Y te interesas por los personajes porque, me cago en la puta, se parecen muchísimo a ti, a tu hermana, a tu madre, al vecino de enfrente y al pescadero de tu barrio, que es mayorista y limpia pescado como todos los pescaderos y el que diga lo contrario miente como un bellaco. Hay que mancharse de barro para vivir y a veces las manchas no salen y tienes que salir a la calle con la camisa llena de lamparones y aprender a vivir con ellos e incluso a veces sonreír con una mueca forzada para que los demás no sepan que nos estamos viniendo abajo.

Son historias creíbles aunque los diálogos no mantengan la frescura durante todo el metraje. Nos identificamos con lo que ocurre en la pantalla porque lo hemos vivido en primera o tercera persona y somos testigos de una obra de encaje de bolillos que se encamina hacia su final de la mano de hilos conductores magníficamente usados para articular la trama (el ramo de novia, el chicle, de menta para más señas, etc), en una suerte de vidas cruzadas que transitan por las mismas calles  en las cuáles podemos evolucionar, sufrir, colisionar y, ¿porqué no?, ver la luz al final de túnel.

La película se sirve constantemente de planos aéreos que reflejan una Barcelona injustificadamente vacía a pesar de las horas intempestivas en las que se supone que está rodada, imitando tal vez, pero con otras intenciones, el comienzo de “Abre los ojos” de Amenábar (1999), pero aquello obedecía a un sueño y no a una realidad. El montaje está salpicado de planos de miradas a través de los espejos retrovisores y de los parabrisas de los vehículos, que nos devuelven nuestra mirada alucinada a través de la pátina del desconcierto. Todo ello aderezado con la empalagosa voz de Julia Otero que es otra conductora, pero de un programa de radio que une mediante las ondas a gran parte de los protagonistas. Las carreteras, los cruces de caminos, las intersecciones, actúan como hipérboles  de las vidas de los protagonistas que deambulan por los caminos de su propia existencia confiando en que sepan escoger la salida idónea para reconducir sus vidas.

Y quedan claras muchas cosas, que los humanos no sabemos muchas veces lo que queremos, que si lo sabemos, no somos capaces de dar los pasos adecuados para conseguirlo, que siempre es mejor lo que tienen los demás y que una vez que tienes lo que quieres, ya no le das el mismo valor. En otras palabras, que somos todos una panda de gilipollas que vamos dando bandazos en pos de no sé qué coño y que para qué, porqué y, ¿realmente vale la pena?. Y en el camino nos despedazamos a nosotros mismos y a los demás con la parsimonia y la saña de una hiena que no puede actuar de otra manera porque el mundo la ha hecho así. Pero nosotros sí podríamos hacer las cosas mejor, pero es que no nos da la gana.

La directora ya lo dice bien claro en una de sus entrevistas que en cierto modo resume la película. No hay soledad peor que la que se siente estando acompañado. Y lo suscribo porque es una de las verdades universales, demostrable, incuestionable y muy, muy frecuente.

La película acaba con un halo de esperanza que abre puertas y cierra definitivamente otras y que pretende ser condescendiente con lo que somos a pesar de que a ciertas alturas de la vida ya sabemos que seguiremos cometiendo los mismos errores porque ni tenemos solución nieuonymus alatus queremos buscarla.

Caminamos en círculos buscando nuestra siguiente colisión en la que sólo pueden pasar dos cosas: que nos matemos o que modifiquemos  nuestra trayectoria y que eso nos conduzca, aunque sólo sea transitoriamente, a un remedo de felicidad. Como con los coches de choque a los que hacen alusión los jóvenes protagonistas de una de las historias.

En cierto modo, las ramas del evonimus alatus son como las carreteras de nuestras vidas, por las que transitamos como pulgones buscando algo que llevarnos a la boca, confiando en que no nos fumiguen ni nos saquen de nuestras caleidoscópicas trayectorias, confiando en mantener la trazada. La hojas verdes de esta planta que se transmutan del verde al rojo con la llegada de los primeros fríos, son como las luces de los semáforos que regulan las intersecciones en las cuáles muchos nos quedamos parados sin tener ni puta idea acerca de cuál va a ser nuestro siguiente paso.

 

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