“Reparar a los vivos” de Katell Quillévéré o Philomachus pugnax (Combatiente)

El combatiente es un ave zancuda con hábitos limícolas o un ave limícola con patas de zancuda, lo cual tampoco es decir mucho, ya que todos los limícolas tienen unas patas largas que les permiten alzarse por encima del agua o del fango en dónde se mueven tratando de buscar alimento con sus picos generalmente largos y adaptados para esa función.combatiente

Los machos son mucho más grandes que las hembras y en la época en la que toca emparejarse, lucen llamativos penachos de plumas en la cabeza que les valen para llamar la atención de las hembras durante el cortejo y por eso en la primavera, coincidiendo en ocasiones con la migración, los machos se reúnen para llevar a cabo interminables coreografías de luchas fingidas llamadas “leks” y que debe de ser en versión ave, como esas luchas que protagonizan unos tipos de aspecto extravagante que se dan de hostias y se lanzan unos sobre otros sin que al parecer su físico sufra un sólo arañazo, aunque creo que en versión humana, el cortejo queda excluido por contrato.

Son aves que suelen vivir en depresiones y entre vegetación, en pantanos y humedales, alimentándose de invertebrados y de materia vegetal. Están considerados como en peligro de extinción en Finlandia, dónde viven un cuarto de la población de la Unión Europea.

Es una ave cuyo plumaje varía bastante dependiendo de la edad del individuo y de la época del año, pero suele tener el dorso muy manchado, lo cual le confiere un eficaz mimetismo en los parajes dónde reside.

Tiene un patrón de vuelo flojo y agitado que parece improvisado y es una ave muy silenciosa que emite sonidos de baja intensidad, como baja es la intensidad vital tanto de los que están en estado de muerte cerebral a los que mantienen con vida para extraerles un órgano si son o pueden llegar a ser donantes, como los que lo aguardan en estado de permanente vigilia y ansiedad en una lucha contra el reloj que como casi todo, tiene dos caras.

El gran Sabina ya escribió en una de sus canciones que la muerte y la suerte son la misma palabra con una letra cambiada y cuando alguien gana, por pelotas, alguien debe de perder. Cada palabra tiene su antónimo y no se puede estar arriba y abajo al mismo tiempo.

Para que alguien enfermo y necesitado de un órgano para seguir viviendo aspire a seguir teniendo el don de la vida, es impepinable que alguien la espiche para que el órgano en cuestión, una vez comprobadas las compatibilidades, pueda ser transferido de un cuerpo a otro y lo que es sinónimo de tragedia irreparable para unos es una puerta a la esperanza para los otros. Eso es así y no puede ser de otra manera.2016-reparar-a-los-vivos

Lo que experimente el trasplantado una vez se realice con éxito la operación y se compruebe la eficacia del nuevo órgano en el nuevo cuerpo, eso es algo que sólo puede saber el que lo tiene y, a parte de las secuelas físicas, es evidente que también hay otro tipo de cuestiones morales, metafísicas, filosóficas y de índoles semejantes, sobre las que se lleva debatiendo desde que este tipo de operaciones dejaron de ser una quimera para convertirse en una realidad que ha convertido a España en el país mundial con más trasplantes de órganos desde hace ya bastantes años y que el año pasado dejó la marca en casi dos mil donantes y cerca de cinco mil trasplantes ejecutados.

Y esta película de esta joven directora francesa nacida en Costa de Marfil en 1980, habla de lo que experimentan unos y otros, esos dos bandos tan diferentes, cuando unos tienen que decidir sobre la marcha sobre lo que hacen con un adolescente en estado de muerte cerebral irreversible, pero con lo demás en su sitio y funcionando y los que aguardan con la espada de Damocles afilada sobre sus cabezas mientras esperan a que el teléfono suene para citarles de nuevo con la vida más o menos tal y cómo la entendían antes de enfermar.

Y esta mujer cuya filmografía se decanta siempre por personajes femeninos fuertes y con problemas, aborda su nuevo trabajo con la precisión de uno de esos cirujanos que mueven órganos de cuerpo a cuerpo como quién mete calcetines doblados en un cajón, con la delicadeza de una mariposa moviendo las alas y con la frialdad de un documental descriptivo cuyo narrador omnisciente ni siente ni padece ante lo que narra, sino que se limita a enunciar hechos probados ante una nutrida audiencia.

Y el resultado es una película absorbente e intensa que se desplaza con la naturalidad con la que las olas lamen la arena de las orillas y la muerte sucede a la vida. A nivel técnico, destacar sus maravillosas transiciones y la poesía que vive en cada uno de sus planos, mientras la tragedia golpea a una familia que ve cómo la vida de su hijo adolescente se apaga por un accidente de tráfico, al tiempo que una mujer madura necesita de un trasplante urgente para seguir viviendo, que a su vez tiene también sus conflictos con dos de sus hijos, que abordan de manera muy diferente el mismo problema.

La directora nos presenta una serie de traumas y situaciones que  tienen lugar de manera simultánea en torno y alrededor de esa habitación de hospital en la cual se mantiene en estado de vida latente y conectado a máquinas al malogrado chaval y en la periferia de esa mujer enferma que a esas alturas de su vida y de su enfermedad ya le cuesta trabajo discernir entre lo necesario, lo correcto y lo accesorio.

Desde el médico que sabe de la necesidad de actuar rápido en esas situaciones, hasta la enfermera que lava el cuerpo vivo del chico muerto, pasando por la pareja divorciada que vuelve a unir sus lazos en la desgracia y la pareja de hermanos que cual Caín y Abel contemporáneos libran sus batallas filiales con más pereza y costumbre que entusiasmo real, tienen sus motivos para hacer lo que hacen y decir lo que dicen porque no se trata de imponer criterios ni voluntades, sino de convertir un pasaje vital y decisivo en otro paso más para tratar de concluir con éxito la carrera de la vida o llegar por lo menos hasta el siguiente punto de avituallamiento.

Y entre medias de todo esto, intercalados los procesos médicos y burocráticos que ponen en marcha la maquinaria y que convierte a los responsables de tomar ciertas decisiones, en pequeños dioses que tienen la compleja tarea de decidir quién vive y quién muere o quién debe de esperar aunque no le quede tiempo siquiera para pensarlo.

Y yo no quiero ni pensar lo que tiene que ser estar dentro de las cabezas de esos profesionales que con cada nueva posibilidad de un trasplante, deben de evaluar sobre la marcha y en base a unos patrones y unos expedientes e informes médicos, toda una serie de parámetros que arrojaran un único nombre que será el ganador o la ganadora del Euromillones de ese día, aunque después el boleto acabe ilegible y arrugado en el interior de una lavadora sin posibilidad de disfrutar del premio y que dejará a los demás en un limbo de espera sin plazo al que agarrarse.

Y luego están esos médicos que son también padres, esposas, hijos y allegados y que deben de estar siempre pendientes de ese teléfono que les convocará a la hora que sea y en el hospital que toque para llevar a cabo el ritual de la resurrección  y que deberán presentarse en el lugar indicado en perfecto estado físico y psíquico para ejecutar el milagro. Gente sin vida y sin planes a largo plazo como los de la gente que sanan. De nuevo dos partes de una misma moneda, tan diferentes y tan indivisibles.

Sin olvidarnos de todo ese despliegue de medios desde la persona que toma la decisión, hasta la que organiza todo, teléfonos, ambulancias, carreteras despejadas y una nevera para mantener el órgano sustituto en perfectas condiciones hasta su nueva implantación.

Dichosos somos aquellos que tenemos un trabajo cuyas resoluciones, en la mayoría de los casos, pueden posponerse hasta un momento de mayor lucidez, con tiempo para pensar y tomar la mejor de las decisiones, sin que el peso de un posible error nos taladre el subconsciente.

Y en esta película todo vive en armonía y junto pero no revuelto y todo cuadra y encaja y acongoja, emociona e interesa a partes iguales y no queremos mirar pero no hay forma de evitarlo.

Todos viajamos en ese barco que se puede ir a pique por un volantazo, unos párpados que se cierran a destiempo, una curva mal trazada, una escalón mal calculado o un paso atrás sin tierra firme que nos sostenga y si nosotros no hemos tomado la decisión en vida y las circunstancias son propicias para ello, deberán de ser los demás los que la tomen por nosotros, con el agravante de que el que se va, ya no volverá a tener pesadillas, ni vivir con una carga adicional, porque hasta dónde sabemos los que no tenemos fe, ahí se acaba todo y como bien reza el título de la película, hay que reparar a los vivos porque a los muertos no hay quién los repare.

En “Deuda de sangre” (2002), Clint Eastwood en doble papel de director y actor, ya abordaba desde un punto de vista más ficcionado y sobre todo más dramatizado, el hecho de que un hombre recibiera el corazón de una mujer víctima de un asesinato y para rizar el rizo, la hermana de la asesinada, se enrollaba con el que tenía el corazón de su hermana, pero a parte de las posibles virtudes o defectos de la película, los órganos por regla  general no tienen conciencia y tanto les da estar en un cuerpo que en otro siempre y cuando las conexiones al resto de la máquina se hagan correctamente para que puedan seguir cumpliendo la función por la que fueron diseñados.

Y curiosamente, tanto en la vida como en la muerte, por lo menos en los momentos clave, todos tratamos de lucir nuestras mejores galas como los combatientes para tratar de cortejar a esa vida que se nos escapa entre los dedos y en la que no solemos reparar hasta que chocamos contra el muro.

Y combatientes somos todos, pero unos luchan con más denuedo que otros por carácter, por que le va más en el envite o por la pura y simple fuerza de la costumbre, como eses seres humanos que pueden vivir décadas conectados a máquinas y que son sólo trozos de carne sin autonomía ni vida alrededor de los cuáles orbitan como gallinas sin cabeza los sufrientes familiares que les sobreviven y que aguardan un milagro que saben que no llegará.

Mi padre solía decir que más vale una pena muerta que una pena viva, pero cuando te tocan a ti las cartas malas y no hay posibilidad de coger otras, las cosas se ven de diferente manera.

Cine duro, poético y descarnado. Cine contenido, bello y sangrante. Cine de manual de anatomía, de manual de cineasta. Cine vital. Cine a corazón abierto y sin anestesia ni hilo para suturar después.

Salta a la legua que Katell Quillévéré gusta de llamar a las cosas por su nombre y que sabe que los sucedáneos son una mierda, un artificio inventado por quién no pudo conseguir algo mejor y que cualquier cosa que nos gusta sabría mejor o por lo menos lo saborearíamos más, si supiéramos que esa será la última vez que lo disfrutemos y que más vale salir a jugar aunque sea el tiempo de descuento que estar todo el partido en el banquillo.

Seamos combatientes pues y despleguemos nuestros encantos sin hacer ruido, mimeticémonos con el entorno y cuando nos llegue la hora, ójala más tarde que pronto, dejemos espacio para los que vengan. Que nuestro disfrute de hoy sea el disfrute de mañana de los que nos releven.

Y que nos recuerden, que llegados a un punto, es la única manera de seguir vivos.

Y a otra cosa mariposa.

 

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