“Regreso a Montauk” o Hirundo rustica (Golondrina común)

La golondrina común es por antonomasia la reina de las aves migratorias en cuanto a que la literatura popular la ha utilizado como muestra para ilustrar ese hábito tan molesto pero a la vez tan necesario de abandonar un lugar temporalmente para instalarse en otro con la misma premisa hasta que las condiciones permitan un nuevo regreso en un bucle interminable que seguirá repitiéndose mientras el planeta y las criaturas que lo habitan, sigan aguantando o hasta que al coreano ese o a alguno de sus homólogos les dé por cargar un poco más las tintas.golondrina-comun2

Está muy asociada a ámbitos urbanos y su silueta es muy reconocible sobre todo en vuelo por su cola ahorquillada. Tiene un vuelo ágil y rápido y es capaz de dar de comer a sus polluelos en el aire y de ejecutar pasadas a toda velocidad cerca de las superficies de agua. Construyen su nido en forma de taza abierta en vigas salientes, cobertizos y graneros, al que regresan cada año si las circunstancias lo permiten y siempre han sido bien toleradas por los humanos porque su dieta insectívora garantiza la exterminación de diminutos y molestos seres alados.

Tienen la costumbre de alinearse en los cables antes de sus migraciones como si esperaran al autobús y la emprenden con la misma alegría con que los padres llevan a sus hijos a los campamentos de verano y la misma resignación con la que asisten a su regreso.

La longitud de la cola, parece ser determinante a la hora de que las hembras elijan pareja porque se cree  que ese rasgo distintivo es sinónimo de eficacia reproductora  y puestos a elegir pareja, mejor emparentarse con alguien que garantiza la propagación de la especie.

Y como hay golondrinas en todas las partes del mundo, cada una con su nombre y apellido y aunque cada una tenga sus propios atributos diferenciativos, supongo que tanto unas como otras regresan a sus cuarteles de invierno antes de volverse a retirar al opuesto y un porcentaje de ellas regresará también a Montauk, como regresan los protagonistas de esta cinta.regreso a montauk cartel

Montauk es poco más que una aldea que está ubicada en el condado de Suffolk en el estado de Nueva York y que en el año 2000 tenía un censo cercano a los cuatro mil habitantes y una densidad de población de 85 habitantes por kilómetro cuadrado a repartirse entre una superficie total de casi cincuenta y dos  y en la cual por aquel entonces algo más del diez por ciento de la población estaba por debajo del umbral de la pobreza, permaneciendo el resto con una renta per cápita bastante inferior a la del resto del país.

En otras palabras, debe de ser un precioso lugar en el cual morirse de asco entre espectaculares amaneceres y atardeceres, rodeados de unos paisajes tan inhóspitos como atrayentes para ciertos tipos de turismo que van en busca de pesca, avistamiento de focas y actividades acuáticas varias. Es decir, el clásico lugar que en invierno está vacío porque hace un frío de pelotas y que en verano multiplica la población exponencialmente y que tras ese periodo benigno, vuelve a sumirse en el olvido.

Casi dos décadas después del censo anunciado, las cifras no se han movido mucho aunque hayan disminuido ligeramente, lo cual viene a demostrar que es muy difícil moverse de esos lugares cuando se ha nacido allí y que los que se mueven suelen hacerlo a ese otro barrio del que nadie que se sepa, salvo tal vez el inefable Lázaro, ha regresado todavía.

Y esta película del director responsable de la obra teatral adaptada al cine “Diplomacia” (2014), se mete en una historia de amor al uso con triángulo amoroso porque es la figura geométrica preferida de este tipo de sentimiento tan ambiguo y difícil de describir porque asegura conflictos a tutiplén y es de lo que se trata, sobre todo cuando se quiere contar una historia.

El amor es algo que sólo interesa a sus protagonistas, ya sean titulares o reservas, beneficiados o damnificados y dura lo que dura que, como no es una ciencia exacta,  puede ir desde un suspiro hasta toda una vida. Según los que estudian estas cosas, todo es un proceso químico que nos nubla la mente, nos ciega la razón y nos hace cometer unas gilipolleces terribles que luego tratamos de justificarnos a nosotros mismos con toda la convicción que nos permita nuestra capacidad de auto engaño.

Y por alguna razón que tampoco alcanzo a comprender, tiene a posteriori más peso que el que tiene durante el tiempo real de juego. Poca gente olvida a su primer amor y tenemos esa puta manía de idealizarlo todo cuando lo hemos perdido, mientras que cuando lo estábamos disfrutando, pasábamos de ello como de comer mierda o desde luego, no lo valorábamos en su justa medida.

Alguien dijo que al lugar en el que has sido feliz, no debieras tratar de volver, que es una forma mucho más poética de decir que segundas partes nunca fueron buenas y a eso yo añado que no hay nada peor que amar a destiempo. El amor no correspondido o que mantiene entre los contendientes una diferencia notable de intensidad, es una cosa muy jodida, especialmente cuando eres el que quiere más y al que por lo tanto, le afectan más los embates de tan frágil embarcación en un mar cabrón y proceloso en cuyo fondo descansan más pecios de los que a  duras penas puede contener, porque el amor acaba siempre de la misma manera ya sea porque se han colgado de otra rama, porque se han sobrepasado los límites de soportabilidad o porque la parca, de manera natural o inducida, se ha llevado por delante a uno de los púgiles.

Y en esta película alemana se habla de eso. De amor pasado y de amor presente porque el futuro siempre es una incógnita que hay gente que trata de despejar mirando a las estrellas o arrojando cartas sobre una mesa en un juego tan azaroso y voluble como nuestra propia existencia. Y el protagonista es un escritor berlinés ciudadano del mundo y de legado reconocible y disfrutable en vida, no como les pasó a alguno de sus compañeros de profesión de décadas pasadas. Y es invitado a Nueva York a hacer unas lecturas de su último libro en el cual de manera autobiográfica menciona sus dos amores y no le duele el alma ni la conciencia de admitir su gran error al dejar escapar en su día a la que consideraba el amor de su vida. Esto no deja de ser más que una confesión post coito, pero resulta curioso lanzar semejantes alegatos, cuando entre el  público está tu mujer actual que te acompaña en cada paso y decisión que das y que tiene que poner cara de póquer cuando debe de escuchar una y otra vez cómo ella es la consecuencia directa de un error de cálculo. Este señor que ha ido a la Gran Manzana a hablar de su libro, es un egoísta recalcitrante que siempre ha estado rodeado de personajes femeninos porque todo él desprende un aura de seguridad y reconocimiento de ejemplar dominante, independientemente de la longitud de su cola,  que arrastra como un estigma voluntario del que ni puede ni quiere desprenderse. Cada paso que da este señor, está previamente allanado por una eficaz y muy joven secretaria negra con la que mantiene una de esas relaciones de ambigüedad en la que cada uno trata de mantener su rol sin que lleguen a tener claro cuál es cuál y con la que él cree tener la confianza necesaria para pedirle lo que crea oportuno y por mediación de un amigo común con el que coincide en un evento, vuelve a tener noticias de ese amor del pasado con el cual compartió experiencias de gran calado en esa Alemania Oriental que estaba separada de su otra parte por un muro y que cuando lograron salir de ella les condujo a la ciudad de los rascacielos en una huida hacia delante.

Entonces, cual alcahueta improvisada, esta secretaria que realmente trabaja para la editorial que le ha publicado el libro y que se debe en igual medida a otros escritores pertenecientes al sello, rompe sus moldes y accede a ayudarle a encontrar a esa mujer que ha rehecho su vida lo mejor que ha podido y que por  supuesto no tenía noticia de que su amor del pasado había regresado cual golondrina. Todo ello ocurre ante la mirada tierna, matizada y comprensiva de su mujer actual que es una de esas mujeres correctas por fuera pero preciosas por dentro por la que cualquier hombre con dos dedos de frente mataría por tenerla a su lado, aunque por supuesto, los detalles se los guardan escritor y secretaria por razones obvias, uno por que le va mucho en el envite y la otra porque ha quedado atrapada en el magnetismo orbital de esa persona acostumbrada a salirse con la suya.

Lo que ocurre es que cuando se abren pozos que han estado sellados mucho tiempo, eso huele a cerrado que tira para atrás y es más que probable que esté infestado de bichos. La mujer que recibe la noticia como un bombazo, es ahora una abogada de lustre y tiene una vida hecha de jirones que ha logrado recomponer lo mejor que ha podido y la llegada del escritor la descoloca y la pone de nuevo emocionalmente a los pies de los caballos, evidenciando que en esa ruptura fue la parte femenina la que se llevó la peor parte.

Finalmente, y de una manera entre casual y causal, deciden regresar a ese lugar que significó el auge y la caída de su imperio amoroso,  a uno de esos lugares que configuran el mapa emocional de nuestra existencia, tal vez en un intento de identificar los pasos errados para no volverlos a cometer y lo que parece un viaje improvisado, amenaza con no serlo tanto y sólo sirve para constatar que volver sobre el mismo camino de baldosas amarillas de nada vale cuando la mirada y la perspectiva lo han cambiado todo.

Esta es una historia tan simple como buena, contada de una manera muy al estilo del norte de Europa, con ese aire de quién tiene todo el día para despejar de nieve a paladas la entrada de su casa y que se da cuenta cuando ya puede salir, que de repente ya no le apetece tanto y cuya moraleja final es que no se puede coger al mismo tiempo el tren para Budapest y el avión para Venecia, aunque creas tener el don de la ubicuidad y la capacidad de alterar la realidad como pretenden hacer los escritores que podrán engañar a sus lectores entre otras cosas porque están predispuestos a  aceptar ese juego.

Y una taza a la que se le ha roto el asa, se puede recomponer, pero no hay manera de volver a juntar los pedazos de un vaso Duralex después del segundo bote.

No hay nada más. Buena planificación, correcta puesta en escena, actuaciones notables y la sensación de que esa historia ya nos la sabemos porque con diferentes localizaciones, ya la hemos vivido en nuestras propias carnes. ¿Quién no llegó tarde alguna vez a un lugar dónde estaba alguien que podría haber modificado el cauce natural de nuestro río?, ¿qué ocurrirá en otros mundos paralelos cuando decidimos abrir la puerta número tres y dejamos cerradas las dos anteriores?, ¿alguien estará viviendo la vida que nos correspondía a nosotros porque elegimos susto en vez de muerte o truco en vez de trato para que nos entiendan en otras latitudes?

Si algo tiene la vida de bueno y de malo es que no podemos dar marcha atrás más que en nuestra cabeza y ese es un lugar dónde el pasado gusta de habitar aunque deberíamos de erradicarlo si queremos aspirar a un mínimo de felicidad.

Lo hecho, hecho está por muy mal que se haya hecho y lo demás son tonterías.

Así que monta en globo, ten un hijo, si lo vas a educar, sino mejor no, planta un árbol y si te alcanza el tiempo, escribe un libro y haz cuentas contigo mismo.

Y si tergiversas los hechos, no se lo des a leer a alguien que te conozca y te pueda desmontar el chiringuito.

Y si apuestas y pierdes, jódete y baila.

Y si se te acaba la pasta y el crédito, vuelve a casa.

Y si no tienes quién te arrope, hazlo tu mismo, apaga la luz, date la vuelta y trata de dormir, que mañana será otro día.

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