“Que Dios nos perdone” de Rodrigo Sorogoyen o Rubus ulmifolius (Zarza)

No sé si Dios estará en condiciones de perdonar a alguien, pero quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Esta película de Rodrigo Sorogoyen, se llevó la Concha al mejor guión en la edición de este año del Zinemaldia y poco reconocimiento me parece, pues estamos ante una obra mayor en todos los aspectos, no sólo en lo que se refiere a la escritura del libreto firmado a cuatro manos por el director de la cinta e Isabel Peña, sino también en todo el resto de las facetas y disciplinas que configuran cualquier proyecto audiovisual.que_dios_nos_perdone-cartel

Es un trabajo oscurísimo y denso, brutal y tenso, un sobresaliente ejercicio de purismo cinematográfico descarnado y salvaje que se merece, como pocas veces he visto, la condición de película no apta para menores de 18 años. Es difícil apartar la mirada de la pantalla en ningún momento a pesar de que eso es lo que desearíamos, porque desde el segundo uno, la acción, dicha esta palabra no en su acepción de vocablo que sugiere vértigo en la sucesión de imágenes, es heredera directa de ese trabajo que David Fincher filmó en el año 1995 y que respondía al nombre de “Seven”. Hay muchas semejanzas con esa obra maestra del mal rollo en cuanto a reflejar las andanzas de esa panda de degenerados que suelen ser encasillados con la etiqueta de asesinos en serie. Semejanzas en cuanto a lo oscuro de la trama, en cuanto a la creación de una atmósfera opresiva ayudados por una banda sonora que la potencia y por unos planos que la ensalzan. No pueden obviarse los paralelismos y las similitudes en cuando al diseño de los carteles publicitarios de ambos trabajos y en lo referente a que la trama principal la sostienen dos policías de homicidios compañeros a la fuerza que tratan de no ahogarse en un mar de mierda sin tabla de salvación y sin posibilidad de poder cerrar la boca.

Pero hasta ahí.

“Que Dios nos perdone” es desde mi punto de vista la mejor película de género policial que se ha hecho hasta la fecha en este país y dudo muchísimo que nadie sea capaz   de igualarla. No digamos de superarla. Como tampoco ha podido nadie superar el trabajo del gran Fincher, aunque algunos escasos  privilegiados se hayan quedado dignamente en su estela.

El guión que firman esta pareja de cineastas que ya trabajaran juntos en las mismas labores en “Stockholm” del año 2013 (que estuviera nominada a mejor dirección novel y que se llevó un Goya a mejor actor revelación otorgado a Javier pereira), es de una perfección absoluta. Sin fisuras y sin que en ningún momento se le vean las costuras a una película maravillosamente bien armada que se beneficia de una trama principal potente defendida con contundencia actoral por sus dos protagonistas, y de un buen número de sub tramas que, como todo buen afluente, desembocan en el río principal aumentando su caudal con un único fin común.

Los protagonistas son dos policías de homicidios en la misma tónica que todas las películas del género. Uno de ellos es un hombre casado con familia peculiar y tendencia imparable a la violencia de todo tipo y encarnado con solvencia y convicción por Roberto Álamo que suelta hostias y sentencias como panes y del cual debe de alejarse cualquier persona con dos dedos de frente a no ser que se le sepa llevar. El otro es un tartamudo tímido que habla porque no le queda más cojones, pero que si por el fuera, lo escribiría todo en una tablilla, porque todo lo que tiene que decir se resume en una pocas y elegidas palabras cada vez que se decide a abrir esa compuerta que desde chico le obligaron a mantener cerrada. Le da vida un actor al que están encasillando entre otras cosas porque no hay tío en el mundo capaz de vestir de más autenticidad a ese tipo de personajes. Se llama Antonio de la Torre y se ha hecho un hueco en el Olimpo del cine español a base de trabajo, tesón y un talento descomunal, aunque pare que conste en acta, diré que no hubiera dado un duro por él cuando le vi por primera vez en la gran pantalla en un papel secundario en “Hola, ¿estás sola” de Icíar Bollaín en 1995 y en otro trabajo infinitamente más olvidable de esa saga inmunda que firma un tío inteligente hasta decir basta que responde al nombre de Santiago Segura y que tan bien refleja, desde el esperpento y la sublimación de la estupidez, esa España casposa de la que nunca nos podremos desprender porque no nos da la gana entre otras cosas porque a la inmensa mayoría les gusta. Y luego, aunque todo el elenco está a la altura de una película magnífica, destaca ese secundario de voz cavernosa llamado Luis Zahera, que devora escenas con el apetito insaciable de un chacal y que convierte cada escena en la que sale en una lección que cualquier aspirante a meterse en la piel de otros debería contemplar.

Esta película también refleja nuestra sociedad desde un punto de vista  desasosegante en el cual las páginas de sucesos y los telediarios están llenos de esas noticias que deberían acojonarnos y que vemos mientras sorbemos la sopa o intentamos separar las raspas del pescado del bocado que pinchamos en el tenedor y que nos dejan absolutamente indiferentes porque tamaña sucesión de despropósitos nos ha anestesiado el alma y todos pululamos por el mapamundi de nuestras vidas como zombies buscando un trozo de hígado agusanado que llevarnos a la boca.

Todo es sordidez y desamparo en esta película, a un ritmo deliberadamente más pausado que el que suele utilizarse en este tipo de trabajos, para que nos de tiempo a saborear con calma la bilis que nos hace salivar desde el comienzo de la película en la que el director y guionista elige una escena en un despacho y unas imágenes de baja calidad grabadas por una cámara, para ponernos en antecedentes y darnos a entender que lo que vamos a ver nos va a joder el día y, a poco que se tenga conciencia de ser humano, por lo menos un buen puñado de horas después de su visionado. A partir de ahí, sucesión inmisericorde y controlada de escenas en las cuáles nos hacemos una idea exacta del cuadro terrible y costumbrista que tenemos a poco que bajemos a la calle y salgamos de esa zona de confort que no es más que una vaga ilusión. Un holograma diseñado por el maestro del auto engaño que todos llevamos dentro en mayor o menor medida. Situar la acción general en el marco de la visita del Papa ese que jugó a ser amigo de los nazis en una época no tan lejana como algunos se empeñan en proclamar, en el caluroso verano de 2011, no es más que otra genialidad de un par de guionistas que están en condiciones de firmar un buen puñado de obras de altura cuyo alcance podremos ir comentando en la medida en que sigan pariendo sus criaturas.

Y es palpable durante todo el metraje el olor a sudor de los cuerpos que se entremezclan con diferentes intenciones, y el olor dulce y pegajoso de la sangre derramada y el del formol o lo que sea que echan en las salas de autopsias para que aquello sea un poco menos insoportable. Y el del fanatismo religioso encapsulado en forma de miles de personas que confluyen en un punto del mundo para adorar a su becerro de oro y el del odio en forma de abandono de los que se saben de vuelta de todo. Todo vale y todo suma y el resultado es una cuenta tan elevada que no vamos a poder pagar nunca, aunque todos sepamos que nadie se va a ir de aquí sin liquidar la cuenta y que los intereses los van a heredar aquellos pobres desgraciados que nos sobrevivan.zarza

No hay consuelo ni refugio. Ni justicia ni nada que se le parezca. Esto es el Titanic y una vez que se va a pique, sálvese quién pueda porque es evidente que no hay botes salvavidas para todos y que el que considerabas tu amigo te va a sacar los ojos y se los va a comer de aperitivo a poco que te interpongas entre él y lo que quiere. Cada hijo de vecino rebusca en la basura como puede como ese gatillo escuálido que lo hace en unos contenedores en una escena que a primera vista no parece importante, pero aquí todo está calculado y encaja en un mecanismo engrasado a la perfección y no hay puntada sin hilo, sangre sin dolor, ni  coño sin polla.

Todos estamos atrapados en un bosque de zarzas y cuanto más nos movemos más pinchos se clavarán en nuestros cuerpos y quedarse quieto no es una opción porque a alguien le servirás de alimento porque no eres tan fuerte ni tan listo como te crees. Es un juego de espejos y el que te mira desde el otro lado puedes ser tú o alguien que se está haciendo pasar por ti y la verdad, no te apetece ni te conviene averiguarlo.

Mejor dejarlo estar y poner un fado en el tocadiscos. Esa música portuguesa que no sabes qué es lo que dice, pero que siempre te hace llorar.

 

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