“Perfectos desconocidos” de Alex de la Iglesia o Alectoris rufa (Perdiz roja)

La perdiz roja es una ave que pertenece al orden de los galliformes y que luce un colorido atractivo. Está muy amenazada por varios motivos, desde la caza desenfrenada, hasta la introducción de otras especies con las que se hibrida y la destrucción de su hábitat, lo cual la convierte en vulnerable en cuanto a los parámetros de conservación. Es un ave no migratoria, es decir, sedentaria que suele ser muy gregaria, juntándose en ocasiones para beber y bañarse en grupo. En su zona nativa es discreta y vive en laderas y campos cálidos y abiertos, o pedregosos y forestales. Es relativamente fácil verla perchada en montones de heno, graneros o edificios de granja. Tiene un característico reclamo trisilábico muy fácil de reconocer, aunque cuando está posada, puede pasar desapercibida camuflándose con el entorno. perdiz-rojaCome desde bayas, hojas y brotes hasta bellotas y semillas. Es una codiciada pieza de caza menor y es  una hábil corredora que pone pies en polvorosa a la menor ocasión, pero eso no la sirve de mucho a la hora de ponerse a salvo de esas personas que salen al campo pertrechadas con escopetas y que gustan de pasar su tiempo de asueto despachando animales para aumentar las muescas en el revolver, porque la mayor parte de las piezas que abaten se pudren en secaderos, una vez se ha demostrado que sé disparar mejor que mi vecino de coto y ha quedado apuntado en los registros. En España se calcula que hay dos millones de cazadores, de los cuáles, probablemente la mitad, actúan y operan al márgen de la ley, lo cual se deriva en un número próximo a los treinta millones de animales muertos al año, cuyo reparto se asigna por supuestos permisos, estando pues permitido que cinco millones de ese número desproporcionado  quede asignado a las perdices y eso tirando, y nunca mejor dicho, por lo bajo. De ello puede deducirse que es un negocio muy rentable que mueve muchos millones de euros y que por lo tanto va a seguir en auge y más cuando según los cálculos hay un arma de fuego por cada dieciséis habitantes en nuestro país, de las cuáles la inmensa mayoría son escopetas de gente que las posee y sabe utilizarlas. De ahí a los números en los que se mueven los americanos, es una cantidad ridícula, pero a mí no me tranquiliza nada que seis personas de cada cien con las que puedo cruzarme en un día, tenga en su casa o en el maletero de su coche, una escopeta o algo similar con la que puedan resolver cualquier conflicto que surja, tocándome a mí en suerte, como buen corredor desarmado, el papel de la perdiz.

Y los protagonistas de esta película acabarán siendo perdices que deberán camuflarse y buscar refugio dónde puedan, no sólo porque estén expuestos a los cartuchos de los escopeteros sino, que además, como especie cinegética, deben asumir que pueden ser cazados.  Y la caza, considerada incomprensiblemente deporte, cuando son los que huyen los que corren y no los perseguidores,  siendo los primeros los deportistas forzados y los demás simples caminantes armados, es una costumbre comúnmente aceptada.

A día de hoy hay más teléfonos móviles que habitantes en España, lo cual nos da una idea de la invasión voluntaria a la que nos han sometido y a la cual nos hemos plegado con un entusiamo que si lo hubiéramos empleado en otras lides, definitivamente nos habría colocado a la cabeza de esa clase de cosas que se loan  en países ajenos.perfectos_desconocidos-252289686-large

Y esa invasión, nos ha convertido en seres individuales alejados de un conjunto, en burbujas que flotan cerca unas de otras, pero sin posibilidad alguna de contacto, porque en cuanto éste se produce, ambas estallan dejando un mínimo rastro líquido que se evaporará en un segundo. A pesar de todo lo que nos venden y nos meten por los ojos, nunca hemos estado más incomunicados. Ya no sabemos calcular ni con la cuenta de la vieja, ya no recordamos los números de teléfono, a veces ni siquiera el propio, y las agendas son señales acústicas virtuales que nos avisan a demanda de las fechas de los cumpleaños con voz de madame de prostíbulo contemporáneo.  La gente prefiere los mensajes a las conversaciones tal vez porque de ese modo no tienen que mirarse a los ojos y los emoticonos esos de los cojones, han sustituído a las emociones reales y la gente envía caritas con corazones cuando preferiría lanzar puñales y dagas a la yugular y todo es tan frio y distante como la atmósfera de Plutón y así nos va.

Y de eso va también la última película de Alex de la Iglesia guionizada a pachas con su inseparable Jorge Guerricaechevarría y, como viene siendo su costumbre, elige a lo más granado de nuestro cine patrio, con alguna perla del ajeno, y los suelta para que vuelvan a interaccionar entre ellos al compás de un guión muy bien armado que funciona de principio a fin. En esta ocasión, el gran, en todos los aspectos, Alex de la Iglesia, que ya lleva en esto muchos años y ha despachado un buen número de películas, al menos tres de ellas memorables, suelta en el ruedo de sus inquietudes a una serie de parejas, una de ellas coja, para que durante el transcurso de una noche, en la que habrá un eclipse lunar total, se disputen y diriman sus cuitas cuatro hombres y tres mujeres, que deciden sumarse, con más miedo que verguenza, todo hay que decirlo, a un juego que propone uno de ellos, concretamente la recién llegada al grupo, que es la nueva novia del más joven y más promiscuo de ellos y al que se suman por obligación moral y por aquello de no voy a ser yo el único que se oponga, el resto. Por lo visto, esta película es un remake de un trabajo audiovisual italiano de idéntico título, en su idioma original, por supuesto, firmado por Paolo Genovese el pasado año 2016, lo cual nos lleva, por lo menos a mí, a una pregunta perentoria. ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que esté justificado hacer un remake, homenajear o como coño quieran llamarlo, una buena historia que funciona en cierto ámbito para extrapolarlo a otro, en este caso en extremo similar por tratarse de latinos, que nos emocionamos y nos encabronamos por asuntos parecidos?

No tengo respuesta a esa pregunta, pero el caso es que este director icónico de nuestro cine, que ocupó brevemente las más altas cimas de la responsabilidad cinematográfica en España, ha decidido adaptarla a nuestra idiosincrasia antes de que los ecos de la original se extinguieran en la noche de los tiempos y, tratándose de él, la parafernalia y el exceso, parecían estar asegurados por contrato y sin molestarse en leer la letra pequeña, pero este director vasco de inmenso talento, no siempre bien canalizado y que es un currante nato que empalma un trabajo tras otro como quién trasiega cubatas como sino hubiera un mañana, se marca la que es hasta la fecha, tal vez su película más contenida en la cual los sucesos quedan encapsulados como si estuvieran  atrapados en la pantalla de un móvil cualquiera y constantemente se masca la tragedia sin que llegue a acontecer realmente, demostrando que los sucesos de más calado, aquellos que se quedarán grabados en nuestra memoria indeleble, no tienen que ir precedidos por tormentas de aparato eléctrico.

Lo único que está sujeto a diferentes interpretaciones es el paréntesis que se abre con el inicio del eclipse y el final del mismo, que estan circunscritos a un breve suceso que puede ser considerado estrictamente sensorial y que delimita, en todos los sentidos, todo lo que veremos y nuestra manera de interpretarlo.

El título, obedece, desde luego,  a esa frase hecha que es una verdad como un templo que viene a decir que no sabemos nada realmente de quién duerme con nosotros o comparte piso, wáter o pupitre porque sabemos de los demás en la medida en la que queremos que lo sepan y todos y todas somos consumados actores y actrices que pondremos todo nuestro talento al servicio de nuestros intereses y que cuando acabe el carnaval y se nos caiga la careta, daremos la medida exacta de lo que verdaderamente somos. Y nada hay más traicionero que un móvil, esos aparatejos diabólicos, muchas veces infectados con un chip de localización que nos sitúa a la hora concreta en un lugar determinado y que a veces son muy útiles para esclarecer crímenes y pillar a los malos, pero que a veces nos dejan con el culo al aire. Todo deja huella y más esa huella digital que nos perseguirá siempre por mucho que elijamos la opción de incógnito en esa pantallita que nos devuelve el reflejo de lo que somos mientras tratamos de ocultarnos de nosotros mismos.

En ese juego que se plantea desde el principio en el cual todos tendrán opción de acceder a lo que debe de ser intransferible, quedarán todos retratados y la única incógnita es ver como reaccionará cada uno a esa exposición de la intimidad y en la medida en que eso podrá afectar a los que se han expuesto a las consecuencias, sin saber realmente hasta que punto de intensidad podrá llevarles en cada uno de los casos.

Y ahí radica la genialidad de este guión que ignoro que similitudes o paralelismos tendrá con su predecesor y homónimo italiano, porque los móviles quedan dispuestos como cartas boca arriba y en esa partida de naipes descubiertos, hay poco márgen para echarse faroles. Todos los personajes son arquetipos sin ninguna duda y los actores que los encarnan, resultan creíbles, pero los giros de guión, tan imprescindibles como obligatorios y que aquí están utilizados con maestría, irán conduciendo al espectador por una serie de caminos aparentemente trillados que están salpicados de trampas narrativas que irán derivando en tramas superpuestas en las que cada cual se verá retratado y en la que cada uno gestionará la mierda que le salpica de la mejor manera que pueda.

Todos tenemos cosas que ocultar por ridículas que parezcan y no tienen porqué ser amantes, ni tendencias sexuales. A lo mejor sólo es haber golpeado un espejo de un coche y no haber dejado una nota con nuestros datos o mentir sobre nuestras aptitudes en una entrevista de trabajo o visitar con frecuencia páginas web reprobables por morbo o simple curiosidad. Todos lo hacemos y el que lo niegue es el que más veces lo hace. Sólo aspiramos a que no nos pillen, a que no quede constancia de nuestros pasos por el lado salvaje de nuestras existencias que será más o menos extremo en la medida en que nos atrevamos a caminar fuera de las sendas marcadas.

El reparto no está equilibrado en cuanto a la calidad interpretativa del elenco, pero sí es homogéneo en cuanto a trabajo global y las escenas funcionan porque hay cohesión y coherencia y el drama trágico que se avecina y que es marca de la casa de este cineasta excesivo, queda relegado y constreñido en compartimentos cerrados que se circunscriben a la manera individual en la que cada cual vive su propio drama y ahí radica, además de la interpretación que cada cual haga de lo que ocurre entre los citados paréntesis, la génesis y la resolución de todo lo que se describe.

Y, como en toda caza episódica, unas veces seremos cazadores y en otros piezas por cobrar, que como las perdices, deberán de buscar un refugio dónde esperar a que cambien las tornas para tal vez convertirnos en especie hegemónica cuando nos vengan mejores cartas.

Eduard Fernández y Belén Rueda vuelven a ser pareja como ya lo fueran en “La noche que mi madre mató a mi padre” de Inés París (2016) y repiten idénticos roles y un escenario sospechosamente parecido, pero salen airosos del trance porque las tablas son las tablas y todos los demás que les acompañan cumplen con creces porque están bien dirigidos, bien aleccionados y hay un guión sólido al que agarrarse y eso, cuando la acción queda relegada a una única localización con escasas variaciones y válvulas de escape, es algo meritorio a tener en cuenta.

Película notable sobre la estulticia del ser humano en la más amplia acepción de la palabra que viene a decir que se pilla antes a un mentiroso que un cojo y que no hay que poner la mano en el fuego por nadie.

Ni siquiera, y especialmente, por nosotros mismos.

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