“Perdido” de Christian Carion o Serinus serinus (Verdecillo)

El verdecillo es una ave diminuta de poco más de diez centímetros de longitud  y unos quince gramos de peso, vigoroso y suficientemente coloreado como para poder ser confundido con un canario. Tiene reclamos de voz agudos y chisporroteantes y aunque podría ser identificado como otros miembros de su misma familia, en su ámbito natural, resulta bastante fácil de reconocer. Se distribuye ampliamente por toda la Península Ibérica, el resto de Europa y noroeste de África, contabilizándose una cantidad suficiente de ellos como para considerársele una especie segura sin peligro de extinción salvo hecatombe planetaria.verdecillo5

Tiene un vuelo ligero, boyante y ondulante durante el cual suele emitir un canto característico que permite reconocerle sin necesidad de verle y según las zonas que habite puede ser residente o evanescente, estando pues considerado como  migrador parcial. Puede vérsele ocupando campiñas del norte y en zonas abiertas de bosque, generalmente de hoja peremne, pero es mucho más abundante al sur dónde siente especial predilección por los naranjales y olivares y el macho, que luce en primavera frente, garganta y pechera teñidas de amarillo, suele ocupar las ramas altas de los árboles para lucir palmito y voz, seguramente reclamando algún tipo de atención por parte de alguna hembra.

Puede poner hasta tres puestas al año y para confeccionar su nido utiliza toda clase de cosas entre las cuales puede contarse el pelo humano. Es tan ecléctico en la elección de sus hábitats, que también es frecuente verle en huertos, parques y jardines en busca de semillas y ocasionalmente algún insecto, sin desdeñar la pulpa de los frutales que crezcan cerca de las zonas donde vive. Puede convivir también con especies de tamaño considerablemente mayor que ellos siempre y cuando no le toquen las plumas y aunque es sociable, puede volverse agresivo en la época de celo.

El verdecillo, como otros fringílidos, puede sufrir la lacra del trampeo ilegal o consentido de forma que cada año mueren o son enjaulados miles de ejemplares.

Y de lacra social pueden sin duda alguna catalogarse todas esas desapariciones que cada año destrozan familias, llenan páginas de periódicos y ocupan espacios en la televisiones que luego fomentarán largas tertulias y acabarán degenerando, que es lo contrario de generar, en series televisivas que sólo buscan, mediante el morbo y el oportunismo, la manera de hacer dinero aprovechándose de la desgracia ajena que es una manera deleznable, pero legal, de producir dinero, que es, al fin y al cabo, lo único que cuenta y cuyo final es siempre el mismo, es decir, que después de un tiempo, sólo les recordarán y llorarán, aquellos a los que el tren de la vida les pasó por encima de la peor de las maneras posibles.

En el año 2013, según un estudio realizado por una ONG que se encarga de denunciar estos casos y buscar cooperación internacional para que los protocolos de búsqueda no queden sólo circunscritos al lugar dónde se produjo la desaparición, se les perdió el rastro sólo en Europa a doscientos cincuenta mil  niños   y aunque muchos de estos sucesos corresponden a fugas de un día o a pérdidas momentáneas, lo cierto es que hay un número inasumible que crece cada año de niños, niñas y adolescentes que salen por la puerta de su casa, por la del colegio o de la biblioteca y no vuelven a regresar jamás a lo que fueron sus hogares o lugares comunes de encuentro y que protagonizan durante días y a veces semanas, campañas intensivas de búsqueda que nos familiarizan con sus rostros que decoran cartones de leche, paradas de autobuses y portadas de periódicos, porque  cuando un niño sale en un sitio de estos y su rostro no está pixelado para conservar su intimidad y protegerle, significa que ha sido elegido por la ruleta de lo contrario de la suerte y que pasadas unas pocas horas, el plazo suele situarse entre uno o dos días, es más que probable que no se le vuelva a ver el pelo por lo menos con el corazón palpitante resonando en la cavidad torácica de sus pequeños cuerpecitos.perdido carte

Durante ese año y supongo que repitiéndose cada año como el palmarés de una olimpiada, EE.UU que opera fuera del ránking europeo, ocupa el primer puesto de tan terrible podio con ochocientas mil desapariciones. Reino Unido es medalla de plata con ciento cuarenta mil y a Alemania le corresponde el bronce con cien mil. España, como casi siempre por lo menos en las citas deportivas, ocupa un puesto muy inferior con dos mil doscientas cuarenta y seis víctimas a años luz de las dos mil desapariciones al día con la que los americanos lideran la lista.

Y eso en el mundo civilizado, es decir aquel que supuestamente cuenta con leyes que regulan estos casos y con un código penal que castiga cierto tipo de acciones y que además cuentan con registros y censos que hacen no que sea más fácil localizar a un menor y dar la alarma, pero sí que se le pueda poner una cara y nombres y apellidos y distribuir estampas por los cuatro puntos cardinales.

Qué ocurrirá en países de medio pelo tomados por mafias y en manos de gente sin escrúpulos con los líderes secuestrados por ellas o directamente compinchados en aras de beneficios propios, no es que escape a mi comprensión, que también, pero debe de situar las cifras en dígitos astronómicos. Si no estás censado ni registrado a efectos prácticos no existes y aunque puedan hacerte las mismas cosas, es decir, violarte, matarte de múltiples formas o ser parte activa de redes de trata de personas durante el tiempo que intereses a los que las demandan o las ofertan o lo que les dure la cuerda a estos juguetes  rotos de aquellos que representan la más pura de las maldades y probablemente la más difícil de erradicar porque aunque uno de los métodos de investigación creo que es meterte en la piel del asesino o el tarado mental, no creo que la gente que se dedica a esclarecer estos casos, pueda hacerlo durante mucho tiempo sin volverse locos.

El cine ha tratado de muchas maneras este tipo de películas pero la mayor parte de las veces no llegan a alcanzar el interés suficiente porque por mucho que se esfuercen los abnegados e imaginativos guionistas, cualquier periódico o telediario del mundo superará siempre en ingenio y plasticidad narrativa y visual lo que salga de las mentes de estos seres humanos que operan al margen de la industria encerrados en la prisión de sus mentes y cuyos logros suelen quedar la mayor parte de las veces en un segundo plano.

Y Christian Carion, que alcanzó un buen pedazo de gloria cinematográfica en el año 2006 con “Feliz Navidad”, se sube al carro guionizando además de dirigir esta película de secuestro infantil que en un principio deriva a los mismos caminos comunes que transitan todas, pero que elige a mitad de metraje un camino alternativo que conjuga diferentes géneros, tal vez en un intento de dinamizar la historia. Denis Villeneuve con “Prisioners” (2013) con mucho más poderío y conjugando más elementos y de manera más sabia, también retrataba a un padre desesperado, encarnado por Hugh Jackman, que ante la inoperancia policial, decide tomar cartas en el asunto y otra terriblemente más descarnada que todas ellas, “Loveless”  de Andrei Zvyagintsev (2017) se centraba en la desaparición de un menor de un hogar de muebles bien colocados pero de estanterías desprovistas de humanidad y no necesitaba buscar factores externos o vías aledañas  para entretener al público porque la frialdad lo ocupaba todo de tal manera que casi preferías que el niño estuviera muerto antes que verse en la obligación de regresar al lugar dónde nacen las sierpes. Y en lo que se parecen todas ellas es que los protagonistas involuntarios son esos diminutos verdecillos víctimas del trampeo y de la caza ilegal que un mal día son arrancados de su hábitat y encerrados y sacrificados una vez ya no se les puede extraer más jugo.

Y es cine entretenido, bien diseñado, con un interés por la forma bastante superior a la mayoría de los trabajos de cualquier tipo que nos llegan cada año, que utiliza el bucle tal vez para ilustrar que caminamos en círculos tan perdidos como siempre y que sobre todo al principio se vale de unos flashbacks explicativos que sitúan al mismo tiempo al espectador y al protagonista ausente durante mucho tiempo que ha de regresar al que fuera un nido de amor  a demanda de la que fuera su pareja cuando el niño de diez años de ambos desaparece de un campamento de invierno con todas las trazas de haber sufrido un secuestro. La madre de la criatura ha rehecho su vida y vive con otro señor que trata de crear otra clase de vínculos mientras ha de lidiar con los ajenos y con el que chocará, como no puede ser de otra manera, el padre original que eligiera su trabajo a la conciliación familiar.

Una vez puestos al día, tanto él como nosotros, el padre busca su propia manera de resolver el asunto convirtiendo en sospechoso a todo aquel que se menea, actuando por libre y demostrando a todos que el trabajo que desempeñara en diferentes lugares del mundo, algunos conflictivos, es más que probable que no tuviera que ver con la geología que es lo que dicta su expediente.

Lo mejor sin duda alguna de esta película pequeña sin demasiadas pretensiones aparentes es precisamente la cantidad de huecos que deja para que sea el espectador el que los rellene en lo que no parece un ejercicio de vagancia del escritor de guiones sino una manera como cualquier otra de hacer partícipe de la historia al que la visiona, aunque como yo tiendo a la paranoia, seguramente sólo sea una manera algo menos clásica de afrontar una historia muchas veces repetida.

Por desgracia el tema está de rabiosa actualidad. Sólo en España continúan desaparecidas a día de hoy unas catorce mil personas y hay cuatro mil quinientos cadáveres sin identificar según unos datos recientemente publicados y aunque muchos de ellos son catalogados como desapariciones sin causa aparente, el caso es que con las sequías que dejan vacíos los pantanos, con los deshielos, con los desmontes y otra serie de actuaciones tanto humanas como naturales, muchas de estas personas aparecen cada año sin que sus cuerpos ni las circunstancias arrojen una información determinante que aclare el misterio.

Muy mal se nos está dando la cosa como especie si atentamos contra lo más valioso que tenemos, aquellas nuevas camadas que enderezarán el rumbo o acabarán por hundir un buque al que ya le hemos hecho múltiples vías de agua. Cuando los propios padres ajustician a sus hijos y les convierten en el mejor de los casos en armas arrojadizas para conseguir objetivos propios sin llegar al extremo de matarlos para castigar a la otra parte contratante, pero dispuestos a hacerlo si fuera necesario para sus intereses, cuando tiene que haber policía a las puertas de los colegios porque hay gente merodeando al acecho en el supermercado al aire libre de la carne fresca, cuando hay gente dispuesta a pagar precios altos, vaya usted a saber cómo se estipula eso, por tener el pavoroso privilegio de mirar pornografía infantil o consumarla en tres dimensiones y sicarios dispuestos a ejercer de intermediarios para llevarse una parte del botín en metálico o quién sabe si también  con derecho de pernada incluido, nada se puede hacer salvo desear que nos exterminemos lo antes posible y dejemos hueco a otras especies que nos sucederán como forma de vida hegemónica y con muchas más luces y derechos adquiridos que nosotros.

Y no gozaremos siquiera del privilegio de ser recordados o usados como combustible en un futuro como hemos hecho nosotros con los restos fósiles de los dinosaurios, salvo tal vez como catálogo de lo que jamás se debe de hacer con nuestros semejantes. Como leí no sé dónde, la prueba evidente de que existe vida inteligente más allá de nuestro planeta, es que todavía no se han puesto en contacto con nosotros.

Ójala desaparezcamos pronto y dejemos un hueco digno de ser habitado por cualquier forma de vida menos la humana.

No se nos echará de menos.

 

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