“No sé decir adiós” de Lino Escalera o Coturnix coturnix (Codorniz común)

La codorniz es un ave a la que muchas veces se la oye, pero pocas se la ve. Es un pájaro de hábitos terrestres que gusta de mantenerse escondida pegada al suelo de dónde obtiene la comida y que lleva tiempo amenazada por las nuevas técnicas de agricultura moderna. Está muy distribuida por Eurasia y África y es pequeña y rechoncha. Sufre un tipo de caza que se hace con perros, que son los únicos capaces de sacarlas de sus escondites para hacerlas volar y que unos personajes con ganas de matar por deporte las abatan a tiros.codorniz

Su plumaje es pardo y les confiere un mimetismo que es una de las claves de su supervivencia, pero cuando se trata de volar, si los trayectos son cortos, suele dar vuelos en arcos para buscar un nuevo refugio y rara vez se da la oportunidad de verla de nuevo. En otras palabras, si pestañeas, te lo vas a perder.Tanto para los trayectos mínimos como los de largo aliento, se vale de unas alas largas que le permiten realizar con éxito desplazamientos inter continentales, siguiendo rutas habituales con paradas intermitentes cuando su instinto lo dicta y, cuando regresan a sus zonas de cría, como son polígamas, pues no muestran demasiados recelos, por no decir ninguno, a la hora de buscarse las mañas para perpetuar la especie.

Su canto es monótono y varía según lo que pretendan trasmitir, pero muy sonoro, tal vez para compensar lo difícil que resulta vislumbrarlas en sus zonas de residencia.

Y difíciles de vislumbrar y mucho más de entender, son un tipo de seres humanos que arrastran sus existencias como pueden, tratando de esquivar a esos perros propiedad de esos cazadores que salen cuando se abre la veda, a disparar a todo lo que se menea, para desfogar no sé qué instintos que todos tenemos, pero que a otros nos da por aliviar por vías menos traumáticas para el resto de los seres vivos que se engloban dentro de esa categoría llamada cinegética.Nosedeciradios cartel

Todos conocemos a ese tipo de personas porque siempre hay alguno en toda familia que se precie y muchas veces nosotros mismos pertenecemos a tiempo completo o parcial a ese grupo humano sin que lleguemos siquiera a darnos cuenta.

La vida es letal y siempre acaba matándonos. Esta es una de esas verdades universales que no pueden discutirse ni rebatirse. A esta vida se accede tras manipulaciones y sufrimientos, pasando de un medio acuoso, tranquilo y acogedor a otro seco y frío que será nuestro hábitat el resto de nuestra vida, dure diez minutos o cien años. Y, salvo aquellos afortunados que se van durmiendo en un suspiro un poco más largo de lo normal, también cuesta un huevo marcharse porque todo organismo vivo, suele agarrarse con uñas y dientes a aquello que lo define.

Supongo que otras sociedades, como la mexicana, por poner un ejemplo, saben convivir mejor que otras con la muerte e incluso son capaces de convertirlo en una fiesta aunque sea de sonrisas forzadas, pero el resto, por lo menos los europeos, y dudo mucho que seamos los únicos, no estamos preparados para perder para siempre en un plano físico aquello que amamos y que muchas veces ha configurado el mapa de nuestra existencia. La muerte es un puto trauma del que sólo te recuperas emocionalmente si eres el protagonista porque una vez que te has dado el piro, son los otros los que te añoran y te conviertes en un ser bidimensional que vive en las fotografías y en las mentes de los que alguna vez te amaron y cuyo recuerdo, en un proceso casi tan doloroso o más que la muerte misma, se va difuminando.

Y nadie sabe decir adiós realmente, porque todos esperamos seguir vivos hasta el siguiente amanecer y porque todos intentamos pensar que esa enfermedad que ha aniquilado a millones antes que a nosotros, tal vez encuentre una manera de detenerse y dar una merecida tregua que nos permita acabar aquello que tenemos empezado.

Unos restos de sangre en la taza del wáter, un dolor que se afinca y no quiere irse, un color extraño en la cara o en el fondo de los ojos, o un adelgazamiento paulatino pero imparable, pueden ser los primeros síntomas de que nuestra parada para bajarnos del bus de la supervivencia está más cerca de lo que pensamos y tenemos que levantarnos de nuestro asiento, coger nuestros bártulos y colocarnos en el punto estratégico junto a las puertas, para abandonar el lugar y dejar nuestro sitio a otro. Y da igual que finjamos que esa no es nuestra parada. El autobús se detendrá y estará con las puertas abiertas hasta que bajemos por nuestro propio pie o nos desalojen a hostias, porque la muerte también es un desahucio en sí misma, como decía el epitafio de uno de los personajes interpretados por Juan Diego en uno de sus trabajos recientes: “No me fui. Me han echado”.

Salvo los suicidas impulsivos que se mueven por otra banda existencial diferente, el resto queremos seguir aquí por regla general y con excepciones que alimentan tertulias y que deberían no ser noticia, como ese señor gallego que fue un pionero a la hora de quitarse de en medio en este país ante el inmovilismo y la hipocresía política y social y que retrató magistralmente Alejandro Amenábar en “Mar adentro” en el 2004 o el de ese otro señor que hace muy pocas fechas hizo una crónica anunciada de su muerte sin que nadie moviera un dedo hasta que él cumplió su parte. Aquí jamás se pondrán sobre el tapete cierto tipo de cuestiones como la eutanasia porque a pesar de que se supone que somos un estado laico y aconfesional, las iglesias se llenan los domingos y las calles de las ciudades también cuando se pone en entredicho la autoría o la capacidad aleatoria de decidir de ciertas entidades abstractas a las que otorgamos un poder de decisión inasumible que ninguna deidad, de existir, querría tener.

Y podemos darnos con un canto en los dientes, porque los cuidados paliativos, es decir, irte drogado y no cagado de dolores, están empezando a ser una constante incluso administrativa, pero siempre supeditados al menda de turno que lo autoriza o no en base a unos criterios que con toda seguridad se replantearía si los dolores los sufriera en sus propias carnes.

Y Lino Escalera, un profesional de la publicidad con un largo recorrido como hacedor de cortometrajes, se ha metido en este jardín que por lo visto tiene su génesis en un guión escrito en la década anterior del siglo actual y que por fin ha logrado poner en pie y presentar en el festival de Málaga, que es monográfico en cuanto al origen de sus producciones y que en los últimos años, ha arrojados diversos y discutibles palmareses  entre los cuales se han colado muy buenas películas, otras diferentes y algunas que no pertenecen a ninguno de esas dos divisiones, pero que tampoco pueden juzgarse como integrantes de una nutrida sección, sino se ha tenido la suerte de ver a todas las aspirantes.

Pero aún así, toda obra puede ser juzgada de manera independiente fuera del contexto en la que ha triunfado, sin poder evitar realmente las comparaciones con otros trabajos, sino contemporáneos, sí de temáticas similares.

Y este director español factura su ópera prima de manera desigual y errática, contando un relato familiar en el cual los protagonistas absolutos son un padre brusco e ingobernable, pero de buen fondo y dos hermanas antagónicas que no se pondrán de acuerdo ni en lo más básico. El resto de los personajes son meros comparsas de una situación que no por cantada dejará de ser dura y durante la cual cada uno experimentará sus propias huidas hacia delante, sus toboganes emocionales y sus maneras de gestionar unos sucesos anunciados que requerirán de segundas y terceras opiniones porque la verdad desnuda y sin filtros es demasiado complicada de asumir.

Juan Diego aporta su fuerza como siempre, pero los directores, guionistas y productores le deben de estar viendo ya muy mala cara desde hace ya unos pocos de años, porque siempre le toca hacer de ser humano en las últimas y con mal carácter, pero es que este hombre tiene un timbre de voz que le pone complicado que le acepten en un casting de un musical y ni puta falta que le hace. Le acompañan dos actrices que le secundan y salvan la papeleta con holgura, pero todos ellos se ven condicionados por un guión que no se moja en absoluto, que no aporta nada nuevo y que no arriesga lo más mínimo, articulando las escenas en base a unos diálogos vacíos, cuando los encargados de decirlos muestran mucho más  cuando todos se callan.

Desde mi punto de vista, tampoco son acertadas las decisiones técnicas que consisten en alargar las escenas hasta el bostezo para mostrar lo que ya se veía o intuía a poco de empezarlas o valerse de largos e injustificados fundidos a negro para hacer las transiciones que lleva aparejadas toda obra audiovisual.

Vemos desde el principio de qué pie cojea cada uno y son buenas las presentaciones de los personajes, sobre todo el de ese profesor de auto escuela que desde hace más tiempo del que es capaz de recordar, reconduce la vida de los que le rodean, ya sean familia o alumnos, diciendo lo que tienen que hacer para no estrellarse en las carreteras de la vida, ya sean reales o metafóricas y también el de esa hija que sabe que lleva a cuestas el estigma de parecerse a su padre y que trata de olvidar lo que sea, bebiendo hasta el sin sentido, metiéndose otro tipo de drogas y desfogando instintos con presas receptivas al intercambio de fluidos sin asunción de responsabilidades.

La otra parte contratante tiene que ser diametralmente opuesta para que haya un conflicto real y lo hay y lo es, pero a pesar de que no está mal contado, no atrapa ni interesa y eso es algo que se debe de conseguir, cuando el final está cantado desde el minuto uno. La publicidad y los cortometrajes son ámbitos en los que la inmediatez y los mensajes deben de llegar por vías más directas y son un arte como todo contador de historias sabe desde que empezó a unir palabras, pero ser realizador de trabajos más llenos de escenas hasta configurar un metraje mínimo, no debería de consistir en estirar el chicle, sino en usar también con cierta habilidad, aunque sea haciendo trampa, todos los recursos disponibles porque como todo está ya contado, cada vez es más importante el cómo se cuente.

Este tipo de personas que habitan entre nosotros y que se retratan en esta película, son como las codornices que se mantienen ocultas lanzando su canto audible sin mostrarse más de la cuenta y que de vez en cuando, sobre todo cuando la vida te echa los perros para darte caza, tienen que levantar el vuelo buscando otro refugio y exponiéndose a ser localizadas. Y cuando se levanta la bandada, entras en el bombo de los aspirantes  a que te den un perdigonazo. Y sí tú eres el que lo ha recibido, de nada vale negar la evidencia ni mirar para otro lado. Si la herida no es mortal, hay que ir a curársela, y si lo es, encomendarse a quién sea y aguardar lo inevitable.

Y si no sabes decir adiós, tendrán que ser los demás los que se despidan de ti.

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