“Nieve negra” de Martín Hodara o Strix nebulosa (Cárabo lapón)

Los pertenecientes a esta familia de rapaces nocturnas, suelen habitar bosques de hoja caducifolia y puede encontrárseles en latitudes muy septentrionales, es decir, muy al norte, incluso dónde las condiciones de vida, especialmente en invierno, pueden llegar a ser casi incompatibles con la supervivencia.

Las rapaces nocturnas se caracterizan por tener los ojos frontales como los humanos, pero para compensar eso, la naturaleza les ha dotado con una capacidad de giro de cuello que les permite solventar ese déficit visual  tan diferente de la del resto de sus alados compañeros.cárabo lapón

El cárabo lapón parece mucho más robusto y pesado de lo que realmente es, porque tiene una capa densa y profunda de plumas que le protege del frío y la disposición de dichas plumas en la parte superior de su disco facial, se asemeja a unas cejas inquisitivas, lo cual va muy bien con su carácter introvertido y territorial, como si constantemente se estuviera preguntando acerca de cosas cuyas respuestas no le satisfacieran.  En la mitología galesa, cuando se escuchaba su canto de casa en casa, se decía que una joven había perdido la virginidad y en otras culturas se le asocia con la mala suerte y la muerte, debido a su ulular desgarrado que pone los pelos de punta, sobre todo si no se le conoce y te pilla de noche en un lugar oscuro y poco iluminado. En África, a los cárabos que habitan esas latitudes,  los Swahili les endilgan  las causas de las enfermedades de los niños y los bantúes piensan que están emparentados con los hechiceros, mientras que, por lo contrario, en otros lugares del mundo se les considera guías espirituales y fuentes de auxilio y protección.

Caza tanto de día como de noche y puede zambullirse en la nieve para localizar bajo ella algo susceptible de ser ingerido. Convierte su territorio en una cuestión de estado, condenando incluso a su descendencia a morirse de hambre, si una vez independizados, no son capaces de encontrar su propio lugar en el mundo.

Y precisamente de territorios va esta película argentina poderosa, oscura y densa como la mayoría que nos llegan de esa geografía y nos hacen pensar, a mi por lo menos, que haber nacido en una parte de esa vasta geografía tiene que marcar a fuego, a hielo en este caso, y que de esa influencia no se puede escapar por mucho que uno trate de alejarse, porque de un  modo u otro, siempre se vuelve al lugar dónde acontecieron los sucesos importantes del pasado, unas veces porque la vida tras muchas vueltas nos regresa allí, otras porque el subconsciente en forma de pesadillas nos recuerda que sigue formando parte de nosotros y otras porque somos tan chulos que queremos demostrarnos a nosotros mismos y a quién haga falta que tal o cual cosa ya no nos afecta y que hemos pasado página con esa cosa tan cara y tan extraña llamada madurez, que algunos llevan como un estandarte, otros como un estigma, y la mayoría como una puta condena.

Martín Hodara no es muy conocido para el público español, pero fue asistente de dirección en una película argentina mítica llamada “Nueve reinas” que Fabián Bielinsky dirigió con maestría en el año 2000, en lo que suponía un descarado homenaje porteño a esa joya atemporal del cine de engaño y subterfugios que dirigió George Roy Hill en 1973 y que se llamaba “El golpe”. nieve negra cartel

Aquí no hay nada de coñas, rodeos, ni pollas en vinagre, con perdón. Aquí se va al grano desde el minuto uno, dibujando un cuadro que huele a pólvora, sudor y nieve derretida manchada de barro, que sea tal vez lo que de nombre a la película, aunque yo me inclino más por lo nocivo y oscuro que atesoran algunas almas. El negro no es un color, sino la ausencia total de cualquiera de ellos y se le asocia al silencio, el invierno, la oscuridad, el abismo, la nostalgia o la muerte. No puede haber paz ni sonrisas cuando vemos desde el principio que unos niños lejos aún de convertirse en adultos, caminan por la vida escopeta en ristre porque en ciertos lugares supongo que la cosa consiste en cazar o ser cazado y siempre se siente algo más de alivio cuando perteneces al primer grupo porque, entre otras cosas, tienes la oportunidad de vivir para contarlo.

Y digo que la cosa va de territorios, porque uno de esos niños que deambulaba en su niñez por parajes nevados con la intención de disparar a lo que se menease, regresa de nuevo a su tierra natal porque el terreno de la familia puede ser vendido a un precio muy suculento por unos canadienses que ven la posibilidad de hacer dinero a fuerza de comprar y explotar unos terrenos vírgenes que auguran dividendos importantes a poco que se sepan gestionar todos los recursos que laten bajo la nieve.

Pero de aquella familia que en su día fue, poco queda. El padre acaba de palmar y con esa excusa regresa el hijo que se marchó para depositar las cenizas junto al miembro del clan que no pudo hacerse mayor porque estaba en el lugar equivocado, en el momento erróneo. De los que allí se quedaron, queda una hermana que está como una chota recluida en una institución mental y el hermano mayor que se quedó en el lugar de siempre, atrapado, no se sabe si por iniciativa propia o porque la vida no se lo permitió, aunque todo será desvelado en el instante preciso.

El director nos va dando muestras del pastel a través de soberbios flashbacks que pueden llegar a crear confusión porque basta un movimiento de cámara hacia un lado u otro para que la historia salte del pasado al presente, sin solución de continuidad ni de otros recursos técnicos que nos ayuden a digerir una historia que hay que pasar con la boca seca y sin posibilidad de echarse nada al coleto.

Los personajes están diseñados y mostrados con martillo y cincel, pero unos tienen más capas que otros o por lo menos, se molestan más en ocultarlas. El hijo pródigo que regresa acompañado de su joven mujer española, tienen la intención, nada oculta, de tratar de convencer al hermano de que acepte la propuesta del grupo inversor para solucionarles la vida y de paso poder pagar las facturas que la hermana internada genera, ya que no hay visos de que su situación mental mejore con el tiempo, pero el hueso más duro, lo tienen en el hermano que se quedó en la cabaña familiar cuidando esa tierra de nadie porque allí no había ya nadie de quién cuidar y que es como el cárabo lapón, que no permitirá que nadie se le acerque a por lo que considera que es suyo por decreto, por tiempo y por constancia y, sobre todo, porque no le sale a él de los cojones por si todo lo anterior fuera poco.

El mayor acierto de la película, que será probablemente lo que le ponga de los nervios a más de uno, es que el responsable de este trabajo, da la información con cuentagotas y plantea un sudoku con más huecos que números. Yo no entiendo de pistolas ni quiero hacerlo, pero en una guantera de una furgoneta de la familia, concretamente la que perteneció al padre de la misma, hay una que recuerda sospechosamente a ese tipo de arma que los nazis pusieron de moda en la Segunda Guerra Mundial y el hecho de que haya llegado a ese lugar del mundo que fue refugio de muchos de esos grandísimos hijos de puta cuando se les vino abajo el chiringuito, plantea por lo menos ciertos interrogantes y serias dudas. De la mujer, es decir, la madre de los hijos y esposa del propietario de la pistola ahora habitante de una urna funeraria, nada sabemos más que un par de retratos desvaídos y una foto en la cual está arrancada el pedazo que le pertenecía. Esos interrogantes sin respuesta, alimentan la trama con vigor y la dotan de matices inquietantes y sugerentes.

Como no podía ser menos, el encuentro entre los dos hermanos, dista mucho de emular un anuncio navideño de turrones y en seguida vemos que hay mucha mierda en ese cubo y que nadie se ha molestado en llevarla a un contenedor. La mujer del hermano  fugado, se ofrece como intermediaria de una manera natural, ya que, como los hermanos de “Una historia verdadera” de David Lynch (1999), estos no tienen nada que decirse porque ya lo saben todo y verbalizarlo es una pérdida de tiempo, pero ni es tan frágil como aparenta ni mucho menos tan ingenua y es, junto con el último reducto de la familia devastada que aún cuida del fuerte, la única que tiene las cosas claras y actúa en consecuencia.

Y resulta evidente una vez más que Ricardo Darín es un dios de la interpretación y no uno menor precisamente y que los demás están ahí haciéndolo bien, pero cuando te toca compartir cancha con el mejor, sólo puedes aspirar a cubrir el expediente, a pesar de que se trate de apellidos tan ilustres como los compañeros de reparto del crack argentino.

La resolución es buena y está bien planteada porque los giros de guión y lo que los desencadena, están bien escritos y trabajados y la puesta en escena funciona correctamente y se pone sobre el tapete la capacidad del ser humano para tergiversar o modificar en la mente, aquellos sucesos que tuvieron lugar en la vida real. El conductor que bebido o no, atropella a un ciclista y se da a la fuga igual que en “El capital humano” de Paolo Virzi (2013), tal vez piensa que fue el ciclista el que chocó contra él o que fue un ciervo o que quizás simplemente lo soñó. El auto engaño es una magnífica arma defensiva que tiene efectos catárquicos sobre aquellos que la saben usar con sabiduría y que les concede el privilegio de dormir sin sobresaltos.

Todos tenemos secretos, pero los de algunos sólo dan para un par de minutos en el recreo mientras se intercambian cromos o para amenizar la pausa para el cigarro. Sin embargo, los de otros podrían llenar anaqueles, tertulias y editoriales de periódicos durante décadas. Cuestión de escalas al fin y al cabo.

Como complemento a los flashbacks, se encuentran esos cuadernos que la hermana trastornada fue dejando diseminados por la casa como esas miguitas de pan que nos ayudarán a encontrar el camino o como esas baldosas amarillas que llevan a otros mundos que tal vez es mejor que sigan perteneciendo a las sombras.

Alguien con la suficiente capacidad para olvidar  o modificar los recuerdos, podría trocarse de acosador a acosado en el interior de su mente y pasar la prueba del polígrafo sin pestañear. Hay futuros que pueden ser soñados y que permiten dar los pasos correctos para concretarlos, pero también hay pasados a la carta que se seleccionan una vez los sucesos han sido ordenados en el cerebro en cuestión, que encontrará las justificaciones y los atajos, para que vivir sea una actividad más llevadera. No sé si es envidiable o censurable. En mi caso concreto, mi conciencia es un lastre que me supedita, me condiciona y me putea, ignoro si por mi bien o porque es así y punto pelota.

Hay lugares en los que nunca deja de nevar y en los que el frío forma parte de la piel. Hay parajes que hablan cuando el viento calla y hay personas que viven en un invierno permanente sin ropa suficiente para calentarse.

Resulta curioso que en una película argentina no salga nadie bebiendo mate y mucho más que se utilicen localizaciones de Andorra para ambientar los hostiles paisajes de esa tierra tan bella como áspera allende los mares, pero, igual que hace el Cárabo lapón, a veces hay que meterse bajo la nieve para buscar algo de alimento.

Y por muy fuerte que creas ser, tal vez llegue un día otro cárabo y te aleje a hostias del lugar que creías tuyo. Por si acaso, es mejor llevar siempre la escopeta cargada y la tensión en los brazos y esa lección muchos la aprenden ya desde la cuna.

Aunque eso, ni mucho menos, es garantía de supervivencia.

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