“Negación” de Mick Jackson o Cuculus canorus (Cuco)

El cuco es un ave insectivora de tamaño medio que se alimenta sobre todo de orugas, aunque también puede alimentarse ocasionalmente de huevos o polluelos de otras aves. Tiene el plumaje del pecho y de la parte superior de color gris y los flancos y el vientre con un listado blanco y negro que motiva que en vuelo se le pueda confundir con un gavilán aunque los cucos tienen las patas más cortas y no levantan las alas por encima de la cabeza al volar como las aves rapaces. Los ejemplares jóvenes en su primer otoño pueden tener varios plumajes de distintos tonos. Los cucos comunes mudan su plumaje dos veces al año.pajaro-cuco

Es un ave solitaria que presenta dos características que la hacen muy diferente del resto. Su canto es un característico “cu, cu”, que después algunos relojeros han imitado en un tipo de relojes que deben su nombre a este pájaro y que disponían de un artilugio mecánico en el cual un cuco en miniatura salía de su casita para dar puntualmente las horas. Su canto melodioso que puede oírse con facilidad a comienzos de la primavera  tiene un intervalo musical de tercera mayor descendente.

Su otra característica es que practica el parasitismo de puesta en otros nidos, en lo que resulta un hábito de las aves  pertenecientes a esa familia, aunque no todas lo hacen.

La hembra del cuco elige huevos con nidos con patrones de color semejantes a los suyos con los cuales se mimetizan mejor y que suelen ser del mismo tipo que el del nido en el que ella se crió. Aprovechan para hacerlo la ausencia del nido de los progenitores y su lejana semejanza con el gavilán, cuyo rasgo depredador asusta a  las otras especies potenciales de convertirse en su comida.

Esta costumbre fue documentada por primera vez por un tal Edward Jenner en 1778 que fue también casualmente el inventor de la vacuna de la viruela y después ha sido objeto de estudios para saber la razón por la cual las hembras de los cucos eligen determinados tipos de nido, sin que los expertos hallan llegado a ponerse de acuerdo. Existen casi trescientas especies de aves insectívoras que pueden convertirse en padres postizos de las crías del cuco que, como salen del cascarón antes que las de la especie legítima, se dedican a tirar del nido los otros huevos o en caso de no hacerlo, a monopolizar la atención de los abnegados y desconcertados padres que ven como ese pedazo de pollo se come todo lo que le echan, al tiempo que desaparece el resto de la parentela.

Se ha comprobado que algunas especies reaccionan de formas diferentes al parasitismo de puesta y la única conclusión a la que se ha llegado es que deben de llevar más tiempo sufriéndolo, lo cual deriva en una respuesta evolutiva más avanzada.

Esta especie vive en terrenos abiertos con bosques cercanos y, desde su atalaya, como un vecino cotilla, lo observa todo, anunciando a los cuatro vientos con su canto su presencia inofensiva una vez desarrollado, mientras espera que una vez salgan los huevos de la cocina puedan ser depositados en nidos ajenos re activando el ciclo ancestral de la vida regalada.

Como ancestrales son los hábitos de cierto tipo de personas que son capaces de negar la autoria de un crimen aunque lleven un cuchillo ensangrentado en la mano y su víctima agonizante les señale con la mano en su último acto consciente en presencia de la policía. La negación verbal no sólo existe y se practica con pasión y estulticia humanas, sino que es una de las maneras primarias en que mejor se comunica el ser humano para negar las evidencias, aparte del gesto lateral de la cabeza con que suele acompañarse. El marido adúltero lo negará aunque esté en la cama con alguien y cierta parte excitada de su anatomía esté introducida en la de otra aprovechando el juego que dan lo cóncavo y lo convexo. El futbolista levantará las manos de manera inocente aunque su rival esté en el suelo con la tibia partida en dos y el envenenador dirá que no es veneno lo que ha echado en la comida sino un tipo exótico de especia, que tal vez te acabe ocasionando una reacción alérgica que, ¿porqué no?, podría acabar matándote. negación cartel

Y lo hacen con tal vehemencia que están totalmente convencidos de lo que dicen y lo sostienen con una tergiversación de los hechos que sólo son evidentes y palpables para sus antónimos.

Pero una cosa es negar que se ha copiado en un examen aunque la chuleta escrita aún asome por las comisuras de tu boca o negar que cuando el coche pasó por debajo del semáforo, aún tenía el color verde o negar que has sobornado a alguien aunque te hayan hecho una fotografía en el momento de la entrega y otra muy diferente es negar un genocidio brutal, constrastado, sistemático y organizado hasta el último de sus eslabones que fue lo que hicieron los nazis con los judíos en la Segunda Guerra Mundial en lo que supuso hasta la fecha la mayor aberración que el ser humano se había atrevido alguna vez a desempeñar contra otros seres humanos, aunque ya había habido infinitas tropelías anteriores y después de esa, otras tantas hayan aspirado a meterse en el podio de las hijoputeces por derecho propio.

Los negacionistas eligen negar la realidad para evadir una verdad incómoda y consiste en el rechazo a aceptar una realidad empíricamente verificable. Los hay que todavía niegan el cambio climático y los que están convencidos que la esclavitud no tuvo lugar y habrá quién niegue que la explotación sexual de cientos de miles de mujeres no está ocurriendo actualmente, ni que muchos comercios con franquicias en todo el mundo utilizan mano de obra infantil para sacar a la venta productos con precios muy superiores a su coste en fábrica. Y los que lo niegan, curiosamente suelen ser los más interesados en  hacerlo porque tienen algún tipo de interés, estratégico, geopolítico, social o meramente egoísta por convicciones o filiaciones de diversa índole.

Y un tal David Irwing, declarado simpatizante de los nazis desde su más tierna infancia fue uno de los negacionistas del holocausto que más cerca estuvo de que sus paranoias partidistas, infundadas y maniqueas, llegaran a buen puerto. Creador y autor de muchos libros sobre el Tercer Reich y admirador confeso de Hitler, no llegó a negar totalmente el holocausto, pero sí a minimizar sus consecuencias y pretender tirar por tierra la intencionalidad de estos arios genocidas que se llevaron por delante un porcentaje nada desdeñable de la población humana entre 1941 y 1945. Su mayor obsesión era demostrar que Hitler no alentó el exterminio y que se hizo a sus espaldas y que, cuando le llegaron noticias del mismo, intentó detenerlo y para ello ocultó datos, tergiversó la mayoría y disfrazó todo su trabajo de un rigor académico que no sé si llegó a convencer a mucho público, pero que sí llegó a sembrar dudas en una parte de él y, como todo zumbado admirador de su propio ombligo, defendió con uñas y dientes sus creencias, tirando a matar contra todo aquel que no estuviera de acuerdo con sus patrañas e incongruencias históricas y llegó a demandar a la editorial Penguin Books que publicaron un libro de su antónimo literario que era una mujer llamada Deborah Lipstadt, en el cual la autora de origen judío cargaba contra los escritos manipulados por el autodidacta historiador británico que se jactaba con una soberbia digna de cualquier dictador de turno, de llevar la razón y poder demostrarlo.

En cualquier otro lugar del mundo no hubiera sido posible hacerlo, pero David Irwing sabía dónde estaba y que llevar el caso a los tribunales británicos, podía darle una ventaja estratégica de la que no hubiera gozado en ningún otro sitio. El Inglaterra no existe la presunción de inocencia y si alguien te demanda por las razones que sean, has de demostrar que no eres culpable, luego en la casilla de salida, tienes el sambenito de delincuente en potencia hasta que algún abogado te saque del atolladero si tienes pasta para financiarlo. Se ve que a los ingleses les pone cachondos llevar la contraria y no sólo por seguir teniendo su propia moneda pese a haber pertenecido a la Unión Europea hasta el famoso Brexit o por conducir por la izquierda.

Se montó pues un circo judicial y mediático que interesó a medio mundo y que puso en entredicho la veracidad del holocausto nazi cuando nadie con dos dedos de frente podría dudarlo teniendo en cuenta la cantidad de información al respecto, aunque los verdaderos causantes del asunto, se habían esforzado mucho en no dejar documentos gráficos y en tratar de borrar las huellas de su pasado deleznable.

Se dio la paradoja de que un sólo hombre, un juez británico para más señas, se erigió en el único responsable para emitir un veredicto que no sólo hubiera podido sentar jurisprudencia, sino que pondría en tela de juicio, y nunca mejor dicho, la veracidad de unos hechos que ni los propios alemanes, pese a la vergüenza que sentían, estaban en condiciones de obviar y mucho menos, de negar.

Fue la soberbia de la que hizo gala este personaje lo que le hundio, como la de otros muchos personajes de la historia pasada, que cada día están más presentes en los telediarios mostrando la actual, y demostrando que este tipo de gente, aunque muera, se vuelve a reencarnar en otros cuerpos, mostrando idénticas actitudes y que siempre son secundadas por un número indeterminado de seguidores que son realmente los que otorgan poder a estos títeres de sus propias ínfulas que acaban ahogándose  en las agitadas aguas que ellos mismos se encargan de agitar.

Estaba el tipo tan pagado de sí mismo, que se defendió sin necesidad de ayudas externas, mientras que la parte demandada, tuvo que personarse pertrechada por un nutrido número de letrados que, siguiendo la férrea tradición judicial de los británicos y ataviados con sus ridículas pelucas en sus papeles estelares, debían de dilucidar si seis millones de judíos habían sido exterminados realmente o si formaban parte de una pesadilla colectiva.

Dejar tamaña responsabilidad en manos de los criterios de una única persona, resulta no sólo inconcebible, sino sencillamente aterrador. ¿Qué hubiera ocurrido si ese juez hubiera fallado a favor del negacionista?, ¿qué turbios caminos se habrían abierto para que siguieran por esa senda otros imitadores?, ¿Cuánto tardaría un miembro de la antigua Yugoslavia en negar el genocidio de la Guerra de los Balcanes u otro iluminado en hacer lo propio con lo que ocurrió en Ruanda sin mencionar lo que está ocurriendo a día de hoy en muchas otras partes del mundo?

El tiro le salió por la culata a ese ser tan despreciable como el dictador que hizo posible lo que él negaba con tanta vehemencia, pero lo peor de todo es que hasta la basura más odorífica tiene quién le lleve las bolsas al contenedor y es ahí dónde radica el verdadero quid de la cuestión. Una sola persona, por muchas cosas que diga y que pretenda hacer, nunca hará nada sin una serie se seguidores que le rían las gracias y le ayuden en sus propósitos y es en esa calidad de rebaño atolondrado, dónde hay que buscar el origen de todas las desgracias que le han sucedido al ser humano desde que el mundo es mundo y aspiramos a controlarlo como especie dominante.

Este director ya talludito es el responsable de algunos títulos olvidables como “El guardaespaldas” (1992) y “Vulcano” (1997), pero aquí se beneficia de una historia potente y de unos actores de primer nivel para levantar una película sobria, tan inglesa como ese te que se toman caiga quién caiga a las cinco en punto y que convirtió Londres en esos años fronterizos del cambio de siglo, en la capital mundial de unos asuntos que no deberían de haber tenido lugar en un mundo racional.

Quién olvida su historia, está condenado a repetirla. Esta frase que se le atribuyó a Churchill y que por lo visto también dijo un tal George Santayana, puede que la dijera por primera vez, vaya usted a saber si es verdad, un tal Marco Tulio Cicerón, político, jurista, filósofo, escritor y orador romano algunas décadas antes de ese suceso que dividió la manera de contar los años por el sencillo método de colocar después del número unas iniciales, como se se hace con las horas del reloj una vez las agujas  han pasado la frontera de la mitad del día.

Los negacionistas son los cucos que colocan sus huevos en los nidos de otras especies con el fin de parasitarlas y obtener un beneficio propio. Son los pájaros que disfrazados de falsos gavilanes, pretenden amedrentar y sembrar el pánico y el desconcierto entre sus semejantes. Son la gente que no dudará en tirar por la borda al resto del pasaje con el fin de quedarse solos y poder contar la historia que les venga en gana.

El problema no es lo que dicen, sino que siempre hay alguien que les escucha.

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