“Moonlight” de Barry Jenkins o Escallonia macrantha (Escalonia o siete camisas)

Esta es para mí sin duda alguna la mejor película que se ha realizado el pasado año y que acaba de aterrizar hace apenas una semana en las carteleras españolas. Me da vértigo sólo pensar que pueda haber obras de este calibre circulando por el limbo cinematográfico sin que lleguen a ver nunca la luz y que se pierdan irremisiblemente en los catálogos polvorientos de las pequeñas distribuidoras que no pueden optar a presentar al mundo ciertos trabajos que llegan a sus manos por falta de presupuesto para hacerlo o de demanda que lo justifique.

Moonlight-PosterY ha llegado hasta nosotros porque ha sido nominada a los premios gordos de la mayor fiesta del cine norteamericano y premiada en la antesala de los mismos,  y en  los cuales se va ir probablemente de vacío porque estos trabajos se seleccionan para que veamos todos que ya no son una secta, que han evolucionado y que el cine racial tiene cabida y reconocimiento en la gran fiesta del cine blanco que premiará, como siempre, a otros grandes trabajos, pero más tradicionales y menos arriesgados y al final también como siempre, tanto nadar para morir en la orilla porque el socorrista está mirando para otro lado.

Viendo los títulos de crédito, uno puede darse cuenta de que si Brad Pitt pone dineros es que hay una intención potente de darle una visibilidad a niveles altos, no sólo para recuperar la inversión, sino porque es un pecado de imposible expiación dejar que semejante trabajo audiovisual no llegue al público, independientemente de que la mayoría de los espectadores pueda ver en ella un trabajo menor que no justifica el precio de la entrada.

Nada más lejos de la realidad. Es un trabajo soberbio desde el primer fotograma al último, dotado de una sensibilidad exquisita que paraliza y emociona. Un ejercicio contenido, intenso  y fragante de cine independiente que se queda pegado a la dermis como un mal sueño, como las pesadillas que persiguen al protagonista como si no tuviera bastante con su realidad diaria.  Esta obra maestra es una mantis religiosa hembra que hipnotiza al macho con la intención de zampárselo una vez haya conseguido lo que quiere de él y, aunque no sea una analogía acertada, la uso para gritar al mundo que aún a sabiendas de que ese fuera mi destino, lo afrontaría gustoso tantas veces como fuera menester si eso pudiera llegar a ser posible. Según reza una de las frases promocionales que usan voces autorizadas para hacer de reclamo al público, “es la razón por la que vamos al cine”. Estoy de acuerdo. No sé porqué van los demás al cine, pero yo voy para que me sacudan el alma, para que me recuerden que soy un ser humano, que grita, llora, ríe, come, caga y patalea en la medida que me dejan y me lo permite mi organismo.

En esta película los silencios gritan, las palabras se clavan como puñales, las miradas son flores con espinas. Es cine de negros para gente con alma y sino te conmueves hasta el tuétano con lo que estas viendo, lamento decirte que no estás vivo.

Habla del acoso escolar, esa cosa aberrante que hemos etiquetado con la palabra bullying porque no hay un vocablo más corto que la designe por lo menos en nuestro idioma. Y eso es tan antiguo como el cagar, con perdón. Como la prostitución y las envidias. Supongo que desde que antes de que el hombre se pusiera a caminar a dos patas alejándose del mono que nos acogió y nos contuvo genéticamente, ya había ejemplares más fuertes físicamente y decididamente más lerdos que se dedicaban a robarles los plátanos a aquellos que eran diferentes y no porque ellos no tuvieran nada que llevarse a la boca que eso puedo justificarlo, sino por deporte y placer estulto y básico. Porque lo diferente acojona y hay que erradicarlo no vaya a ser que se convierta en asunto mayor y nos acabe dominando.

Los patios de colegio son espacios confinados, pequeñas selvas en la cuáles también se establecen jerarquías y en las que suele mandar el macho alfa secundado de sus fieles secuaces. Esa gente nunca actúa en solitario porque no tienen cojones. Necesitan quién les ría las gracias y quién de testimonio de sus dudosas hazañas y, una vez finaliza el colegio, siguen perpetuando su hegemonía de todo tipo menos moral en el instituto y en las universidades, en espera de poder hacerlo después en su trabajo y de forma más concreta en sus hogares.  Porque este tipo de gente siempre encuentra quiénes le quieran y se reproducen, perpetuando el error y constatando la imperfección de la naturaleza cuando la remitimos a asuntos humanos. Los acosadores de hoy en día son los futuros asesinos de sus mujeres y de aquellos que se les crucen en un camino en un día malo en el tiempo que vendrá y todos sabemos quiénes son y lo que hacen, pero solemos callar cuando el tren atropella a otros.

Ser padre hoy en día es una profesión de riesgo, pero ser alumno puede llegar a serlo mucho más. Se calcula que  de las más de seiscientas mil muertes juveniles a causa de suicidios que ocurren en el mundo a lo largo de un año, por lo menos un tercio están relacionadas con el acoso en sus múltiples y variadas formas. Ignoro qué porcentaje nos pertenece, pero en nuestra franja europea, estamos los cuartos tras Reino Unido, Rusia e Irlanda. Es decir, diploma olímpico en hijoputez. No íbamos a estar siempre a la cola en todo.

Si yo fuera padre, me pensaría si llevaría a mi hijo al colegio o cogería los bártulos y subiría al monte a tratar de educarle yo como hizo Viggo Mortensen con su prole en “Capitán fantástico” de Matt Ross, estrenada el año pasado en España. Dicen que pasarlas putas es la escuela de la vida y es cierto que vivir es una carrera de obstáculos en la cual pocos vamos a llegar a la meta por lo menos en los plazos previstos, pero hay edades en las que esas cosas no deberían ocurrir.

Y no tiene solución, porque los hijos acosadores son carne de la carne de los padres acosadores que en el fondo no hacen sino perpetuar los comportamientos que han mamado y contra eso no hay nada que hacer, porque si denuncias al hijo, el padre acudirá con su puño americano a rematar la faena, para que su descendencia se de cuenta de que hay que terminar lo que se empieza.

El cine español lo retrató muy bien de la mano de dos cómicos que saben cuando ponerse serios. Juan Cruz y José Corbacho se pusieron a ello en el 2008 con “Cobardes”. No puede haber un título mejor para nombrar esa realidad. Ni Bullyng ni pollas en vinagre. Cobardes y punto.

Barry Jenkins lo estructura en una trama formal repartida en tres episodios nombrados en base a la realidad del personaje en cada momento, utilizando fabulosas elipsis temporales para relatar las transiciones de una a otra que siempre guardan relación con el agua como elemento conductor de las diferentes edades del protagonista. Principio, nudo y desenlace para ilustrar los capítulos de una vida novelada en tres actos que obedecen a un drama clásico mil veces repetido pero igual de impactante.

La cámara revolotea entre los actores y actrices al ritmo acompasado de los corazones que la dan vida, creando una sucesión de escenas memorables en las que lo que no se dice deja más poso que las palabras que se llevará el viento a aquellos lugares dónde a nadie le enseñaron a escuchar. Se trata de defenderse, de salir adelante conservando la vida y la dignidad y dejando bien claro que lo que somos es una consecuencia directa de lo que vivimos y de la manera en que nos afecta.

El personaje del niño acosado debe de adaptarse al medio sin que ello suponga que entiende lo que ocurre a su alrededor, aunque su mirada inquisitiva delata una genuina intención de hacerlo. Es mucho más importante de lo que la gente cree, mantenerse fiel a uno mismo a pesar de que esté jarreando y nuestro paraguas haya quedado olvidado en el departamento de objetos perdidos. Muchas veces la gente nace, se reproduce y muere sin llegar a saber lo que son y a qué atenerse, sin más intención vital que dejar un mísero rastro que borrará la siguiente nevada y sobre cuya nieve inmaculada otros escribirán su destino haciendo olvidar el nuestro. Somos deudores y esclavos de nuestro pasado y nuestro subconsciente nos lo recuerda apenas bajamos las persianas de los ojos y nos enfrentamos a él sin barreras ni artificios, contando sólo con que la vigilia acabe librándonos del tormento de enfrentarnos cada noche a nuestros fantasmas. Pero el pasado siempre acude a nuestro encuentro y siempre que lo hace, nos encuentra con el culo al aire y la ropa interior apresando nuestros tobillos impidiéndonos la posibilidad de salir corriendo.

Luego cada uno se enfrenta al espejo de sus miserias de la manera que puede y eso no convierte a nadie en mejor persona. El personaje principal acaba siendo lo que no quería ser y de lo que pretendía huir, pero lo hace como mecanismo de defensa para pertrecharse contra el mundo que trató de devorarlo, aunque tras el blanco de sus ojos, se adivina al mismo niño acojonado e inocente que sólo pretendía pasar por la vida de puntillas, sin hacer ruido y que no puede disimular bajo la hinchazón de sus músculos la fragilidad de aquellos que en el reparto de la sensibilidad obtuvieron el premio gordo.

Como frágil es la escalonia bajo su apariencia compacta. Capaz de aguantar climas extremos, capaz de florecer a pesar de las condiciones del suelo, capaz de recuperarse lentamente del encharcamiento de sus raíces, como este chaval se recuperaba de las palizas que le propinaban enemigos y amigos, unos en base a su código vital y otros para tratar de ocultar lo que realmente eran.Escallonia-rubra-var-macrantha

Capaz en definitiva de soportar exposiciones que podrían acabar por matarla pero de la cual se recupera más por inercia que por deseo de hacerlo, porque aquello que está vivo tiende a seguir estándolo aunque sea en contra de su propia voluntad. Pero si alguien trata de manipularla sin el debido cuidado, los tallos de esta especie vegetal se quebrarán como pan de cristal y las ramas sin vida se nos quedarán en las manos  como recordatorio de aquello que debimos de tratar con más cuidado. Su nombre vulgar de siete  camisas puede interpretarse tanto como las siete supuestas vidas de los gatos callejeros, siempre huyendo y escondiendose para no gastarlas tan pronto o como la muda de las serpientes con la cual renuevan las escamas, se liberan de parásitos y curan sus heridas o con la maniobra de distracción con la cual algunos reptiles pierden su cola para que los depredadores se entretengan con ella mientras el resto del cuerpo busca refugio en otro lugar más tranquilo.

Hay tanta verdad, tanta autenticidad, tanto amor y desamparo, tanta lucha desigual, tal cantidad de rabia odio e incomprensión  durante toda la película, que resulta extenuante verla y sentirla sin pensar  que te ha pasado un puto tren de mercancías por encima cuando se encienden las luces y te enfrentas a tu propia realidad.

Si toda la película es una oda al cine con mayúsculas, una maravilla del celuloide tan atemporal y al mismo tiempo tan insignificante como nuestra ridícula existencia, sus últimos veinte minutos, los que relatan el reencuentro de dos amigos, almas gemelas separadas por sus diferentes maneras de enfrentarse al mismo conflicto, son un diamante de valor incalculable metido en un cajón que deberíamos abrir constantemente para asegurarnos de que nadie nos lo ha robado.

No tengo más palabras para describir lo que siento.

 

MOONLIGHT, Mahershala Ali, holding Alex R. Hibbert, 2016, photo by David Bornfriend, ©A24/courtesy Everett Collection

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