“Mine” de Fabio Guaglione y Fabio Resinaro o Elytrigia repens (Grama)

Hay películas de argumentos mínimos y plantel actoral acorde con el planteamiento, pero suelen caer en manos de muy buenos directores. “Buried” de Rodrigo Cortés, “127 horas” de Danny Boyle”, las dos del 2010 o “Locke” de Steven Knight (2013), son muy buenos ejemplos de cine claustrofóbico por diferentes motivos que basan todo su metraje en un poderoso guión y unas interpretaciones de altura para sacar adelante el proyecto sin que haya altibajos de consideración.mine-cartel

Cierto es que en todas ellas hay algún momento en que no queda más remedio que tirar de recursos cinematográficos de diversa índole para que el motor no se gripe y cada cual lo resuelve a su manera sin que nos preguntemos porqué coño no hemos elegido otra película e incluso con ganas de recomendarla cuando enfilamos el camino de regreso a casa. Y hay títulos mayúsculos que pertenecen a la élite de la historia del cine como “La muerte y la doncella” de Roman Polanski de 1994 o “American Buffalo”, basado en el texto inmortal de David Mamet y dirigida en 1996 por Michael Corrente, cuyas características comunes son muy pocos personajes incrustados con calzador en ambientes opresivos de difícil escape.

Esta película no pertenece ni por asomo a ese tipo de trabajos. El título ya es lo suficientemente explícito en una de las acepciones de su traducción al español para que nos llamemos a engaño y tampoco se andan los directores con demasiados jueguecitos a la hora de plantear el conflicto.

Las minas son un artefacto bélico cuyo coste en origen no supera los dos euros y cuya desactivación, generalmente por los mismos que las han diseñado, suele superar los setecientos. Se calcula que hay unos ciento diez millones de ellas diseminadas por más de sesenta países, la mayoría de ellos en África. Están pensadas no para matar sino para mutilar porque los costes de los heridos durante las guerras, son muy superiores a los de los cadáveres. Hace falta ser muy hijo de puta para primero pensarlas y después colocarlas arbitrariamente, sobre todo si se tiene en cuenta que el noventa por ciento de las más de veinticinco mil víctimas que hay cada año por este motivo, son civiles y que  también están pensadas para estallar incluso bajo una presión pequeña como la que pueda suponer el peso de un niño. Sólo en Angola, uno de cada cuatrocientos setenta habitantes está mutilado.

Pues esta película va sobre eso y vemos al principio a dos marines que desde la atalaya y la seguridad que les da su camuflaje y un rifle de largo alcance, tratan de liquidar por la vía rápida  a un supuesto terrorista que ha sido geolocalizado por otro equipo al que sólo escuchamos por la radio. Y ahí vemos que hay un tío que no deja de hablar hasta el punto de que dan ganas de dispararle por idéntico método y otro que, oh sorpresa, tiene  conciencia y actúa en consecuencia. Y sin comerlo ni beberlo, se ven camino de una aldea perdida y se meten sin saberlo en un campo de minas.

Hasta ahí la cosa tiene un pase, aunque ya vemos desde el principio que hay algo que chirría aunque todavía no acertemos a saber qué es. Si con un guión arriesgado condenas a la acción a la más pura de las inacciones, o eres un guionista cojonudo o un director con recursos o facturas una soberana mierda que es lo que ocurre con este trabajo.

A nivel técnico, independientemente de la escasa variedad de planos a la que te condena tu decisión que en manos de alguien competente no supone ni mucho menos un problema,  si además le sumas que los elementos narrativos cambian de posición sin orden ni concierto, lo único que acabas provocando es hartazgo y hastío, hasta el punto de que te acaba importando tres narices lo que le ocurra al protagonista. Por si eso fuera poco, el guión está tan cogido con alfileres y los diálogos son tan pueriles que llegan a invitar cuanto menos a la sonrisa a pesar de que se supone que estamos hablando de un drama mayúsculo si se hubieran sabido tocar con una mínima maestría los resortes del género.

Es una película tramposa hasta decir basta en la que nunca llegas a saber qué es verdad y qué es un espejismo y los flashbacks reiterativos y excesivamente largos con el único propósito de aumentar la duración del trabajo, resultan tan extenuantes y farragosos como el resto de la trama.

Se supone que al susodicho, según le han explicado en base a un código ético que rige la vida de esos señores tan fuertes, tan rapados y tan zumbados llamados marines, que serían perfectos talibanes con barbas hasta los ombligos si hubieran nacido en otras latitudes más orientales, le tienen que extraer de manera segura y lo más inmediatamente posible, aquellos compañeros que se encuentran en situaciones más favorables, pero claro, cepillarse células terroristas en terreno enemigo, no es una cuestión baladí que se pueda despachar en diez minutos y luego está esa cosa tan jodida de los imponderables y el plazo de rescate se va alargando y los directores, que responden ambos al italianísimo nombre de Fabio, abren el cajón de sastre y meten allí todo lo que se les ocurre y todo acaba siendo un zurullo compacto e infumable en el que no hay fallos de raccord ni incongruencias porque todo puede tener lugar en la cabeza del personaje y por lo tanto, todo vale y puede estar justificado. Y es en esa falta de rigor total y absoluto cuando la película se va a tomar por culo sin remisión y sin que halla manera de enderezarla.

Únicamente el uso del elemento narrativo de los soldaditos de plástico despierta mínimamente un interés que se va por el desagüe porque el tapón no ajusta bien y no hay ni agua, ni ganas para volver a llenar la bañera porque el oro líquido es un bien escaso. Por lo visto más que la paciencia de los sufridos espectadores. No se trata ni mucho menos de una película épica. Estamos hablando de un drama humano a escala individual que podría haber incluso derivado en un conflicto moral sino se tratara únicamente de salvar el culo que es al final lo que intentamos todos, pisemos una mina o una simple mierda de perro, pero los directores cometen otro error de bulto al aceptar para su trabajo una banda sonora grandilocuente que está de manera constante por encima de las imágenes. Solamente cuando el protagonista se pone unos cascos para escuchar su propia música, alcanzamos un punto de sosiego que no nos da ni para acabarnos un hipotético cigarro.

Este proyecto que es una coproducción entre Usa, Italia y España, (supongo que nuestra parte consiste en poner los inigualables paisajes de Fuerteventura para trasladarnos a esos desiertos infestados de bereberes y terroristas despiadados), sólo puede entenderse como metáfora de la vida o como una alegoría de aquellos sucesos que nos atrapan y nos condicionan a la hora de elegir los caminos correctos. Si es así, me parece bien, pero no me gusta que me engañen, ni que traten de confundirme con trucos de mago de feria de pueblo pequeño. Hay que partir de la base de que el espectador medio tiene un mínimo de inteligencia y que se va a revelar si le llaman tonto a la cara.

Tampoco me molestaría tanto si no fuera tan evidente la pretenciosidad de los responsables de facturar un trabajo de altura. Que los actores o actrices nos sean demasiado famosos me importa una higa. No sé sino había pasta para contratar caras conocidas o es que ningún actor de postín se dignó a meterse en semejante berenjenal.

Y es una pena porque había mimbres para haber hecho un buen cesto. Hay un buen punto de partida y un conflicto interesante, pero si a mí me das un avión para pilotar y soy capaz de levantarlo del suelo, me voy a estampar a las primeras de cambio con el primer obstáculo de más de dos metros que me encuentre por delante.  Las cosas son así.

Es como la grama, esa mala hierba indeseable como las malas películas.grama

Como esos múltiples trabajos que invaden cada año las carteleras y de las que no hay manera de librarse porque suelen estar bien promocionadas y nos bombardean con los avances de sus imágenes desde tierra mar y aire. Es una planta que invade jardines y cultivos comos esas minas que siembran los caminos, los desiertos y los terrenos de labor del mundo  y que están esperando que algún desgraciado las pise para otorgarles un sentido a su insidiosa y estática vida. Es una planta muy difícil de erradicar como imposible es arrancar de la faz de la tierra esa población ingente de artefactos explosivos colocados por alguien que seguramente se esté en este momento metiendo entre pecho y espalda un bol de putos cereales que nunca se le van a atravesar en la laringe porque ni hay justicia divina ni se la espera.

El mundo es eso, un puto campo de minas esperando a arrancarte una parte de tu vida y a regocijarse de ello.

Me cuesta decir esto porque soy jardinero y le tengo inquina a la grama. Pero la prefiero.

Me encabrona y me hace llegar a mi casa más tarde, pero lo hago de una pieza.

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