“María y los demás” de Nely Reguera o Streptopelia decaocto (Tórtola turca)

Esta especie de tórtola ha representado en el siglo XX la mayor colonización de aves jamás vista. Es una especie invasora que se reproduce a velocidad de vértigo y que ha invadido el nicho ecológico de otras, desplazándolas y amenazando su hábitat y condiciones de vida. Cierto es que al tener alas puede desplazarse por si misma como cualquier ave que se precie  (y  de hecho lo ha conseguido),  y colonizar otras partes del mundo, pero se trata de una especie dispersiva, no migratoria y han sido los humanos la mayor parte de las veces quienes las han introducido en otros lugares en principio inalcanzables para sus dotes voladoras.tórtola turca

Una vez hecho este avance importante, ella solita se ha encargado de continuar con su imparable expansión hasta convertirse en una presencia recurrente en cualquier núcleo humano  dónde pueda obtener alimento casi sin esfuerzo, lo que la convierte en algo parecido en costumbres, pero mucho mayor y de apariencia más exótica, a un gorrión común habitante de las mesas de metal de cualquier Plaza Mayor del mundo.

Su plumaje es beige grisáceo con tonos rosados en la cabeza y el pecho y luce una lista negra ribeteada de blanco que se asemeja a un collar. A ello hace alusión su nombre de género que en la etimología griega significa cadena y paloma, mientras que  su nombre específico hace alusión en latín a los números diez y ocho que a su vez se refieren a un mito griego de una joven criada que pidió a los dioses ganar algo más que las dieciocho monedas con las que compensaban sus servicios y que como “premio” fue convertida en tórtola cuyo canto agónico y pertinaz, recordaría ese número para siempre.

Y agónica y pertinaz es muchas veces la presencia de la familia que también simboliza para muchos una cadena como la que luce al cuello la tórtola y de la que resulta imposible librarse por mucho que uno se empeñe, porque si se toma distancia la recorrerán y si es a la inversa ocurrirá tres cuartos de lo mismo porque la sangre tira e incluso extinto el linaje, los hechos que acontecieron en vida, quedan marcados como un estigma en el árbol genealógico como los árboles de verdad llevan escritos en su tronco las podas a las que han sido sometidos.

El título no puede ser más explícito y queda claro y demostrado desde la primera secuencia en que la protagonista se está intentando fumar un cigarro a escondidas oculta parcialmente entre un arbusto.

Bárbara Lennie la interpreta con su habitual maestría y naturalidad y su rostro de pómulos altos, ojos de anime manga y hoyuelo en la barbilla, llena cada plano, incluso en los escasos en los que no está y se convierte en el astro involuntario alrededor del cual todos giran, aunque resulta evidente que ella prefería pertenecer a una galaxia más lejana a la cual se tardara en llegar unos pocos de años luz en un Simca mil  interestelar con matrícula de seis números.maria_y_los_demas- cartel

A ella le tocó en el sorteo, tal vez por ser la única chica de los tres hermanos, el premio gordo de cuidar durante años a un padre enfermo que  sale del hoyo porque no era aún su hora y porque el carácter organizado, castrense y disciplinado de la hija ha levantado un acta dictatorial entre lo que es bueno para el padre y todo lo contrario y gracias a ello se llega al sesenta aniversario del progenitor y se organiza un evento para dar de nuevo la bienvenida al que regresó de entre los muertos.

Las familias, como las tórtolas, suelen dispersarse más que emigrar por lo menos en la mayoría de los casos y es lo que le ocurre a esta y, en el espacio de una casa de campo con déficit de mantenimiento no se sabe si por desuso o por desgana, tiene lugar el reencuentro de la familia desunida que puede volver a recordar tiempos pasados, no necesariamente mejores.

Y tenemos todos los arquetipos, el hermano calzonazos que ha sentado la cabeza, el cabra loca al que su ciudad se le quedó pequeña y que está con una chica más joven, los tíos santurrones, la mandona preñada que se empeña en que su marido cumpla sus órdenes y deseos a la de ya, basada en el impepinable hecho de que lleva un hijo suyo en el vientre y si ella va a parir, a él le toca hacer el resto, el padre redivivo que quiere saltarse la dieta sana porque cuando se ve a la parca tan de cerca a uno le apetece tomar algo de embutido y, para remate, la novia que se ha echado el ex moribundo por aquello de alegrarle el tiempo que le queda.

Hay muchas películas corales, sobre todo en la filmografía francesa, que abordan el tema de la familia aprovechando esos eventos impagables en que bajo el mismo manto de estrellas, fluyen los arroyos y entran en erupción los volcanes. “Le Skylab”  dirigida Por Julie Delpy en el 2011, es un buen ejemplo de ello y la magnífica “El árbol magnético” de Isabel Ayguavives rodada en Chile en 2013, otro aún más claro y que entronca perfectamente con esta ópera prima de Nely Reguera, porque la directora gallega que debutara en el cine con una obra bellísima, intimista y deudora del realismo mágico que pusieran de moda Isabel Allende y Gabo entre otros, hace aquí labores de ayudante de dirección como la propia Nely hiciera hasta que le llegó la hora y el momento de debutar como máxima responsable de un largometraje.

Pero hasta ahí las comparaciones. Hay mucha más maestría en la última mencionada que en esta que nos ocupa y no sólo porque los paisajes chilenos le otorguen ese plus que no se puede obviar. Hay un buen elenco en las dos y si Bárbara aquí se come la película con la ayuda impagable de ese actor polivalente y veraz llamado Julián Villagrán, en la otra son Andrés Gertrúdix y Manuela Martelli los que se suben a la chepa todo lo que haga falta como abnegados sherpas devenidos en actores que aseguran que la expedición hará cumbre por mucho que el tiempo no acompañe.

No es que la historia no interese. Es una historia familiar y como todo este tipo de relatos, sólo interesa realmente a quién la sufre. Los conflictos surgen rápido y de una manera orgánica pero toda ella está llena de unos diálogos la mayor parte del tiempo intrascendentes que obedecen principalmente a un deseo de aumentar el número de páginas del guión para llegar al metraje deseado. A veces los silencios dicen mucho más que las palabras, pero la directora no encuentra otra manera de rellenar los huecos que una ausencia prolongada entre miembros de un mismo clan acaba provocando y se pierde en escenas que aportan poco, hasta que la cámara vuelve a centrarse en la tal María que aglutina en su rostro siempre concentrado, las frustraciones, los deseos y anhelos, los sueños y las tareas incumplidas que se acumulan indefectiblemente a lo largo de las vidas de los humanos y ante las cuales, cada uno reacciona como sabe o como puede.

Tiene que ser duro consumirse a fuego lento viendo como los demás tienen lo que deseas para ti, pero ya quedó demostrado en la ópera prima de Leticia Dolera en 2015, que los requisitos para ser una persona normal, no son más que mandamientos estándar que pueden traer la felicidad o la más ácida de las amarguras. Lo peor  no es decepcionar a los demás, sino decepcionarse a uno mismo, porque ese sentimiento se enquista en el cerebro y no hay quién lo saque de ahí.

Es tu familia, es decir, los que en principio mejor te conocen, los que tienen las armas necesarias para neutralizar las tuyas. La familia es la kriptonita con la que podrán inmovilizarte y convertirte en un pelele manipulable si te dejas hacer y no es que quién bien te quiera te hará llorar, sino que unas veces lo harán sin querer y otras veces dispararán con saña a la línea de flotación, en un fuego que no es amigo pero que sí es cruzado y que garantiza un número indeterminado de bajas civiles.

La película gira en torno al hecho de que el padre que ha encontrado de nuevo el amor después de veinte años de abnegada y fiel viudedad, quiere casarse de nuevo con una de las enfermeras que le cuidó y tiene prisa por hacerlo, vender el que fuera su restaurante e irse a vivir lo poco que le queda de vida, porque una vez que el cáncer te señala, aunque le ganes la primera partida, te acabará acorralando, porque esa enfermedad sabe jugar como nadie al escondite inglés y se te irá acercando en cuanto se te des la vuelta y cierres los ojos. Pero los hijos montan en cólera, eso sí, más o menos de forma civilizada, porque hay intereses cruzados en ese asunto que defendió el progenitor con uñas y dientes y del que quieren sacar tajada los presentes encarnados en las figuras honorabilísimas de hijos, cuñadas y demás especímenes.

Todo transcurre a trompicones con escenas deslabazadas que muestran los estados cambiantes de humor de una persona que no logra estar a la altura de sus expectativas vitales y que no ha logrado transmitir a los suyos cuáles son sus inquietudes, seguramente porque los de su parentela, nunca han estado interesados ni en escucharlas, ni mucho menos en comprenderlas y así llega la película hacia su mejor tramo en el cual por fin en una escena, la hermana ve la oportunidad de clavar el cuchillo y se lanza a tumba abierta con la delicadeza de una abeja polinizando una flor y la mala hostia del escorpión que picó al cocodrilo que le ayudaba a cruzar el río porque ese es su carácter y, después en otra secuencia imponente, la misma protagonista y la aspirante al cetro de madre postiza del año, mantienen un baile acuático en el que nada queda claro, pero en el cual las miradas hablan por sí solas.

Ese momento epifánico llega tal vez demasiado tarde, pero remonta la película muchos enteros y Nely Reguera sabe mantener el tono hasta el final en el cual lo anunciado se queda en el terreno de lo que nunca veremos porque la protagonista absoluta es María y lo demás, y los demás, son simples accesorios.

Esta familia es como una bandada de tórtolas turcas, introducidas tal vez a su pesar en un hábitat que no es el suyo, pero que tiraran de su carácter omnívoro y práctico para salir adelante y seguir con su labor de dispersión. La mayoría de ellas se limitarán a volar, pero algunas no disfrutan del vuelo porque saben que lo más difícil es aterrizar, como dijo una vez ese cantante de voz rota que se llamaba Manolo Tena.

Pero es difícil hacerlo cuando te han recortado de forma sistemática las alas y cada dos por tres te recuerdan a lo que aspirabas y en lo que te has quedado.

Y  esa cadena que a veces tiene muchos metros de larga, te dejará una marca en el tobillo cuando pretendas escapar del ámbito de esa prisión que todos habitamos. Y si logras escapar, alguien te recordará periódicamente, tu condición de proscrito.

Y si te quedas, te acusarán de cobarde.

En ciertos sitios, hagas lo que hagas, la vas a cagar y cuando quieras arreglarlo, alguien habrá olvidado reponer el papel higiénico.

Es la condena de quién, aspirando a volar sólo, se ve obligado a hacerlo en grupo.

 

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