“Loving” de Jeff Nichols o Sequoiadendrum giganteum (Secuoya gigante)

Dicen que este es el mejor de los mundos posibles, pero semejante gilipollez sólo podemos decirla aquellos privilegiados, que instalados en nuestro remedo de felicidad auto inducida, tenemos un techo dónde cobijarnos (aunque no podamos tenerlo todo lo caliente que quisiéramos en invierno), no pasamos hambre y vemos las desgracias del mundo reflejadas en las noticias de los periódicos y en el plasma de nuestra televisión. Los refugiados, los inmigrantes, lo que viven cada día en la calle o rodeados de basura y escombros y que ven caer a su alrededor las bombas como quién ve llover, tendrán una opinión radicalmente opuesta a la nuestra. De todas formas, es curioso ver como hasta en el más inmundo de los vertederos la gente es capaz de reír, mientras nosotros nos lamentamos por asuntos tan nimios que, comparando los contextos, debería hacernos sentir como la última mierda a nivel moral y ético.loving cartel

El racismo es tan antiguo como el machismo y también tiene su origen en las sagradas escrituras o por lo menos en la interpretación que unos señores con miedo de pasar a ser dominados en vez de dominadores, hacen de ellas, agarrándose a una libre interpretación. Según esa interpretación, Dios separó a las razas por continentes porque no tenía ninguna intención de que se juntaran porque por lo visto no llegó nunca darse cuenta de que esas ingentes cantidades de agua entre unos y otros pudieran llegar a ser surcadas dando lugar a invasiones y mezcolanza de razas y sangres. Y, claro, como dicen en un momento de la película, la sangre se desorienta. Es en la mezcla de sangres y de culturas dónde el germen de la civilización encuentra el lugar perfecto para crecer y mostrar en todo su esplendor, todo lo que el ser humano es capaz de hacer por mejorar su entorno. Pero estamos demasiado ocupados en darnos por el culo unos a otros.

Hitler no era un innovador. Sólo lo fue a la hora de gestionar los recursos para quitarse de en medio a más indeseables por turno de lo que habían sido capaces de hacer  sus antecesores, pero la idea de una raza pura viene de muy atrás.  Nosotros lo hicimos con los árabes que nos legaron algunas de las cosas más interesantes que tenemos a pesar de que se trató con saña de borrar las huellas por aquello de que todo lo que no se ve, no existe en realidad, pero cientos de años de invasión, más o menos pacífica, dejan un sustrato indeleble, como la sangre en una moqueta que aunque no se vea en apariencia, luego vienen los del CSI con el aparatito y nos envían a chirona.

Los negros estaban en su continente tan tranquilos que era dónde quería Dios que estuvieran y como se reproducen como conejos, pues les dio un trozo de tierra grande para que cupieran todos. Pero luego llegó el hombre blanco atraído por los cantos de sirena de la mano de obra barata, cuyo modelo de gestión sigue en pie hoy en día, los metieron en barcos y se los llevaron a las plantaciones y latifundios allende el mar. Pero no se les ocurrió que se podían acabar mezclando porque esa aberración no cabe en la mente de unos personajes demasiado orgullosos del tono limpio de su piel en contraste con lo oscuro de sus mentes y sus corazones.

América llegó a ser un país dividido entre el norte y el sur. Ahora también lo está pero por otros motivos. Lo que ocurra a partir de ahora con el advenimiento de cierto señor con mucha pasta y un poder inmenso, reflejado en su propia constitución como si a él semejante cosa le importara algo, es una incógnita con visos de arrojar un balance matemático de índole negativa, pero lo que ocurrió entonces es que hubo un guerra civil en la que ganaron los buenos desde mi punto de vista. El objetivo era abolir la esclavitud y parece que se consiguió, pero Dios tenía otros planes y el señor Washington la espichó pronto y el que llegó detrás no tenía tanta simpatía por la gente cuya piel era unos tonos más oscura.

En la vida hay dos clases de personas. Los que luchan por cambiar lo que no les gusta y los que nos quedamos sentados esperando a que el viento cambie. Unos son el motor del mundo y los demás somos la carrocería. Y luego hay dos maneras de luchar, ambas a brazo partido, pero unos con las armas, los gritos y la sangre y otros desde la templanza, el sacrificio y la fortaleza de corazón que les hace levantarse por muchas veces que caigan al suelo. Los negros, lucharon por sus derechos civiles y consiguieron muchas cosas. Las mujeres del mundo también lo hicieron y se han ido consiguiendo logros a base de dejar un reguero de cadáveres por el camino que los que llegaban detrás tuvieron que pisar para continuar en la lucha, sin tener tiempo siquiera para darles una digna despedida.

El cine ha tratado el tema del racismo de muchas maneras posibles. Desde la brutal serie “Raíces”, (la primera), en los años 70, hasta “El color púrpura” de Steven Spielberg en 1985, pasando por “Arde Mississippi” de Alan Parker en 1988 o “12 años de esclavitud” de Steve McQueen en 2013, ha sido un tema recurrente del cine generalmente americano, como si trataran de hacer justicia sobre algo que sigue de desgraciada actualidad, pero todas ellas tenían un componente de violencia explícita que las aleja formalmente de esta nueva revisión, en la que la violencia existe pero de forma contenida y en la que todo se basa en una lucha de acoso y derribo entre el opresor que sabe que tiene la ley de su mano y el oprimido que sólo puede esgrimir la calma estoica del que sabe que lleva la razón aunque nunca se la lleguen a dar.

En la Virginia de la década de los cincuenta, estaba prohibido que dos personas de diferente raza consumaran matrimonio y del mismo modo que en la España de los setenta las mujeres se iban a Londres a abortar, en la américa profunda de mitad del siglo pasado, tenían que irse a Washington a consumar el matrimonio como secreto de alto estado, pero, si después colgabas de la pared de tu habitación enmarcado el papel que lo atestiguaba y te pillaban cohabitando, pues te enchironaban y no te quejes que todavía te estamos haciendo un favor. Y esas cosas salían a la luz por las mismas razones que ha habido siempre y es por envidia, ignorancia, estupidez, demagogia y porque dentro de que todos tenemos posibles  para ser unos cabrones consumados, otros tienen más capacidad que otros en su disco duro y a ello se ponen.

Jeff Nichols es un pedazo de director que rueda como los ángeles. Sus películas son pedazos de vida, obras maestras del celuloide que pasan a veces injustificadamente desapercibidas por la sencilla razón de que nos cuenta las historias de un modo pausado, sin artificios, dejando que la vida se deslice delante de nuestras narices con la misma parsimonia con que el caracol cruza el camino que separa las dos partes de un jardín cualquiera. En 2011, con “Take Shelter” compuso un cuadro claustrofóbico sobre un hombre atormentado que teme al exterior tanto como a sí mismo y que trata de dilucidar si es una ayuda o un peligro para aquellos que más quiere y un año después, con “Mud”, hizo lo propio con una película iniciática sobre el perdón, la redención y la búsqueda de  la esencia interior y en la que algunos redescubrimos a Matthew McConaughey como lo que es: un actor como la copa del más grande de los pinos, toda vez que logró desprenderse, del estigma de guaperas que le había perseguido hasta entonces.

Y en “Loving” Jeff Nichols nos vuelve a sorprender con la recreación dramática de la vida de esta pareja que decidió luchar por lo que era suyo con la única fuerza del amor, desarmando gañanes y tirando muros, inasequibles al desaliento no porque no fracasaran en sus intentos una y otra vez hasta que lograron su propósito, sino porque sabían que de consumarse el peor de los presagios, siempre se tendrían el uno al otro.

Joel Edgerton, que podría hacer por su físico perfectamente un papel de jefe del Ku Kus Klan, compone un personaje maravilloso, tierno y contenido, secundado por la belleza serena y magnífica de Ruth Negga. El director vuelve a recurrir a Michael Shannon esta vez para un papel muy pequeño, pero la fuerza incontenible de este actor tan genial como  inclasificable, hace crecer la película con su aparición hasta cotas enormes.

Nancy Buirski ya trajo el tema a colación en el año 2011 en un maravilloso y pausado documental en el que se contaba la historia de Milfred y Richard y de cómo consiguieron sin alzar la voz, ni la mano, ni hacer daño a nadie en su vida, revocar una injusticia institucional reflejada en la propia constitución americana. Sólo mediante la fuerza de la razón y de un amor en estado puro, por el que algunos mataríamos para poder disfrutar de ello aunque fuera en un porcentaje muy inferior al que se profesaban esta pareja que sabía mejor que nadie que es el color del corazón y no de la piel, lo que demuestra la verdadera talla de los seres humanos.

Como la talla de la Secuoya que puede llegar a medir más de ochenta metros de altura y más de siete de diámetro y que se eleva al cielo con toda su fuerza y majestuosidad, anclada como está a la tierra por un sistema radicular tan potente que ningún viento la hará siquiera estremecerse lo más mínimo. secuoya

Como arraigados en su fe, su amor y sus costumbres estaba esta pareja que sólo querían estar juntos en el lugar que les había visto nacer y dónde querían que crecieran sus hijos en libertad y armonía, esos derechos tan cacareadamente de todos que con tanta facilidad se ningunean amparados en leyes arcaicas escritas por retrógrados recalcitrantes. Curiosamente, la secuoya encuentra algunas dificultades para reproducirse en su hábitat natural, como les ocurría a Milfred y Richard que al hacerlo trajeron al mundo mestizos que nacieron con el estigma de una mezcla de sangres que en un mundo racional no debería de haber tenido lugar. ¡¡¡Tiene cojones la carga de leña!!!

Este árbol gigante en su apariencia, como gigantes eran los Loving que hacían honor a su apellido como si fuera un mantra, puede rebrotar de madera vieja después de haber sido talado o tras un incendio si aún se trata de ejemplares muy  jóvenes, como resurgían los protagonistas con cada talado e incendio de sus derechos humanitarios.

La secuoya puede llegar a vivir miles de años y en términos humanos eso no es posible, pero el legado de lucha de los Loving permanecerá vigente en los libros de historia y en las hemerotecas, allanando un camino para que otros como ellos pueden tener los derechos que a ellos les negaron.

Ganaron su batalla tras muchas escaramuzas y ayudados por algunos colectivos que otros luchadores como ellos habían puesto en pie y dieron la vuelta a la tortilla sin que llegara a hacerse pedazos contra el suelo, pero Dios también tenía otros planes para ellos, porque ya sea El o la providencia o el puto azar, tienen un sentido del humor muy peculiar. Regresaron a su tierra y construyeron su casa para sus hijos y para envejecer juntos disfrutando de aquello que se habían ganado a pulso y despertando envidias y miradas aviesas en aquellos mismos que les denunciaron y que jamás pudieron aspirar ni a una mota insignificante del polvo de estrellas que bailaba entre los ojos de los Loving cuando posaban sus miradas el uno en el otro.

Richard murió siete años después de su victoria legal atropellado por un borracho. Seguramente de raza blanca, que no creo que después tuviera el más mínimo problema para dormir a pierna suelta.

Y las piezas volvieron a estar de nuevo en su sitio, de dónde nunca deberían de haberse movido.

Y aquí paz y después gloria.

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