“Los archivos del Pentágono” de Steven Spielberg o Tachybaptus ruficollis (Zampullín común o chico)

Este tipo de ave emparentada con los somormujos es pequeña, no más allá de treinta centímetros de largo y unos cuarenta y cinco de envergadura alar y un peso bastante inferior a los trescientos gramos. Tiene un cuerpo rechoncho, sin cola y con el pico corto y redondeado. Su plumaje es pardo y gris oscuro en las partes superiores, aunque en época nupcial presenta tonos castaño rojizos en cara, flancos y cuello y una mancha blanca en la comisura de su pico. Es un ave muy silenciosa en invierno, mientras que cuando intenta ligar muestra un tono de reclamo fuerte y agudo.zampullin

Etimológicamente y en cuanto a su género, su nombre científico desciende del griego y significa rápido y sumergidor, mientras que la palabra latina que alude a su especie, hace a su vez alusión a sus colores estivales. Es un excelente nadador y buceador que para meterse bajo el agua, da un ligero salto para resurgir después como un corcho. Se alimenta de peces, pequeños invertebrados, insectos y moluscos y  habita en entornos acuáticos de agua dulce con vegetación densa en dónde nidificar y esconderse, aunque a veces puede vérsele en zonas costeras protegidas de las inclemencias marinas.

Vuela muy poco y cuando lo hace son vuelos rasantes en los que a menudo roza la superficie del agua con pequeños aleteos. Los polluelos, antes de abandonar el nido, es frecuente verlos posados sobre la espalda de los adultos y cuando dejan el nido para alimentarse, suelen dejarlo tapado por vegetación, para evitar que sea depredado.

Y salvando las distancias, eso es lo que hacen o por lo menos deberían de hacer los periodistas con sus fuentes, es decir, no dar pistas sobre su paradero para protegerles, no sólo en base a un código inalterable que te permita seguir ejerciendo la profesión que has elegido sino también porque supongo que si vas de boca chancla por cierto tipo de hábitats, es probable que como mínimo te la cierren de un par de hostias.los archivos cartel A lo largo de la historia han tenido lugar sucesos cruciales y traumáticos que han condicionado administraciones políticas, países enteros y ciudadanías varias y cuyas resoluciones muchas veces se han quedado en simples especulaciones porque los secretos de sumario, los archivos confidenciales y todo aquello protegido por la barrera del oscurantismo, ha permanecido oculto en lugares específicos hasta que alguien se fue de la lengua, una caja se quedó medio abierta al alcance de alguien demasiado curioso o ha ocurrido eso que está ahora tan de moda y que se llama desclasificación de documentos. Cuando algo está tan protegido suele ser siempre porque la información que esconde es muy poderosa y puede hacer tambalear monarquías, repúblicas, estados enteros y estamentos muy jerarquizados que ejercen el control con métodos férreos que no suelen evitar tomar decisiones drásticas a la hora de ponerle una cremallera en la boca al chivato de turno. Curiosamente y no sé en base a qué disquisiciones, este tipo de documentos suelen ver la luz, si es que la ven, cuando los protagonistas están muertos, enterrados y muchos hasta olvidados para que las consecuencias de dichos actos pasados, no tengan consecuencias complejas, supongo que sobre todo a nivel jurídico y social, en el presente. Por eso se han desclasificado hace muy poco los casi tres mil documentos sobre la muerte de Kennedy, lo cual le permitió a Pedro Larraín lanzarse a reconstruir los sucesos inmediatamente posteriores al magnicidio con la mirada puesta en la primera dama en su película “Jackie” (2016), pero quedan aún muchos documentos pendientes de revisión que la CIA y el FBI aún no han autorizado, lo cual se traduce en que los que tengan acceso a esa información, lo tendrán de una manera sesgada, incompleta y tangencial. Es decir, mucho bombo y mucha hostia pero os dejamos ver lo que no nos importa demasiado que se vea.

Otros archivos han sido desvelados a huevo pelado y han creado un revuelo considerable como pasó con la rajada descomunal del soldado Bradley Manning (actualmente Chelsea manning) y sus secretos filtrados a WikiLeaks o el caso mucho más sonado de Julian Assange que tras ser hacker y analista informático fundó la compañía receptora de dichos documentos y él mismo se encargó de seguir tirando de la manta con los conocimientos adquiridos en su época de trasteador en ordenadores ajenos y por eso este señor tan sueco ahora está nacionalizado ecuatoriano y destaca como un garbanzo blanco en un cocido oscuro. Por supuesto, este tipo de operaciones tienen mucha más repercusión porque lo que sale de esas filtraciones deja a muchos individuos sin careta y en pelota picada en la plaza del pueblo pero luego vienen los mandamases aludiendo a las “fake news” o a eso tan contradictorio que llaman desinformación que vaya usted a saber qué coño quiere decir y que por lo visto ya era una maniobra de despiste habitual entre los espías de la guerra fría, o sea, una argucia de tahúr, una cortina de humo o mira para otro lado  y bájate los pantalones que te la voy a meter doblada.

Entonces, a primeros de los setenta y por supuesto antes, la información, la auténtica, la que se podía leer en los diarios o escuchar en la radio que por supuesto también estaría condicionada por los agentes encargados de decir lo que se podía escuchar, dependía exclusivamente de la habilidad y profesionalidad de los reporteros para sumergirse como zampullines y buscar la verdad entre las toneladas de noticias que se producían en el mundo y sobre eso trata esta película y especialmente de lo que llevaba ocurriendo en esa Guerra de Vietnam que se extendió desde 1964 hasta 1975 y que ocupó cuatro administraciones diferentes de ocupantes de la Casa Blanca. En ese conflicto en el cual se metió EE.UU para intentar frenar el avance del comunismo, los americanos perdieron un total de sesenta mil efectivos entre muertos y desaparecidos por unos tres millones y medio de decesos en el país local y ésta guerra está considerada el mayor fracaso militar de la historia de estos señores que a nivel civilización tal y como la entendemos, llegaron tarde a la fiesta, pero se pusieron al día en tiempo récord.

Durante casi dos décadas, especialmente durante las administraciones de Kennedy, por poco tiempo por razones obvias, y Johnson, se tergiversó y manipuló información engañando a la opinión pública, es decir a los ciudadanos, que fueron los que pusieron la pasta para financiar el conflicto y el personal militar que o no volvió, o lo hizo en trozitos o quedó machacado psicológicamente de por vida.

Un tal Daniel Ellsberg, fue contratado como analista de secretos sobre la Guerra de Vietnam por el secretario de defensa Robert McNamara y este señor llegó a la conclusión de que se estaba engañando vilmente a la población porque en contra de lo que se había anunciado de que las tropas se irían retirando de forma paulatina, se estaba preparando un auge en la intervención militar y por si eso fuera poco, había llegado a la inevitable conclusión de que por mucho tiempo que siguieran allí, no había ninguna posibilidad de que EE.UU ganara la guerra no por lo menos en los términos en que ellos deseaban alzarse con la victoria. Este señor, supongo que en un ataque de autenticidad, filtró la información al New York Times y se armó la de Dios es Cristo como es de suponer.

Y este es el punto de partida tras unas breves pero contundentes imágenes de guerra en el país asiático, de esas que tanto le gusta utilizar al señor Spielberg, para trasladarse de nuevo a territorio americano y ponerse a hacer cine político de máquina de escribir vieja, de medallas en pechos henchidos y de conspiraciones que son los temas que le ponen a día de hoy a este director, con mayúsculas, del celuloide mundial y cuyas propuestas, tan clásicas y formales como en él suelen ser habituales, nos  llegan con intervalos de dos o tres años. Con la excepción de “War horse”(2011), basada en una novela y ambientada en La Gran Guerra con continuos saltos temporales, desde “Lincoln” (“2012), “El puente de los espías” (2015) y esta otra, ha ido revisando la historia de su país de manera temporalmente ascendente y ha dotado a sus películas de una manera muy aséptica y funcionarial de  realizar cine pero con excelentes resultados porque el tío es muy bueno y se rodea de gente de enorme nivel para salvar sus propuestas con gran holgura independientemente de su sesgo político, como lo tenemos todos.

Con la desclasificación reciente por parte de la administración Trump de los documentos relativos a la filtración del señor Ellsberg y todo lo que aconteció después de aquello, Steven se puso al tajo y se sacó de la manga esta buena película de cine periodístico bebedor sin duda como todas las de este género, de la madre de todas las películas de este tipo firmada por el gran Alan J. Pakula en 1976 y llamada “Todos los hombres del presidente”.

Es cine de altura, sustentado por una trama muy bien articulada y sobre todo por el trabajo  de dos actores inmensos, magníficamente rodeados por otra corte de secundarios de lujo que no les andan a la zaga. La película está rodada con maestría y con la habitual contención de sus últimos trabajos con el objeto de mantener la tensión e ir elevándola a base de imperceptibles pero constantes aceleraciones hasta que el tema está en su punto perfecto de cocción. Hay una gran utilización de los recursos y queda muy bien reflejada la lucha de poderes fácticos entre políticos, militares y periodísticos, con su accionariado inmovilista incluido, y quedó demostrado, en una época sin teléfonos móviles y sobre todo sin redes sociales, que la información es un arma de destrucción masiva y no lo que buscaban esos tres gilipollas reunidos en una isla situada en mitad del atlántico mientras jugaban a los soldaditos fumando puros con los pies sobre la mesa, diciendo sandeces y alterando el orden mundial de las cosas en aras de algo que no olía a gato encerrado pero sí a una cosa densa y oscura que por desgracia sigue moviendo el mundo.

En aquella época, el New York Times y el Washington Post, como El Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona, eran rivales irreconciliables, tal vez lo sigan siendo, y eran también los periódicos hegemónicos de un país que leía con avidez lo que estaba ocurriendo al otro lado del mundo y cuando el gobierno vetó al diario neoyorquino por las filtraciones donadas gentilmente por Daniel Ellsberg, para evitar que en números sucesivos se siguiera agrandando la brecha, el periódico rival utilizó la misma fuente con idéntica intención violando uno de los pilares fundamentales del gremio y echando un órdago monumental a la administración del presidente Nixon, aunque para ello la presidenta Katharine Meyer Graham, viuda del dueño del periódico y heredera por lo tanto de su imperio, se las tuvo que ver tiesas con el resto de personas, todos ellos hombres, que tomaban decisiones ignorándola en su calidad de mujer y por lo tanto inútil para desempeñar ciertas funciones según sus arcaicos puntos de vista. Apoyada en su editor jefe, Ben Bradle y haciendo gala de un coraje difícilmente imitable sobre todo por la época, siguió adelante  y activó los resortes judiciales que finalmente le dieron la razón apoyados en esa primera enmienda que garantiza, o por lo menos garantizaba entonces, el derecho  a la libertad de expresión y porque también, el resto de periódicos del país se subió al carro amenazando con hacer lo propio.

El periodismo ha evolucionado una barbaridad desde entonces, pero como casi todo, lo ha hecho en la mala dirección. Ahora todo ocurre en tiempo real e incluso hay ocasiones en que el ruido de fondo es tan escandaloso que ya están allí antes de que salte la noticia porque hay indicios que así lo aconsejan. Todo se está grabando y escuchando de manera simultánea  en cualquier parte del mundo y las redes sociales se encargan de hacer el resto aumentando el incendio ya sin control. Los periodistas se han convertido en narradores inmediatos que lanzan soflamas al aire sin que de tiempo a contrastarlas porque hay terror a que la competencia se adelante y les quite la exclusiva y por lo tanto el parné.  Ya no es un trabajo de orfebres, de zampullines esforzados que bucean en las turbias aguas de las inmundicias humanas separando el grano de la paja. Las rotativas antiguas que troquelaban el papel continuo con las maquetaciones hechas a mano por gente que años después hubiera podido ganar con holgura cualquier concurso de tetris, han quedado en el olvido y las herramientas actuales están diseñadas para poder actuar con la suficiente rapidez a la demanda continua de información, del tipo que sea, para poder rellenar unos espacios que el público demanda y consume con la avidez propia de los cerdos en las cochiqueras arremolinándose cuanto toca la hora del papeo a pesar de que sabemos que hay restos de sobra para todos.

Primero se dispara y después se pregunta y si uno se equivoca, para eso está la fe de erratas y si uno se pasa de la raya, se le echa la culpa al empedrado o al que está al lado y así caminamos con paso firme y seguro hacia el mundo ¿feliz? de Aldous Huxley, ya inmersos desde hace décadas en el universo descrito en 1949 por George Orwell, no demasiado lejanos del plasmado por Cormac McCarthy hace poco más de diez años en “La carretera”.

A Lady Di probablemente la mataron los paparazzi que la perseguían por el puente del Alma en París y no un chófer supuestamente ebrio. Por  lo visto, hace muy poquito unos periodistas estuvieron a punto de echar por tierra una operación de investigación sobre la desaparición de un niño y, como demuestran películas como “Carancho” de Pablo Trapero  (2010) y “Nightcrawler de Dan Gilroy (2014), en la batalla de obtener información, primicias y beneficios derivados de ellas, todo vale.

El límite está dónde se quiera poner y nadie va a tomarse la molestia de hacerlo, del mismo modo que la ley mordaza, no sólo aquí, y la censura en cualquier  parte dónde haya intereses creados y gente dispuesta a todo por defenderlos, imposibilita que esa clase de acciones, como la que narra esta película puedan volver a tener lugar y que los nostálgicos, entre los que me encuentro, añoremos esos tiempos en que éramos felices jugando a las chapas, en que el sereno nos abría la puerta pasadas las diez, en que las películas se mostraban en sesiones dobles emitidas en bucle y en que todo tenía un aroma diferente porque entonces los vertederos se colocaban a una distancia suficiente para que no nos llegara el olor.

Y sí, también había malos, y mentirosos e hijos de puta, pero no te cruzabas con ellos todos los días

La verdad como concepto único y global ya ha pasado a mejor vida y no hay quién la resucite.

Por lo visto en los archivos desclasificados cuarenta años después que suman la friolera de siete mil páginas, hay once palabras tachadas por el departamento de defensa.

Once disparos en la nuca.

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