“Logan” de James Mangold o Corymbia terminalis (Madera de sangre)

Otra de mutantes.

Es lo que tiene la mercadotecnia, que cuando una cosa funciona, se repite hasta la saciedad. Por lo visto, hasta en la forma de hacer canciones del famoso grupo ABBA de los años setenta, había detrás una fórmula matemática que convertía los estribillos y las melodías en infalibles maneras de conseguir adeptos y por lo tanto pastizales considerables. Debe ser que el cerebro humano es previsible y que gente mucho más  avispada de lo habitual, sin necesidad de perder años de su vida estudiando una carrera o haciendo un máster tras otro, sabe qué teclas tocar para que todos nos convirtamos de la noche a la mañana en fan de cierto tipo de manera de hacer las cosas.LOgan cartel

Hay que admitirlo. Hay pastores y hay rebaños y por una simple cuestión estadística, es mucho más sencillo ser oveja que el que cuida de ellas. Seamos ovejas pues, si así  nos  ha tocado en el sorteo, pero vamos a serlo con dignidad.

Creo que los mismos lumbreras  son los que eligen las canciones para que en las fechas claves, al ritmo que imponen una serie de temas musicales en los grandes almacenes, nos descapitalicemos comprando sin ton ni son y lo consiguen años tras año.

O son buenos los muy cabrones o nosotros demasiado previsibles. Puede que las dos cosas.

Pues ahora resulta que los mutantes han pasado a mejor vida porque, tócate las bolas qué genialidad de los guionistas!, los productos transgénicos han acabado con ellos. ¡Qué paradoja!

Pero aún quedan unos pocos reductos y son un albino, el profesor que cuidaba de todos ellos y el tal lobezno que pese a estar cosido a puñaladas y conservado en alcohol, ahora es conductor de limusinas.

No es un mal comienzo.

Esto es un Spin off, que traducido al español es eso de que un personaje en principio secundario, adquiere el protagonismo suficiente para caminar por libre y ser capaz él o ella,por sí  solos, de marcarse una franquicia paralela para que el asunto siga vivo. Ya ocurrió en el año 2009 con el primer desmarque de la saga, dirigido por Gavin Hood. La segunda entrega, “Lobezno inmortal” fue cuatro años más tarde por el mismo director que esta que nos atañe y que dejaba bien sentadas las bases para que más temprano que tarde, el virus volviera a activarse una tercera vez y nos dejaran supuestamente para cerrar la trilogía, otra secuela o como quieran llamarlo ahora que entre tanto tecnicismo y anglicismo, estamos más perdidos que un mutante en una cacharrería, ya que los elefantes están a punto de extinguirse entre otras cosas por culpa de regentes trasnochados aficionados a la caza mayor, por mucho que después pidiera disculpas públicas. Otros no se molestan en eso.

Y este director, de carrera ecléctica e irregular, firmó sin embargo una pedazo de película llamada o mejor dicho traducida aquí, con el nombre de “En la cuerda floja” (2005) y que trataba sobre la vida del gran Johnny Cash que encarnó el inefable y camaleónico Joaquin Phoenix. Por lo visto, los directores también mutan.

Pero una de las cosas que suelen caracterizar las películas basadas en personajes de la Marvel, es que los guionistas se estrujan el coco y maquinan libretos complejos con muchas variables al mismo tiempo y que son su mejor activo al margen de unos personajes que funcionan de manera autónoma desde hace ya unas pocas décadas. Sin embargo, en esta continuación de la antes mencionada y situando la acción casi al final de la tercera década del siglo XXI, coincidiendo quién sabe si por causalidad o no, con el centenario de la primera gran crisis de la modernidad, la originalidad se escapa por una ventana mal cerrada, sin que parezca que existan intenciones de volver a cerrarla.

Resulta curioso que esas criaturas realizadas a golpe de talonario  o por genuinas aberraciones genéticas que siglos atrás les hubieran convertido en pobladores de barracas de feria, sean ahora reductos de una raza extinta que trata de vivir sus últimos días aspirando a un anonimato difícil de conseguir y que sean tan sensibles a enfermedades mortales y degenerativas, como el resto de sus congéneres de los que se diferencian apenas por una minúscula variación en su genoma. Eso les humaniza, aunque tengamos que partir de la base de que todo este tipo de películas no son más que una distopía para poner sobre el tapete que todo aquel que se salga de norma independientemente de que esa sea su intención, será juzgado, masacrado, encerrado, perseguido, ejecutado, vilipendiado y un montón de cosas feas más porque lo que es diferente asusta y hay que erradicarlo.

Esa es la verdad y la verdadera esencia de este tipo de trabajos gráficos que profundizan mucho más bajo la dermis de lo que alguno de sus adeptos creen, pero es más cómodo quedarse en la superficie porque la presión es menor y las posibilidades de sobrevivir también, seas mutante o un simple mortal.

Pues eso, que los mutantes que quedan degeneran en todos los sentidos y así les va, pero los malos, que nunca descansan porque el mal siempre está presente ya sea en los prospectos de las medicinas, en la letra pequeña de los seguros comerciales o en la composición de los alimentos que comemos,  tienen otros planes y saben que desde que se clonó a la oveja Dolly se abrió la veda y a partir de ahí todo vale si se cuenta con presupuesto y manera de ocultarlo todo hasta que los diques se desborden y ya no haya vuelta atrás. Vaya usted a saber lo que se está cociendo desde hace años en los laboratorios secretos de algunos lugares y qué sorpresas futuras nos depararán, que dejarán el cine de ciencia ficción en paradojas infantiles y temporales pasadas de moda en cuanto estos secretos salgan a la luz o algún Snowden cualquiera se vaya de la lengua por despecho, ataque de conciencia o enajenación mental transitoria.

Y entre medias de un guión mediocre y previsible que no acostumbra a ser marca de la casa, destaca una niña madrileña que según las lenguas sociales dicen que consiguió el papel tras mandar un vídeo peculiar en el cual mostraba ciertas habilidades. He de decir que, desde mi punto de vista, es con mucho el mejor fichaje de la serie desde Halle Berry y Michaell Fassbender. La mala baba que destila esa niña sin abrir la boca más que para gritar y morder, acojona hasta el punto de asemejarse a un Hannibal Lecter viviendo en el cuerpo diminuto de una niña en proceso lejano aún de convertirse en potencial adolescente. Cuando el mutismo deja paso a una verborrea incontenible, sorprende el acento mexicano de una niña de los madriles, pero deja las mejores escenas de la película cuando mutante cascado y mutante incipiente y mejorada, tratan de entenderse cada uno con lo que tiene, pero que deja patente que, cuando dos personas están condenadas a entenderse, lo acaban haciendo aunque uno venga del espacio exterior y el otro haya resurgido de la vieja Atlántida. El que la vea en versión doblada se lo perderá. Pero esto es una opción que cada uno gestionará como le venga en gana.

Y entre medias sólo un correcalles de gente persiguiendo a otra gente que en este caso no es por seguimiento de GPS sino porque uno de los mutantes capturado por las huestes enemigas es un sabueso de tomo y lomo. Y sangre para suministrar a los hospitales de una nación de tamaño medio durante cincuenta años y violencia gratuita e innecesaria que ya ni sorprende ni asquea. Sólo cansa. Y lo de siempre, experimentos genéticos como los que han llenado ya tantas tramas que acabamos confundiéndolas. Es como un Kill Bill ambientado en un futuro próximo pero que en lugar de catanas hay cuchillas en las manos, muy alejadas de las ínfulas topiarias de Eduardo Manostijeras o de las pesadillas nocturnas de Freddy Krueger. Por lo menos, el genial Tarantino, tuvo el acierto de filmar sus escenas más excesivas en blanco y negro, lo que las otorgaba un aire trasnochado y vintage que las favorecía.

Esta película es un exceso visual, que no narrativo, que nada aporta ni a la saga ni a la trama ni a los cómics inmortales que también forman parte activa del argumento en otro de los escasos aciertos que los guionistas tienen en esta secuela descafeinada y ramboniana que hará las delicias de aquellos a los que les gustan los charcos de sangre que nos sea suya y las cabezas perforadas o rodando por el suelo como bolos.

Para los demás, tras la decepción de no ofrecernos un tisser ni un avance que llevarnos a la boca, en lo que supone un atentado contra las buenas costumbres, no nos queda ninguna duda de que tras lo visto y tras sentar unas bases claras, los responsables de la escritura han encontrado otra manera de volver a retomar el tema desde sus orígenes con una versión, no sé si mejorada técnicamente, pero que destierra la originalidad que en su día tuvo  a paraísos perdidos.sangre

Como paraísos fueron en su día algunos parajes australianos ahora ya colonizados por las huestes cinematográficas que tras la eclosión de localizaciones propuestas por Peter Jackson para su trilogia del Señor de los anillos no han dejado de aparecer en producciones posteriores. Y de esos mismos parajes   proviene esta especie singular también llamada eucalipto opaco y que cuando la cortan deja brotar un líquido bermellón, llamado ámbar rojo, con inequívocas semejanzas con la sangre, como la que brota por doquier cada vez que uno de estos mutantes saca las cuchillas como método de defensa para librarse de sus enemigos. Este árbol es también a su manera un mutante vegetal que por su manera de defenderse de las heridas que le infligen los humanos, se diferencia del resto de sus congéneres a la hora de manifestar su disconformidad. Tiene también aplicaciones medicinales como el tratamiento de la tiña y la malaria y su madera es muy apreciada para fabricar canoas, instrumentos musicales y muebles. Es decir, es como cualquier mutante que, debidamente adoctrinado, vale igual para un roto que para un descosido.

Esta película, tras su tono deliberadamente decadente y trasnochado, afronta el hecho de la retirada forzosa a los aposentos propios o al camposanto común y la necesidad de entregar el relevo a los que llegan detrás. No hay más tela que rasgar.

Y por ello, tal vez lo más interesante de la propuesta, aunque tampoco había más opciones narrativas,  sea poner el futuro de la franquicia en las manos de estos pequeños nuevos mutantes creados a la carta, que son como esos niños de las nuevas generaciones que requieren de una educación especial que les oriente y les ponga mirando en la dirección adecuada para que no se acaben convirtiendo en los nuevos hijos de puta del futuro, pero está claro que unos se inclinarán hacia un lado y el resto hacia el otro porque las balanzas están para eso, para ir de un lado a otro huyendo de ese equilibrio tan esquivo al que tan pocos podemos aspirar.

También resulta curioso que el profesor venido a menos, que adoctrinara a los anteriores en tan ingente tarea, no tenga en quién depositar su relevo y que se refiera a la niña en cuestión que desencadena toda la vorágine, como a un animal que actúa como uno de esos animales predadores radiografiados en un documental de National Geographic.

Si a los demás, ya sea debido al adamantiun o a una prótesis fabricada en china e implantada en una clínica ilegal, nos diera por sacar las garras cada vez que alguien nos contrariara y nos dedicáramos a dar mandobles fatales, el mundo estaría mucho menos poblado.

A lo mejor es cuestión de planteárselo y seguramente ya haya alguien trabajando en ello.

 

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