“Locas de alegría” de Paolo Virzi o Impatiens walleriana (Alegría de la casa)

El amor es como un depósito de gasolina y todos tenemos uno. Lo que ocurre es que el de unos es más pequeño y se llena antes y el de otros tarda más en hacerlo. También depende, como en los vehículos de motor, de lo que gaste y algunos están constantemente en reserva y otros pueden hacer con la misma cantidad de combustible, muchos más kilómetros.

Cuestión de diseño y gestión de recursos.

locas de alegría cartel

Me parece una buena analogía para encabezar la crítica de esta película tan pequeña en sus pretensiones como absolutamente maravillosa en todas sus facetas. Es un alegato a lo mejor del ser humano, relegando lo peor al submundo del que no debería de haber salido nunca. Lo malo existe y existirá siempre porque cada cosa tiene su opuesto, pero es responsabilidad nuestra que lo bueno deje más poso y saber encontrar pepitas de oro en esa gigantesca cantera llamada vida en la que tenemos que picar piedra como cabrones todos aquellos que hemos encontrado, por los medios que sean, la manera de llegar a ella y de convertirnos en merecedores de trabajos forzados hasta que lleguemos a nuestra propia vía muerta.

El cine italiano, deudor como el que más de sus poderosos ancestros que lo convirtieron en una industria pujante y referente en las pantallas de todo el mundo y de cuyas fuentes han bebido hasta saciarse cineastas contemporáneos, muchos de ellos ya criadores inmortales de malvas, ha encontrado en una nueva generación de cineastas el resultado de esa semilla que implantaron otros décadas atrás y que ya es un ser vivo autónomo que regala flores impagables cada cierto tiempo. Si Nanni Moretti en el 93 abriera su lata particular con “Caro Diario” hasta su última y maravillosa entrega llamada “Mia Mamma” veintidós años después y Paolo Sorrentino nos dejara con la boca abierta en sus impecables e inclasificables “La Gran belleza” en 2013 y “La juventud” en el 2015, otro Paolo, este apellidado Virzi, levantó una obra maestra llamada “El capital humano” que en el 2013 pasó totalmente desapercibida por las pantallas españolas y que significó para mí el reconocimiento de un director fabuloso que trata los temas humanos con una delicadeza no exenta de realismo y cuyas escenas que configuran sus trabajos, son pedazos de vida intensa, bella, dolorosa, sufriente y esperanzadora porque por todos esos estados de ánimo y consecuencias pasaremos a lo largo de nuestras vida incluso muchas veces en el transcurso de un único día.

Todos somos sujetos potencialmente bipolares encadenados al tobogán emocional que supone estar vivos, saberlo y actuar en base a ello y, si en “El capital humano” contaba lo que ocurría después de un accidente fatal de bicicleta y las consecuencias irreversibles para la familia del atropellado y el entorno del atropellador, en “Locas de alegría” y comenzando también con un suceso traumático que podemos intuir, pero no estar seguros acerca de él hasta el final de la cinta, cuenta la historia de dos internas y habitantes junto con otras muchas, de una villa dedicada al internamiento y tratamiento terapeútico de trastornos mentales en la cual se las recluye sin apenas vigilancia,  pagándolas por sus trabajos, medicándolas adecuadamente y tratándolas con cariño, porque es la única manera de curar mucho más eficaz que las pastillas. Cada caso se trata individualmente y en las decisiones participan todos los que allí trabajan, consensuando las decisiones y afrontando las consecuencias con el mejor talante posible cuando estas resultan ser equivocadas.

Este lugar es, a pesar de ciertas semejanzas por el tipo de personas que allí viven, la antítesis del brutal manicomio que presentaba en 1975 Milos Forman en esa obra maestra del cine llamada “Alguien voló sobre el nido del cuco”, basada en la novela homónima de Ken Kesey.

Y en esta versión más edulcorada o por lo menos menos salvaje de los lugares de internamiento de aquellos con peor suerte o defensas menos protegidas, como hiciera Jack Nicholson en su día, se eleva por encima de todo la presencia hipnótica, fresca, genuina, de incontinencia física, verbal y vital,  de esa actriz inmensa llamada Valeria Bruni-Tedeschi que compone un personaje para la historia del cine en una de las mejores y más complejas interpretaciones que he visto nunca en una pantalla de cine. Es una presencia tan potente, tan visceral e imantada, que la sientes respirar aunque no salga en pantalla, porque lo impregna todo de un vitalismo contagioso e incontenible que, cual riada, arrasa todo a su paso sin que quede más remedio que ceder a la corriente y tratar de no meter la cabeza bajo el agua para no tragar demasiada agua.

Y está muy bien secundada por Micaela Ramazzotti que, cual Hillary Swank italiana, aporta su físico escuálido y su manera desgarrada y tierna de mirar, para componer la otra parte de un dúo actoral compacto e inolvidable, que pasará a la historia como pasó el compuesto por Geena Davis y Susan Sarandon en la impagable “Thelma y Louise” de 1991 dirigida por Ridley Scott. Como aquella, esta es también una road movie al uso, trágica también, pero con ese componente cómico y surrealista por  esa forma de mirar que tienen los italianos cuando se quieren poner serios para hablar de lo importante y sin  acabar de conseguirlo del todo, tal vez porque ni siquiera lo pretenden.

Esta película se llevó el galardón a mejor cinta en la Seminci vallisoletana de la pasada edición y también cosechó la espiga a mejor actuación femenina ex-aequo porque, aunque en todo dúo siempre hay alguien que sobresale porque los porcentajes rara vez se reparten equitativamente, no hubiera sido de justicia dejar la mesa coja cuando se sostiene tan cojonudamente con sus cuatro patas bien insertadas en el cuerpo central.

Algo parecido ocurrió con Ricardo Darín y Javier Cámara en el festival de Donosti un año antes con “Truman” y que a la hora de otorgar un premio, decidieron hacerlo compartir con esa pareja también inolvidable que en la película de Cesc Gay del 2015, también alcanzaron cotas sublimes.

Esta película italiana de factura simple en apariencia, es una obra audiovisual que funciona a la perfección desde la génesis de un guión hecho con dosis infinitas de amor, que idolatra a las criaturas que representa, absolutamente a todas ellas, y que va desgranando las historias ocultas de cada una con la naturalidad y sencillez con que la fruta madura se desprende de las ramas de los árboles frutales.

Alrededor de estas dos entrañables perdedoras, pululan y orbitan una serie de personajes que cualquier escritor mataría por concebir y que conforman un universo de equilibrios gravitacionales impecables. Yo me he enamorado hasta las cachas de esa mujer madura incontenible y bipolar que no distingue el bien del mal, ni el frío del calor, pero que sabe desprenderse de su alma para entregársela a los demás a pesar de que bajo sus ínfulas aristocráticas de gestos egoístas, se esconde una niña desnuda a la que le aterra que llegue la noche y le muestre sus miserias y que, bajo esa mirada triste y azul, aglutina todos los sentimientos, bajezas y grandezas que todos los humanos tenemos en esa prisión de carne en la que malvive nuestro corazón en espera de tiempos mejores.

Y tampoco puedes dejar de querer a la otra parte de la manzana caída que esconde tras su mirada una tristeza de una hondura que acojona y parte el alma, pero que hace salir el sol cuando su boca dibuja una sonrisa rota que destierra a rincones ignotos el hielo de la noche.

En este atribulado, caótico y bello periplo que emprenden estas dos mujeres huyendo de no saben muy bien qué, encuentran esa joya oculta y perdida que pocos pueden aspirar a hallar y es la constatación del amor genuino que sólo pueden encontrar aquellos que han sido sistemáticamente rechazados.

Existe una película desgarradora y perfecta llamada “Besos de mariposa” que Michael Winterbottom filmó en 1995 y cuyas imágenes brutales, hipnóticas y desasosegantes me siguen persiguiendo algunas noches más de dos décadas después. En esa obra maestra, dos mujeres de inclinaciones lésbicas más por necesidad de amor que por vocacion verdadera, componen otra dupla inmortal de esos seres humanos, generalmente mujeres, que encuentran en otro lo que han buscado todo su vida y que no por erróneo, deja de ser un camino que no puede dejar de seguirse.

En una escena aparentemente anecdótica del nuevo trabajo del señor Virzi, una de las habitantes de la institución mental, que nombre más feo, coño, pero aún así mucho mejor que manicomio, se pregunta en voz alta que hacia dónde va una cuando se huye.

Esa simple frase en apariencia, encierra el verdadero significado de este trabajo, porque nos pasamos la vida huyendo hacia ningún sitio sin poder hacerlo de nuestro enemigo real que somos nosotros mismos y que nos acompañará para siempre incluso cuando esa parte invisible de nosotros y que pesa veintiún gramos, abandone nuestro cuerpo físico cuando cambiemos del estado físico al gaseoso.

Estas dos mujeres buscan con desesperación la alegría que es la más auténtica y justificada de nuestras búsquedas y que suele arrojar balances negativos en nuestra permanente bancarrota espiritual. No se trata sólo de encontrarla aunque se trate de pedazos insignificantes en el cómputo global de nuestras vidas. Se trata realmente de reconocerla y atesorarla en el lugar más seguro de nuestras mentes para que ningún terrorista emocional nos la quite mientras dormimos.

Y ese tesoro puede estar en un gesto ínfimo, como  una mano que roza otra,  una mirada que se agarra a su contraria o en un beso de mariposa que encuentra en su aleteo efímero la razón de todas las cosas.

Como esta planta llamada alegría de la casa y que ejerce su función floreciendo con entusiasmo derrochador, como la energía contagiosa de esa loca de la casa a la que todos temen por sus excesos, pero de la que nadie puede prescindir, ni siquiera aquellos que más afirman detestarla.

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Esta planta suele ser de temporada, pero bajo las condiciones adecuadas, puede llegar a convertirse en peremne, como cualquier persona que encuentre eso que la hace feliz y a lo que debe agarrarse como una sanguijuela ávida de la gasolina que necesitamos para desplazarnos por esta carretera llamada vida.

No soporta bajas temperaturas ni ambientes secos, pero se aletarga cuando vienen mal dadas, en un intento de conservar fuerzas para resurgir cuando se vuelvan a dar las circunstancias adecuadas.

Y se propaga con facilidad, como la risa, como el llanto y con todo aquello que generalmente humedece los ojos.

Maravilloso trabajo de visionado imprescindible para los agnósticos, para los descreídos, para los fantasiosos, para los amargados, para todo aquel que, en definitiva, presuma de estar vivo.

Dicen que están locos, pero en la locura se esconde muchas veces la verdad.

¡Y qué cuerdos están cuando la encuentran!

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