“Lo que de verdad importa” de Paco Arango o Myosotis sylvatica (Nomeolvides)

Paul Newman no sólo fue uno de los grandes, un intérprete de raza que marcó una época y que durante décadas contribuyó a engrandecer el oficio que escogió para ganarse la vida. Fue un mito en una época de mitos. Alguien cuya calidad actoral y presencia escénica se elevó muy por encima de un físico envidiable y un rostro de rasgos bellos y duros que configuraban un personaje imposible de olvidar. Va camino de la década que este hombre irrepetible nos dejó un setiembre de 2008, pero su legado es inmenso e imborrable y no sólo en lo que se refiere al cine.lo que de verdad importa cartel

Fue un hombre que atesoró fama y dinero a partes iguales y que siempre fue discreto y celoso de su vida privada. Pocos sabíamos que con una buena parte de su pasta contribuyó a crear en 1988 una asociación llamada “Serious fun children network” que consistía en ofrecer campamentos de verano gratuitos con toda clase de actividades lúdicas a niños y niñas gravemente enfermos para que en su corta, injusta y terrible vida, tuvieran por lo menos algunos ratos preciosos que llevarse prematuramente a esa tumba, en la que deberían descansar miles de hijos de puta que pueblan y han poblado este mundo y que lo dejaron y lo dejarán  a edades avanzadas sin haber sufrido más que una miserable gripe, porque está claro que la hijoputez lleva aparejado un plus de longevidad inexplicable a efectos divinos.

Por esos campamentos han pasado más de un cuarto de millón de niños desahuciados de más de cuarenta países. Ahí es nada.

De hecho esta película está dedicada a él y con ella contribuyen de un modo evidente a resucitar una figura que supo gestionar sus recursos de todo tipo para dejar múltiples huellas mientras y una vez se extinguió su ciclo vital.

Paco Arango, el director de esta cinta, forma parte del consejo actual de esa asociación que sigue felizmente en marcha gracias al esfuerzo de mucha gente que sabe que vivir dignamente es ofrecer parte de esa vida a gente que la podrá disfrutar poco tiempo. No se me ocurre misión vital más completa, gratificante y dolorosa que esta. También es el director de una fundación llamada Aladina que procura y consigue un bienestar social y anímico para los niños que sufren esta cruel enfermedad y que no conoce tregua. En apenas dos años se realizaron 171 trasplantes de médula ósea con la recaudación de su primera película, en un centro de trasplantes creado en el Hospital Niño Jesús de Madrid. Este director, con ese primer trabajo, acumuló cinco nominaciones a los premios Goya del año 2012, por “Maktub”, realizada un año antes y con ello  demostró, consolidándolo con esta recién estrenada, que el cine social y solidario tiene cabida y razón de ser, toda vez que las taquillas y réditos serán enviados a asociaciones que necesitan de este maná para poder seguir aspirando a mantener el privilegio de conservar estos oasis para aquellos condenados a vagar por un desierto breve y terrible, cuyo fin último está escrito en esos renglones torcidos de dios, que echa más borrones que los que se le presumen a un buen escribano.

Paco Arango viene de familia de pasta y no lo digo como crítica. Cada uno tiene lo que tiene, pero luego hay que saber gestionarlo. Estudió cine en los Estados Unidos y luego, con esa sapiencia acumulada y con la certeza de que no le hacía falta trabajar para sobrevivir, que ya es mucho más de lo que les ocurre a la mayoría,  hizo algo que no hace mucha gente y que es dedicar su tiempo y sus esfuerzos creativos a favorecer la vida de los que no han tenido suerte en algunas facetas decisivas de la suya.

El título original de la película es “The healer” que viene a significar, traducido al español, el curandero, pero seguramente a instancias del mismo director, los responsables de la adaptación del título han usado el nombre de esa asociación homómina que  se dedica a recaudar dinero de debajo de las piedras para ofrecérselo a cambio de una impagable sonrisa  a aquellos que verdaderamente lo necesitan.

El cine solidario y el buen cine raramente van de la mano. En este caso, se trata de una película decente con un guión previsible y muy buenas intenciones. No creo que se trate de cine pretencioso en cuanto a alcanzar la excelencia técnica, actoral y narrativa, sino que su pretensión final era única y exclusivamente, tras la factura de un trabajo correcto, recaudar un dinero esencial para la continuación de un proyecto excelso y maravilloso, dedicando la totalidad de lo recaudado en taquilla para esa asociación que puso en pie hace casi tres décadas el mito  de Hollywood y que hoy en día goza de la buena salud que les falta a los que se benefician del dinero recaudado.

Es cine amable y pausado, con pautas muy marcadas y secuencias pensadas para poner el nudo en la garganta a la par que una banda sonora acorde nos dicta nuestros sentimientos. Si a ello le sumamos, unos actores no muy conocidos por lo menos por estos lares, pero comandados por ese actor llamado Jonathan Pryce que aporta presencia al elenco, y esos paisajes fabulosos de esa parte de Canadá llamada Nueva Escocia, tendrá  como resultado una película correcta que encandilará a los amantes de este tipo de cine, que espantará a críticos y cinéfilos y que resultará digna para aquellos que se mueven en la banda media del espectro.

El cáncer, aquí llamada enfermedad del regaliz, es una grandísima putada cuyo diagnóstico significa una sentencia de muerte con fecha incierta para aquellos que la reciben  y de vida espantosa para los que no la sufren en sus carnes, pero que la preferirían para sí para no tener que asistir al dantesco espectáculo de ver a quién quieres convertirse en un despojo humano sin capacidad para ejercer sus funciones básicas sin ayuda externa cuando las cosas se tuercen hasta el punto de no retorno.

Jorge García, ese actor mexicano que nos resulta conocido de la serie perdidos como el más gordo y menos atractivo de la serie (me siento identificado, qué le voy a hacer), y que también saliera en la ópera prima de Paco Arango, encarna aquí a un cura que ha perdido la fe y lo mantiene en secreto hasta que un suceso epifánico le hace volver a plantearse ciertas cosas. El causante de ese nuevo punto de vista es un ciudadano inglés que acude a una llamada  de alguien a quién desconocía hasta ese momento y que le ofrece una salida de emergencia a la vida caótica y siempre al borde del abismo que llevaba hasta ese instante.  A partir de la aceptación casi forzosa, el sujeto en cuestión, se ve obligado a asumir una serie de responsabilidades que le acojonan y le superan.

La falta de fe del cura viene motivada por esa arbitrariedad del dios al que representa y que permite que los tejados se desplomen en los colegios tras un terremoto, que consiente que autobuses escolares se caigan por precipicios, que padres desnaturalizados ejecuten a sus retoños  y que envía plagas bíblicas en forma de enfermedades terminales a aquellos que tan sólo deberían de preocuparse de hacer sus deberes cada día y de jugar en el patio de su colegio. Los cristianos dicen que los caminos del señor son inextricables, pero realmente deberían decir que las decisiones de esa deidad, en el improbable caso de que exista son arbitrarias, aleatorias e injustas y que, en caso de regirse por parámetros naturales, estos obedecen a conceptos que los humanos no entendemos, por lo que eso nos remite a la primera frase del contrato que viene a decir que, efectivamente, no entendemos una mierda de lo que nos ocurre porque realmente no hay manera lógica de explicarlo. Las cosas suceden porque tienen que suceder y que cada uno lo lleve como mejor pueda.

Se trata evidentemente de un drama de libro con toques de comedia y que obedece a ese tipo de historias que en literatura pusieron de moda Gabriel García Márquez e Isabel Allende y que se llamaba realismo mágico, y que en cine es una historia común con tintes de fantasía, que pueden ser interpretados de tantas maneras como espectadores la estén viendo. No se puede impedir que un creyente deje de hacerlo, ni que un agnóstico, de repente, vea un camino dónde antes sólo había oscuridad  y que ello le cambie la vida. A partir de ahí, interpretaciones para todos los gustos.

Está la oveja descarriada que busca que la conduzcan al redil de nuevo, aunque no lo hará de buena gana. Hay una chica  muy joven de futuro escaso, que veinte años atrás hubiera sido interpretada por Winona Ryder, que supone el punto de inflexión para esa persona perdida que desea encontrarse a sí misma aunque no lo sepa. Hay una chica guapa, porque en toda historia convencional, siempre la hay. Tenemos al malo que no lo es, pero que está resentido hasta que ve la luz y asume su propia imbecilidad y el ser supremo que dirige todo aunque no lo parezca y que es alter ego de esa deidad que decide cosas en base a cómo se levante ese día. Y luego están todos los demás que, cual jauría humana aparentemente inofensiva, aguarda a que el partido de tenis se decante por su apuesta favorita, a pesar de que se conformarán con lo que sea, porque si sólo eres espectador, tendrás que conformarte con la programación prevista por los organizadores.nomeolvides-foto

En un momento dado, uno de los protagonistas regala a otro una planta de nomeolvides, en lo que, desde luego, no es una cuestión al azar y yo no voy a desaprovechar la oportunidad. Esta planta, aparte de la simbología  que tiene el hecho de no olvidar jamás a aquellos a los que quisimos y ya no están, para que sigan estando entre nosotros aunque sólo sea en espíritu, está también considerada como la flor del amor desesperado, como el amor de aquellos que saben que sobrevivirán a su pesar a sus seres queridos y que poco o nada podrán hacer para evitarlo.

Se trata de cine básico, que no pretende engañar a nadie y que aboga por un buen fin y por  una buena causa. Eso debería de ser suficiente. El que quiera buscar más, deberá de huir de este tipo de producciones que dan lo que prometen, pero no prometen lo que no van a poder dar. No hay más dónde rascar. Por lo visto, desde que se estrenó y, gracias en parte a que el director, el guionista y seguramente alguno más, han renunciado a cobrar su cuota, han recaudado unos dos millones de euros para una de las mejores causas posibles.

Por lo tanto, objetivo cumplido.

Y, como moraleja, añadir que en la vida, debemos agasajar y demostrar nuestro amor hacia aquellos a los que queremos porque eso, en definitiva, es lo que de verdad importa.

Lo demás es accesorio y, por lo tanto, prescindible.

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