“Lion” de Garth Davis o Aquileia filipendulina (Milenrama)

La memoria olfativa es una de las más potentes que existen y abre puertas a otros mundos que hemos habitado, pero que nos parecen tan lejanos que no reparamos en ellos hasta que esos portales se despatarran delante de nuestras narices y la corriente que levantan puede llegar a enfermarnos sin que haya una cura adecuada, porque la nostalgia es una enfermedad incurable que puede acabar por provocarnos la muerte. lion cartel 2

Esta película está basada en el libro que escribió su protagonista real, relatando su experiencia vital cuyo momento epifánico tuvo lugar cuando sólo contaba cinco años y cuyo devenir condicionó el resto de su vida y la de quienes le rodeaban. Saroo Brierley escribió su periplo vital llamado  el largo camino a casa en su traducción al español y que este director australiano ha elegido para levantar su primer proyecto profesional como largometrajista.

Este muchacho que se perdió por una serie de circunstancias y que acabó a tomar por culo de su lugar de origen perdiendo al mismo tiempo su familia y su infancia y que tal vez hubiera corrido otra suerte diferente que no necesariamente mejor, de haber sabido pronunciar el nombre de su aldea, del mismo modo que no supo decir su nombre real hasta que volvió a encontrarse con su madre varias décadas y algún año suelto después, acabó viviendo en Tasmania con una familia que le adoptó en una época en que las adopciones no eran una carrera de obstáculos en la que es imposible evitar lesiones duraderas. Incluso llegó a tener otro hermano adoptado también que sufrió en su experiencia taras vitales que le acompañaron el resto de sus días y cuyas consecuencias pagaron todos aquellos que vivieron junto a él. No es que un hermano fuera más fuerte que el otro, a lo mejor uno tuvo la suerte o la intuición para esquivar mejor las balas de los francotiradores que quieren descerrajarnos un tiro apenas asomemos la jeta por la esquina de cualquier calle.

Hablando de obstáculos, todo el mundo sabe que la vida no sólo es una carrera de fondo, sino que también a eso hay que añadirle todas las trabas e inconvenientes que la propia vida y un nutrido número de circunstancias e hijos de puta ponen en nuestro camino. Según lo que se dice al final de la película en los títulos de crédito, unos 80.000 niños se pierden cada año en la India y si eso lo extrapolamos a nivel planetario, esa cifra aumentará de manera exponencial hasta dar vértigo aunque lo que debería darnos es vergüenza de que esas cosas ocurran en un mundo supuestamente civilizado, pero claro, hay gente a la que le gusta pagar por obtener beneficios sexuales de seres humanos que deberían estar jugando a la pelota en un patio o eligiendo que playeras ponerse para ir al parque a dar una vuelta o a comer un helado y hay personas que para tener más beneficios empresariales busca mano de obra barata para que puedan vender a ochenta euros en una tienda oficial la camiseta de un equipo de fútbol de moda que cuesta un euro en origen y cuyo nombre del futbolista en la espalda le convierte de manera automática en cómplice y partícipe de esa explotación por mucho dinero que genere, porque esa pasta no se reparte entre los más necesitados sino que acaba en las arcas de las mismas instituciones que luego utilizan el excedente para hacer más fichajes, pagar comidas caras y tal vez irse de putas, esperemos que por encima de la edad legal. Y todos los que consumimos un producto manufacturado por otros en régimen de esclavitud, somo piezas de la misma máquina endemoniada.

Este niño tenía todas las papeletas para haber tenido una vida corta y terrible (ya puestos, si tu vida va a ser terrible, es mejor que sea corta), pero supo esquivar las balas y encontró cierto apoyo en mitad del fango y acabó en un buen lugar con las estanterías encoladas y los libros en su sitio. Y tal vez nunca hubiera tratado de recuperar su pasado de no haber sido porque, ya de adulto, independizado y en proceso de empezar a valerse por si mismo, en una fiesta india, rodeado de amigos, vio, olió y probó una comida típica de la India que en su niñez era un sueño comer dados los escasos recursos y la pobreza extrema en la que vivía con su familia. Esa simple acción dinamitó su confortable estado de niño indio adoptado por una familia de recursos y le condujo a un estado mental que requería de una acción de búsqueda para ajustar cuentas con su pasado.

Esta película, clásica en todas sus acepciones, que responde punto por punto a este tipo de trabajos cada vez más abundantes y etiquetados con la frase basado en una historia real que lejos de prometer, la mayor parte de las veces inspira algo de temor irracional a ver algo que ya hemos visto demasiadas veces, no obedece a los patrones habituales y el director elige contarnos el cuento de manera lineal, utilizando únicamente los flasbacks en los sueños del protagonista tanto con los ojos cerrados como abiertos de par en par. La primera parte, cuando el niño se pierde y acaba en la caótica Calcuta llena de lobos con demasiados corderitos para ser devorados, se hace tal vez más larga de la cuenta y el autor coloca la cámara a la altura de los ojos del niño para hacernos sentir tan desolados y pequeños como él debió de sentirse entre aquella masa de gente y de casas anónimas que amenazaba con tragárselo y acaba con una muy buena transición cuando Dev Petel, el protagonista de “Slamdog millonaire” de Danny Boyle en 2008, emerge del agua como si saliera del nuevo útero materno en un  resurgimiento que evoca la asunción no de lo que es, sino de lo que ya se siente después de haber pasado más tiempo con su nueva familia que con la que le tocó en el sorteo inicial.

La película crece de manera considerable cuando aparece Nicole Kidman, esa actriz que tiene un pacto con el diablo y que pese a las operaciones de estética de dudoso gusto a las que se ha sometido, sigue siendo tan interesante como desde que se asomó a esto del cine allá por 1989 con “Calma total” dirigida por Jonathan Glazer. Rooney Mara interpreta a la otra mujer de la vida de Saroo, pero toda la cuota protagonista pertenece a este actor británico descendiente de inmigrantes indios y a su obsesión por encontrar el camino de vuelta a su casa desde el mismo momento en que su olfato y su gusto vuelven a probar una comida típica de la India que en otro  momento de su vida  era más  un privilegio que una necesidad básica.

Como casi siempre en este tipo de historias y a pesar de la ayuda tecnológica que nos proporcionan esas cosas que se meten en un ordenador y facilitan la vida de la gente con sólo apretar el botón adecuado, fue la casualidad y un movimiento al azar lo que motivó que este muchacho, tirando de memoria visual, pudiera rememorar el itinerario para deshacer el camino andado y encontrar el camino de vuelta a su aldea natal dónde su madre decidió no moverse del sitio dónde vio a su hijo por última vez por si acaso le daba por regresar en el supuesto de que aún estuviera vivo.

A uno estas cosas le dan que pensar en todas esas madres que son legión a las que la vida les ha privado de su don más preciado y que aguardan durante más años de los soportables a que sus retoños vuelvan al nido, a pesar de que la parte más práctica de sus diferentes personalidades, sabe a ciencia cierta que ese reencuentro no tendrá lugar jamás. Lo perdido perdido está, tanto en las esquinas de nuestras vivencias como en las mudanzas a las que nos someten los retorcidos itinerarios de nuestras existencias y encontrar lo extraviado es mucho más que una cuestión de fe. La esperanza es lo penúltimo que se pierde. Lo último es la vida misma y no solemos ser testigos de nuestra propia muerte para registrarla.

Este niño de mirada de ojos como platos y su correspondencia en su versión adulta, es como la Aquileia, esa planta todo terreno que se adapta a cualquier circunstancia y que convierte la supervivencia en una cuestión de estado colonizando parques, aceras, solares y cualquier superficie con un mínimo de sustrato al que agarrarse y que debe su nombre al gran Aquiles que  curó a muchos de sus soldados utilizando el poder que tenía esta planta para detener las hemorrágias.

aquileiaComo el gran Aquiles, Saroo tenía un punto débil, cuyo talón enfermo era encontrar esa pieza de su pasado que se perdió cuando su hermano no debió llevarle con él y cuando él decidió moverse del sitio dónde debía de esperarle.

Se trata de una película correcta que aunque no puede evitar el melodrama porque es lo que es y no hay dónde ocultarlo, por lo menos no se recrea en él y cuenta una historia de manera aceptable, sobre todo si tenemos en cuenta que se trata de un director debutante. No hay excesos y todo funciona de manera simple pero fluida. Cuando el trabajo finaliza y nos informan mediante letreros de lo que tal vez no nos ha quedado claro y asistimos al desfile de fotografías que nos muestran a los personajes reales para que veamos que los de casting y maquillaje han hecho un gran trabajo, vemos el momento más emotivo de todos y son los cinco segundos que dedican, cuando la mayor parte de la gente ha huido de sus butacas, al encuentro real entre las dos madres, la real y la adoptiva que es lo que realmente pone el nudo en la garganta y nos demuestra que a veces, muchas menos de las que deberían, las cosas encuentran su sitio y el pasado y el presente pueden convivir en armonía para configurar un futuro aceptable que nos permita aspirar a encontrar nuestro lugar en el mundo y la paz en nuestro corazón. Ese bien tan necesario como escaso, que no sólo hay que tratar de alcanzar, sino de reconocer cuando lo encontremos, si es que tenemos la suerte de estar vivos cuando eso ocurra.

Saroo, que aprendió su verdadero nombre cuando halló de nuevo a su madre natural y que supo que su patronímico significaba León, que es lo que da título a esta obra audiovisual, completó su historia y halló la paz después de tanto buscarla.

Ese bien preciado que muchas otras madres desconsoladas e hijos perdidos, tal vez no encuentren jamás.

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