“Las furias” de Miguel del Arco o Narcissus spp (Narciso)

De la familia y del sol cuanto más lejos mejor y al lugar en el cual has sido feliz, no debieras tratar de volver, son dos de las frases que mejor definen esta película. Miguel del Arco engatusa a lo más granado del cine español y en base a un guión potente y descarnado, se marca una tragedia familiar que configura una pedazo de película… hasta que al final le dan las ansias de rematar la faena y destroza en los últimos quince minutos una obra que podría haber dejado mucho poso en la filmografía de este director novel y que hubiese encontrado un digno hueco en la memoria del esforzado espectador que trata de buscar perlas en la cartelera en un trabajo que no siempre es recompensado.las furias cartel

Aún así, dignísima ópera prima de una nuevo realizador cinematográfico que sabe crear ambientes y tensiones brutales en base a un buen guión, bien dirigido y bien armado. No en vano, esta película es heredera directa de esa pedazo de obra maestra imperecedera que Thomas Wintemberg dirigió en 1998 dentro del movimiento dogma que nació con tanta fuerza como se diluyó poco después, porque casi nadie estaba interesado en ese decálogo que un grupo pequeño de directores nórdicos diseñó seguramente tras una noche de resaca y que derivó en algunas obras imprescindibles de las cuales para mí “Celebración” es el máximo exponente.

No hay nada más nocivo ni más destructivo que un ser humano tratando de aniquilar a otro ser humano. Ni la más potente de las bombas, ni el cuchillo más afilado, ni el golpe más atroz, tienen más capacidad de destrucción que la palabra dicha con saña para destruir muchas veces aquello que debería ser en buena lid lo que más amamos. Cierto es que la familia no se elige, pero la sangre tira mucho y el sentimiento de pertenencia es inherente al ser humano y el que diga lo contrario o es un mentiroso  o es un Robinson Crusoe trasnochado y hasta ese pobre infeliz tuvo que agarrarse a lo que pudo para no volverse loco.

No sé qué es lo que pasará cuando alguien abre la caja de Pandora, pero sé perfectamente lo que ocurre cuando se abre el cajón de mierda y eso sólo suele hacerse en las ocasiones especiales, porque puestos a poner a todo el mundo perdido con inmundicias, mejor esperar a una fecha señalada para que haya más testigos del episodio. Ningún suicida vestido con un chaleco bomba va a inmolarse en un campo de fútbol vacío o en un mercadillo cuando están recogiendo. De hacer algo de este tipo, hay que hacerlo en hora punta para que tenga mayor trascendencia y el número de bajas sea mayor.

Y hablando de terroristas, en toda familia que se precie hay por lo menos uno que campa a sus anchas sembrando todo de minas y disfrutando con los desaguisados que provoca. Pero, en algunas familias esa labor se reparte entre varios o todos sus miembros porque a veces es cuestión de quién la tenga más larga y eso hay que comprobarlo mostrando las credenciales.

En todas partes cuecen habas y a veces el guiso se recalienta y allí no come ni dios y ya que no comemos pues vamos a despellejarnos que total la vida son dos días y yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así. El mundo a veces nos moldea, por no decir que nos jode directamente, pero la verdad es que tras esa herencia genética insobornable a la que no se puede renunciar porque está escrita a fuego en nuestro ADN, hay otra ambiental que condiciona tanto o más y que determina el carácter y que suele ser la causante de que nuestras relaciones personales se vayan a la mierda con tanta frecuencia.

La vida es un campo de minas, pero hay quién encuentra placer en ponerlas y en ver cómo los demás las pisan y da igual que yo me haya quedado sordo con la deflagración si tú has salido peor parado que yo.

Aquí nos hablan de una familia de artistas de teatro que responden a nombres rimbombantes y mitológicos, repletos de sentido y connotaciones teatrales y  armada en sus buenos tiempos en torno a un patriarca del que no sabemos nada salvo que seguramente fue un hijo de puta de tomo y lomo que tuvo bajo el yugo del terror a toda su prole y a la responsable femenina de traerlos al mundo. Ahora el hombre vive sumido en un abandono de olvido que seguramente obedece a causas naturales, pero que no sería extraño que fuera auto infligido en el supuesto de que esto pudiera ocurrir, porque a veces el olvido, al igual que la ignorancia, es una bendición. Y el causante de tanta escorrentía familiar, sólo conecta con su nieta que está la pobre como una puta cabra porque en su decisiva época de impronta, pasó demasiado tiempo entre bastidores observando como toda su familia se trasmutaba cada noche en personajes literarios adictos al exceso teatral que acabó impregnando sus almas y su vida diaria.

Una vez que las tablas ya no son una opción, queda el retiro y el olvido y, como en toda familia, sus miembros acaban derivando en grupúsculos en los cuales de vez en cuando se dan ligeros cambios de conducta, pero siempre herederos de las costumbres que a base repetirse una y mil veces, acaban por convertirse en leyes.

Hay de todo en esta familia y todo es creíble y reconocible. El director invierte la primera media hora en mostrarnos a base de escenas contundentes, tras el flashback inicial rodado en el formato de la infancia de los que ya rondamos el medio siglo, los entresijos de una familia desestructurada que no pudo sobrevivir a su propio éxito y que vive de las rentas del pasado anclada en un presente espantoso en el que nadie es capaz de admitir sus propios errores y en el que cada cual echa balones fuera culpando al empedrado y conformándose con su cuota ínfima de protagonismo mientras todo el mundo culpa al vecino sin molestarse en mirar el porcentaje propio de culpabilidad porque este siempre es un concepto que se concreta en los demás, nunca en uno mismo.

Hay filias y fobias, como en todas partes y odio y rencor acumulados y como todos somos arrieros y al final todos los caminos llevan al mismo puto sitio, pues nos acabamos encontrando y se lía parda. Aquí el motivo es celebrar una boda en una casa en la cual todos han vivido tal vez los mejores momentos de sus vidas antes de que la vida se los merendara, con la excusa de que la matriarca dado que su parte contratante vive en el reino del olvido, ha decidido venderla unilateralmente para no hipotecar lo que le queda en el convento antes de cagarse dentro, toda vez que la providencia le ha hecho un regalo en forma de pareja mucho más joven que puede permitirle vivir un remedo de felicidad como la que vivió antes de que algunas arrugas incómodas configuraran de nuevo su rostro.

Y surgen los conflictos, porque entre otras cosas nos cuesta encajar la felicidad ajena, aunque nosotros seamos incapaces de encontrar la nuestra porque todo siempre es más bonito en la casa de al lado, tal vez porque allí nosotros no somos los encargados de limpiar el polvo. No hay peor rencor, ni peor envidia, ni más mala hostia que la que se genera entre gente que forma parte de nuestro mismo clan, porque a veces lo que más nos une puede ser al mismo tiempo lo que más nos separa.

Tiene la película escenas tremebundas magníficamente hiladas en base a unos diálogos que cobran vida auténtica en la boca de un elenco casi sin fisuras y que hacen crecer la tensión y el nivel narrativo hasta cotas altísimas, pero es muy difícil mantener un nivel semejante durante todo lo que dura un ejercicio audiovisual y, al igual que pasa con el jenga, ese juego de ir moviendo piezas con objeto de hacer crecer una torre en base a ir quitando piezas de las partes inferiores para ponerlas en las superiores y en el que pierde aquel que la hace caer, el director pretende cerrar una historia magnífica utilizando un correlato excesivo, esta vez visual, que no tiene concordancia con lo que hemos visto hasta ese momento.

La película está llena de momentos epifanicos que ya hemos visto antes en otros sitios, pero que no nos importa porque está muy bien contado y mejor interpretado, pero cuando se le acaban los recursos dialécticos y una vez hemos llegado a un callejón sin salida, tira por la calle de en medio y todos los actores y actrices acaban corriendo por tierra mar y aire, merced a un montaje en paralelo que quiere darle un ritmo que ni pide ni necesita la película y que provoca un bajón en aquellos espectadores que hasta ese momento hemos asistido a la destrucción de una familia en primera fila, con cierto goce y satisfacción porque, que me aspen si sé la razón, nos agrada ver en la pantalla cómo se despellejan los demás porque tal vez mientras seamos espectadores, nos libramos momentáneamente de convertirnos en protagonistas.

Esta película compitió en la última Seminci en la Sección Oficial y seguramente se hubiera llevado algún premio de haber dado el director con la clave para mantener la tensión de forma más natural sin recurrir al correcalles que la relega a la categoría de película aceptable cuando estaba llamada por guión y recursos a ser mucho más. Aún así, debut notable de un director que en teatro ya es todo un valor consagrado, como bien demuestra en las escenas de espacios cerrados dónde la palabra está por encima de la acción y dónde la película crece en intensidad, dramaturgia y decibelios emocionales.

Según la mitología, las furias a las que hace referencia el título de la película, eran unas tipas con muy mala hostia nacidas en condiciones poco envidiables que vigilaban la puerta hacia el mundo inferior, castigando a aquellos cuyos crímenes no habían sido expiados en el mundo de los mortales, restaurando a su manera el orden perdido y que en ocasiones se extralimitaban y salían a la superficie con la intención de perseguir a aquellos que pretendían salir inmunes de algún delito. De ser verdad esto, estas pobres tendrían hoy en día un trabajo de la hostia y no les quedaría más remedio que nombrar ayudantes para que las auxiliaran en tan ingente labor.narciso1

Los Narcisos también están emparentados con las furias en cuanto a que pertenecen a la mitología griega. Descendiente de un dios y de una ninfa, su nombre deriva de una palabra griega que hace alusión a su  olor penetrante y embriagador como embriagador es el aroma del éxito que a veces nos trastorna y que condiciona nuestras vidas y las de quienes nos rodean y narcisistas son aquellos que no pueden parar de mirarse el ombligo y que suelen inocular por vía seminal a su descendencia el mismo virus que acabará por destrozarles la vida. Todos hemos sido o hemos querido ser narcisos en algún momento de nuestras vidas y nos hemos mirado esa parte que nos une a nuestras madres para siempre por mucho que hayan cortado el canal, pero las flores se marchitan como nuestras propias existencias y, cuando no nos queden ni recuerdos ni nada a lo que agarrarnos, sólo las fotos nos recordaran lo que fuimos.

Otras cosa es que nos reconozcamos en ellas.

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