“Langosta” de Yorgos Lanthimos o Elaeagnus angustifolia (Árbol del paraíso)

El hombre siempre está cazando. Somos el mayor depredador, el que ocupa el lugar más alto de la pirámide, el último eslabón de la cadena trófica y no tememos a nadie que nos pueda depredar salvo nosotros mismos y a esa misión nos dedicamos casi desde el mismo momento de nuestra concepción. Cierto es que un oso o un tiburón nos pueden devorar de un par de mordiscos, pero en principio no entramos en su dieta y, salvo encuentros esporádicos bien por ignorancia, estupidez, o simple mala suerte, sólo debemos extremar las precauciones con nuestros congéneres.langosta-cartel-6457

Los hombres y mujeres sin compromiso (excluyamos de momento los adúlteros, los infieles, los promiscuos y los curiosos), acuden a sitios de alterne en busca de algo que llevarse a la boca (puede aplicarse, porqué no, en sentido literal). Siempre andamos a la caza de un mejor trabajo, de un apartamento más barato para irnos de vacaciones, de una mejor oferta en el supermercado, de un par de neumáticos más económicos. Recorremos grandes cantidades de kilómetros y hacemos colas enormes para repostar por un par de céntimos menos el litro de combustible. Los adolescentes cabrones que serán los machitos alfa del futuro, andan a la búsqueda de incautos con los que desfogar las frustraciones que les han trasmitido sus padres, y sus acólitos lo graban con el móvil ya que ellos no pueden putear y grabar al mismo tiempo. Inconvenientes de tener sólo dos brazos. Y, cuando acaban de humillar a aquellos que consideran inferiores, esperan a que algunas de las futuras maltratadas se fijen en ellos, se los rifen y puedan dejarlas prematuramente embarazadas para perpetuar la estulticia de la especie en un bucle sin principio ni final que no se verá interrumpido hasta que un bienaventurado meteorito nos lleve al lugar dónde llevan 65 millones de años esperándonos los dinosaurios.

Lo dicho. Nos encanta cazar, pero a unos más que a otros. No hay cazador sin presas, del mismo modo que no tiene sentido el Yin si el Yang, la noche sin el día, ni  Epi sin Blas. Y ahí es cuando la cosa se jode para unos y se pone interesante para otros. En una sociedad supuestamente civilizada, no puede uno ir dando rienda suelta a sus instintos. O sea, que o eres un asesino en serie, un psicópata o un cabrón inmisericorde con ínfulas, o te tienes que contentar con pequeñas escaramuzas en el trabajo, en tu casa o en la carretera para intentar demostrarte a ti mismo que eres un tipo duro y, si se te va la mano, siempre puedes alegar locura transitoria y luego, cuando salgas del trullo, del correccional o de la institución que te haya tocado en suerte, te vendes al mejor postor y a vivir de las rentas toda tu puta vida. Si te paras a pensarlo, no es un plan tan malo.

Lo que ocurre, es que la mayoría de nosotr@s no somos así. Tenemos más de presa que de cazadores y como tales, lo que tenemos es que exponernos lo menos posible a la mira telescópica de los francotiradores. Nos conformamos con disparar en los videojuegos o jugar una partida de paintball. Los americanos, con eso de la posibilidad de poder comprar armas hasta en el top manta, tienden  a actividades más realistas, pero esos no cuentan. Juegan en otra liga.

Con la manía que tenemos de importar sus franquicias, puede ser sólo una cuestión de tiempo que acaben pasando aquí las mismas cosas. De hecho ya han habido casos esporádicos que no tienen que ver necesariamente con el terrorismo. Pero de momento, la vieja Europa conserva aún la cordura, por lo menos a nivel colectivo.

Todo, siempre y cuando, un sujeto al que me da grima nombrar, no alcance el suficiente respaldo para llegar a la Casa Blanca. En caso contrario, no nos va a hacer falta el meteorito.

Pues todo este rollo para hablar de la última película del director de “Canino” de 2009, que ya demostró en su primera cinta que posee un cerebro potente y unas ideas punzantes y que sabe como ponerlas en práctica para dejarnos a los espectadores con la sensación de que nos ha pasado un tren por encima. Un tren que podríamos haber conducido nosotros sin habernos sacado el carnet, porque sus personajes, aunque tan extravagantes como sus historias y a pesar de que parecen sacados de la consulta del psiquiatra menos eficaz del mundo, se parecen demasiado al vecino rarito del quinto, a la que habla sola en el ascensor, a la que camina descalza en el metro o al que cuenta mentalmente hasta diez aguantando la respiración antes de lanzarse al vacío a la avenida desde el edificio más alto en plena hora punta. Sus películas no pueden encasillarse en un género porque no responden a patrones establecidos. Este griego es un tío creativo. Participó en el equipo artístico que diseñó las ceremonias de inauguración y clausura de los juegos olímpicos de su país en el año 2004 y tiene en su haber participaciones en anuncios, obras de teatro, televisión y ha hecho incursiones en el mundo de la vídeo danza. O sea, que es un cerebro privilegiado con una manera muy particular de ver la vida y de plasmarla en sus creaciones.

El punto de partida es una sociedad en la cual no se aceptan los solteros. Cuando alguien, independientemente del género, pierde a su pareja, por las razones que sean, debe ingresar en una especie de balneario en el cual se pierde totalmente la identidad para fundirse con el grupo. En ese grupo  de solteros anónimos, de parásitos disfuncionales por obra y gracia del amor interrumpido, deberán hallar una nueva pareja con la que seguir sus vidas y convertirse de nuevo en seres productivos. Pero tienen un plazo en principio inamovible que sólo podrá sufrir alguna variación si se hacen méritos para ello. Pero claro, la suerte tiene dos caras. Si tú ganas es porque alguien ha perdido y aquí entroncamos de nuevo con el cazador y con su presa. El concepto es sencillo después de todo. Si finalizado ese plazo, no has encontrado pareja, perderás tu condición de humano para convertirte en un animal. Eso sí, en el animal que tú quieras.  Por el contrario, si has tenido suerte en tu caza, deberás pasar un período de adaptación para comprobar compatibilidades y otro período  igual de largo en un lugar cerrado para el resto de los seres humanos. Y si has pasado la prueba de fuego de soportar un período vacacional con la que está en vías de ser tu pareja (¿cuántas parejas se han roto durante unas vacaciones por el simple e infalible hecho de pasar juntos más tiempo del estrictamente saludable?), entonces estás preparado para acudir a la ciudad como pareja estable en espera de la siguiente crisis que volverá a ponerte de nuevo a los pies de los caballos. Unos caballos que podrían ser familiares tuyos y una ciudad en la cual los policías vigilan los certificados que acreditan a las parejas como tales y castigan con la extradición a todos aquellos que no lo son, igual que  los países que se autodenominan  civilizados vigilan que los inmigrantes tengan permisos de trabajo o documentos que les  otorguen el privilegio de moverse libremente entre nosotros.

El protagonista decide reencarnarse en langosta porque dice que tienen la sangre azul y viven cien años. Siempre y cuando, claro está,  no acabes en la mesa de un comensal aficionado al marisco e inasequible al ácido úrico. Y la responsable del centro le responde que es una gran elección porque todo el mundo elige animales comunes y por eso los extraños están en peligro de extinción. Este planteamiento surrealista vale el precio de la entrada y junto con un principio que te deja descolocado, situúan las expectativas en un nivel que cualquier otro cineasta no hubiera podido mantener. Pero Yorgos se mueve como pez en el agua en ambientes turbios y explora lo abyecto del ser humano con la precisión de un patólogo examinando un cuerpo sin vida en busca de la razón del deceso de una sociedad muerta y podrida.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar por amor?, ¿qué tiene el ritual de la conquista que nos convierte en extraños incluso para nosotros mismos?, ¿Cuánto tiempo seremos capaces de mantener el embuste?, ¿Cuándo se nos caerán los palos del sombrajo y nos mostraremos tal y como somos?. Como dijo Raymond Carver en uno de sus relatos, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?.

Como en  toda sociedad distópica, hay un opuesto. Lo hay siempre porque sino es difícil mantener la historia, pero la diferencia es que esta vez no lo intuimos. Nos desconcierta una voz en off que va ofreciéndonos con cuentagotas un relato omnisciente que no acabamos de comprender porque el personaje a la que pertenece, permanece oculto en las sombras y no da la cara hasta que gran parte del pastel está en el estómago deshaciéndose con los jugoElaegnus angusts gástricos y ahí empieza otra película que camina paralela a la primera con fugaces incursiones entre los mundos como en una guerra de guerrillas. Hay un mundo opuesto al antes mencionado, no se sabe muy bien si se originó como consecuencia de una escisión de lo políticamente correcto o porque todo proceso tiene su antagonista por aquello tan complicado del orden natural de las cosas. El caso es que al final no podemos distinguir cuál es la opción correcta. El señor Lathimos, como debe de ser, no nos saca de dudas y se limita a mostrarnos unos hechos para que, el que pueda, saque sus conclusiones.

Con una estética que recuerda muchas veces a “Melancolía” de Lars Von Trier (2011) y con un bosque como protagonista casi omnipresente en la segunda parte de la película, que tiene ciertos paralelismos con “El bosque” de Shyamalan (2004), haciendo uso de una pieza musical que se repite de forma obsesiva creando una atmósfera auditiva que potencia las imágenes, el cineasta griego construye una historia compleja, extraña, surrealista, desasosegante y opresiva en la que todas las puertas están abiertas y ninguna se llega a cerrar para que el espectador transite a su gusto por el paisaje de paranoia que nos muestra los entresijos del alma humana, tan retorcida como las ramas del elaeagnus angustifolia, un árbol que se enroca sobre sí mismo dando la apariencia de que quisiera plegarse y desaparecer en la tierra que le ha dado la vida, como si tuviera el permanente conflicto de crecer hacia arriba y hacia abajo al mismo tiempo. Su nombre vulgar en la mayoría de las comunidades, hace alusión a ese paraíso al que todos aspiramos aunque somos conscientes de que no pasaremos del purgatorio. Dante, que de esto sabía un huevo, ya lo dejó caer en su Divina Comedia.

El miedo a no cumplir lo que se espera de nosotros, el temor al qué dirán y a las consecuencias que deberemos arrostrar en el caso de que no tomemos la intersección adecuada, planea permanentemente en el aire y nos afecta especialmente a aquellos que tenemos conciencia, que analizamos lo que hacemos y que cuestionamos permanentemente lo correcto de nuestros actos. No hay mayor lastre para un ser humano que hacerse preguntas incómodas que ni quieres ni puedes responder. Cada cual hace lo que puede en esta selva que habitamos y en esta película los animales transitan libremente por la pantalla como recordatorio inmisericorde de nuestros fracasos.

Colin Farrel y Rachel Weisz, dos pesos pesados del cine actual que gustan de ponerse a prueba en producciones complicadas que escapan a la norma,  prestan a sus personajes una corporeidad y una actitud acordes con la atmósfera del film,  dotándoles de una autenticidad a veces letárgica y regalándonos algunas escenas memorables hasta un final tan desconcertante y abierto como el principio, como si nos hubiésemos asomado a una ventana a ver algo que no estaba destinado a nuestros ojos, hasta que alguien se da cuenta de nuestra intrusión y la cierra de nuevo de golpe dejándonos con tres palmos de narices.

Y yo sin pareja, al límite del plazo, y sin saber en qué animal reencarnarme.

 

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