“Lady bird” de Greta Gerwig o Cyanistes caeruleus (Herrerillo común)

El Herrerillo común es un pájaro ruidoso, colorido y confiado, típico de jardines y que acude a toda clase de comederos, naturales, prefabricados o improvisados y es frecuente verle también usando cajas nido, pero no suelen tener mucho éxito en su ocupación ya que las crías necesitan ingentes cantidades de orugas para sobrevivir y sólo en los grandes bosques tienen reservas suficientes para satisfacer las necesidades de los pequeños y eso está suponiendo un problema porque debido al cambio climático las eclosiones de los huevos y la aparición de las orugas no siempre coinciden.

Tiene un plumaje muy vistoso en el cual conviven los colores azul, amarillo, verde, blanco y negro, lo cual le hace ser fácilmente reconocible y posee unas patas fuertes de las que se cuelga del alambre de los comederos artificiales, muchas veces cabeza abajo. Puede vérsele por cualquier provincia española incluso en Baleares siendo residente y alejándose muy poco de los territorios de cría y cuando se suman los efectivos procedentes de lugares más fríos, puede tener una densidad poblacional bastante superior a la de otros páridos, pero suele evitar zonas desprovistas de árboles para fijar su residencia.herrerillo común

Lo normal es que salga una pollada al año pero hay poblaciones que sacan hasta dos. La puesta puede componerse de hasta doce huevos que son incubados por ambos progenitores durante un par de semanas y tres semanas después ya están en condiciones de abandonar el nido y es que es lo que tiene tener una esperanza de vida de entre dos y tres años, que espabilas  o no te cunde nada.

En cuanto al canto, es similar al de otros de su misma familia pero es bastante menos potente, como si quisieran pasar desapercibidos, que es justo lo contrario de lo que les pasa a esa plaga de entes metabólica e intelectualmente cambiantes que, cuando empieza el baile hormonal, se convierten en zombies existenciales sin necesidad de maquillaje y que deambulan por las calles en descontroladas hordas arrasando todo a su paso, pero como el Herrerillo común, son ruidosos, confiados y coloridos sin que en su caso eso constituya ninguna virtud, pero al igual que este simpático pajarillo, son muy fáciles de detectar.

Y de esto habla esta previsible y sólo anecdótica película de una debutante en la dirección audiovisual de largo aliento llamada Greta Gerwig que ha tenido el privilegio de trabajar entre otros como actriz con Woody Allen en el año 2012, pero es sí, en una de sus películas menores  llamada “A Roma con amor”.

Ella entre otros muchos cineastas y gentes del gremio fue partícipe o por lo menos activista de un movimiento llamado “Mumblecore” que es un término acuñado por un sonidista y que no tiene un significado concreto sino que es la suma de una serie de conceptos que conjugados de determinada manera dan lugar a un tipo de trabajos audiovisules cuyo fin último es parecerse a la vida lo más posible. Por lo tanto, prima la naturalidad, los diálogos deben ser expresivos y muchas veces pueden estar improvisados y no sólo no está mal visto  que se equivoquen, farfullen o balbuceen los protagonistas, sino que ayuda a fijar los términos de las cosas que buscan. Los planos son largos porque la vida transcurre en un mastodóntico plano secuencia y se salta de la comedia al drama con la misma facilidad con la que la risa sucede al llanto o viceversa.

Son películas naturalistas de muy bajo presupuesto en la cuales no es obligatorio que los actores sean profesionales y nacieron a la sombra del cine indie que el festival de Sundance dirigido por Robert Redford pusiera de moda hace ya algunas décadas, concretamente cuatro.lady_bird-546261513-large

John Cassavettes está considerado el padre de este tipo de cine por “Una mujer bajo la influencia” (1974), pero otros cineastas como Woody Allen por “Manhattan” (1979), Jim Jarmush por “Extraños en el paraíso” (1984),  Kevin Smith por “Clerks” (1994) o Richard Linklater por su trilogía comenzada en 1995 con “Antes del amanecer”, han sido y son influencias notables para los aspirantes a directores de cine que seguramente por obligación más que por sincero deseo, se ven obligados a hacer cine de andar por casa porque los grandes estudios no apuestan por ellos y los productores no les prestan ni un céntimo de sus fortunas para que sus proyectos vuelen más alto y por ello estos cineastas se tienen que colgar de otros comederos aunque sea cabeza abajo para tratar de hacerse un hueco en una industria que en cuanto apueste por ellos, les obligarán a caerse del guindo y a ser esbirros de sus deseos comerciales y las conversaciones improvisadas, los actores amateur, los planos interminables, las cámaras en mano y las transiciones alocadas pasarán a la historia y sólo permanecerán en las hemerotecas como los primeros y toscos trabajos de una generación que como los protagonistas de sus películas indies se mueven entre los veinte y los treinta años en una adolescencia postergada hasta nueva fecha.

Por desgracia, los cineastas de ahora, aunque lo tienen mucho más fácil en cuanto a medios técnicos ya que con un móvil decente se pueden hacer y de hecho se han hecho películas, tienen en su contra que la capacidad de sorpresa ya está finiquitada y el vivero de ideas que fueron los años setenta y ochenta no es posible en los días actuales y ni siquiera un festival como Sundance, que sigue aspirando con mucho mérito a no perder del todo su esencia, puede presumir a día de hoy de no contar entre sus diferentes secciones con trabajos que hace años no hubieran sido aceptados porque las ideas primigenias se van contaminando y llega un momento en que no es posible vislumbrar en la enorme bola de nieve, la canica con la que empezó todo.

Pero Greta Gerwig ha tenido esa suerte que otros y otras mucho antes que ella jamás acertaron siquiera a oler y deben de estar ahora mismo de cajeros en supermercados, o poniendo cafés en restaurantes de carretera o de stripers en Las Vegas porque a esta chica bastante por debajo de los cuarenta y que hasta hace muy poco podía protagonizar estos trabajos de bajo presupuesto según  la barrera que los propios creadores del movimiento estipularon a la hora de encajar a sus personajes, ya se le ha pasado el arroz para ello y por eso en su ópera prima ha apostado por intentar realizar una obra heredera del “Mumblecore” con escaso éxito de imitación, pero notable de crítica y público.

Y lo segundo lo puedo entender porque al público, especialmente al anglosajón y mayoritariamente al americano, les mola mucho este tipo de películas de cositas mundanas sin demasiada importancia en cuanto a calado pero que son fácilmente reconocibles, digeribles y, por supuesto, olvidables y que la gente acude a ver en masa conciliados y convocados por la publicidad que de forma intrusiva o subliminal, bombardea nuestros cerebros con saña bíblica. Y por un magnífico trabajo de promoción y porque esta chica debe de tener padrinos hasta debajo de las piedras, ha llegado a estar nominada para algunos de los premios gordos de los Oscar, compitiendo contra películas infinitamente mejores y ante las cuales palidece hasta desaparecer.

Porque este es uno de esos casos de películas sobrevaloradas que por la razón que sea, pasan el filtro y van quemando etapas llegando intactas a los metros finales de la competición y hasta con aspiraciones de hacer una buena marca, pero a las cuáles el tiempo suele acabar poniendo en su sitio. No hay nada nuevo que no se haya contado de la misma manera en otras miles de películas que abordan el inquieto y conflictivo paso de la adolescencia a la edad adulta del mismo modo que no hay una garantía de que algunos seres humanos lleguen a alcanzar alguna vez ese estado entre líquido y gaseoso tremendamente inestable  llamado madurez.

Y de esto va esta película de una adolescente siempre a la gresca con su madre y que lo fía todo a su instinto con la colaboración del padre que hace de poli bueno en la casa familiar y lo peor de todo es que lo mejor ocurre en los cinco primeros minutos de película y nada de lo que vemos después alcanza el nivel de intensidad que pone el listón demasiado alto para que después se pueda mantener y asistimos, yo por lo menos, al aburrido trámite de toda persona en esa edad, por lo menos en América, de decidir a qué universidad iré y si me lo puedo permitir y sobre todo si me van a aceptar y todo obedece al deseo de la aspirante a lo mejor dentro de sus posibilidades de tratar de escapar de una de esas poblaciones que se multiplican por el mundo y que poseen un núcleo gravitatorio tan poderoso que resulta casi imposible escapar de su influjo. Y esta criatura vociferante, ciclotímica, hormonalmente saturada y con un cacao que te cagas, trata de dar los pasos que condicionarán su futuro, enrrollándose con el chaval de turno que luego resulta que pierde aceite, luego con el más popular que también suele ser el más imbécil, mientras trata de hacer amigas más molonas y ver qué traje elige para el puto baile de fin de curso que siempre es el mismo excepto en “Carrie” de Brian de Palma en 1976.

La chiquilla se hace llamar Lady Bird porque seguramente tampoco sabe cual es el pájaro que más le gusta y por eso elige un nombre genérico para luego poder rellenar las casillas a su variable gusto y todos los bandazos que va dando la convierten en un volantón de herrerillo que nunca tiene suficiente con las orugas que le proporcionan los desesperados padres y que espera el momento de volar del nido para buscárselas ella misma sin darse cuenta de que ser adulto implica una serie de responsabilidades que a los adolescentes se las conmutan posponiendo el momento en que un pollazo de más les convierta a su vez en padres y vuelva a repetirse el ciclo de nuevo y, tal vez cuando tengan hijos, se darán cuenta de la razón que llevaban sus progenitores, pero es que el conocimiento, el de verdad, el que vale, siempre llega un poquito demasiado tarde.

Tal vez es que yo ya soy demasiado mayor o es que tengo demasiados adolescentes de verdad rondando mi casa y las calles por las que me muevo y, aunque evidentemente también yo lo fui e hice muchas gilipolleces creyéndome lo más, ya no tengo paciencia para soportarles y tampoco para ver sus evoluciones en la pantalla en una historia que ya he visto muchas veces. Y sí, es fresca y dinámica a ratos pero la previsibilidad que lo impregna todo resulta cargante y me importa una higa lo que le pase a esta chica y a su amiga gorda y a los padres porque podían haber invertido más tiempo en hacer mejor las cosas. No tengo interés en ese chico que sale del armario a ratos aunque su familia me caiga bien y no soporto al chaval ese colgado hasta las cejas que habla como un yoda fumado el día de la trigésima reposición de la saga que le sacó del anonimato espacial y volvemos a ver a los mismos chavales y chavalas metidos en el gimnasio de su instituto  el día del baile de los cojones y yo me pregunto si la tal Greta no nos estará contando su propia historia y sea ella la Lady Bird del título.

Pues bien, si lo es, espero que una vez fuera del nido busque otras maneras de hacer cine, sin olvidarse de sus orígenes que son lo que nos define, pero madurando y ofreciendo historias con más enjundia, tan universales y reconocibles como esta, pero buscando puntos de interés más genuinos. Tras esta acogida, ya tiene las puertas abiertas de par en par y habrá gente dispuesta a adelantarle la pasta para que se la devuelvan con creces, pero cada vez se irá alejando más de ese concepto de cine orgánico de la que una vez formó parte y cuando eche la vista atrás ni siquiera se reconocerá en sus propios trabajos, que es lo que les pasa a los escritores talluditos cuando releen sus novelas de adolescentes.

Y poco más que añadir. Los que tengan hijos en edades conflictivas que se preparen y que Dios los pille confesados y los que no, sufriremos las adolescencias ajenas que, como los malos vecinos, las ciclogénesis explosivas y  algunos programas de televisiones de capital privado, los tenemos asegurados hagamos lo que hagamos y sin comerlo ni beberlo.

Y Dios dame paciencia que como me des fuerza los mato.

 

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