“La seducción de Sofia Coppola o Luscinia suecica (Pechiazul)

El pechiazul es un ave pequeña de tamaño similar al petirrojo que presenta un dimorfismo sexual muy marcado entre hembras y machos y debe su nombre a una mancha característica en el pecho que en los ejemplares machos luce una serie de colores entre los que predomina el naranja, el azul y algo de negro.

pechiazul

Presenta un trino extenso agudo y melodioso, aunque no demasiado elaborado y gusta de ponerlo en práctica al amanecer y cuando el sol se va.

En la época de cría, nidifican cerca de laderas de montañas, pero a una altitud importante, muchas veces por encima de los mil metros.

Es un ave muy escondidiza a la que le gusta caminar por el suelo y su hábitat preferido suelen ser pantanos o humedales o bosques de sauces y abedules, pero en cualquier caso cerca de zonas encharcadas con abundante maleza en las cuales parar lo más desapercibido posible y lo más desapercibido posible es lo que trataba de pasar un yanqui herido en mitad del profundo sur americano en las postrimerías de la cruenta Guerra de Secesión que dividió el país entre negros y blancos y los que aborrecían a unos y los tenían de esclavos y los que los toleraban y luchaban con ellos hombro con hombro.

la seducción cartel

La guerra de secesión americana, como todas las guerras fraticidas, trajo no sólo consecuencias funestas en cuanto al número de bajas en ambos bandos, ganara quién ganase, sino en otros muchos aspectos. Y eso no es exclusivo de ese conflicto de ese lugar que nos pilla tan lejos de aquí, sino que es moneda habitual en todo enfrentamiento entre hermanos, como nos pasó aquí mediados los años treinta del siglo pasado, en los Balcanes en los noventa o desde que el mundo es mundo entre las dos coreas, que es lo que tiene que existan en el mismo espacio temporal   Villarebuznos de abajo y de arriba, que los vecinos no se llevan bien porque es así y así se lo hemos contado.

Y los Estados Unidos, tienen la curiosa peculiaridad de que desde que se encuentran en el mapa gracias a la cagada monumental de un tal Colón, fuera Genovés o de la España profunda o superficial, que tanto me da, están y han estado en todos los fregados porque aquello de que sí, tal vez he llegado más tarde a la fiesta, pero voy a recuperar el tiempo perdido y si para ponerse al día hay que ser el más en todo, pues contar conmigo que mucho antes de que naciera un tenista apellidado McEnroe, el gen competitivo de los americanos ya estaba en el ADN de esos indios tan majos que fueron la hostia en verso, pero que ahora viven confinados en rediles en lo que fue su vasta tierra, demostrando una vez más que cualquier tiempo pasado fue anterior. Y los que les tomaron el relevo, porque a rey muerto, rey puesto, son esos tíos que cabalgando cual jinetes del apocalipsis, se hicieron con los mandos del país y cuyo resultado evolutivo es ese tipo de tupé imposible y ademanes de dibujo animado que preside el cotarro merced a tejemanejes incomprensibles y que ha demostrado hace bien poco indultando a un hijo del sur racista, que la brecha que se abriera entre sudistas y unionistas ya bien sobrepasado el meridiano del siglo XIX, ni se ha cerrado ni se va a cerrar en la puta vida.

Cuando la gente supuestamente civilizada acudió a África en busca de mano de obra extremadamente fuerte e increíblemente barata y regresó con barcos repletos de negrazos para que les ayudaran en sus labores diarias con derecho de pernada y de latigazos a capricho que les ayudaran a hacerse inmensamente ricos, se abrió una sima que sigue rabiosamente abierta, aunque los americanos estén muy orgullosos de todas las medallas que consiguen en atletismo y baloncesto con los nietos y bisnietos de aquellos pobres desdichados que cantaban como ángeles cuando recogían algodón, mientras que los demonios que les cuidaban, se lo pasaban cañón, jugándose a los chinos, que por aquella época ni siquiera sabían dónde habitaban o sea, más o menos como ahora, a qué mozo iban a latigar y a qué moza se iban a cepillar sin que el orden de estos dos factores alterara nunca el producto.

De las medallas de natación ni hablamos, porque esos son todos blancos, entre otras cosas, y como sabemos por lo que leemos cada día en los periódicos, los pobres negros no saben nadar porque se pasan la mayor parte del tiempo buscando algo que llevarse a la boca y las clases de nado les son ajenas y además no las pueden pagar y sobre todo, los peces también tienen derecho a comer porque ellos no entienden de colores ni puta falta que les hace.

La guerra de secesión americana acabó en 1865 porque todo tiene un final, aunque sólo sea para poner una fecha concreta en los libros de texto, pero la americana sigue siendo una sociedad dividida entre blancos y negros, sobre todo en ese sur que sigue oliendo a alambique ilegal, a cuerda de horca y algodón recolectado y en la que campan a sus anchas esos descendientes de los encapuchados cuya estética han copiado en España los que salen de procesión cada mes de Marzo o Abril según mande la luna que, manda cojones, tenga que ser un puto satélite el que determine, amén de las mareas, cuando tienen que salir los devotos de procesión a cuestas con el santo o la imagen de turno.

El caso es que a pesar de lo que pone en la famosa Carta Magna, madre de la Constitución Americana y por ende de todas las constituciones habidas y por haber, ni la justicia es igual para todos, ni los derechos y obligaciones se reparten de manera equitativa y guárdate de tener enemigos porque estos tarde o temprano te van a dar boleto aunque lo de ahorcar ya no esté tan de moda porque ya quedan pocos árboles debidamente anclados en los cuales tender la soga.

Y Sofía Coppola, que de casta le viene al galgo y que ya demostrara en “Lost in Traslation” (2003) que la cosa no se iba a quedar en un primer contacto, revisita el clásico de Don Siegel de 1971, pero lo hace a su manera y otorga, como es su sana costumbre, el protagonismo a las féminas, para ofrecer un punto de vista diferente a ese mucho más restringido y machista de los años setenta. Si por aquel entonces un joven o por lo menos mucho menos acartonado Clint Eastwood, se dejaba caer por accidente en el interior de una institución para jovencitas sureñas y sembraba el caos entre tanta hormona y tanta necesidad contenida, ahora es Collin Farrel quién cae en las mismas fauces y ha de librar las mismas batallas, dejando claro que jugar a varias bandas y pretender ganar en todas, no es una práctica recomendable y  la hija del director de algunas de las mejores películas de la historia del cine, también deja de manifiesto que la evolución es una necesidad pero también una opción  que eso ya no depende de la naturaleza, sino de uno mismo.

Soy de los que piensan que hacer remakes es sinónimo de vagancia existencial y de ausencia de ideas de calado, que volver al mismo sitio de vacaciones cada año o es porque tienes allí un apartamento o porque no te alcanzan los dineros para ir a otro más lejano o, principalmente, por falta de originalidad. Pero si has de regresar, hazlo diferente, deja tu huella, abre una nueva senda o haz pensar o si tienes el talento suficiente, pon todo a trabajar de manera simultánea.

Y es lo que hace esta alumna aventajada de su propio padre, que tiene el cine en vena y que sabe qué hacer y cómo hacerlo. Esta película, basada como su predecesora en la novela inmortal de Thomas Cullinan, es una obra maestra de la seducción cinematográfica y desde una fotografía acojonante y una atmósfera opresiva, pone a nuestra disposición un documental antropológico de la presa y el cazador cuyos roles no están claros del todo, aunque intuimos que las gacelas tienen mucho más que de leones y que el león sólo puede presumir de melena, que ya quisiéramos algunos  a los que la alopecia y una falta de información adecuada nos convirtió en deficientes capilares.

Y es una gran película no sólo por una puesta en escena impecable y unas actuaciones tan viscerales como creíbles, sino porque tanto en la vida como en el cine, lo verdaderamente importante no se concreta en una frase sentenciosa ni en un portazo epifánico, sino en una mirada torva, en una manera de girar la cabeza o en un parpadeo fuera de foco y son esos pequeños gestos los que decantan balanzas, interrumpen respiraciones y cortan cabezas y los que conducen a los infiernos porque los paraísos están esperando a esas huestes de zumbados que creen que una vida terrenal inmaculada o un sacrificio humano les puede poner en el camino correcto para aspirar a acceder a esos lugares soñados que son el estercolero de las aspiraciones humanas de los que reniegan del día a día y apuestan todo el capital por una quimera.

Todo en esta película rezuma a humedad y desesperanza, a sueños incumplidos y a poluciones nocturnas. Todo es una vaga ilusión de lo que queremos y lo que lograremos, una perfecta metáfora de lo vacuo de nuestras vidas, de lo inútil de nuestros esfuerzos y está contado de una manera sabia, sobria y ralentizada porque el tiempo es tan flexible como un junco que nunca se romperá, pero que puede ser segado. Hay dobles y triples intenciones, hay engaño y subterfugio, manipulación y  deseos incumplidos. Todo es un ejercicio de supervivencia puro y duro y todo pende de un hilo que depende de quién lo enhebre, tendrá diferente grosor.

El yanqui herido luce su uniforme azul con el mismo orgullo con que los pechiazules machos lucen su vistoso pecho y se esconde de igual manera como puede en esos terruños tenebrosos cubiertos de niebla, mientras los dueños legítimos de esas tierras pantanosas que vestían del mismo color que su brumosa vegetación, patrullaban entre los lodazales buscando los escondites del enemigo para emboscarles o abortar una emboscada y demostrarles que allí en el sur no se les había perdido nada y que no iban a llegar los señoritos del norte a decirles cómo tenían que hacer las cosas.

Y cuando ese soldado herido llega ayudado por una jovencita a una de esas escuelas dónde se enseña a las señoritas a ser señoras en la calle, criadas en la casa, restauradoras en la cocina y putas en la cama, pone todo patas arriba porque las chicas, comandadas por la reina madre aquí interpretada genialmente por Nicole Kidman, se debaten entre entregarle al ejército local o esperar a que se recupere para ver quién se lleva a antes el gato al agua, en otras palabras, a ver quién se lo folla primero.

Y es en ese juego de roles, de jerarquías y convencionalismos rancios dónde ésta directora saca todo su potencial a trabajar y nos presenta una pedazo de película que no mejora ni empeora la original, sino que es un perfecto complemento para abordar el mismo conflicto desde un punto de vista muy diferente o como mínimo diametralmente antagónico.

Nada que empiece así en esa situación y en ese contexto con semejantes protagonistas, puede acabar bien, pero lo interesante es ver cómo la risa va cambiando de barrio y cómo el sentimiento de permanencia a una manada es a veces mucho más fuerte que el individual por muy claras que se crea uno que tiene las cosas.

Todo camina en un crescendo imparable hasta su resolución final y el resultado es una película para enmarcar que gusta todavía más cuanto más se piensa en ella tras su primer visionado.

No importa el marco temporal ni que la acción tenga lugar en el interior de una inmensa casa colonial o en una cápsula espacial en el espacio existente entre Alfa Centauro y Ganímedes, o en las regiones de Virgo y Géminis o en el patio de un colegio de Dublín. Si hay dos oponentes de distinto credo, ideología o bandera  y a eso le añadimos la diferencia de sexo y la necesidad de relacionarse y entenderse a todos los niveles porque nos han hecho gregarios y sobre todo tremendamente interesados, el conflicto está asegurado y cuantas más incógnitas o elementos añadamos a la ecuación, más compleja será de resolver.

Y a veces la solución más sencilla es la mejor e incluso también la más rápida, sólo hay que tener el valor para ejecutarla y la falta de conciencia para evitar pensar en ello una vez se ha apretado el botón y se ha traspasado el punto de no retorno.

Y esos son los más fuertes. Es decir, aquellos que una vez cierran una puerta, no se vuelven a comprobar si se quedó entornada. La mujer de Lot se convirtió en estatua de sal por echar la vista atrás y no fue ni será la única.

Hay gente que por donde pasa no vuelve a crecer la hierba.

Y después de todo, Atila sólo era un hombre más, con más poder del que era capaz de gestionar y seguro que en su casa era su mujer la que llevaba los pantalones.

Más o menos como en todas.

la seducción imgen dest

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *