“La revolución silenciosa” de Lars Kraume o Panurus Biarmicus (Bigotudo)

El bigotudo es una ave extraña que ha sido incluida en diferentes familias hasta llegarse a la conclusión de que forma la suya propia tal vez porque como en muchas ocasiones en la vida, tenga de todos un poco, pero al final es sólo de su padre y de su madre. Es decir, como todos.  Tiene un tamaño pequeño y una cola larga que supera la mitad de su talla. Luce colores marrones con manchas blancas y negras en las alas, pero lo que más destaca es una bigotera larga que comienza cerca del ojo y le llega al comienzo del pecho. Tiene un reclamo corto que repite nerviosamente y su canto es un chirrido bajo trisilábico.bigotudo

Es un ave discreta que habita en carrizales y zonas palustres y une su capacidad para volar bajo, con una habilidad para hacer acrobácias en los tallos que conforman los humedales, pero generalmente no en sitios de fácil acceso, lo cual le convierte en un ave difícil de observar y para ello se necesitan grandes dosis de paciencia.

Adapta su dieta rigurosamente a la estacionalidad y a las condiciones del entorno y durante la primavera abandona su carácter gregario para tornarse más solitario. Se ven considerablemente amenazados por los depredadores cuando baja el nivel de agua en los humedales y por ello pueden poner hasta cuatro puestas al año para compensar esa flagrante amenaza a su estatus.

Son básicamente sedentarios, pero pueden realizar cortos desplazamientos a humedales vecinos en busca de mejores condiciones, como hacían, por obligación, no por devoción, los estudiantes y la gente amenazada de la Alemania dividida tras la Segunda Guerra Mundial buscando un lugar dónde las condiciones vitales fueran más soportables, aún a sabiendas de que el regreso la mayor parte de las veces no era una apción, sobre todo después de que se levantara el muro la noche del 12 de Agosto de 1961 que dividió, como una cuchillada, la ciudad de Berlín, segando a su paso vidas, esperanzas y rutinas y condenando a una sociedad, ya desestructurada y maltratada, a una ignominia que se prolongó en el tiempo durante casi tres décadas.

Pero esta película no habla del muro de Berlín por lo menos de manera explícita, porque está ambientada en Octubre de 1956, cinco años antes de que se empezara a erigir, pero presenta una sociedad aún profundamente herida y dividida, sobre todo tras perder la guerra y quedar la ciudad berlinesa fragmentada en cuatro sectores (el americano, el soviético, el francés y el Inglés), de imposible entendimiento y que dificultaba enormemente el tránsito de los oriundos de Berlín de un punto a otro de su ciudad, siendo continuamente sometidos a un escrutinio salvaje cuyo final nunca era previsible.

Lars Kraume, responsable de otra magnífica obra en el año 2015 “El caso Fritz Bauer” en la que contaba las dificultades de un fiscal aleman para poner ante un jurado a los asesinos del nazismo cuando aún campaban a sus anchas por el mundo, revisita de nuevo y en una época parecida, otro suceso que, aunque tuvo su origen en Hungría, tuvo sus repercusiones en la Alemania de aquellos años y sitúa la acción, casi a tiempo completo en un colegio, se supone que de cierto nivel, independientemente de los posibles de cada uno porque ese es uno de los supuestos pilares del comunismos: es decir, el acceso libre a la educación para todos siempre y cuando, eso sí y de forma ineludible, se esté dispuesto a pasar por todos los aros por diminutos que sean.la revl cartel

Es admirable la entereza y la constancia que tienen los cineastas alemanes para revisar una y otra vez su pasado más triste y oscuro no para cerrar heridas, porque eso no hay manera de hacerlo, pero sí para que seamos conscientes de que no olvidan y que no pretenden enmendar sus errores, pero sí poner ante  los ojos de todos, los horrores que es capaz de cometer el ser humano por lo menos para que no se repitan, porque el que olvida su historia está condenado a vivirla de nuevo como queda demostrado cada día desde hace siglos y llegando a la triste conclusión de que da igual lo que hagamos. La seguiremos cagando una y otra vez para deleite y disfrute de  historiadores y antropólogos que si no se aburrirían como monas.

El suceso en cuestión que provoca el conflicto tuvo su origen el 23 de Octubre de 1956 en Budapest y el asunto venía promovido, tres años después de la muerte de Stalin porque en Polonia, un tal  Wladyslaw Gomulka apoyado por las masas, se enfrentó a la jerarquía del Kremlin proponiendo unas reformas que también afectaban a Hungría.

Por su parte, allá por tierras húngaras, se había formado un movimiento intelectual llamado Círculo Petöfi en honor de un poeta húngaro de nombre Sándor y en el cual operaba un señor de apellido impronunciable que obedecía al sobrenombre de Michel Varga que fue secretario de este grupo de discusión formado por intelectuales no domesticados por el aparato estalinista y que tenían mucha mano pàra influir en círculos estudiantiles que son y deben de ser el gérmen de toda revolución presente, pasada o futura y esto los comunistas lo sabían y por ello estos lugares estaban especialmente vigilados para sofocar las llamas de posibles incendios desde su própia génesis.

El caso es que se lió parda como de costumbre y cuando los obreros y sobre todo los estudiantes salieron a la calle en manada para reivindicar derechos propios y en solidaridad con el pueblo polaco, tan oprimido como ellos durante la guerra y también después, trataron de alcanzar el edificio de la radio, porque desde allí se lanzaban al mundo las verdades y sobre todo las mentiras, y más de uno se puso nervioso y la emprendió a tiros contra las ordas enfurecidas.

Este suceso por lo menos a nivel social mediante las emisoras de radio, que era la única forma de comunicación directa de la que disponían, en Alemania estaba restringido para los habitantes alemanes porque las noticias eran previamente censuradas y filtradas para que no se imitaran conductas peligrosas, pero desde el sector americano, que también harían lo suyo desde luego para generar confusión y poner las cosas favorables a sus intenciones, se emitían otras noticias de la misma índole pero diferente sesgo.

Los protagonistas de esta cinta son en su mayoría jóvenes actores y actrices alemanes que no creo que tengan demasiada experiencia dada su edad y que todos ellos debieron de nacer en la Alemania ya unificada, de tal modo que todo lo que deben de saber sobre su historia, lo han leído en los libros de texto o les ha sido comunicado en el colegio o por vía parental, pero que hacen todos y cada uno de ellos y ellas un gran trabajo dando vida y verosimilitud a esos estudiantes confinados en una sociedad maniatada de la segunda mitad de la década de los cincuenta mientras iban dando bandazos de nuevo hacia el abismo.

Todos esos chicos y chicas, hijos de obreros, de veterinarios, de tenderos y de todo el muestrario de una sociedad normal, mezclados, pero no agitados con otros de estirpes más lucidas, aspiraban a lograr un título que les sirviera de pasaje a una vida mejor lejos de las siderurgias, de los campos embarrados y de las tiendas con límite de existencias y eso era su única aspiración vital en sus todavía cortas vidas.

Uno de ellos, pariente de un supuesto revolucionario partidario de los aliados que ganaron la guerra, visita de vez en cuando a este señor en la más absoluta de las irregularidades y para ello se lleva de visita a sus compañeros de clase que asisten en primera persona no sé si por este orden, a un discurso revolucionario tan pausado como contundente y a una noticia en la radio que avanzaba en primicia las bajas primeras de la que después sería llamada La Revolución Húngara. Como anécdota de esa noticia, se avanzaba en la radio americana que una de las víctimas de la masacre, era el famoso futbolista de la selección Húngara Puskas, que después, vivo desde luego, se hiciera más famoso en la capital de España, jugando para el equipo de nuestra dictadura.

Este suceso, que a los alemanes debía de quedarles lejos, motivó un pequeño motín consensuado entre la mayoría de la clase y aceptado democráticamente por los menos entusiastas con la idea y consistió, dando origen en parte al título de la película, en guardar un minuto de silencio en plena clase en honor y como muestra de solidaridad con los estudiantes caídos en Budapest.

Esto que en otra época y otra sociedad hubiera sido tal vez anecdótico (no creo que ahora mismo lo fuera tampoco en otros puntos calientes del planeta), se convirtió literalmente en un asunto de estado, sobre todo una vez dicho acto trascendió los muros del colegio y llegó a oídos del aparato represor alemán, comandado por su ministro correspondiente.

Tal vez la Inquisición Española y el cabronazo tonsurado que la comandaba y que respondía por Torquemada sean muy nuestros y tal vez aún queden en nuestra piel de toro pululando reminiscencias pálidas, sobre todo por comparación, con esa época tan oscura como la que más, pero inquisidores ha habido siempre y actúan del lado de la ley, con las armas más afiladas y con la razón tergiversada siempre de su parte y eso les convierte en mano de cualquier partida.

Si la Gestapo fue el brazo ejecutor del nazismo y la Stasi lo propio de la República Democrática Alemana, cada dictadura, independientemente del país que colonizara, ha seguido siempre caminos similares y se trata basicamente de controlar, confinar y en último caso eliminar a los libre pensadores porque todo el mundo sabe que pensar es un deporte de riesgo que jamás será olímpico y debe ser exterminado e incluso los países supuestamente libres y modernos, con sus disfraces de repúblicas o de monarquías, disponen a tiempo completo de una serie de esbirros que bajo mandatos férreos y con códigos estrictos, mantienen a raya a los posibles elementos subversivos mediante eso tan socorrido que George Orwell puso sobre el tapete en su novela “1984” y que comúnmente se conoce por el nombre de Gran Hermano.

Y esta gran película, perfecta en su forma y su ritmo, bien ejecutada en todos los parámetros mínimos que se le exigen al buen cine, muestra las consecuencias locales que debieron de afrontar una clase completa de adolescentes en el último trámite de conseguir su pasaporte a una vida mejor mediante un título estudiantil que debía marcar a fuego la diferencia entre chusma y personal respetable quién sabe si futuros aspirantes a seguir comandando la élite de aquellos que someten, juzgan y aniquilan llegado el caso.

Un acto simple se acaba convirtiendo en un juicio sumarísimo en el cual debe de haber una cabeza visible, un Lee Harvey Oswald que cargue con el muerto y que exonere a los demás para que el engranaje siga sin fisuras y el resto de la película, desde el momento de la insurrección, se convierte en una persecución implacable de aulas y despachos en la cual los miembros de la clase han de enfrentarse a la inquisición alemana para que quede libre de sospecha la honorabilidad del centro estudiantil y la solidez del estado.

Se trata de una historia de amistad, de traiciones, de sobornos y amenazas en la cual está en juego mucho más que una estrategia o el qué dirán y en la que los juzgados se juegan mucho más que la libertad o un título académico y en la que unos chavales que sólo deberían atender a los libros y a sus impulsos hormonales, descubren que la guerra física tal vez se haya acabado, pero que habitará siempre con ellos porque exsten ciertos conflictos que jamás serán resueltos.

El director combina hábilmente las situaciones del colegio con los hogares que habitan estos adolescentes y las consecuencias posibles que pueden llegar a ocurrir si el dedo acusador les señala a uno de ellos y la revolución húngara que estaba ocurriendo a casi novecientos kilómetros de distancia, acaba siendo la suya propia.

El conflicto entre los rusos y los húngaros finalizó el 10 de Noviembre de 1956 con la segunda ocupación del ejército ruso que volvió a controlar la capital, pero aquellos jóvenes alemanes, en lo que debió de ser un preludio de lo que les aguardaba después, tuvieron que buscar acomodo, como los bigotudos, en otro humedal y ser extremadamente discretos para que cualquiera de las cuatro policías fronterizas que controlaban el paso entre sectores dominados, no descubrieran el pastel y les mandaran de vuelta al redil para enfrentarse a las penas que por traición manifiesta, les aplicaban a los contrarevolucionarios, es decir, a aquellos que no pensaran como ellos.

Da igual la época, los protagonistas y el lugar. Todos aquellos que miccionen fuera del tiesto, serán enterrados en fosas comunes y sus ropas lavadas y puestas a secar o incineradas en crematorios que siempre son muy socorridos para la cosa esa tan mundana de borrar huellas y aunque fuera la cabeza de la estatua de Stalin la que adornara las  fotos de la revolución magiar, fueron otras muchas las que sembraron las calles enganchadas digo yo, a sus cuerpos correspondientes.

Y Puskas jugando al futbol.

Y las iglesias llenas.

Y los cementerios también.

 

 

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