“La luz entre los océanos” de Derek Cianfrance o Senecio cineraria (Cineraria gris)

La expiación es un asunto peliagudo, pero sólo tienen acceso a ella aquellos seres humanos que tengan conciencia. La forma que tenga cada uno de gestionarla es harina de otro costal y sobre ello podrían escribirse multitud de libros y hacer otras tantas películas. Con idéntico nombre y basada en una novela homónima de Ian McEwan, Joe Wright la llevó al cine en el año 2007, aunque no llegó a encontrar el tono rotundo y maravilloso del trabajo literario del novelista británico.the_light_between_oceans-801062144-large

Y la expiación, como las hemorroides, se sufre en silencio. A ser posible lejos del mundanal ruido en un lugar apartado de todos menos de ti mismo, para evitar interacciones indeseables que puedan marchitar el proceso de reconstrucción mental de una persona emocionalmente averiada.

La acción se sitúa en 1918, justo después de la Gran Guerra que diezmó la población, los recursos y el alma humana que ya para entonces estaba bastante deteriorada (y no digamos ahora). Los que estaban en edad de batirse el cobre en las trincheras o bien murieron y descansan en tumbas anónimas o sobrevivieron quedando mutilados para los restos, no necesariamente de manera visible. El objetivo primario a nivel global en una guerra es ganarla, pero el objetivo individual es sobrevivir. Pero seguir viviendo acarrea un peaje que no siempre se supera.

El protagonista, encarnado por el polifacético Michael Fassbender, que se diera a conocer con la potente “Shame”, de Steve McQueen en 2011, es un hombre de pocas palabras, héroe de guerra a su pesar, que no es capaz de entender que a alguien se le otorgue la gloria militar en base al número de semejantes con diferente uniforme que haya sido capaz de llevarse por delante, y que nada más finalizar la guerra, solicita un retiro voluntario en una isla perdida entre dos océanos. La misión es hacerse cargo de un faro que guíe a los navegantes entre aguas procelosas y cuyos anteriores moradores sufrieron un suceso traumático.

No es un destino deseado y los responsables prefieren que el encargado del faro posea una familia para tener dónde agarrarse cuando no le alcance con los propios pensamientos, pero el militar condecorado quiere ir sólo porque la compañía relaja los sentidos y él prefiere tenerlos alerta para no olvidar su pasado más reciente y que le acabe devorando cuando se descuide.

Lo que ocurre es que en el pueblo en el que se hace escala para ir al puto fin del mundo, hay una mozuela que está como un queso y se hacen tilín. Después de un flirteo epistolar muy al estilo de principios del siglo XX, cuando las cartas llegaban con lentitud desesperante y las cosas iban mucho más despacio, la pareja en cuestión se casa y en esas condiciones pueden ir ambos a habitar el faro de la isla sin temor a enfrentarse contra las normas de la Commonwealth.

El director es responsable de otros títulos como “Blue Valentine” en 2010 y “Cruce de caminos” en 2012, las dos con Ryan Gosling de protagonista masculino y ya nos damos cuenta de que a este hombre le ponen las historias de amor con un cierto puntillo tortuoso para que no se indigeste o precisamente para eso mismo, que no voy yo a ponerme a elucubrar sobre las intenciones del director a ese respecto. En esta película, el señor Cianfrance, huye del corte clásico de las anteriores y aunque la factura técnica  y la fotografía estén inspiradas en películas ambientadas en esa época, toma la decisión de grabar la mayor parte del tiempo cámara en mano para darle un aire más orgánico y naturalista, huyendo de formalismos más aparentes, aunque todo el guión esté impregnado de eso mismo de lo que trata de huir.

Cuando una pareja está sola en una isla, aislados del resto del mundo excepto por un barquito que les lleva víveres de vez en cuando, pues o se está todo el rato peleando o se está en la cama que es otra manera algo más agradable de pelear. Y con tanta pelea amorosa y en esa época en la que los métodos anticonceptivos más eficaces eran no follar, y si ninguno de los dos cónyuges era estéril, pues el embarazo estaba más que asegurado. Lo que ocurre es que cantar línea no es garantía de llegar a bingo y cuando se lleva apostando al mismo número durante mucho tiempo y ese número no sale, uno empieza a pensar que se han olvidado de meterlo en el bombo y pueden entrar tentaciones de hacer trampas si se dan las circunstancias adecuadas.

Poco después se desata el conflicto y este golpea a los dos de diferente manera. Uno se siente impelido a cumplir con su obligación de militar y responsable del faro, pero choca frontalmente con la aptitud de su esposa, que piensa que lo encontrado es un regalo divino para compensar todo lo que los mismos dioses le habían arrebatado previamente.

La película habla de la ética y de las dudas morales que se esconden detrás de esa palabreja que tan diversas acepciones tiene dependiendo de quién la esgrima y de cómo la verdad acaba saliendo a la luz, pero muchas más veces por casualidades y hechos eventuales, que por propio deseo de que así sea. A veces los mentirosos deseamos ser cogidos en un desliz, pero no somos lo suficientemente valientes para admitir nuestra falta y vamos poniendo pistas sueltas para que alguien listo vaya atando cabos y nos acabe poniendo en nuestro lugar. A veces no es la falta mayor, sino una sucesión de ellas no necesariamente correlativas, la que nos acaba delatando o la que hace rebosar el vaso.

Debe de ser difícil vivir cada día con la presencia física de un error que a cada día que transcurre es más difícil de solucionar y, aunque hay gente con una capacidad de auto engaño admirable, capaces de engañar hasta al más avanzado de los polígrafos y a los que los manejan, hay otros que acaban sucumbiendo porque el peso del remordimiento les hace caminar demasiado encorvados.

Lo malo no es cometer el error, sino que este tenga consecuencias directas y que esas consecuencias convivan con nosotros en el espacio y en el tiempo. Cuando eso ocurre, hay quién mira para otro lado o corre las cortinas y a quién su mirada le delata.

La película crece de forma considerable cuando entra en la quiniela esa actriz hipnótica de mirada miope que responde al nombre de Rachel Weisz, que es el detonante involuntario para que todo el tinglado se vaya a la mierda con estrépito. En esta parte, el director opta por introducir un par de flashbacks que se antojan innecesarios, pero que vendrán de perlas, sobre todo el segundo, en la parte final de la película cuando el pescado ya está todo vendido y se están discutiendo los puestos de la lonja para los días sucesivos.

Aquí surgen también otros conceptos como el arrepentimiento, el rencor y el perdón y como la vida nos conduce de manera inmisericorde a través de toboganes emocionales que nos sitúan tan pronto en la cresta de la ola como en la más oscura de las profundidades abisales y cómo rara vez solemos coincidir en el mismo estado al mismo tiempo las personas que habitamos determinados espacios con un conflicto por resolver o mal resuelto.

Las principales víctimas suelen ser siempre los niños, ya sean hijos legítimos, robados o adoptados que en algún momento de sus vidas han de enfrentarse a las consecuencias de los actos de sus padres, ya sean verdaderos, de pega o extraídos de un hospicio y que arrastrarán toda su vida el dolor agudo de una herida que tal vez no llegue a cerrarse nunca.

Y cuando un coche a toda velocidad pasa por delante de un charco a la altura de la marquesina del autobús, no empapa a uno sólo, sino a todos los futuros viajeros que ponen a prueba su paciencia mientras esperan su medio de transporte. Las consecuencias son de diversa consideración dependiendo del lugar que ocupes en la marquesina, pero quién más y quién menos deberá pasar por casa a cambiarse de ropa.

Y como alguien tenga la ocurrencia de poner a prueba el valor de una madre cuando de retener a su hija se trata, que dios le pille confesado porque le va a faltar tierra para correr. Y si son dos madres, pues doble problema. Salomón lo solucionó de manera bíblica y se descubrió el pastel, pero en la primera mitad del siglo XX, no estaba bien visto cortar a un infante por la mitad para que cada cual tuviera su porción.

El guión, que hasta ese momento se había mantenido en modo automático, dejando caer la acción por su propio peso, engarzadas las escenas de manera clásica con elementos narrativos convencionales, prueba a salirse de la carretera y el coche no llega a volcar pero se zarandea con más violencia de la necesaria. Al final, el conflicto queda resuelto de manera convincente, pero algunos preferimos los finales abiertos que sugieren diferentes vías de conclusión a la carta. Sin embargo, nuestro Derek opta por un final marca de la casa, muy en la linea de Hollywood, para cerrar el círculo que ya estaba cerrado antes de que cogiera el compás para hacerlo. Lastra con ello una película correcta, que no destaca en nada ni positivo ni negativo, pero que agradará a esos románticos empedernidos que gustan de ver en la pantalla un gran amor de esos que los mencionados no verán ni en pintura. Me incluyo.

En esos lugares apartados de la mano de dios (las localizaciones se sitúan en algún punto de territorio neozelandés), el mar pega con saña lamiendo las costas para desgastarlas y el viento azota de lo lindo, haciendo muy difícil la vida para cualquier organismo vivo.

cineraria La cineraria es una de esas plantas que soportan vientos salinos y condiciones de sequía y de suelo incompatibles para la vida de otras especies vegetales. Se trata de una planta de aspecto gris, tal y como reza su nombre vulgar, como grises y pétreos eran esos seres humanos destinados a vivir en condiciones espantosas para salvaguardar las vidas de los marinos. Es una planta cuyas hojas resultan más atractivas que sus flores y que parece florecer por obligación más que por devoción, como si hacerlo fuera exactamente lo que se espera de ella, como el protagonista masculino de la película, que hasta que encuentra el amor está viviendo una vida que no es más que un purgatorio de espera hasta la muerte física y cuyas flores se marchitan antes siquiera de llegar a abrir.

Los faros son aquellas construcciones verticales  acabadas en una luz giratoria, diseñadas por los humanos no para guiar a los barcos, pero sí para advertirles de la proximidad de unas costas que pueden mandarles a pique. No creo que queden, por lo menos en el mundo occidental, muchos faros habitados por el farero y su familia. Ya todo está mecanizado y sólo requiere de puntuales revisiones de mantenimiento. El conocimiento de los fondos marinos  y de las vías marítimas ya está más que cartografiado y aquellos que surcan los mares con regularidad, se las saben mucho mejor que el pasillo de sus casas, pero las luces siguen siendo necesarias, aunque sólo sea para atisbar que al otro lado de la noche oscura, hay un pedazo de tierra que anuncia civilización y su proximidad.

Que aquellas construcciones estuvieran al cargo y bajo la responsabilidad de hombres solitarios y perdidos, que dedicaban sus vidas a que otros no naufragaran después de su naufragio propio, no deja de ser una paradoja.

Una luz lejana puede indicarnos el camino a evitar. Y otra muy cerca de los ojos, puede cegarnos.

Como todo, es cuestión de perspectiva.

THE LIGHT BETWEEN OCEANS


14 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *