“La librería” de Isabel Coixet o Lophophanes cristatus (Herrerillo capuchino)

Este pájaro, que hasta hace no demasiado tiempo estaba incluido en la familia de los páridos, con los que comparte hábitats, hábitos alimenticios y muchas de sus costumbres, fue finalmente renombrado como perteneciente a un género aparte, aunque supongo que, como en todo, entre los entendidos del tema también habrá discrepancias acerca de este punto. Se trata de un ave que, aunque habita todo tipo de bosques mixtos, prefiere los bosques de coníferas y viejos pinares, ya que siente especial predilección por los árboles muertos y tocones para anidar.herrerillo-capuchino

Es un ave inconfundible por su cresta triangular y apuntada de plumas blancas y negras que despliega habitualmente y  que le otorga una silueta única y por un babero negro que luce en el pecho. Es un ave sedentaria que puede mantenerse en cotas altas si los rigores del invierno no se prolongan durante demasiado tiempo y está considerada como de “interés especial” en el catálogo de aves amenazadas.

Como la mayoría de los páridos, con los que tiene un parentesco más que evidente, apenas tiene en cuenta la presencia del hombre y puede ser visto desde muy cerca mientras come, muchas veces en comederos artificiales creados para tal fin. También es reconocible por su canto que consiste en un trino o tartamudeo rápido y no es demasiado gregaria, pudiendo juntarse en pequeños grupos desde dos hasta diez individuos, los cuales exploran conjuntamente el suelo y las cortezas de los árboles en busca de alimento, especialmente insectos, aunque también se mezcla con cierta frecuencia con páridos, agateadores y reyezuelos, formando bandadas mixtas.

Y, como el Herrerillo capuchino, la protagonista femenina de la nueva película de Isabel Coixet que fue la elegida para inaugurar la Sección Oficial de la última edición de la Seminci vallisoletana, tampoco se muestra gregaria en exceso y soporta la presencia de otros humanos a la hora de moverse por su hábitat natural, pero debe de considerársela un género aparte porque nada tiene que ver con el resto de la fauna de seres vivos de dos patas que, como en un muestrario de los defectos humanos, cohabitan junto a ella.

Isabel Coixet, la más prolífica, ubicua y constante de nuestras directoras si nos atenemos a la cantidad de proyectos que saca para adelante y la variedad de escenarios y profesionales con los que trabaja, vuelve a adaptar un texto, esta vez de Patricia Fitzgerald, para ponerse de nuevo en primera línea del panorama cinematográfico mundial. Ya no es una sorpresa que directores y directoras de nuestro país comanden proyectos internacionales coproducidos por varios países y protagonizados por figuras consagradas que supongo bajan su caché para plegarse a  hacer otro tipo de cine bastante alejado de los parámetros más comerciales, aunque también es verdad que estas producciones, otrora minoritarias, empiezan a gozar de un mayor número de adeptos que saben extraer jugo de unas historias que antes estaban condenadas a subsistir a duras penas en circuitos de cine independiente y en los festivales dónde este tipo de obras delatan su idiosincrasia.

la librería cartel

Y yo creo, sin conocerla, que seguramente tenía una cuenta pendiente con este libro a la hora de llevarlo a la gran pantalla porque habla, sobre todo, de una pasión: la literatura y de como algunas personas, desde que los libros se empezaron a imprimir y a encuadernar, necesitamos de ellos para poder sobrevivir porque en ellos reside, muchas veces muy escondida, la cultura de la que hay que aprovisionarse para pasar por esta vida con aprovechamiento y la gasolina que muchas mentes necesitan para seguir manteniéndose vivas. Y no estoy hablando de ese invento comercial en el cual pueden almacenarse cientos de libros con la posibilidad de descargarse otros tantos más, sino de los libros de verdad, los que tienen páginas que deben pasarse, los que van modificando su textura a medida que se van ojeando, releyendo o  sobando para captar la esencia que sus páginas esconden y cuyo olor primigenio nunca acaba de marcharse y que con sólo abrirlos, nos evocan otras vidas, otros pasajes, que incluso pueden acabar siendo los nuestros.

Los libreros, sobre todo los de esta época, pero realmente todos y cada uno de ellos, son y han sido héroes épicos que navegan por las agitadas aguas de la estulticia, llenas de pecios hundidos y de rocas traicioneras, que sobreviven pese a la falta de ayudas, los impuestos abusivos y a la falta real de interés por las letras de la mayoría de la población mundial, cuyo cerebro sólo funciona para unirlas  en los anuncios de televisión, en los titulares grandes de los periódicos, muchos de ellos de índole deportiva o en los números de teléfono que hay que marcar a la hora de participar, subvencionar y sostener, esos programas de televisión que son legión y que nos animan a marcar unos teléfonos con la promesa vacua de que puede tocar algo, en lo que se me antoja una nueva manera retorcida y surrealista de ludopatía digital.

Y por eso la cultura siempre fue denostada y perseguida durante las dictaduras, los gobiernos opresivos aunque hayan sido constituidos por aparente democracia y a lo largo de las más oscuras décadas, no sólo de la vieja Europa y no sólo circunscrita al sangriento y agitado siglo XX que ya no llenará nuevas páginas en los libros de texto. Por eso los nazis quemaron los libros en la Bebelplatz el 10 de Mayo de 1933 y se hizo lo propio en Chile tras el golpe de estado de 1973 y durante la opresión de la Alemanía Oriental y en la de España o la de Italia o la de Argentina, los intelectuales eran  vigilados estrechamente, perseguidos y desaparecidos y muchas veces la iglesia, cualquiera de ellas, tomándola como concepto metonímico de la religión en su espectro más amplio, también ha procedido a la quema de libros sistemática con objeto de erradicar otros pensamientos que no fueran los propios, del mismo modo que los cristianos trataron de borrar el poso de los árabes en las construcciones sobre lo ya erigido, que llevaron a cabo después de su expulsión de la España Isabelina, porque los religiosos tampoco están interesados en la cultura porque, como los dictadores, necesitan de un rebaño que les apoye y que les siga, de una horda de gente que actúe como una sóla, como la marabunta que destruye todo a su paso porque así lo dicta una única conciencia.

Y la cultura implica un pensamiento propio e independiente y eso los manipuladores, los opresores y los designadores alzados o auto impuestos de este mundo, no lo pueden permitir.

Y esto no sólo funciona a escala planetaria, sino que puede ser extrapolable a ámbitos minúsculos como ocurre en esta película tan inglesa, que es perentorio verla después de comer, preferiblemente a la hora del te, cuando los británicos dejan sus cuitas, sus batallas y sus hostias, para meter unas bolsitas o unas hierbas en agua ardiendo, tomárselo a sorbitos con deleite, para después seguir dándose de leches, con o sin lactosa, insultándose o lo que proceda.

En ella, una mujer idealista destrozada por la muerte de su marido en uno de esos conflictos que asolaron Europa, decide poner en práctica un proyecto que idearon juntos para mantener viva su memoria y para entretener su mente alejada de las tentaciones de una depresión mayúscula y para ello decide comprar una vieja casa de una pequeña población para abrir una librería. Y, por supuesto, en cualquier núcleo humano que se precie, y más si es pequeño y provinciano, aunque todos los asentamientos tienen un componente variable en porcentaje del segundo adjetivo, las novedades son al mismo tiempo ocasión de tertulia, amenaza potencial y grano en el culo, pudiendo pasar por estas tres fases en un período de tiempo indeterminado. Y lo malo no es que intentes hacer lo imposible en un lugar dónde las trabas se van a multiplicar apenas empieces a moverte, sino entrar en conflicto con la autoridad competente, en este caso ilustrada por una vieja dama de exquisitos modales, agrio carácter y negro corazón, que hará todo lo que esté en su mano para impedir que algo en su territorio escape a su control o a su deseo.

Por supuesto, este ente maligno que se considera a sí misma filántropa, aristocrática y encantadora de sierpes, está encantada de haberse conocido y sus influencias a modo de tentáculos, llegan muy lejos cual kraken mitológico, pero antes de activarlos, como es buena persona según sus parámetros parciales y distorsionados, trata de captarla para su causa, pero hay personas que afortunadamente reúnen el coraje y la valentía para abrir nuevos caminos, aunque estos acaben llevando al infierno.

La heroína de esta película, maravillosamente interpretada por Emily Mortimer, abre la librería contra todo y contra todos y desata aún más la ira de la abeja reina, cuando el pueblo empieza a aceptar con naturalidad el nuevo establecimiento y a consumir los productos que en ella se venden, exponiendo unas mentes cerradas a ventanas desconocidas que si se abrieran, podrían traer vientos de cambio y de libertad. Pero todo opresor puede tener vago su yugo huestes que estén en el fondo deseosas de ser sometidas, porque es mucho más sencillo contener un pensamiento único y ya debidamente procesado, que poner en marcha una maquinaria oxidada para generar conceptos e ideas propias que puedan someter el engranaje a un fatal cortocircuíto.

El bicho que picó al tren, tiene por supuesto su némesis en la figura de un solitario intelectual, ávido consumidor de libros que, derrotado en su día por las fuerzas del estado, se recluye de manera voluntaria en su mansión, masticando su derrota con dignidad de rey desterrado. Este personaje, fascinante en su presentación tanto literaria como cinematográfica, está encarnado por el inmenso Bill Nighy, que construye un personaje de libro, y nunca mejor dicho, articulando una incipiente historia de amor, soterrada bajo tantas capas de magma helado, que no tiene ninguna posibilidad de emerger y liberarse.

Entre este señor y la librera, se inicia una relación epistolar de dependencia mutua, ya que él se convierte en un cliente asiduo y ella puede testar aquellas novedades literarias aconsejada por un crítico de nivel, sin que por ello deban verse las caras y utilizan para ello, del mismo modo que la librera se hace con una ayudante infantil, a los niños de esta población marinera, ya que ellos, aún no están contaminados por la marea de estupidez que les arrasará a poco que acaben de lavarles el cerebro o se queden atrapados por obligación en la tela de araña de envidias y rencillas de la que no podrán escapar.

Y la librera, como el Herrerillo capuchino luce con orgullo su cresta, se sienta a su vez orgullosa a las puertas de su tienda sabeedora de que está exáctamente y sin la más mínima duda, en el lugar donde quiere estar.

Todo en esta muy buena película de Isabel Coixet está contenido, como la rabia de la jefa de todo eso interpretada por otra grande como Patricia Clarkson, como la dignidad soterrada pero no sometida del asceta escondido y como el coraje y la valentía serena de una navegante que en un cascarón de mierda está dispuesta a encontrar su isla y a hacerse fuerte en ella sin pretender con ello aislarse del mundo totalmente. Todas las acciones están depuradas y llegan unas tras otras con coherencia narrativa y estilo cinematográfico sublime y los paisajes tanto naturales como interiores, están trazados con pinceladas precisas y, muchas veces preciosas. Los personajes tienen vida y la trasmiten y todo está justificado y ambientado en torno a las novedades literarias que la librera recibe, cataloga y pone a la venta, previa aprobación de su cliente estrella. No hay personajes ambiguos porque la ambiguedad queda descartada cuando hay que posicionarse por cojones y si alguna pega hay que ponerla es la utilización desde mi punto de vista un tanto extraña de un elemento narrativo que acabará por ser determinante y que da desde el principio algunas pistas innecesarias acerca de cómo va a terminar la cosa, cuando el propio libro de Ray Bradbury, el que constituye la primera venta de la librera, ya lo deja caer, pero sólo para espectadores avezados y ávidos consumidores de literatura interesados en ver más allá de las señales evidentes.

Todo ello narrado por una voz en off que aunque al principio de usarse me llamaba poderosamente la atención, está empezando a ser un recurso recurrente para situar al espectador y meterlo en harina lo antes posible. No creo que sea necesario tirar de esto con tanta frecuencia porque da una información excesiva que yo prefiero extraer por mis propios medios poniendo a trabajar el cerebro, que para eso lo tenemos, pero absolutamente lícito su uso porque, los contadores de historias, ya estén diseñadas para ser leídas o vistas y escuchadas, están en su derecho de hacerlo como les venga en gana.

Lo importante es que la historia esté bien contada.

Y acerca de eso, tampoco hay ninguna duda.

Y regresando a los libros, origen y final por lo menos de esta película, yo tengo algunos de cabecera que releo una y otra vez y que nunca me parecen el mismo, como si sus páginas mutaran al tiempo que lo hacemos nosotros.

Y es verdad, rodeado de libros, nunca te sientes solo.

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